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Homicidio de niños: “limpieza social” en Guatemala

Ana Lilia Pérez / enviada
En Guatemala todos los días hay ejecuciones de niños y niñas en situación de calle. Muchos de esos homicidios son cometidos por efectivos policiacos.

 

 


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Guatemala.–“En Guatemala hay una campaña de limpieza social”, susurra un alto mando de la Policía Nacional Civil (PNC) que pide el anonimato.

Escondido entre penumbras, al amparo de la impunidad, a la hora en que la oscuridad se vuelve cómplice, sin mostrar su rostro, el signo más claro de la discriminación se dibuja en las céntricas calles de Ciudad Guatemala: el asesinato de niños y niñas que viven en la calle.

Desprecio pleno por los que ocupan el eslabón más débil en la sociedad del país centroamericano, se trata de huérfanos o hijos de familias desintegradas que un día se ven en la calle con sus compañeros de infortunio y que una noche cualquiera una bala o el filo de una navaja se hunde en sus diminutos cuerpos indefensos.

Esos crímenes de los niños de la calle es lo que califican desde hace 10 años como la campaña de “limpieza social” a manos de policías y de cualquier civil que se permite una ejecución con la venia implícita que le da la corrupción del sistema judicial guatemalteco.

El 13 de marzo Guatemala celebró –por decreto del Congreso de la República– el Día de la no Violencia en Contra de la Niñez y Adolescencia, irónicamente en medio de una ola de violencia que sigue cobrando vidas de niños y adolescentes, en cuyos casos, aunque haya testigos, oficialmente nunca se logra la identificación del criminal.

Pocos asesinatos son esclarecidos, uno de ellos, el del niño Nahamán Carmona, ocurrido en 1990 a manos de elementos de la Policía Nacional, llevó incluso al Estado guatemalteco al banquillo de los acusados de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Durante 15 años Casa Alianza, filial de la estadounidense Covenant House, luchó porque se hiciera justicia contra este asesinato, finalmente el año pasado se concluyó con el arresto y sentencia de los homicidas de Nahamán.

El niño fue asesinado a golpes (hemorragia en estómago, cabeza y daños en el hígado) por cinco policías uniformados, entre ellos una mujer, cuando dormía con otros seis pequeños. Su delito: ser un niño de la calle.

Casa Alianza Guatemala llevará de nueva cuenta denuncias contra el Estado que encabeza Óscar Bérger, por los asesinatos contra niños de la calle y la nula investigación de los crímenes por las autoridades. Tan sólo en lo que va del año ocurrieron 45 asesinatos de este tipo.

El director de Programas de Casa Alianza, Leonel Dubón Bendfeldt, refiere que la situación se deteriora porque en la ola de asesinatos que se inició con Nahamán Carmona (tomado por la organización como símbolo de la no violencia contra los niños), “sabíamos que eran los policías quienes los mataban”, y hoy día, ante la indiferencia de las autoridades, cualquier persona puede asesinarlos porque saben que nadie los va a detener”.

Casa Alianza ha presentado 450 denuncias contra homicidios de niños de la calle, pero las indagatorias están empantanadas en los archivos del edificio de la PNC, los expedientes están desordenados y confundidos con los que corresponden a los de jóvenes muertos por problemas de pandillas, para ocultar las ejecuciones.

La Policía Nacional Civil no tiene registro de los niños de la calle que han sido asesinados en Guatemala durante el gobierno de Óscar Bérger, pero no niegan la escandalosa participación de sus compañeros en estas vergonzosas ejecuciones extrajudiciales.

El encargado de la sección de homicidios de la PNC, Julio Méndez, asegura que la PNC le da el mismo valor a cualquier indagatoria por homicidio, pero no puede mencionar un solo caso sobre asesinatos de niños de la calle que esté cerrado, pues a excepción del crimen de Nahamán Carmona, en otros crímenes donde se ha reconocido la participación de policías, éstos han logrado salir incluso del país y esconderse, dice Méndez, en México.

 

El cordero

 

“La inocencia del cordero es destruida por la voracidad del lobo” reza una frase escrita con tinta negra sobre la pared en donde yace la impresión de un árbol que nació marchito. Del extremo más delgado de cada rama, cuelga una fotografía en blanco y negro montada sobre un bastidor de madera, con un nombre de pila de quien su rostro enseña, como recuerdo único de su paso por esta vida. Y debajo del nombre, la edad, la fecha de nacimiento y la del momento cuando fue asesinado.

Más que fetiche, como el día del año en que se honra a los muertos y se cuelga su fotografía, dice Leonel Dubón, director de Programas de Casa Alianza, “es para que no se olvide que estos niños fueron asesinados”. Un día un niño de 11 años de edad se encontraba en la calle, pasó un automóvil y de la ventana asomó un arma que se descargó sobre aquél en plena ciudad de Guatemala.

