Contralínea  

“Van a matarte, Oscar”: Camacho Solís

José Réyez
Prófugo de la justicia, Oscar Espinosa explica desde su guarida lo que para él es “la persecución y el linchamiento de que he sido objeto a lo largo de ya más de cinco años” y que, según la justicia mexicana, le aplicó una sentencia de más de seis años de prisión al encontrarlo culpable por el delito de peculado en agravio de las finanzas públicas del gobierno del Distrito Federal

 

 


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“Van a matarte, Oscar, me dijo Manuel Camacho Solís mientras desayunábamos en mi casa. Manuel y yo nos conocíamos desde que estábamos en la preparatoria y ésa era la primera vez que había tensión entre nosotros. Eran los primeros días de la administración de Ernesto Zedillo como presidente”.

¿A qué se debía esta siniestra conclusión de Manuel?, ¿hablaba un ex funcionario de la administración salinista resentido por estar ahora en posición desfavorable?, ¿sabía algo que yo ignoraba o discurría sólo retóricamente, bajo su costumbre de desarmar a sus interlocutores? Procuré sonreír y dar una buena respuesta:

—Dramatizas nuestras diferencias...

Manuel, sin embargo, no admitió interrupciones.

—Y si no te matan, vas a acabar en la cárcel.

Hasta ahora nadie me ha puesto en peligro de muerte. No a balazos ni golpes al cuerpo. Pero sí han tratado de aniquilarme destruyendo mi reputación; calumniando y llenando de insultos mi trayectoria pública. El 12 de diciembre del 2000 coronaron mi desgracia.

Así inicia el primer capítulo “Los heraldos negros” del libro de próxima aparición del priista Oscar Espinosa Villarreal, aún sin título definitivo, que publicará Editorial Porrúa.

El último regente del Departamento del Distrito Federal narra en primera persona la crónica de su ingreso a la administración pública que concluyó con su detención en la prisión de El Chipote, en Managua, Nicaragua, “célebre por haber sido bunker de (Anastasio) Somoza al final de su dictadura y albergue de presos políticos en el arranque del gobierno sandinista”.

La obra autobiográfica del otrora jefe de gobierno del Distrito Federal habla del intento por “aniquilarme, destruyendo mi reputación; calumniando y llenando mi trayectoria pública”, cuando fue acusado de peculado por las autoridades capitalinas que lo sucedieron en el cargo, delito que después fue ratificado por un juez que le dictó sentencia condenatoria.

Así contextualiza el ex funcionario su ingreso a la vida pública: “al fin y al cabo, la permeabilidad social de la ciudad de México, donde crecí, permitía la convivencia entre funcionarios de gobierno y los trabajadores más modestos. En las fiestas que se realizaban en las colonias de clase alta, se veían por igual tanto a políticos como a hombres de negocios con sus familias… Fui educado en ese ambiente. Viví en las Lomas de Chapultepec y mi formación en el Instituto Cumbres estuvo a cargo de los Legionarios de Cristo”.

Vendedor de motocicletas, agente de Seguros La Comercial a los 21 años, incursionó después en el mercado de valores, acompañando como “muñequero” a Badri Hamdam, cuando el mercado bursátil despertaba y por ello “solía tratar con Carlos Slim, Alfredo Harp, José Madariaga o Roberto Hernández, entre otros. Todos ellos eran agentes de bolsa exitosos que cimentaban futuros emporios.”

En su obra autobiográfica, Espinosa admite que José Madariaga, a la sazón presidente de la Asociación de Casas de Bolsa, fue muy importante en su formación a los 28 años como directivo de esa organización. “Este cargo me permitió relacionarme con funcionarios públicos cuyo perfil profesional chocaba con mis prejuicios y los de aquel sector recalcitrante de la iniciativa privada. Me refiero a hombres como Gustavo Petricioli, Paco Gil, don Ernesto Fernández Hurtado, Miguel Mancera, David Ibarra o Chucho Silva Herzog”, escribe Espinosa Villarreal.

Ingresó a la política en el gabinete de Alfredo del Mazo, gobernador del estado de México, “se nos invitó a participar en la campaña para renovar la legislatura local como compañeros de fórmula de los candidatos a diputados del PRI, situación que es ahora impensable… La experiencia me permitió también conocer algunas de las modalidades de un sistema político caracterizado por la preeminencia de un partido 'de Estado', en el que prevalecían, para un ejercicio del poder más efectivo, las componendas y arreglos que, en nombre de las 'razones de Estado', parecían justificables”, revela.

