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Kaibiles, escuela de asesinos

Ana Lilia Pérez
Para los guatemaltecos las heridas que dejaron 36 años de guerra civil son indelebles.

 

 

 


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Por estos días, en que la Escuela Kaibil cumple 32 años de existencia, se han reactivado las protestas de organizaciones no gubernamentales, de derechos humanos y familias enteras que exigen castigo a los culpables de los escandalosos agravios contra la sociedad civil durante el conflicto armado en éste país centroamericano.

En las zonas rurales están las precarias chozas cuyos moradores fueron brutalmente torturados, asesinados o desaparecidos a partir de la segunda mitad de la década de los 50 y hasta los 80, cuando se firmó el pacto de gobernabilidad.

Y es en esta página de la historia de Guatemala cuando los kaibiles protagonizan el pasaje más negro de su existencia. La reconstrucción que de estos años han hecho las Comisiones de Verdad de Guatemala habla de historias increíbles de terror, de violencia y agresiones de los soldados de elite contra su propio pueblo, irónicamente en las mismas zonas rurales de las que son originarios los propios kaibiles.

La historia más conocida es la masacre de Las Dos Erres, en 1982, que dejó un saldo de 178 víctimas entre hombres, mujeres y niños. Masacre ocurrida en esta misma zona del Petén, documentada por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y el Arzobispado de Guatemala, los cuales presentaron en su momento testimonios de víctimas sobrevivientes de la masacre de la que a la fecha no hay kaibil enjuiciado.

Según documentos, indagatorias y testimonios reunidos de aquellos años, en una sola noche los kaibiles exterminaron a la comunidad

Con la reactivación de las protestas contra los culpables de la guerra en Guatemala, resurgieron los reclamos del cierre de la “escuela de asesinos”, como definen las organizaciones de derechos humanos a la Escuela Kaibil.

Desde septiembre pasado, el Grupo de Apoyo Mutuo (GAM) demandó a Oscar Berger, el cierre de la Escuela Kaibil, e instó al Ministerio de la Defensa, a investigar a fondo la actuación de siete uniformados nacionales, egresados de la Escuela, detenidos en México bajo cargos de colaborar con el narcotráfico.

"Debe recordarse el tenebroso pasado que los egresados de esa escuela (Kaibil) han tenido", señaló el GAM en un comunicado.

La organización humanitaria agrega:

“Esta fue una escuela de asesinos, en donde se capacitó a los militares en prácticas terroristas", precisamente en la década de 1970, para combatir a la insurgencia y reprimir a la población que simpatizaba con ese movimiento revolucionario.

Recordó que la institución armada de Guatemala ha sido señalada constantemente de haber incurrido en actos de terrorismo en el pasado, así como de proteger, hasta la fecha, los responsables de esas violaciones a los derechos humanos.

Además, sus integrantes han tenido actitudes "poco legales, como por ejemplo estar al servicio del crimen organizado o haber participado en actos de corrupción y malversación", denunció.

La masacre

En 1960 indígenas migrantes de otras regiones de Guatemala llegaron a la zona del Petén en busca de una vida mejor, para poblar y cultivar las tierras de selva virgen.

Los indígenas campesinos fundaron su comunidad al noreste del municipio de La Libertad, y la llamaron Dos Erres, porque los primeros encargados por parte del gobierno de controlar la distribución de las tierras se llamaban Federico Aquino Ruano y Marco Reyes, de cuyos apellidos se formó Dos Erres.

En poco tiempo la comunidad se convirtió en una de las parcelas más organizadas de Petén, cuyas actividades giraban alrededor de su trabajo en el campo, la asistencia a la iglesia católica o la protestante y la pequeña escuela de la comunidad. Los campesinos ignoraban que en esa misma zona el gobierno de Estados Unidos subsidiaria la escuela donde se entrenaba a sus verdugos.

Sobre los hechos de la masacre, las historias recogidas por la Oficina de los Derechos Humanos de la Iglesia Católica de Guatemala (ODHAG) concluyen que desde finales de los años 70 las comunidades indígenas del Petén estaban en la mira del ejército de Guatemala, al descubrirse la presencia de las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR) y ante la presencia de la guerrilla, el ejército estableció un programa de adoctrinamiento de la población que al mismo tiempo era parte del proyecto de infiltración de la guerrilla.

Esos años se dio sin tregua la militarización de las zonas y el inicio de la llamada guerra de baja intensidad que incluía detenciones arbitrarias, torturas, asesinatos y desapariciones de civiles acusados de pertenecer a la guerrilla.

