Contralínea  

Sobrevivir a la miseria

Nancy Flores / Rubén Darío Betancourt, fotos
Incomunicados por lengua y ausencia de caminos, despreciados por autoridades gubernamentales y médicos, los tzotziles de Santiago El Pinar mueren en la montaña: el derecho a la salud es una frase sin sentido, como el agua encharcada y sucia que beben. Además de la marginación, que los coloca como el segundo municipio más pobre del país, los indígenas viven amenazados por paramilitares.

 

 


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Santiago El Pinar, Chiapas. Al pie del camastro, rodeado por familiares y vecinos, se respira un hedor a sangre cuajada: “tiene el cuerpo podrido”, mascullan los tzotziles en un trabajoso español.

Por encima del cobertor asoma el rostro de Andrés, con el pellejo sumido hasta ser pómulos, una afilada nariz y sus nobles ojos negros, en los que se intuyen palabras que ya no puede decir: la fuerza sólo le alcanza para mirar.

Lepra, gangrena, tuberculosis. No saben siquiera el nombre, sólo atinan a explicar que este padecimiento “le cayó” hace año y medio y ahora lo descarna.

–Y tiene la tos –refieren con insistencia; aunque de ésa es testigo la media botella de plástico colocada a su lado, donde escupe flemas blancuzcas.

Para este mal, sus parientes le dan el único remedio al que tienen acceso: un jarabe naturista de nombre Eucalín, hecho de eucalipto y miel, con el que pretenden burlar su aletargada muerte.

Andrés hunde su cabeza en una almohada de hierbas curativas, en vano ocultas detrás de unas cobijas y ropas que a la vez son colchón. Con gran esfuerzo recarga la mirada en las visitas y escucha, o al menos eso parece, los comentarios sobre su enfermedad.

Hace tres meses que ya no se levanta y apenas come la tortilla que le arrima Micaela, su madre, o toma el pozol (bebida caliente y agridulce hecha con maíz y agua). Ésa es la dieta de diario y para todos.

La magra alimentación que recibe e incluso el agua que bebe –extraída de un “pozo” natural, donde lo mismo flotan hierbas que nadan renacuajos– se refleja en su silueta: del joven cuerpo de 35 años, la manta cuadriculada sólo dibuja huesos.

Ningún médico ha venido a verlo, a pesar de los ruegos de Micaela; quizá porque para llegar a esta casa, enclavada en la comunidad de El Carmen, hay que subir una cuesta serpenteada que a ratos se imagina interminable. Cuarenta minutos a paso regular separan al pueblo de la carretera a la altura de Nínamo, y si se quiere llegar hasta la cabecera municipal, hay que andar más de una hora.

Sin Oportunidades

Descalzos, los pies de Micaela se ajustan a la tierra anaranjada. Las hendiduras que se le han formado tras años de largas caminatas semejan las grietas de la senda, donde la cuaresma empieza a borrar el verdor de la montaña. Como la mayoría de mujeres tzotziles, viste un huipil blanco bordado en un tono carmesí y nahuas azules sujetadas a su cintura por la faja roja. De su brazo derecho cuelga un suéter color lila.

La señora, menuda y algo encorvada, regresa a casa en silencio, con los puños cerrados y los ojos casi rezumando el dolor y la rabia. Las piedras sueltas se le clavan en los talones o se le empotran entre los dedos, pero eso poco la abruma: en el camino, que de cuando en cuando es tan estrecho como cuerda floja, se le va quedando la esperanza.

Apenas asoma su vivienda, la primera que se divisa al llegar a El Carmen, Micaela desaparece tras los adobes. Aunque llega acompañada de unos fuereños, no trae la buena noticia que fue a buscar, muy temprano, hasta la cabecera municipal.

Y es que ahora sabe que los médicos del IMSS también pueden declararse incompetentes para auscultar a los enfermos: “No tienen Oportunidades, madre”, se excusó la doctora cuando ella le rogó, a través de un intérprete, que subiera a ver a su hijo Andrés “porque se está muriendo”.

