Contralínea  

Llegó la hora

Nancy Flores / Rubén Darío Betancourt, fotos / enviados
La lucha de La Otra Campaña es por la segunda independencia y “contra todo el mundo que nos quiere acabar como país”, en especial contra “el dominio del imperio de las barras y las turbias estrellas”, advierte el subcomandante Marcos al concluir la primera etapa de su movimiento nacional de insurrección. Además de los cinturones de pobreza que afectan las 32 entidades de la República, el delegado Zero encuentra agresivas acciones de contrainsurgencia: la militarización silenciosa de pueblos enteros en la huasteca potosina

 

 

 


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Huasteca, SLP. El rumor se anda como el aire que recorre La Huasteca potosina; se pasea entre las nutridas copas de los limoneros, los ciruelos, los naranjos, los árboles de tamarindo, las calles sin pavimento; se cuela en las humildes casas, que a veces son de tabique y otras nomás de madera y carrizo: el subcomandante insurgente Marcos, del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), “se alimenta con hígados y riñones de niños, anda armado y viene a hacer la guerra”.

Su origen, lo saben quienes lo escuchan, son las altas esferas de la clase política mexicana, que a decir del propio delegado Zero empiezan a preocuparse y a sentir temor por el aviso de insurrección que abajo crece, en la red de luchas que va construyendo La Otra Campaña, y que se alimenta de la rabia que genera el capitalismo.

Pero no es sólo el rumor, las acciones de contrainsurgencia instrumentadas por la administración federal –para intimidar a las tribus nahua, pame, xi uy y tenek de esta región– pasan de la “ridícula” amenaza a la militarización de pueblos enteros, pues enteros se han adherido a la Sexta Declaración de la Selva Lacandona.

Uniformes verde olivo decoran los humildes terruños indios de esta montaña, estratégicamente aislada de la “civilización” mediática, que al subcomandante le recuerda su casa, la montaña de Chiapas. Además de ser morenos y chiquitos –como los jefes zapatistas que lo han mandado a “revisar el suelo mexicano”, a guardar en su corazón los dolores y a aprender las resistencias de otros–, los indios de la huasteca son rebeldes.

Adrián, quien hace una presentación de la escuela autónoma de apicultura “Comandanta Ramona”, ubicada en Chimalaco, municipio de Axtla –inaugurada por un sencillo Marcos, que recorre en los caminos polvorosos del pueblo, sin valla de seguridad, sólo acompañado por lugareños, explica que el nombre elegido es porque la jefa militar del EZLN, fallecida en enero del año pasado, fue “más trabajadora y más brava que una abeja”. Y aunque el niño nahua no lo dice, su pueblo es así.

Del 1 de enero al 29 de noviembre de 2006, tiempo que abarca la primera etapa de La Otra Campaña –detenida durante cinco meses en el Distrito Federal, tras el operativo de represión gubernamental ocurrido en San Salvador Atenco el 4 de mayo–, el delegado Zero de la Comisión Sexta del EZLN busca corazones rebeldes como el del pequeño Adrián.

Y es precisamente después de recorrer más de 45 mil kilómetros por las 32 entidades del país, y de conocer las luchas y los dolores de la gente de abajo, cuando el jefe militar de los zapatistas llama a “cobrar” las cuentas pendientes, como la muerte de Paola –transexual asesinado hace un par de años en Matamoros, Tamaulipas, por un par de policías estatales, y cuyo crimen ha quedado en la impunidad–. “Hay que cobrar lo de Paola, y todo lo que han hecho hay que cobrárselos ya. Hay que sacarlos. No podemos seguir soportando lo que están haciendo”.

El tono de la advertencia para la clase dominante sube. La rebelión civil y pacífica en contra de los políticos y los ricos de este país transmuta discursivamente, ahora se habla de la segunda independencia que liberará a este país del yugo de Estados Unidos.

“Lo que hemos descubierto en los 32 estados es que hay un viento que está ahorita todavía como un rumor abajo. El rumor y el viento que advierte que ya van a ser 100 años de que este país se sacudió con la Revolución de 1910. Que van a ser 200 años que se sacudió del dominio español. Y que ya va siendo hora que nos sacudamos del dominio del imperio de las barras y las turbias estrellas, que está a unas cuantas horas de aquí”, señala el delegado Zero en Tampico, Tamaulipas.