El político, ahora prófugo de la justicia, evoca los entretelones de la designación de Carlos Salinas de Gortari como candidato del PRI a la Presidencia de la República: “próximo a entregar el poder, Baranda inició una serie de visitas a Secretarios de Estado y demás funcionarios públicos con la intención de agradecerles el apoyo durante su gestión. Yo iba con él y, aunque fueron muy pocos los encuentros que presencié, entre ellos está el que sostuvo con mi querido Gustavo Petricioli, que entonces era Secretario de Hacienda… En la reunión hubo bromas sobre cuál sería 'el bueno' de los candidatos: Carlos Salinas o Alfredo del Mazo. Saliendo de su oficina, un ayudante me alcanzó para decirme que el señor Secretario deseaba  hablar conmigo en privado.

“En serio, Oscar —me dijo—, déjeme hacerle una pregunta. ¿Qué piensa hacer luego que Salinas de Gortari obtenga la candidatura? No lo sé -respondí a la defensiva. ¿Y usted?, ¿qué planes tiene si gana Del Mazo? Pues tampoco lo sé. ¿Qué le parece si platicamos una vez que esté tomada la decisión? Al asentir, Petricioli se comunicó con Hilde, su secretaria, para pedirle que agendara una cita conmigo el día 7 de octubre, fecha en la que, aseguró, ya tendríamos candidato. ¿Y de dónde saca que para entonces la situación estará definida? -repliqué. Ya lo veremos -agregó sonriente-. ¿Tiene algo mejor que hacer ese día? El domingo 4 de octubre la noticia se difundió rápidamente desde temprano: Carlos Salinas de Gortari sería el candidato del Revolucionario Institucional a la Presidencia de la República.”

Siguiendo la pista del dinero, en 1994 Espinosa Villarreal se sumó al equipo del candidato a la presidencia Luis Donaldo Colosio, quien le dijo: “te vas a coordinar directamente con alguien que está muy contento de que te incorpores al equipo. Creo que te va a gustar mucho trabajar con él. Estaba hablando de Ernesto Zedillo”.

El libro de Espinosa Villarreal comenta que tras el crimen contra Colosio, él vaticinó a Zedillo “vas a ser tú, casi podría asegurarlo -le dije el sábado 26 de marzo-. Más vale que estés preparado”. Una vez presidente, ratificó al ahora autor como secretario de Finanzas del partido.

En el capítulo titulado La piñata y sus tepalcates, Espinosa Villarreal describe su gestión como regente capitalino. “Ernesto Zedillo ya era presidente electo cuando, un día, me citó en su oficina al sur de la ciudad en lo que había sido el cuartel general del equipo de campaña… Supo que debía ser más explícito y agregó: Más vale que te vayas preparando. Te quiero en la regencia capitalina.”

Espinosa Villarreal rememora su experiencia con Guillermina Rico, la líder de los vendedores ambulantes, a la que describe como “peculiar y atractivo personaje” y a la que “le tenía un afecto especial”, y evoca el caso Ruta 100 como “el más grave al que nos enfrentamos considerando que se trataba de una organización tan combativa —alentada en buena medida por el gobierno— y tan acostumbrada a pasar por encima de todo y de todos.”

Hacia un gobierno democrático

La reforma política era vértice fundamental del proyecto de viabilidad que pretendíamos cimentar, la toma de decisiones se haría cada vez más difícil para los gobernantes de no contar con la legitimidad que da el respaldo ciudadano en las urnas. Así lo entendió Ernesto Zedillo durante la contienda electoral y por ello, haciendo suya una propuesta de Luis Donaldo Colosio, se comprometió a ahondar el proceso de cambios en el Distrito Federal, incluyendo un punto nodal: el de la elección directa del responsable de la jefatura de gobierno.

Era de esperarse que dentro del PRI existieran sectores reacios a la elección popular del jefe de gobierno o de los jefes delegacionales. Tan agraviada se sintió entonces una parte del partido, que después el PRI me regateó su apoyo cuando el PRD, desde el gobierno del DF, desencadenó la persecución en mi contra.

