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Jiménez Mora, el cómplice de Mart(h)a

Álvaro Cepeda Neri

 

 

 


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El sistema judicial, en general, federal y de las 32 jurisdicciones, lo que incluye, pues, a la capital del país, en todas las materias de sus respectivas competencias (¡y no se diga en lo penal y lo civil!), son de una corrupción tan insoportable que hacen de las partes en los procesos, sus víctimas, que aumenta cuando sobre todo una de aquellas es integrante de la élite política o de los millonarios que maniobran para, como demandados o demandantes, torcer a su favor las resoluciones. Éstas, sin excepción, son prontas y expeditas cuando los jueces, magistrados o ministros, están sobornados o son serviles a las tentaciones y abusos de los poderes económico y político.

Uno de esos especímenes, que Orozco pintó en su mural, en uno de los muros de la Suprema Corte, borrachos por esa corrupción y servilismo, es el todavía titular del Juzgado Doce de lo Civil: Carlos Miguel Jiménez Mora, de mirada sesgada tras sus lentes que, amparado en su actitud de servilleta de Mart(h)a Sahagún Jiménez, la cónyuge ahora escondida en el rancho y/o la hacienda de Fox, por dos ocasiones en un mismo juicio ratificó su odio a las libertades de prensa. Y de tapete para la reina-mamá de los Bribiesca, quien gritó y ordenó al mencionado juez que dictara la sentencia en los términos: “¡Que le corten la cabeza!” a quienes, ejerciendo esos derechos de libertad de información y crítica —en las páginas del semanario Proceso—, hicieron pública la vida de la señora que abusó del poder divorciándose y matrimoniándose, como un espectáculo de escándalos de cara a la opinión pública.

Jiménez Mora ha sido un cómplice y un complaciente de Mart(h)a, a la que en primera instancia benefició una y otra vez, con su parcialidad, descolgando los trapos sucios que ella misma puso en el tendedero para ventilarlos públicamente. Expediente que el juzgador de marras escondió en su caja fuerte, para que nadie tenga acceso, salvo claro, los abogados de Mart(h)a, y los demandados solamente pueden mirar las páginas autorizadas por quien, tras el tribunal, llevó a cabo una inquisición judicial para pisotear la libertad de escribir y publicar textos sobre cualquier materia.

Un juez que ni siquiera atendió la petición de terceros perjudicados y, despóticamente, negó toda información, jamás notificó por escrito y a duras penas, verbalmente, con uno de sus empleados, de mala gana mandó decir que la petición con relación al expediente confidencial (¿confidencial?): 336/2005, era improcedente y donde Mart(h)a, desde lo que fue su trono, azuzada por Fox, arremetió contra la Constitución Política y el juez completó la embestida, para pisotear los artículos 6, 7 y 8, conculcando esos derechos.

Jiménez Mora es la podrida cereza del pastel de la corrupción que priva en las instancias judiciales donde aparece el letrero: “Pierda toda esperanza el que entre” si carece de poder político o económico para provocar abuso de autoridad, tráfico de influencias, cohecho, etcétera.

Las judicaturas tampoco sirven para interponer quejas contra los funcionarios judiciales, ya que encubren y solapan las conductas de todos ellos. La nación, en sus individualidades como personas y ciudadanos, está en total estado de indefensión. Los jueces son sus verdugos, a menos que uno de esos mexicanos sea un integrante de los poderes fácticos económicos o de los gobiernos, pues con dinero e influencias es posible obtener favores de quienes los imparten con el camouflage de resoluciones judiciales.

 

Publicado: Enero 2a quincena de 2007 | Año 5 | No. 71



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