Política  

Las pugnas de los generales

Jorge Torres
En el sector militar para nadie es un secreto el enfrentamiento existente entre los ex secretarios de la Defensa, los generales Antonio Riviello y Enrique Cervantes con Clemente Vega García. El conflicto obedece a una dinámica de reestructuración castrense que busca evitar el afianzamiento del poder en la administración militar durante largos periodos y que evidentemente origina choques entre camarillas

 


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En el Ejército mexicano los enfrentamientos entre camarillas son implacables, aunque cubiertos por el velo de la disciplina militar.

Las venganzas, los ajustes de cuentas, la traición, el recurso de la justicia militar para hacer a un lado o lastimar a los adversarios o la simple purga generacional para limpiar el aparato administrativo en la Secretaría de la Defensa Nacional, están presentes en cada sexenio desde hace décadas.

Desde mediados de los años cuarenta, el Ejército mantiene una tendencia de renovación de las cúpulas militares en cada sexenio que obstaculiza el afianzamiento y la permanencia de camarillas y grupos al interior de las fuerzas armadas, esto para evitar cotos de poder que puedan lastimar la “institucionalidad” del Ejército.

“Es una cuestión estructural –dice el catedrático e investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) de Iztapalapa, Guillermo Garduño–. Una de las principales características para garantizar la renovación del secretario de la Defensa, ha sido invariablemente que el secretario entrante sea enemigo del anterior o, por lo menos, pertenezca a una fracción diferente, radicalmente diferente del anterior secretario; ese es el mecanismo, aunque el Ejército tiene un sistema de rivalidades y de posiciones muy regulado, muy institucionalizado.”

La evidencia de la lógica militar en la depuración de camarillas y grupos que le ha permitido al instituto armado mantener un equilibrio institucional, tiene su referencia en la historia de las sucesiones en la Secretaría de la Defensa Nacional desde mediados de los años 40 hasta el 2000, año en el que se cimbraron los cimientos de la Sedena por la derrota del priísmo.

Los ejemplos del reacomodo del generalato son variados e ilustrativos en los últimos sesenta años, y la coyuntura política e histórica ha moldeado las reglas no escritas en las fuerzas armadas para el desplazamiento institucional de los grupos de poder.

Cuando asumió la Presidencia de la República Miguel Alemán en 1946, había dos grupos enfrentados al interior del Ejército: los generales y militares de diversos rangos aliados a Lázaro Cárdenas y los que rendían pleitesía a Plutarco Elías Calles.

Alemán designó como su secretario de la Defensa al general Gilberto R. Limón, un sonorense que había sido jefe del Estado Mayor de Álvaro Obregón, y por lo tanto no respondía a los intereses de las camarillas de generales aliados a los ex presidentes Elías Calles y Cárdenas del Río.

En 1952, Adolfo Ruiz Cortines nombró a Matías Ramos titular de la Defensa, un acérrimo partidario de Plutarco Elías Calles. En el contexto del enriquismo –movimiento opositor a Ruiz Cortines, encabezado por el general Miguel Enríquez Guzmán, que contó en diferentes ocasiones con el apoyo de Lázaro Cárdenas–, el general Ramos le garantizaba al presidente un proceso para deshacerse de los cardenistas, en el que se vieron beneficiados también los generales fieles a Calles.

En 1958, Adolfo López Mateos se inclinó por el general bajacaliforniano Agustín Olachea, perteneciente a la fracción militar del noroeste, encabezada por el general Abelardo Luján Rodríguez, por lo tanto ni callista ni cardenista, lo que permitía una depuración en la Sedena, atendiendo la lógica militar.

A la llegada de Gustavo Díaz Ordaz en 1964, este optó por Marcelino García Barragán, un destacado general que apoyó en 1952 la postulación a la Presidencia del general Miguel Enríquez, y por lo tanto enemigo de todos los anteriores.

Con Luis Echeverría, en 1970, se inició una etapa en la que a la Secretaría de la Defensa la encabezaron generales que no estuvieron en la Revolución, sino que se formaron en el Colegio Militar.