“La doctora no quiere venir”, denuncian los indígenas. “Es que no hay carretera”, lo saben bien. Ni siquiera las caravanas de salud se acercan a estos lares, a pesar de que el doctor Francisco Mariscal, coordinador de este programa estatal para la región de Los Altos, afirma que todos los pueblos son visitados por sus médicos.

Pero en esta zona, la salud -consagrada en la Constitución- no es un derecho para todos: la atención en las clínicas del Instituto Mexicano del Seguro Social depende de la afiliación a los programas Oportunidades y Seguro Popular; y, en el mejor de los casos, del abasto de medicamentos o de la presencia del médico.

Además, las unidades del IMSS sólo brindan auxilios preventivos, también conocidos como de primer nivel. Si se requiere de una intervención quirúrgica o atención de segundo o tercer nivel, los indígenas deben trasladarse a San Cristóbal de las Casas. Hecho casi imposible, pues aquí la economía es de autoconsumo.

El gobierno estatal tampoco resuelve el problema. La Secretaría de Salud, a cargo de las brigadas médicas, no considera a Santiago El Pinar entre sus prioridades, a pesar de que éste es el segundo municipio más pobre del país, según el Informe sobre Desarrollo Humano de los Pueblos Indígenas de México 2006, de la Organización de las Naciones Unidas (Contralínea 72).

El estudio, elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas de México, revela que Santiago El Pinar registra un Índice de Desarrollo Humano de 0.4479. Mientras que el Instituto de Salud estatal indica que la tasa de mortalidad general en 2000 fue de 7.82 defunciones por cada mil habitantes, y de 97.22 con respecto a la mortalidad infantil.

Nínamo

La realidad cae como golpe seco sobre Andrés y su familia: la ausencia de camino; la falta de dinero siquiera para pagar 400 pesos del pasaje a San Cristóbal, 300 pesos de la consulta más lo suficiente para comprar las medicinas y pagar la alimentación; incluso la carencia de agua entubada, van minando las posibilidades de supervivencia del joven.

Aquí, todo es infranqueable distancia. Las ocho viviendas del pueblo se miran desperdigadas en la montaña: como espejos, los cielos rasos de lámina reflejan los rayos de sol.

Desde la estructura misma, las casas dan cuenta de la miseria subsahariana que acusa la ONU. Paredes de adobe reseco o maderos separados, ennegrecidas al interior por la humareda del fogón donde a diario se cuecen los frijoles; los pisos nomás de tierra, porque no alcanza para suelo firme, menos para tabique o losa; escasas ropas apiladas sobre los camastros improvisados con tablones; ni un mueble para el descanso.

Y qué decir del testimonio vivo: lánguidos cuerpos son los pobladores, sobre todo los niños y niñas que pasan su infancia en los campos de maíz y frijol o en las veredas, cargando leños, agua o cosecha. El cinto del mecapal se ciñe en sus cabezas, como una diadema que los obliga a arrastrar la mirada a la tierra.

Con al menos una centena de troncos sobre la espalda, Manuel López Pérez baja esta montaña que más temprano remontó Micaela. Aunque vive en Nínamo, el joven de 34 años y padre de cuatro hijos sube diario los 40 minutos a El Carmen para recolectar madera.

“Todos salimos, mi esposa, mis hijos, vamos por leña. También cuando cortamos café, vamos todos. La gente trabaja desde los 5 años. Los niños regresan de sus clases y tienen que ayudar a traer leña o en el campo.”

En esta comunidad, al igual que en la cabecera, la gente cultiva café. Sin embargo, Manuel explica que esta actividad no es garantía de una vida mejor. “Ahorita no hay buen precio. Al veces hay precio y al veces no. Ahorita pagan 15 pesos, mañana 14. Se necesita dinero diario: cuando tenemos tres o cuatro hijos, gastamos 200 o 250 pesos cada día. Pero del café no hay precio, por eso no nos va a alcanzar el dinero”.

De su carga, que pausado baja y distribuye en la pared de su humilde casa, indica: “lo amarramos con el lazo, porque no tenemos caballo para bajarlo; entonces lo ponemos en la cabeza con el mecapal. Está duro, sí cansa. Así está la gente, porque no tenemos dinero para comprar. Cuando no hay precio (del café) no sale ni lo de la siembra”.