Otro, Felipe Esquivel González, fue secuestrado y llevado hasta una casa de la Zona Uno en donde lo asesinaron con 112 machetazos. Una veintena de imágenes, apenas un nombre, y la inocente sonrisa que permanece en una fotografía tomada cuando el menor no imaginaba siquiera su destino.

El caso más reciente, el de Lucila Chocob, una jovencita que dormía junto con un niño hondureño sobre la banqueta de una tienda de electrónicos de la cadena mexicana Elecktra. Un peatón desenfundó su arma contra los niños, ella murió al instante, el menor quedó gravemente herido.

Al otro lado de la acera, un grupo de niños que observaba la escena se abalanzaron contra el atacante y lograron arrancarle su tarjeta de vecindad, la licencia para portar armas y documentos personales, los cuales fueron entregados a la oficina investigadora de homicidios.

Aunque un juez giró una orden de captura contra el homicida, según los elementos de la PNC, no se ha logrado su localización, pese a que desde que cometió el crimen, la misma PNC identificó al culpable como miembro de la corporación, éste se convirtió en agente de seguridad de la misma tienda Elecktra donde asesinó a la menor.

A fines de 2006 fue encontrada muerta Alejandra, de 17 años, embarazada, y su cadáver fue localizado en enero en la aldea El Campanero, Zona Ocho de Mixco, con varios impactos de bala. El 25 de enero se localizó el cadáver de Astrid Villagrán, de 16 años, descuartizada. El 28 de enero fue asesinado por arma de fuego un niño de seis años de edad, Hazle Vásquez. En febrero Ludsvin Sut, de 10 años, fue estrangulado y quemado con cigarros, y Adolfo Gustavo Miranda, de 8 años, fue estrangulado también y trasladado envuelto en un costal hasta San Marcos.

Héctor Dionisio, abogado de Casa Alianza, contabiliza cinco asesinatos de niños de la calle ocurridos durante 2005, niños que vieron lo que no debían o que escucharon una conversación inconveniente. Uno de ellos, refiere, era un menor del que se logró su reintegración familiar, y que trabajaba como vendedor ambulante.

El abogado narra el caso de otros cinco niños de la calle secuestrados y muertos después de ser torturados “por oír, por hablar y ver” los actos de corrupción entre dos elementos de la PNC, y advierte que este año también llevarán este caso ante la CIDH, ya que los policías lograron salir de Guatemala, uno a México y el otro a Estados Unidos.

 

Doblemente vulnerables

Casa Alianza estima que hay en la capital de Guatemala unos 3 mil 800 niños en situación de calle, cifra que a decir de Leonel Dubón, podría triplicarse en los próximos años, debido a la violencia y a la desintegración social que vive el país. De esta población el 30 por ciento son niñas y el 70 por ciento niños.

Sesenta y cinco por ciento de los niños de la calle de Ciudad de Guatemala tienen entre ocho y 17 años. El resto tienen 18 años o un poco más, y sólo el 3 por ciento son menores de ocho años. La mayoría viven en el área Centro, y más del 60 por ciento son de esta capital. Entre 10 y 15 por ciento llegaron de otros países de Centroamérica, sobre todo de Honduras y El Salvador.

El Banco Mundial ubica a Guatemala entre los países más pobres de la región, donde el 57 por ciento vive con un dólar al día y el 40 por ciento en extrema pobreza. Aunado a la situación económica derivada principalmente de la falta de empleo, que impulsa una cada vez más creciente emigración, aquí aún se viven los estragos de 20 años de guerra civil, como la desintegración de cientos de familias, miles de niños huérfanos y otros tantos abandonados o expulsados de sus hogares.

En un país que hasta hace unas tres décadas era en su mayoría población rural, la guerra civil de la década de los ochenta detonó el fenómeno que en México ya se veía desde años atrás: la aparición de los llamados niños en situación de calle. Aunado a que Guatemala es un país de paso para niños emigrantes de El Salvador, Honduras y Nicaragua, que buscan llegar hacia México y luego a Estados Unidos.

 

Abuso sexual

 

Otro factor es que el país se ha convertido en el “Taiwán de América”, centro de turismo sexual de pederastas extranjeros que abusan de menores en casas de masajes, hoteles y bares, donde permanecen retenidos a la fuerza por sus tratantes, y que si logran escapar no tienen otra opción de vida que las calles.

En el caso de las niñas que viven en situación de calle, la mayoría ha sido objeto de incesto, cada vez más frecuente en Guatemala, que es un tipo de violencia considerada por el Procurador de los Derechos Humanos, Sergio Morales, entre los más graves abusos que sufren, y por esa razón los niños prefieren escapar de sus hogares y sumarse a la vida en la calle con todos los riesgos que esto implica.