En el sexenio de Echeverría Álvarez se inició la consolidación de los militares académicos y fue el general Hermenegildo Cuenca Díaz el que inauguró la nueva etapa de grupos de poder en la Defensa Nacional.

A partir de ese momento, los grupos y camarillas castrenses se renovarían generacionalmente. El general Cuenca Díaz, que asumió la titularidad de la Defensa de 1970 a 1976, nació en 1920.

El sucesor del general Cuenca, en el sexenio de José López Portillo, fue el general Félix Galván López, de la generación de 1930, que asumió la Secretaría de la Defensa en 1976.

Con Miguel de la Madrid, en 1982, llegó el general Juan Arévalo Gardoqui, de la generación de 1940.

La distancia generacional era de por lo menos diez años, lo que garantizaba el equilibrio de poder al interior del Ejército.

La evidencia de los conflictos por la cercanía generacional la representó la difícil relación entre el general Juan Arévalo Gardoqui y el secretario de la Defensa en el sexenio de Carlos Salinas entre 1988 y 1994, Antonio Riviello Bazán, de la generación de 1942. Dos generales muy próximos en la generación académica y muy enfrentados en su relación personal.

Los generales Riviello Bazán y Arévalo Gardoqui mantenían una enemistad irreconciliable, al grado que este enfrentamiento terminó en los tribunales militares cuando el general Rafael Macedo de la Concha, procurador de justicia militar en la administración de Riviello, condenó a la cárcel a Francisco Gallardo, uno de los generales del círculo de amistades más cercano al general Arévalo Gardoqui.

En el sexenio de Ernesto Zedillo, de 1994 a 2000, asumió la titularidad de la Defensa el general Enrique Cervantes Aguirre, de la generación de 1952 y, a partir del año 2000, al lado del presidente Vicente Fox, se hizo cargo del despacho de la Sedena el general Ricardo Gerardo Clemente Vega García, de la generación de 1956, y quien ha dado muestras de mantener diferencias con Cervantes Aguirre.

El proceso institucional de purgas internas en las filas de las fuerzas armadas es lento, y en la actual administración, a un año de concluir el sexenio, el secretario de la Defensa ha desplazado a un considerable número de generales, en un afán por debilitar a las camarillas más poderosas que pudieran causarle problemas o exigirle cuentas al final de su mandato.

“Las camarillas militares tienen generalmente un problema: una vez que establecen vínculos, se crean alianzas de largo plazo y en instituciones como el Ejército, las fuerzas se mueven muy lentamente”, dice el investigador Guillermo Garduño, coautor del libro Siempre Cerca, siempre lejos, uno de los pocos estudios sobre las fuerzas armadas en México.

Una de las camarillas que logró sobrevivir por largo tiempo en las estructuras de poder del Ejército, es la que se formó en torno a la figura del general Marcelino García Barragán en 1964, quien tuvo como secretario particular cuando fue titular de la Defensa al general Félix Galván López y como jefe de ayudantes al general Enrique Cervantes Aguirre. “Es a este núcleo al que está desplazando en este momento el general Vega García”, estima el catedrático de la UAM Iztapalapa.

Desde el inicio del sexenio, Clemente Vega asumió el poder al frente de la Defensa y “atendió la lógica militar de romper vínculos con los ex secretarios Riviello y Cervantes, que habían apoyado al general Rodolfo Reta Trigos para encabezar la Defensa”, asegura Garduño.

Vega otorgó posiciones a los contrincantes, pero al cabo de meses, limpió el círculo interno de poder en el aparato administrativo y burocrático de la Secretaría de la Defensa Nacional. Al general Mario Delfino Palmerín, que jugó sus cartas en la sucesión en el 2000, y que había sido colocado en la Subsecretaría de la Defensa, lo removió a los pocos meses, y al general Reta Trigos lo envió a una región militar.

“La estrategia del general Vega fue limpiar el círculo interno; es decir, la Subsecretaría, la Oficialía Mayor y al inspector contralor; cuando limpias esos tres puestos, esas camarillas automáticamente cambian también los puestos inferiores”, explica Garduño.

