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Blancornelas: el cumplimiento del deber

Álvaro Cepeda Neri

 

 

 


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Reportero, sobre todo. Periodista, en consecuencia. Y columnista en la dimensión del reportaje, para diseccionar y volver a armar el rompecabezas del narcotráfico. Nadie como él, en ese contexto, continuó explorando, para la información y la crítica, lo que había iniciado Manuel Buendía y quien fue ultimado por los sicarios al servicio del nexo entre los narcos y la mafia política. Al mismo Blancornelas, finalmente, lo mataron, a través de una larga agonía -una década: 1997-2006-, los mismos integrantes de la narcopolítica.

Buendía y Blancornelas fueron vidas paralelas y cumplieron con su deber, cuando le imprimieron el viraje a su trabajo de reporteros. Cuando decidieron que la prensa es contrapoder y se atrevieron a pensar, a cuestionar y, finalmente, hicieron “uso público... de su propia razón ante el público entero del mundo de lectores” (Immanuel Kant: En defensa de la Ilustración. Alba Editorial. Barcelona.-2006). Y nos ofrecieron sus contribuciones periodísticas, como precursores, además, del llamado periodismo de investigación. Reporteros, pues, al fin.

Y pensar, tan fundamentadamente críticos, como Buendía y Blancornelas, sin concesiones de ninguna especie, para cumplir con el deber que se fijaron: informar, con sus opiniones, a los lectores, estuvieran en la tribuna que estuvieran. Enfrentaron a los poderes del gobierno y de las mafias; al poder público y al poder privado. Blancornelas, tras el crimen de Buendía, no bajó la guardia. Contra viento y marea publicó lo mejor de lo que mejor sabía hacer: reportear, entrevistar e informar sin más divisa que con la que Mónica Zgustova tituló su estremecedor ensayo: Cuando pensar es jugarse la vida, donde aborda “el asesinato de la periodista rusa Anna Polikovskaia” (El País: 23/XI/06).

Blancornelas, por ese periodismo de contrapoder, se jugó su vida, porque sabía que políticos y narcos, vasos comunicantes en el negocio del narcotráfico, lo combatirían. Y le dispararon hasta dejarlo sentenciado a muerte. Ya a uno de sus colaboradores: Héctor Félix, lo habían asesinado. El brazo ejecutor fue un guardaespaldas de Jorge Hank Rhon. Éste, entrevistado sobre el fallecimiento de Blancornelas, se expresó con desprecio, con todo el cinismo de quien, con todo el dinero del mundo, no tiene un centavo de dignidad y menos de la condición humana para, ante la única oportunidad que le dio la vida de Blancornelas, al menos guardar silencio.

Sin apartarse de su deber periodístico no le dio cuartel a la lucha contra las mafias de los narcos y sus complicidades políticas, por lo que hubo de andar con escoltas militares; empero, el atentado de 1997 había logrado debilitar su cuerpo y uno de sus pulmones ya no pudo resistir más. Pero deja un auténtico ejemplo de obrero del periodismo, cuyos combates para liberar al país de los cárteles del narcotráfico, constituyeron el deber para el cual vivió sin que las amenazas cumplidas lo intimidaran. No interrumpió su labor hasta que materialmente, enfermo y bastante mermada su voluntad, busca en su hijo el relevo en la dirección de Zeta que fundó en 1980.

Periodista de tiempo completo, le imprimió al periodismo una de las más perdurables lecciones de persistencia en su oficio.

 

Publicado: Enero 1a quincena de 2007 | Año 5 | No. 70



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