A finales de los setentas el grupo kaibil construyó el destacamento militar en la aldea Las Cruces (aledaña a Dos Erres), ambas del municipio de La Libertad. En Las Cruces la presencia militar se mantuvo durante siete años, que para las comunidades de la zona se tradujeron en abusos de los militares, agresiones, acoso, el establecimiento de Estado de Sitio y la creación de grupos paramilitares, las llamadas Patrullas de Autodefensa Civil (PAC).

Los encargados de ejecutar esta Guerra de Baja Intensidad fueron los soldados de las boinas púrpura, especialistas en contrainsurgencia.

Lo que los soldados de elite hicieron en una de las zonas más pobres de Petén, la noche del 6 de diciembre de 1982 es muestra de lo que ellos llaman “un soldado superior”.

Fecha marcada con sangre en la historia Kaibil, cuando varios comandos ingresaron a la aldea, sacaron de sus chozas a las familias y cerraron los caminos. En un par de horas, toda la comunidad fue masacrada, a excepción de algunos niños, que luego sirvieron como testigos para reconstruir la historia.

De acuerdo con los testimonios reunidos por la asociación de Familiares de Detenidos-Desaparecidos de Guatemala (Famdegua), y con el Ministerio Público asignado a la investigación, familiares de las víctimas señalan como principales responsables a los coroneles Roberto Aníbal Rivera Martínez y César Adán Rosales Batres, el mayor de infantería Carlos Antonio Carías López, el sargento mayor Reyes Colín Gualic, y el sargento Carlos Humberto Oliva Ramírez, todos ellos oficiales y subinstructores kaibiles, junto con patrullas de kaibiles del destacamento de Santa Elena.

De acuerdo con los testimonios, los kaibiles salieron de Santa Elena a las diez de la noche, a bordo de camiones particulares cubiertos con lonas. Los soldados iban vestidos con ropa de civil, para que ni la guerrilla ni los civiles los descubriera. Para identificarse, se colocaron un listón rojo en el brazo.

Arribaron a la aldea a las dos de la mañana, sacaron a las familias de sus casas y a los primeros que torturaron fue a los hombres. Al filo de la madrugada, violaron a las mujeres. A las ocho de la mañana los mandos kaibil dieron la orden, el objetivo de aquel día: ejecutar a la población.

Seis horas después inició la masacre. Un bebe de unos meses de nacido fue lanzado vivo al fondo de un pozo y luego casi todos los menores de edad. Mientras se masacraba a los niños, a los hombres adultos se les mantenía encerrados en la iglesia del pueblo, que fue elegida como centro de tortura. A la sepultura colectiva en aquel pozo siguieron las mujeres; después de violarlas las colocaban a orillas del pozo, les daban un garrotazo en la cabeza. Mucha gente seguía viva cuando fue arrojada en la sui generis sepultura.

De acuerdo con lo declarado por un ex kaibil que participó en la masacre, después de matar a todos los hombres, los soldados volvieron a violar a las niñas y mujeres que aún estaban con vida. A las mujeres embarazadas las golpeaban en el vientre con las armas y los cuerpos fueron arrojados a un pozo. Alrededor de tres horas duró la ejecución, cuando el pozo estuvo lleno lo cubrieron con tierra. Un grupo de sobrevivientes fue llevado a los parajes la Aguada y los Salazares.

Los indígenas de las Dos Erres permanecieron en esa fosa clandestina por más de una década, luego, cuando la Organización de las Naciones Unidas (ONU) estableció la Comisión de la Verdad de Guatemala, entre 1994 y 1995 se realizó la exhumación en Dos Erres. De aquel pozo de 12 metros de profundidad se extrajeron 162 esqueletos de hombres, mujeres y niños, que precedió a la firma de paz en 1996.

El organismo internacional de derechos humanos Amnistía Internacional registra la masacre de ésta comunidad como el peor agravio al pueblo de Guatemala durante la guerra civil, de la que, hasta la fecha, no hay kaibil preso.

Al grupo de elite militar se le vinculó también con otras 600 matanzas perpetradas por el Ejército de Guatemala en aquel periodo.

Con la consigna de los grupos internacionales de derechos humanos de que Guatemala debía desaparecer la Escuela Kaibil, la brigada intenta limpiar su imagen, y ahora estos militares operan como Ejército de Paz con la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que del 2005 a la fecha tuvieron presencia en los conflictos de Haití, el Congo, y en unas semanas serán enviados a Líbano.

Además, una treintena de kaibiles han sido enviados como observadores de la ONU a Sudán, Angola, Burundi, Costa de Marfil, Congo y Haití.

Junto con los militares de Inglaterra, los kaibiles son los únicos militares que a la fecha utiliza la ONU como fuerzas de paz.

 

Publicado: Enero 2a quincena de 2007 | Año 5 | No. 71



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