Cárdenas el dormilón

En pocas semanas iba a celebrarse la transmisión de poderes en la ciudad de México. El proceso de entrega-recepción había transcurrido con tanta civilidad como las elecciones, por lo que quise invitar a Cuauhtémoc Cárdenas y a su esposa a una comida... Nos habíamos visto generalmente en oficinas públicas donde solía encontrarme frente a un hombre sumamente reservado, taimado, receloso, desconfiado y, a mi parecer, poco capaz de comprender a cabalidad lo que le explicábamos. ¡No faltaron ocasiones en las que cabeceaba, mientras hacíamos nuestras exposiciones!

 ¡Y llegaron al poder¡

¡Qué bárbaro! -coincidimos el presidente Zedillo, Emilio Chuayffet, todavía secretario de Gobernación, y yo, al comentar, el 5 de noviembre de 1997, el discurso de toma de posesión de Cuauhtémoc Cárdenas.

La víspera de aquel acto de transmisión de poderes, ya tarde, recibí una llamada del presidente... habló para invitarme a seguir en el gobierno, ahora en la Secretaría de Turismo, a cargo hasta ese día de una querida amiga, Silvia Hernández. Fue por poco tiempo, apenas un mes, pues en los primeros días de enero los malos augurios empezaron a cobrar forma.

Todo comenzó con la difusión, por parte de asambleístas del Distrito Federal, de supuestas irregularidades encontradas en mi gestión al frente del gobierno capitalino durante 1995. En primera instancia se habló de 310 expedientes que involucraban a un número indeterminado de funcionarios y de manejos turbios por un monto calculado en 5 mil millones de pesos. La mala fe quedó en evidencia una vez que, con el paso de los meses, la cifra fue reduciéndose hasta llegar a sólo 3 millones de pesos que, por lo demás, no fueron defraudados, como solía mencionarse en los medios.

El presidente Zedillo, indiferente a lo que sucediera conmigo y preocupado solamente por el ambiente de su gobierno en relación con el de Cárdenas, dispuso que no confrontáramos las acusaciones en los medios de comunicación argumentando que, gracias al clima de linchamiento existente, la bola de nieve se haría tan grande que luego nadie la podría parar.

Democracia de opinión

Algunos estudiosos de la ciencia política han llamado la atención acerca del surgimiento de un nuevo fenómeno en la vida política actual. El hecho de que cualquier persona pueda hacer lo que quiera, sin limitarse ni por lo que marca la ley ni por el interés de los demás, genera un ambiente altamente propiciatorio de actividades delictivas.

He dicho que esta campaña en contra de mi integridad arrancó prácticamente al asumir Cárdenas la jefatura de gobierno, pero cuando el ataque se llevó al plano jurídico fue en la administración de Rosario Robles, sucesora de Cuauhtémoc, cuando éste se postuló como candidato a la Presidencia de la República. Los tiempos electorales llevaron a la jefa de gobierno a proceder penalmente.

La acusación

El 23 de marzo del 2000 llegó a mi oficina de la Secretaría de Turismo un citatorio firmado por la Agente del Ministerio Público perteneciente a la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, en el que se requería mi presencia para comparecer el día 24 de marzo del 2000 como presunto responsable en dos averiguaciones previas. Después de analizar los hechos supe que el citatorio estaba relacionado con las acusaciones que se habían hecho mucho tiempo atrás en contra de quien fuera el oficial mayor del gobierno capitalino durante mi administración: Manuel Merino García.

Puedo asegurar que la acusación contiene datos estratégicamente modificados: se menciona la cantidad de 420 millones de pesos, que es el gasto total a lo largo de los tres años que esa cuenta se mantuvo en uso. Sin embargo, mi caso fue tipificado como delito, mientras que el de mis sucesores -de la misma manera que el de mis antecesores- fue asumido como un proceso cotidiano perfectamente legal.

Justicia manipulada

Así, sin que en la averiguación constara mi declaración, la Procuraduría presentó el 29 de marzo de ese mismo año, ante el oficial mayor de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, un requerimiento para que se emitiera en mi contra la declaratoria de procedencia, se me removiera el fuero constitucional y se me separara del cargo”.