 

Jimena

 

Si le preguntas a Jimena los riesgos de vivir en la calle, lo primero que responde es que en cualquier momento alguien te puede matar.

“Se sufre mucho, hambre, frío, soledad”. El concepto de la soledad parece un término avanzado para una niña de 10 años, pero Jimena, no habla metafóricamente sino que resume lo único que su familia y el Estado le han ofrecido en su corta vida. Fue víctima de su hermano, de la violencia de sus vecinos y de la ignorancia y complicidad de su madre.

–“Estoy aquí por una cosita”, dice mientras nerviosa juguetea con el cabello entre sus dedos y se cubre las mejillas. Recargada en el marco de la puerta del dormitorio del refugio para niñas de Casa Alianza, Jimena toma confianza, “ahora estoy tranquila”.

Mientras caminamos por el jardín, Jimena justifica cómo se convirtió en niña en situación de calle, fue víctima de abuso sexual por su hermano y tres amigos de éste, todos pandilleros de la “Mara” originarios de la Zona 18. El hecho fue encubierto por su madre durante varios años, ni siquiera Jimena recuerda la edad que tenía cuando ocurrió por primera vez. Cuando cumplió 10 años se escapó a la calle.

Trataba de ocultar su nerviosismo en una sonrisa mal dibujada con sus delgados labios, y en tres días se encontraría con su mamá en un juzgado familiar, donde los abogados de Casa Alianza ventilan su caso y exigen cárcel para los cuatro hombres que abusaron de ella, y para su madre por encubrimiento.

Nunca probó drogas, siempre padeció hambre. Desde los primeros días en la calle, Jimena supo que no debía aislarse, y se mantenía en grupo con otras niñas en su misma situación. Cuenta que por las noches, en la hora en que actúan los ejecutores, no dormía hasta que fue rescatada por Casa Alianza y llevada a un refugio.

–Aquí me siento segura, pero no se me quita un dolor que me da aquí, adentro– dice Jimena, mientras lleva su menuda mano hacia su pecho al tiempo que en su rostro se dibuja una mueca de incertidumbre contorneando los labios y la nariz para aguantar el llanto.

En la visita a los albergues de niños de la calle de Casa Alianza, los menores hablan del miedo y la desconfianza que tienen a los elementos policíacos, muchos fueron testigos incluso del asesinato de sus propios compañeros.

De acuerdo con una encuesta elaborada por Casa Alianza a nivel nacional, el 90 por ciento de los niños de la calle reconoce como principal agresor a la policía, y de manera generalizada sienten desconfianza de todas las fuerzas de seguridad, militares y corporaciones de seguridad privadas.

El abuso contra estos menores es constante, violencia física y verbal, golpes y cada vez más frecuente también el que les prendan fuego, una vieja práctica que se vuelve a observar continuamente en las calles de la capital.

La víctima más reciente de este abuso fue Gerson, de 10 años, quien vive en la calle desde los seis años cuando sus padres lo dejaron abandonado. Para sobrevivir se empleó como acarreador de agua para los vendedores de comida de los puestos semifijos de los mercados. La vida en la calle lo llevó a otros mundos, se convirtió en adicto a los inhalantes y no puede dormir si le falta la “mona”.

La noche del 24 de enero, el mes más frío en Guatemala, Gerson dormía envuelto en su poncho en la calle 18, entre la Cuarta y Quinta avenida de la Zona Uno, en pleno centro de la capital, cuando un empleado municipal le arrebató el poncho, y la “mona” que sostenía entre las manos sirvió de combustible. Su ropa se incendió y sus gritos se escucharon cuando se quemaba su piel. Un vendedor de churrasco le arrojó una cubeta de agua... Gerson aún convalece en la cama 256 del Hospital San Juan de Dios, reponiéndose de una cirugía que pudo evitar que sus manos se deformaran. Mientras, su agresor, conocido como el Poropo, a pesar de que fue denunciado ante la PNC, sigue en su empleo.

Quemar a los niños es una práctica que se generalizó en Guatemala hace unos tres años, una tortura reconocida por las víctimas como “calambres”, por el tipo de dolor que sienten en su cuerpo cuando el fuego ha hecho mella en la piel recién quemada.

Las manos, piernas y rostros son las partes del cuerpo más buscadas por los policías para “dar calambres” a los niños de la calle en Guatemala.

“Mejor eso a que me maten”, dice Óscar, un niño con la piel marchita y renegrida en la oreja y la mejilla por los calambres que un policía le dio hace un año, cuando dormía afuera de un hotel de la Zona Uno, a dos calles del edificio central de la Policía Nacional Civil.

 

 

Publicado: Abril 1a quincena de 2006 | Año 4 | No.53



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