Ni de lejos, Obama es Lincoln (ni mucho menos Peña es Juárez)

Se pueden aprovechar otras experiencias históricas y, cambiando lo que se tenga que cambiar, implantarlas sobre todo para los nacientes Estados donde se constituyen sociedades que, con medios jurídicos, generan sus gobiernos para conquistar fines políticos, económicos y sociales-culturales, afianzadas en sus tradiciones rescatables. Pero no hay imitaciones ni ciclos, como postulan quienes catearon el encanto de la “astucia de la razón” de Hegel y el hegelianismo de derechas al que se afiliaron Oswald Spengler, Arnold Toynbee y demás seudohistoriadores de “tijeras-y-engrudo” (Robin G Collingwood, Idea de la historia; Ensayos sobre la filosofía de la historia y El nuevo Leviatán: hombre, sociedad, civilización y barbarie). Aunque lo parezca, nada se repite en el curso de la humanidad. Y cada pueblo, cada nación, son singulares al crear su pasado y su presente que es el único futuro inmediato.

Lincoln: el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo

Lasdos caras de la democracia son: la democracia representativa o indirecta, nacida de las urnas al elegir representantes; y la democracia directa, que ejerce el pueblo cuando se pronuncia en referéndum y plebiscitos; y cuando se manifiesta públicamente para expresar sus críticas y cuestionamientos contra sus gobernantes y/o contra los abusos de cualquier otro poder, ya sea religioso, económico o cultural.