Por eso Marcos “echa” trato de lucha con pueblos indios de toda la República, con organizaciones políticas, con ejidatarios, campesinos, jóvenes, trabajadores sexuales, con los desposeídos, con los de abajo. “(Buscamos) que cada quien, en cada lugar, se organice y luche junto con todos. Y empiece a haber justicia. Y seamos libres y seamos independientes. Porque ahorita no hay independencia. Ésta, decimos nosotros, es la lucha por la segunda independencia. La primera fue contra los españoles. Ésta, que es la segunda, es contra todo el mundo que nos quiere acabar como país”.

Cinturones de pobreza

Seis libretas escritas por el delegado Zero dan cuenta de los dolores que aquejan al otro México: pobreza y marginación encabezan la lista. Y es que al visitar el norte del país, La Otra Campaña derriba el mito del progreso y la bonanza.

“Es precisamente en una comunidad indígena donde termina lo que empezó en una comunidad indígena, también ligada a la lucha de las comunidades creyentes que se organizan abajo; y es precisamente, casi como Chiapas, la zona más pobre de este país. Toda La Huasteca es una zona muy pobre y es una zona indígena”, dice Marcos en su último discurso pronunciado en Xilitla, el 28 de noviembre pasado.

Las comunidades nahua, tenek, xi uy y pame –citrícolas, cafetaleras y apicultoras– enfrentan la pobreza casi sin oportunidades, porque el voraz mercado no perdona: “no hay precio para nuestra producción. A veces nos sale más caro sembrar y cosechar, que lo que nos pagan”, denuncian.

Pero la pobreza no sólo afecta a La Huasteca potosina, también a Nuevo Laredo, Tamaulipas, y Linares, Nuevo León. Casas de cartón de cuatro por cuatro metros, entre las que destacan algunas de madera, las más afortunadas. Ni drenaje ni agua potable, mucho menos luz o teléfono, así es la colonia Blanca Navidad, localizada en la frontera de México con Estados Unidos.

Es Nuevo Laredo y los maquiladores –quienes sólo tienen este lugar para apenas vivir, a pesar de que trabajan arduas jornadas de hasta 14 horas al día por un salario de 50 pesos– también son mexicanos.

Y es aquí donde Marcos se compromete a enviar un cargamento de maíz. “Para que le dé vergüenza al gobernador de Tamaulipas (Eugenio Hernández Flores), nosotros los y las zapatistas, los más jodidos de este país, les vamos a mandar ayuda. No importa que tengamos que atravesar toda la República. Y aunque sea algo muy humilde, lo vamos a hacer”.

La colonia irregular Blanca Navidad no es la excepción en el norte: el ejido Río Verde, del municipio de Linares, Nuevo León, localizado a un par de horas del municipio San Pedro Garza García, considerado como el más rico de México, es otro ejemplo.

El gris raso del tabique y del piso de tierra que colorea las casas, resume la paupérrima situación que, a pesar de ser muy grave no es tema de discusión, pues aquí lo que urge es recuperar la posesión de 405 hectáreas en peligro de despojo.

En forma ilegal, el gobierno de Natividad González Parás pretende construir una aeropista en el terruño. “En 1995 se nos expropió el terreno, pero nunca se posesionaron, así que ya no vale”, manifiesta uno de los 86 ejidatarios.

Con el certificado parcelario 57810/0088 en mano, expedido por la administración de Vicente Fox en junio de 2001 a favor de la comunidad, Fidel Flores explica que el decreto expropiatorio quedó sin efecto en 2000, y que a pesar de ser dueños legítimos de la tierra, hace un par de meses el gobierno mandó a la policía ministerial a invadirlos.

