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Cuando el pasado 7 de diciembre la administración de Donald Trump dio a conocer su Estrategia Nacional de Seguridad, tomando como fundamento la llamada doctrina Monroe, a la que agregó su propio Corolario de 33 páginas, nadie pensó que el anunciado objetivo de restaurar la preeminencia militar y estratégica de Estados Unidos en el continente llegaría al extremo de invadir Venezuela el pasado 3 de enero, para secuestrar al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, la diputada Cilia Flores.
Promulgada el 2 de diciembre de 1823, hace 202 años, por el entonces presidente James Monroe, implicaba la prohibición por parte de Estados Unidos a la extensión del poderío europeo en el entonces llamado Nuevo Mundo. Desde su origen, fue una advertencia a las potencias europeas de no involucrarse en los asuntos de la hegemonía regional estadunidense en el continente.
Bajo el lema “América para los americanos”, implicaba que el naciente país se abrogaba el papel de garante de la independencia de las naciones que comenzaban a emanciparse de monarquías como la corona española, buscando que los europeos se mantuvieran fuera de América.
Aunque nunca fue reconocida por las naciones latinoamericanas ni por el resto del mundo como un fundamento con alcances legales, a lo largo de dos siglos ha sufrido diversas adecuaciones para justificar el proyecto continental de dominación de un país que pasó de ser una potencia a finales del siglo XIX a una superpotencia en el siglo XX, y que ha visto decaer su supremacía a principios del siglo XXI, ante la expansión de economías como las de Rusia y China.
Y si bien en noviembre de 2013 el entonces secretario de Estado de Barack Obama, John Kerry, señaló que era hora de dejar atrás la doctrina Monroe por “anacrónica”, en 2018 Rex Tillerson, secretario de Estado en el primer periodo de Trump, anunció su resurrección, al mencionar que la doctrina seguía vigente. La desempolvó como un manual estratégico para enfrentar las supuestas amenazas rusas y chinas.
En el actual escenario, donde el gobierno de Donald Trump pasó de los discursos a las agresiones, es importante retomar los tres principios en que se sustentaba la doctrina Monroe.
Veamos: “No se admitirán futuras colonizaciones en el continente americano por parte de potencias europeas; cualquier intento europeo por extender su sistema político a cualquier región del hemisferio occidental será considerado como una amenaza para la paz y la seguridad estadounidenses”.
Además, Estados Unidos se comprometía a abstenerse de involucrarse en problemas relacionados con las potencias europeas en sus esferas de influencia. Tal declaración fue cobrando relevancia en la medida en que el imperialismo estadunidense detonó su fase de expansión y colonialismo encubierto, ahora exacerbado con Trump.
Atrás quedó el tiempo en que Washington disputaba a Europa su área de influencia en el continente americano, adjudicándose el derecho de salvaguardar a las nacientes independencias para encubrir el huevo de la serpiente de su hegemonía.
Con el paso de los años, quedó bien claro que tal doctrina nunca tuvo la intención de ser un instrumento para alentar el desarrollo independiente de América Latina frente a las acechanzas de las monarquías europeas. El verdadero objetivo fue y ha sido proteger y garantizar su control y dominio sobre los 33 países del continente.
En distintos momentos quedó de manifiesto que, para Estados Unidos, no fue prioridad el mínimo respeto a las naciones del hemisferio occidental. En su expansión territorial, que derivó en la Guerra con México (1847-1848) y dio paso a las anexiones de Texas, California, Arizona, Nevada, Utah y Nuevo México. El presidente James K Polk justificó el robo al territorio de nuestro país como la suma voluntaria de Estados Independientes “a nuestra Confederación”.
Durante su periodo de 1901 a 1909, el entonces presidente Theodore Roosevelt añadió su propio corolario a la doctrina Monroe, bautizado como la política del “gran garrote”, que aumentó el grado de intervención estadunidense en América Latina, en el contexto de una expansión que abarcaba también otras regiones del planeta.
Bajo la tesis del panamericanismo, Estados Unidos consolidó su avance político y militar en la región, extendiendo su dominio a países como Cuba, Puerto Rico y República Dominicana.
Sin embargo, en sentido opuesto, Washington no resultó ser el “guardián” del continente cuando, por una deuda del gobierno de Venezuela con particulares, naciones europeas como Alemania, Gran Bretaña e Italia realizaron una invasión militar al país sudamericano para obligar al entonces presidente Cipriano Castro a pagar sus deudas con ciudadanos de esos países.
A pesar de que las costas venezolanas fueron bombardeadas, Roosevelt no movió un dedo en su defensa y, peor aún, justificó la escalada militar bajo el argumento de que Estados Unidos no protegería a ningún Estado del continente por “mala conducta”.
De acuerdo con el convenenciero criterio del entonces presidente estadunidense para aplicar la doctrina Monroe, el respeto a la soberanía de los países más débiles dependía de que estos conservaran y garantizaran el orden dentro de sus fronteras y cumplieran con sus obligaciones con los extranjeros.
En el corolario que Trump añadió, se incluyeron acciones preventivas y ofensivas que permiten entender la agresión militar a Venezuela. Entre estas: despliegues selectivos para asegurar la frontera; uso de fuerza letal para combatir cárteles cuando sea necesario; reajuste de la presencia militar global para priorizar el hemisferio; expansión de puertos, instalaciones y acceso militar en la región; “enlistar y expandir” la influencia en América Latina.
Las declaraciones del secretario de Guerra, Pete Hegseth, añadieron al rediseño doctrinal: “el Departamento de Guerra está listo para tomar medidas concretas y decisivas que promuevan los intereses de Estados Unidos. Este es el Corolario Trump a la Doctrina Monroe. Estados Unidos restaurará su dominio militar en la región tras años de negligencia. El país no se distraerá con políticas como construcción democrática, cambio climático o intervencionismo prolongado”.
Se entiende por qué, desde hace 200 años, tal doctrina ha guiado los abusos del imperialismo estadunidense hasta llegar a la barbarie de pisotear el derecho internacional, sin importarle ningún costo político o económico, tomando por la fuerza y el poderío militar estadounidense lo que no le pertenece al enloquecido Trump.
Martín Esparza*
* Secretario general del Sindicato Mexicano de Electricistas
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