Manuel Méndez Gómez, residente de la cabecera municipal, confirma la crisis del café. El hombre, incapacitado por una herida en el pie hecha con su propio machete, asegura que la culpa es de los “coyotes”, quienes pagan a 13.50 pesos el kilo, bajo el argumento de que les sale muy caro el transporte de la semilla.

Santiago El Relicario

Los productores de café parecen condenados, todos. En Santiago El Relicario tampoco hay vida digna para los tzotziles. Ubicada a tres horas y media de la cabecera municipal -donde, a pesar de la brecha para los carros, las distancias se miden por el tiempo caminado-, la comunidad está en riesgo de caer en una economía de autoconsumo.

Marcos López, representante del municipio en este pueblo, explica que el producto “se vende poco. Los coyotes sólo pagan 12 o 13 pesos por kilo”. Ni con los 360 pesos del Oportunidades alcanza para vivir mejor, dice.

El indígena reconoce que no todas las familias, 25 en total, reciben recursos del programa de desarrollo social. Y aclara que aun cuando algunos tienen el beneficio, “no alcanza”.

“Es muy poquito. Tenemos que comprar jabón, azúcar, sal, ropa, zapatos. Por eso hasta los niños trabajan en el campo.”

Pero la prioridad no es el precio del café, sino el agua potable. La comunidad depende de un riachuelo que queda a una hora de distancia. “Diario vamos al manantial porque diario hay que tomar agua. (Para traerla) Sólo se necesita el tubo, pero es caro. Mil 200 metros, creemos que se necesita de tubo”.

Aunque la comunidad prefiere “no quejarse tanto”, también se requiere de escuela secundaria. Los adolescentes caminan hasta cuatro horas para llegar a la cabecera; mientras que la oportunidad de estudios para las niñas se reduce a nivel primaria, pues “es muy peligroso” que anden tanto tiempo solas en las veredas.

Y es que otro de los problemas que azota a estos pueblos es la paramilitarización. De acuerdo con autoridades de la Junta de Buen Gobierno Oventic, del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, Santiago El Pinar registra actividades de corte paramilitar, sobre todo en contra de bases de apoyo zapatistas, pero también de población civil (Contralínea 76).

“Somos un municipio muy pobre”, reconoce el presidente municipal Manuel Gómez Gómez, quien declara incompetente a su administración para resolver los problemas más urgentes, pues sólo recibe 3 millones de pesos como presupuesto anual.

El funcionario indica que, tan sólo para abrir camino y dar revestimiento a El Carmen, se requieren 4 millones de pesos, mientras que para comunicar a la comunidad de Calob, se necesitan 6 millones de pesos.

De las 13 comunidades que forman el ayuntamiento, Manuel Gómez observa que Calob y El Carmen son las más marginadas: por falta de camino y servicios como agua entubada y energía eléctrica.

Santiago El Pinar es un municipio joven. Se creó en 1999 con la remunicipalización de Chiapas, calificada por académicos y activistas como acto de contrainsurgencia. La población total asciende a 2 mil 174 habitantes, y representa 0.45 por ciento de la regional y 0.06 por ciento de la estatal.

“Éste es el último año de mi periodo y quisiera que tanto el gobierno estatal como el federal den prioridad a Santiago El Pinar, porque hay alta marginación. Somos muy pobres y es muy poco recurso el que nos destinan. Aquí no hay casi nada de avance”, dice el presidente municipal.

CARAVANAS MÉDICAS

San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Francisco Mariscal Ochoa, médico responsable del programa estatal “caravanas de salud”, apunta en una libreta el nombre de Andrés Díaz Ruiz y las referencias para llegar a su casa. Se apresura a extender el compromiso de que alguno de los miembros de su equipo –formado por 12 unidades móviles con médicos, enfermeras e instrumental para brindar atención preventiva– viajará a El Carmen para auscultar al enfermo.

Sobre la ausencia de unidad móvil en el municipio Santiago El Pinar, el coordinador operativo de atención médica de la jurisdicción sanitaria II, explica que en la zona de Los Altos la Secretaría de Salud chiapaneca sólo tiene identificados como prioritarios, por su alta marginación, a los ayuntamientos de Pantelhó, Zinacantán, Aldama, Chamula, Chenalhó, Chalchihuitán y Mitontic.