Señala el autor: “cualquiera que entienda mínimamente el funcionamiento del sistema político, coincidirá conmigo en que si el Presidente Zedillo y su gobierno hubieran actuado con firmeza y compromiso, el asunto jamás hubiera llegado hasta donde llegó, menos con el precario sustento que tenía. Negociaciones fueron y vinieron entre los partidos de oposición, y mi caso, que a todas luces era un caso político, jamás estuvo en la agenda”.

Explica su fuga: “la alternativa de permanecer al alcance de la Procuraduría del Distrito Federal tenía implicaciones graves, por lo que, mientras obtenía el amparo de la justicia federal, tuve como prioridad protegerme y salvaguardar mi integridad y la de mi familia”.

El exilio

Partí con mi esposa sin un destino definido. Fue así que optamos por un lugar llamado Mont Tremblant, en la provincia de Quebec. Desafortunadamente, apenas un par de días después de haber llegado tuvimos que abandonar el lugar, ya que recibimos información preocupante a través de Internet.

Mientras el gobierno al que serví se desentendía de hacer cualquier esfuerzo o gestión para apoyarme directa o indirectamente en ese traslado, mis dos queridos compadres, amigos míos casi desde preescolar, al darse cuenta de que no resolvería de otra manera la situación, decidieron responsabilizarse de llevarnos de Toronto a Managua sin tocar ningún aeropuerto ni de Estados Unidos ni de México.

Finalmente, el 28 de noviembre, a dos días de que asumiera el gobierno Vicente Fox, aparecí públicamente por mi voluntad para presentar un escrito al secretario de Gobernación de Nicaragua, en el que me ponía a su disposición para el trámite jurídico que correspondiera a mi circunstancia. Justo un día después de la toma de posesión, el gobierno de México, a través del entonces canciller Jorge Castañeda, desplegó una feroz presión sobre el gobierno nicaragüense para que me detuvieran e ingresara a prisión.

Por otro lado, no puedo negar que, como buen político que fui, venía cargando conmigo esa proclividad a satisfacerme y recrearme en el reconocimiento de los demás. Incluso, desde antes de que todo esto pasaba, solía atender con especial interés los comentarios que me hacían mis verdaderos amigos, como mi compadre Enrique, en relación a lo que sucedería el día que ya no me encontrara en un puesto público, después de haber ocupado tantos y tan importantes cargos.

Desde que llegamos, mis abogados me informaron acerca de la enorme influencia que José López Portillo tenía entre los sandinistas, este importante grupo de izquierda en Nicaragua, sugiriéndome que entrara en contacto con él, ya que su apoyo sería vital durante mi estancia en ese país. Eso hice y la respuesta de don José fue espléndida. De inmediato envió a Nicaragua a un colaborador suyo, Carlos Schon...”

En otro pasaje, Espinosa explica su acercamiento con el arzobispo nicaragüense Miguel Ovando y Bravo. “Lo conocí gracias a los buenos oficios del cardenal mexicano Norberto Rivera Carrera, días antes de ingresar a El Chipote. Desde que mi esposa y yo lo conocimos, nos brindó su solidaridad y comprensión, ofreciéndose, incluso, como agente ante la Corte para lograr mi excarcelación.

“-Señor Cardenal -le dije-, yo quisiera confesarme antes de comulgar. ¿Me haría usted favor?”

Varios de los encuentros y conversaciones que sostuve con los custodios y guardias son muy memorables. Entre tantos recuerdos, ahora llega a mi mente la vez que uno de ellos me invitó a ser padrino de su hijo, una vez que fuera puesto en libertad.

Gracias al ingenio de La Gorda, pudimos ingresar incluso un poco de tequilita que guardaba en un recipiente de sal y me sabía a gloria antes de la comida o al llegar la noche con un poco de refresco y hielo que nunca me faltó, ya que me llevaban una bolsa todas las mañanas.

Mi salud iba de mal en peor. Mi estado físico era deplorable. Me sentía una piltrafa humana.

Decepción del PRI

El 28 de febrero de 2001 la Corte determinó que mi encierro en El Chipote fuera sustituido por un arraigo domiciliario, conocido allá como “Casa por cárcel”. Después de más de 65 días dejé ese lugar que, sin embargo, habrá de quedar en mí para siempre.

