ALTA FRIVOLIDAD
 
De Shakespeare a Chéspiro
Por José Luis López

Una noche de insomnio, el dios Morfeo me sugirió una receta para romper la barrera que me impedía abandonarme en las delicias del sueño. “¿Por qué no intentas, hijo mío, calcular cuántos diputados corresponden a cada partido sumando las fórmulas de mayoría con las de representación proporcional?”.

Hice caso a su consejo. Pero en pleno trance de abandonarme en sus brazos, un recuerdo me sobresaltó. Gracias a las traiciones del sinconciente, se abrió paso en mi mente una leyenda descubierta días antes en las páginas de un diario colombiano marginal: “¡Queremos que nos gobiernen las putas! ¡De sus hijos estamos hartos!”.

En el umbral entre los brazos de Morfeo y la realidad, no pude sacudirme del peso de un espectro en el que lo que abundan son los hijos de su tal por cual. Y ni el mismo Morfeo pudo evitar que en aquel estado de duermevela revolotearan en mi cabeza las imágenes de una transición surrealista: transitamos en forma vertiginosa de un mundo en el que la teoría del complot lo dominaba todo a otro en el que la parodia reina en nuestras vidas.

En sus estertores, la dicta blanda priísta hizo de la vida nacional una tragedia que habría puesto verde de coraje el mismísimo William Shakespeare gracias a tramas como la del asesinato de Francisco Ruiz Massieu...

Primer acto: el secretario general del partidazo es asesinado, víctima de un complot fraguado en las más altas esferas del poder.

Segundo acto: el mero mero petatero ordena una investigación y pone al frente de la misma a su excuñado, para más detalles hermano del occiso, a sabiendas de que las pesquisas llevarán irremediablemente a establecer que el autor intelectual del crimen fue otro cuñado, el hermano incómodo del mero mero.

Tercer acto: un cuñado, el incómodo, acaba bajo la sombra, el otro se suicida y mientras el chipocludo mayor acaba en el exilio, el pueblo clama: “¡Que nos gobiernen las putas!”.

El 2 de julio del 2000 este país transitó de la tragedocracia a la parodiacracia, un cambio que, según Carlos Rojas Magnon, amerita que la Colonia del Periodista sea rebautizada y, a partir del pasado 6 de julio, reciba el nombre de Territorio Libre Lino Korrodi.

Fuera de los muros claustrofóbicos del reality show, lo de hoy, para citar a Adela Micha (¿o a la publicidad de conocido refresco de cola?), es la parodia desenfrenada a cargo de dirigentes partidistas, príncipes de la Iglesia, galanes en desuso o villanas en receso metidos a representantes del pueblo, dinosaurios redivivos y demás actores de la escena nacional.

Ejemplos sobran y si hubiera que hacer un hit parade de despropósitos no resultaría sencillo elegir quien entre nuestros nuevos cómicos merecería el primer sitio: ¿Ramón Aguirre y su declaración de principios (“soy muy viejo para rocanrolear, pero muy joven para vivir fuera del presupuesto”)? ¿El cardenal Norberto Rivera (cuando veas el rabo de tu vecino cortar, pon el tuyo a resguardar)? ¿La propaganda electoral del PRI (¡tu abstención nos favorece!)? ¿Los malabares de las huestes del Niño Verde (somos jóvenes, pero no pendejos como para aliarnos con nuestro aliado el PRI)? ¿La autocrítica en las filas de Acción Nacional a fin de ponerle nombre y apellido a la debacle electoral fraguada en sus entrañas (Con el PRI hay que ir de la mano: a la retaguardia nos zurran y adelante nos la ensartan)?

Lamentablemente, nuestra pariodiacracia es heredera directa del Chéspiro mexicano y, en particular, de una de sus creaciones, El chavo del ocho. Así, el hijo del Viejo Verde navega con bandera de cándido chavito de la vecindad, el discurso de Roberto Madrazo suena tan monótono como el tá-tá-tá del profesor Jirafales y la risueña Rosario sacando soles aztecas de sus pantaletas tiene algún tufillo a Doña Florinda.

Con sólo rascarle un poco encuentra uno por todos lados, como se ve, a los admiradores de Roberto Gómez Bolaños, empezando por el Jefe Diego que, sin querer queriendo, le metió el fiero al cambio con tal de seguir siendo el encomendero tuerto en tierra de panaderos ciegos.

¿Y dónde queda Morfeo? Recordó aquello de que, el que entre infantes se acuesta, bañado de orines despierta. Por ello me dejó abandonado a mi suerte en este mundo infantil en el que la política partidista es una cataflixia kafkaiana (quítate tú para ponerme yo) y añoramos los días en que, como El Perich, podíamos afirmar acerca de las bondades de los políticos: “Decir la verdad lo puede hacer cualquier idiota. Para mentir hace falta imaginación”.


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