Advierte que las brigadas de salud dan atención a todas las comunidades de estos seis municipios, incluso las que no cuentan con caminos, pero se excusa de cubrir la montaña en Santiago El Pinar, pues éste no se encuentra en la lista de urgente atención.

A pesar de las evidencias, Cuauhtémoc Zapata Cabrera, coordinador de epidemiología, indica que en Los Altos los indígenas tienen plenamente garantizado su derecho a la salud, y se dice sorprendido por la aseveración de la ONU, referente a que el índice de desarrollo humano registrado en Santiago El Pinar es comparable con los de África subsahariana: “Nunca había escuchado ese panorama africanizado”.

Explica que “tenemos 57 centros de atención médica de primer nivel, distribuidos en los 18 municipios de Los Altos. Los principales padecimientos son enfermedades diarreicas infecciones respiratorias agudas, que prevalecen más en los grupos extremos, que son los niños menores de cinco años y los adultos mayores de 60 años.”

Para Enrique Castro Muñoz, asesor de la jurisdicción sanitaria, la Secretaría de Salud estatal, en coordinación con el IMSS, da una cobertura del 98 por ciento, tanto en zonas rurales como urbanas.

En casos como el de Andrés, el médico responsabiliza a los propios indígenas de no atenderse a tiempo. Además desestima que la falta de infraestructura, personal y medicamentos socaven la garantía y el acceso a la salud de los pueblos indios.

Señala que el acceso a los servicios médicos sólo se dificulta “desde el punto de vista geográfico, porque hay localidades en donde no entra carro, hay que entrar a pie. La dispersión de la población sigue siendo difícil, incluso la cosmovisión que llegan a tener en relación al proceso salud-enfermedad y al concepto que tienen de la vida. Hay que acordarse que Chiapas, y en especial Los Altos, es un mosaico de culturas que entran en contacto y que están en una dinámica constante. Ése también sigue siendo un problema de accesibilidad”.

Castro Muñoz añade que “hay problemas no sólo de accesos sino también de comunicación: en esas localidades, la mayoría de las personas es monolingüe, (además de) su cosmovisión. Es muy difícil llegar a cambiar de la noche a la mañana esa cultura y esa cosmovisión que tienen. Pero la infraestructura y la cobertura, del Seguro Social y de la Secretaría, es muy importante”. (NF)

 

 

Indicadores de la marginación

Santiago El Pinar se ubica en las montañas del norte, en Los Altos de Chiapas, y limita al este con el municipio Aldama , al sur y oeste con San Andrés Larraínzar y al norte con El Bosque y Chalchihuitán. Tiene una extensión territorial de 17.76 kilómetros cuadrados, que representa el 0.47 por ciento de la superficie de la región y el 0.02 por ciento de la superficie estatal.

De acuerdo con el II Conteo de Población y Vivienda 2005, de los 2 mil 174 habitantes del municipio, 2 mil 86 personas hablan lengua tzotzil. En 2000, Santiago El Pinar presentó un índice de analfabetismo del 68.48 por ciento, de una media estatal de 22.91 por ciento, refiere el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI).

El INEGI reporta que en 2000 se registraron 296 viviendas particulares habitadas, de las cuales 99.32 por ciento son propiedad de sus habitantes, mientras que 0.68 por ciento no son propias. En cada vivienda el promedio de ocupación es de 5.98 habitantes. Los materiales predominantes en los pisos de las viviendas son 79.39 por ciento de tierra y 19.26 de cemento y firme. Las paredes son 63.85 por ciento de madera y 25 de tabique. En techos, 71.28 por ciento son de lámina de asbesto y metálica y 10.14 de teja.

En cuanto a servicios públicos, el INEGI reporta que el 83.78 por ciento de las viviendas disponen de energía eléctrica, 89.86 por ciento de agua entubada y 1.69 por ciento cuentan con drenaje.

 

 

 

Publicado: Mayo 1a quincena de 2007 | Año 5 | No. 78



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