Al abandonarme, mi partido me decepcionó. Tenía la impresión de haber sido arrojado como a un pañuelo sucio después de haber sido usado. Tal vez sea parte del juego político, pero, ¿dónde queda la lealtad? El PRI se mantuvo absolutamente ajeno. En lo que respecta al gobierno de Zedillo, ¿sería cierto que incluso compañeros míos llegaban a considerar conveniente que todo se concentrara en mí y no afectara a nadie más? ¿Qué tanto se había, no sólo tolerado, sino quizás alentado todo esto? ¿Era precisamente porque se me había considerado tan “cercano” a Ernesto que era aún más “útil” el caso?

También he lamentado mucho la actitud del nuevo gobierno federal. Un régimen que comenzaba su gestión hablando del cambio, de la democracia, de una justicia expedita, no perdió un segundo para iniciar acciones en mi contra y en la de mis colaboradores.

El regreso

Pasaron casi 10 meses para que la Corte de Nicaragua resolviera al fin mi extradición. Para tal efecto, la Procuraduría General de la República envió un avión con algunos de sus miembros. No había nada que perder, ni gobierno de Zedillo al que cuidar. Era momento de exponer mi versión, de exigir la aclaración de cada una de las mentiras difundidas en mi contra.

Despegamos de Nicaragua con destino a la ciudad de México, el viernes 10 de agosto de 2001, alrededor de las 10 de la mañana.

Un aspecto que revela la naturaleza y mala intención de este proceso, es el hecho de que el gobierno del Distrito Federal haya extraviado misteriosamente toda la documentación comprobatoria de los gastos realizados con cargo a la partida presupuestal en cuestión.

Jesús González Schmall, oficial mayor de Cárdenas, no sólo firmó de recibido el acta de entrega recepción en el momento del cambio de gobierno, sino que además declaró al periódico “La Crónica de hoy”, el 21 de junio de 2000, “Efectivamente conocí toda la documentación de la partida 3605 “OTROS GASTOS DE DIFUSIÓN E INFORMACIÓN”, que estaba destinada a comunicación y prensa”.

El gobierno de Vicente Fox necesitaba un escenario que ilustrara y acreditara su lucha contra la corrupción y encontraron en mí al personaje idóneo.

Entonces vino a mi mente aquella ocasión en la que aquél Francisco Barrio, gobernador saliente de Chihuahua, me llamó y pidió verme cuanto antes. En breve entregaría el gobierno y deseaba platicar conmigo.

-Te agradezco mucho la oportunidad que me das de platicar contigo como amigos -me dijo-.

Pensé, en efecto, que Pancho tenía todo el derecho a aspirar a un trato diferente al que yo había recibido, aun cuando perteneciera a un partido diferente al mío. Hablamos largamente en aquella ocasión y lamento que la haya olvidado tan pronto.

El proceso ha seguido su curso, marcado siempre por todo tipo de complicaciones que sólo se pueden explicar por la politización de la justicia...

De esta manera, se han agotado ya las dos instancias que dependían del Poder Judicial del Distrito Federal. Por fortuna, quedan aún dos más: la apelación de la sentencia ante una sala penal del propio Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal y, de confirmarse la sentencia adversa, el amparo directo ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación, instancia ajena a las consignas y manipulaciones de las autoridades del Distrito Federal. 

Hacia una nueva vida

Tengo que recuperar aquellas habilidades con las que me abrí camino en un inicio, aprovechar las vastas relaciones y, trabajando cerca de quienes me conocen y saben quién soy, encontrar alternativas para mi desempeño profesional. Por lo que hace a la política, sé bien que es como un virus que, una vez inoculado, difícilmente abandona el cuerpo al que penetra. Pero este mundo es muy grande y ofrece una gran diversidad de posibilidades, además de los cargos públicos o los partidos políticos, que son sólo una parte del todo.

Son las seis de la tarde. El sol cae tragado por la tierra, incendiándolo todo. En mi nuevo encierro, el paisaje es magnífico, pasmoso. En este momento termino de escribir el presente libro, el cual acaba antes de concluir la historia que ha querido contar, que se resiste a finalizar. Nuevos embates, al llegar los nuevos tiempos políticos, parecen revivir actitudes anteriores: escándalos en los medios, falsas o medias informaciones, decisiones intencionadas de jueces y magistrados en perfecta coordinación con la Procuraduría. Se reeditan capítulos, por lo visto.