El segundo nivel de depuración se llevó a cabo en las 12 regiones militares, encabezadas por generales de división. Es decir, Vega limpió las 15 posiciones de poder más importantes por debajo del titular de la Defensa.

A la fecha, han ocupado la Subsecretaría los generales Mario Delfino Palmerín, Jesús Álvarez Pérez y Guillermo Galván Galván, actual subsecretario. También ha habido tres inspectores contralores y dos cambios en la Oficialía Mayor, así como en las 12 regiones militares, en donde establecen cotos de poder los generales de división.

En el contexto de esta depuración al interior de las filas del Ejército y en torno al reacomodo del generalato, se enmarca el enfrentamiento del general Vega y los generales Antonio Riviello y Enrique Cervantes.

Según Garduño, que cita información de fuentes militares, los ex secretarios Antonio Riviello y Enrique Cervantes, a través de su antiguo subordinado, el ex procurador Rafael Macedo de la Concha, intervinieron activamente para avivar el encono de la PGR en contra del jefe del gobierno capitalino, Andrés Manuel López Obrador.

Lo que hacen Riviello y Cervantes mediante sus vínculos con Macedo, es “avivar los fuegos en función de las viejas alianzas existentes entre el aparato priísta y los ex secretarios de la Defensa”, asegura Garduño.

Los indicios del enfrentamiento entre la mancuerna Riviello-Cervantes y el general Vega, se evidenciaron el pasado 22 de abril, cuando el titular de la Sedena mencionó por sus nombres a los ex secretarios en una declaración pública, y encolerizado amenazó a sus antecesores con ajustar cuentas en los tribunales de la justicia militar si éstos eran los causantes de los rumores en torno a un supuesto descontento en las filas del Ejército por el trato que la Presidencia de la República daba a los militares.

La declaración dejó entrever un enfrentamiento añejo que llegaba a límites. De hecho, Garduño asegura que hace algunas semanas hubo un acuartelamiento en las oficinas centrales de la Defensa, en donde mediante un llamado a los militares integrantes de la alta burocracia, se les exigió romper vínculos con sus antiguos jefes, Riviello y Cervantes.

De acuerdo con fuentes militares, dicho acuartelamiento se derivó de una actividad permanente de filtraciones de información reservada y de inteligencia hacia los ex secretarios, que reclamaron viejas lealtades a sus antiguos subordinados.

La caída del ex procurador Rafael Macedo, el 27 de abril pasado, cinco días después de la declaración de Vega en contra de los ex secretarios, fue un duro golpe que recibió la camarilla encabezada por Cervantes y Riviello que, por “lógica militar”, ha sido purgada de la estructura institucional del Ejército en el transcurso de la actual administración, asegura Garduño.

No obstante, los juegos de poder que prevalecen en las entrañas del instituto armado no han terminado, y el general Cervantes Aguirre mantiene posiciones de poder muy cerca del secretario Vega García.

El general Augusto Moisés García Ochoa, actual secretario particular de Clemente Vega, es un hombre cercano al general Cervantes, que fungió cuando éste era el titular de la Defensa como jefe de la red de inteligencia del alto mando, un cargo que se estructuró para García Ochoa y que actualmente no existe, dice un general brigadier al reportero.

El actual secretario particular de Vega atendía los encargos personales de Enrique Cervantes Aguirre y proporcionaba información de inteligencia para consumo exclusivo del ex secretario.

Guillermo Garduño está convencido que el Ejército tiene como premisa la institucionalidad, y en el momento en que se salga de ese cauce institucional, en ese momento pierde. “Las derrotas mayores del Ejército han sido cuando ha jugado fuera de la institucionalidad, y eso lo entienden perfectamente los militares, y en el caso de los ex secretarios, la lectura es muy evidente: estos se sumaron a un proyecto de alto riesgo para el Estado y el garante del Estado es el Ejército”.

“El Ejército no desea el poder político, ni tampoco afectar a la sociedad que está emergiendo en el ámbito del poder social, aunque sí le interesa mantener el poder militar, íntegramente el control del aparato militar; y la participación de los ex secretarios de la Defensa pone en riesgo esa premisa”, concluye Garduño.



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