Con esta acción, las autoridades locales violan un amparo a favor del ejido Río Verde. “Este papel quiere decir que desde el 8 de noviembre el secretario de la Reforma Agraria, el director del Fideicomiso del Fondo Nacional de Fomento Ejidal, el gobernador de Nuevo León, el secretario general del gobierno de Nuevo León, el presidente municipal de Linares, el director de la Agencia Estatal de Investigación, y el director de la Policía y Tránsito de Linares, están violando la ley. Ustedes los pueden acusar de invasores”, dice el subcomandante.

Al analizar la resolución del Juzgado Segundo de Distrito en Materia Administrativa, el delegado Zero indica a los ejidatarios y a sus familias que “este papel lo da el Poder Judicial de la Federación. Entonces, arriba de él no hay nada y toda esa gente está cometiendo un delito. Y ustedes los pueden demandar por las 300 cabezas de ganado, que bajaron de peso, aunque no se mueran”.

En su corazón, el subcomandante Marcos guarda la lucha de los indios de La Huasteca potosina, el dolor de los trabajadores de la maquila que sobreviven en la Blanca Navidad, y la rabia de los ejidatarios, sus esposas e hijos, de Río Verde, Nuevo León.

Falta lo que falta

En los últimos pueblos que visita, Marcos va empeñando su palabra de indio tzotzil de la montaña de Chiapas. Tranquilo, con sus ojos bien abiertos y su característico olor a maple, anuncia que los zapatistas de por sí harán el movimiento de insurrección civil y pacífico, que aunque costará vidas, no será en vano. Por ello, en reuniones públicas y privadas, solicita a sus escuchas que vayan informando a los demás, porque el día de la segunda independencia llegará pronto. Sin adelantar tiempos, promete a los ancianos que “lo van a ver”.

“Nosotros les pedimos compañeros, compañeras, que piensen bien qué van a hacer. Porque eso de por sí va a pasar. Y cuando se empiece a escuchar la bulla de que ya se está levantando la gente en todo el país, ustedes van a pensar: 'a nosotros nos avisaron que iba a pasar, entonces tenemos que decir qué vamos a hacer'.”

De acuerdo con su propia evaluación, “las cuatro ruedas del capitalismo: despojo, desprecio, explotación y represión, unen abajo lo que arriba dividen, basados en encuestas y deseos azules y amarillos”.

Con el simbolismo propio de los zapatistas, Marcos detalla que ha caminado la tierra mexicana: “a pie, en moto, en caballo, en bicicleta, en auto, en tren y en barco, hicimos 45 mil kilómetros de campaña muy otra y, para usar las palabras de una mujer indígena rarámuri, en la Sierra Tarahumara, 'vimos la enfermedad y ahí mismo encontramos la medicina'”.

Con este camino andado, el delegado Zero da cumplimiento a uno de los mandatos de la Sexta Declaración, publicada en junio de 2005: “en México vamos a caminar por todo el país, por las ruinas que ha dejado la guerra neoliberal y por las resistencias que, atrincheradas, en él florecen. Vamos a buscar, y a encontrar, a alguien que quiera a estos suelos y a estos cielos siquiera tanto como nosotros. Vamos a buscar, desde La Realidad hasta Tijuana, a quien quiera organizarse, luchar, construir acaso la última esperanza de que esta nación, que lleva andando al menos desde el tiempo en que un águila se posó sobre un nopal para devorar una serpiente, no muera”.

Y ahora, después de recorrer las 32 entidades y enfrentar la primera acción de contrainsurgencia abierta y directa contra La Otra Campaña, afirma que “llegó la hora como hace 100 años y como hace 200 años. Tenemos que levantarnos de nuevo, acabar con todos los gobernantes, todos: desde el más pequeño hasta el más grande”.

El grito del “ya basta” cruje entre los desposeídos, se alimenta de la rabia que ya no es poca y tampoco está sola. “La Otra Campaña no es otra lucha abajo, es la de cada quien, pero tendiendo otros lazos, los de la solidaridad y el apoyo, los del mismo dolor e idéntica rebeldía, los del respeto, los de las diferencias conociéndose y reconociéndose. El otro México empieza abajo. Y no termina hasta que se rehaga, porque falta lo que falta”, sentencia el delegado Zero.

 

Publicado: Enero 1a quincena de 2007 | Año 5 | No. 70



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