Pero, después de más de cinco años de que esto iniciara, con tantos recesos y sobresaltos, es justo que el libro termine. No así la historia, a la que cada lector podrá aventurar un final...

 

La negra trayectoria de Oscar Espinosa Villareal

 

Por más que pretenda ocultar su negro pasado como funcionario público a la luz de sus revelaciones en su libro de próxima aparición, resulta imposible a Oscar Espinosa Villareal borrar la corrupción que envolvió su gestión al frente de varias dependencias públicas.

De ese negro pasado dieron cuenta en su oportunidad no sólo los partidos políticos opositores al PRI, sino la Secretaría de la Función Pública que lo inhabilitó por cinco años, luego de la auditoría 98-2000 practicada a la Secretaría de Turismo de que era su titular y en la que se detectaron graves irregularidades.

Espinosa Villarreal fue funcionario en los gobiernos priistas y los datos llevan hasta los años 80, cuando Espinosa llegó a la Comisión de Valores, institución en donde le tocó cubrir con un velo operaciones no claras de su antecesor.

Cuando a finales del sexenio de Miguel de la Madrid la quiebra de la Bolsa implicó tanto el empobrecimiento de muchos mexicanos que se habían deslumbrado con los altos intereses bursátiles, Espinosa estuvo implicado en la quiebra de la casa de bolsa MexFin.

Bajo la protección del presidente Carlos Salinas de Gortari, Espinosa llegó a dirigir una institución financiera pública de gran importancia: Nacional Financiera. En 1991 intervino para que, de manera irregular miembros de las familias Salinas y Zedillo se vieran beneficiados con créditos.

En 1992 se informó a funcionarios de la Comisión Nacional de Valores que Espinosa -quien fungía como director de Nacional Financiera- había decidido el cobro obligatorio al personal de elevadas cuotas anuales para financiar las campañas electorales del PRI.

Las aportaciones debían entregarse por cheque nominativo a una de las direcciones de dicha Comisión, que se convertía así en ventanilla de cobros de un partido político. De nada sirvió que algunos funcionarios alegaran la necesaria imparcialidad del organismo y hasta su propia decisión de no afiliarse a ningún partido.

Bajo la dirección de Espinosa, Nacional Financiera se vio implicada en una quiebra financiera de 20 mil 918 millones de pesos. El informe de Hacienda a la Cámara de Diputados para explicar las razones de esta quiebra señalaba que se había dado crédito a uniones que no contaban con estructura adecuada, irregularidades en esquemas crediticios, expedientes inexistentes o sin garantías, créditos asignados preferentemente a personas influyentes y altos gastos administrativos.

Pese a tantas irregularidades encontradas en ese organismo, bajo la responsabilidad de Espinosa, éste no recibió ninguna reclamación y los pasivos de la institución tuvieron que ir a parar al Fobaproa, para que fueran cubiertos por todos los contribuyentes mexicanos.

La habilidad para allegarle recursos al PRI le valió a Espinosa ser nombrado secretario de Finanzas de ese partido a finales del salinismo. En esta nueva función organizó un mecanismo para darle a muchos militantes priístas tarjetas de crédito sin garantías. Muchas de las deudas de estas tarjetas también pasaron al Fobaproa.

El mayor logro de Espinosa fue conseguir que el exbanquero Carlos Cabal Peniche y otros financieros otorgaran montos a las campañas del PRI, de manera particular a la de Ernesto Zedillo, lo que contribuyó a la quiebra financiera de varias instituciones bancarias, cuyos pasivos fueron a parar también al Fobaproa. Estos montos no fueron declarados al Instituto Federal Electoral, como lo ordena la ley.

Como pago de estos sucios servicios, Zedillo premió a Espinosa con el puesto de regente de la ciudad de México. En la alcaldía del Distrito Federal, Espinosa contribuyó a la irregular quiebra de Ruta-100 de transporte público; fue responsable de falta de supervisión en la construcción de líneas del Metro, causó un excesivo e irregular endeudamiento. Sin embargo, para seguirlo protegiendo, Zedillo lo nombró secretario de Turismo en el segundo trienio de su período.

El 22 de febrero del año 2000, la Contraloría General del Distrito Federal -ya bajo la gestión del PRD- citó a declarar a Espinosa. Se le acusaba de haber cometido un peculado de 420 millones de pesos. Diputados del PAN y del PRD presionaron para que informara sobre el destino del 50 por ciento de los recursos que generaban los impuestos turísticos.

La Secretaría Interna de la Contraloría de la Secretaría de Turismo reconoció irregularidades, pero con el apoyo del presidente Zedillo, Espinosa se escondió y se hizo prófugo de la justicia ante las acusaciones del gobierno capitalino. Previamente, también amparado por Zedillo, había dejado al frente de la Secretaría de Turismo a su incondicional camarilla.

En agosto del 2000, el electo jefe de gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, insistió en que debido a una resolución de la Suprema Corte de Justicia de la Nación por la que se debían entregar a la Cámara de Diputados los datos de uno de los bancos quebrados y cuyos pasivos habían ido a dar al Fobaproa -convertido en Instituto para el Ahorro Bancario (IPAB)-, tendría que revelarse que Ernesto Zedillo había recibido ilegalmente dinero de Cabal Peniche.

En ese entonces Andrés Manuel López Obrador pidió al presidente electo, Vicente Fox, que cumpliera su deber sin temblarle la mano y que constituyera una Comisión de la Verdad que investigara todo lo relacionado con el IPAB. Fue enfático al declarar: "quiero señalar que en ese entonces el secretario de Finanzas del PRI era Oscar Espinosa Villarreal. Eso está probado. El fue el que finiquitó, el que canceló el fideicomiso entre Banco Unión y el PRI".

Ya sin la protección de un régimen priísta en la Presidencia de la República, Espinosa ingresó a Nicaragua el 12 de noviembre del 2000 cargando ilegalmente un millón y medio de dólares en efectivo. Dos semanas después solicitó asilo, pero poco después -por presiones del gobierno de México sobre el gobierno de Nicaragua- el personaje fue detenido.

López Obrador declaró que Espinosa poseía información clave para investigar al ex-presidente Zedillo, y subrayó que este caso era importante para acabar con la máxima de que en México no se puede tocar al "intocable", y que México no debía seguir siendo el país de la impunidad.

Espinosa podría informar sobre muchas cosas, no sólo sobre las anomalías que cometió durante su gestión al frente del Distrito Federal (1994-1997), sino sobre otros asuntos de suma importancia como todo lo relacionado con las finanzas del PRI. Otra línea de investigación debería descubrir quiénes se enriquecieron con recursos del gobierno de la capital del país.

El PRD ha recalcado que Espinosa tiene responsabilidad en los financiamientos ilegales de las campañas priístas y en irregularidades cometidas al frente de un organismo financiero público. Los grupos parlamentarios del PRD y del PAN en el Senado de la República han coincidido en exigir que se investigue si Zedillo encubrió las corruptelas de Espinosa y preparó su salida del país.

Tras de su gestión en la Secretaría de Turismo, Oscar Espinosa huyó al extranjero, fue localizado en Managua e internado en un reclusorio nicaragüense. Extraditado a nuestro país, las autoridades repitieron la maniobra de Carlos Cabal Peniche, preso en Australia, e Isidoro “El Divino” Rodríguez, recluido en una cárcel de España. 

Hombre en la medianía de su edad, licenciado en administración, Oscar Espinosa Villarreal fue diputado local suplente, director general de Nacional Financiera y de Finanzas del PRI. Espinosa fue el responsable de recibir directamente de manos de Gerardo de Prevoisin 8 millones de dólares de Aeroméxico con los que Zedillo apuntaló su campaña política.

A su paso por el DDF, Oscar Espinosa dejó deudas por 450 millones de pesos a proveedores y contratistas, otros 500 millones de pesos a la Secretaría de Hacienda, cuentas pendientes con el ISSSTE, malos manejos en los fideicomisos de vivienda, desaparición de archivos, pago de servicios profesionales sin autorización hasta por 112 millones, asignación para viviendas sin construir, comprobantes de multas por verificación vehicular que nunca ingresaron a la Tesorería, robos y permisos apócrifos a vendedores ambulantes. Este es el verdadero Espinosa Villareal

 

 

Publicado: Abril 2a quincena de 2006 | Año 4 | No.54



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