Unidos o devorados, desafío de nuestra época

Unidos o devorados, desafío de nuestra época

Al cabo de casi 2 décadas de experiencias políticas, sociales y culturales de cambio en nuestra región, con mayor o menor profundización, con más o menos obstáculos en cada caso, los procesos políticos posneoliberales de nuestra América enfrentan su hora más difícil: no sólo en aquellos países donde los gobiernos nacional-populares todavía ejercen el poder (Venezuela, Bolivia, Ecuador), sino también donde las fuerzas y partidos de izquierda asumen, una vez más, el reto de ser oposición y de reconstruirse para recuperar la iniciativa luego de las derrotas electorales y el shock de los golpes parlamentarios (Argentina, Brasil).

Sin temor a la autocrítica, conviene reconocer de una vez que lo que en su momento identificamos como un cambio de época impulsado por las izquierdas plurales y diversas de nuestra América, hoy se encuentra estancado, empantanado en una coyuntura sumamente adversa.

Como si esto no bastara, vivimos en un contexto mundial marcado por dos grandes fenómenos: uno, la fractura del discurso y la praxis de la globalización neoliberal, cuyos dogmas se derrumban por los efectos de la prolongada crisis del capitalismo, la caída del comercio internacional y las contradicciones entre potencias que dan bandazos entre las soluciones proteccionistas y librecambistas, sin ser capaces de forjar un nuevo consenso.

El otro fenómeno corresponde a la creciente y peligrosa beligerancia del imperialismo estadunidense, que se agita, herido, ante las tendencias a la multipolaridad del sistema internacional y lo que parece ser un indetenible cambio en la hegemonía mundial, que se desplaza hacia el eje geopolítico y económico de Asia.

En nuestra región latinoamericana y caribeña, la crisis hegemónica del imperialismo se expresa en el nerviosismo y la impaciencia de la  dirección política en la Casa Blanca, que amenaza con intervenciones como en los viejos tiempos (comprobando así que el soft power del presidente Obama sólo fue una maniobra momentánea, un refinamiento de los modales, pero no una renuncia a los apetitos imperiales ni a los objetivos mayores de dominación).

Washington no aspira a otra cosa que no sea recuperar el control total de los recursos naturales, y destruir las alianzas estratégicas con China y Rusia, como parte de la guerra económica y militar no convencional que ya está en curso por la supremacía global. Por su parte, la nueva derecha, antilatinoamericanista y abiertamente proimperialista, ha leído en esta actitud agresiva de Estados Unidos una bocanada de oxígeno para apuntalar su proyecto de restauración conservadora, que muy temprano empieza a mostrar  desgaste y fisuras.

En este escenario, el peligro de ser devorados por el imperialismo y la vorágine destructiva de este tiempo de incertidumbres y recomposiciones, deja de ser una simple metáfora interpretativa y se convierte en una posibilidad real. Ya los gobiernos de la nueva derecha, que conspiran contra Venezuela, han comprobado que la locura que impera en la Casa Blanca puede conducirlos incluso a abrir las puertas de una agresión militar contra un país hermano de nuestra América.

En circunstancias como estas, cobra mayor sentido aquella vieja pregunta: ¿qué hacer?, y la respuesta que en 1993 ensayara Fidel Castro en la reunión del Foro de Sao Paulo en La Habana, cuando planteó la necesidad de “crear una esperanza para el futuro” de los pueblos, un proyecto movilizador, a partir de la integración política y económica.

“Es una cuestión vital, es una cuestión de supervivencia, estamos viviendo en un mundo de grandes gigantes económicos e industriales, de grandes comunidades económicas y políticas. ¿Qué perspectivas de independencia, de seguridad y de paz, qué perspectivas de desarrollo y bienestar tendrían nuestros pueblos divididos? (…) ¿Qué menos podemos  hacer nosotros y qué menos puede hacer la izquierda de América Latina, que crear una conciencia a favor de la unidad?”, dijo Fidel en aquella ocasión.

Los tiempos que corren no son los más favorables para la integración, lo sabemos. Y es cierto que los gobiernos posneoliberales, más allá de la retórica, dejaron muchas tareas pendientes para consolidar las instituciones y mecanismos de la integración emancipadora diseñada en torno a la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba), la  Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeño (Celac).

Pero también creemos que, más temprano que tarde, es posible que vivamos una nueva oleada progresista (las crisis de los gobiernos de Temer en Brasil y Macri en Argentina dan una señal en ese sentido) y es preciso que no abandonemos la batalla de ideas por la construcción de la unidad latinoamericana y caribeña como horizonte de época.

Los procesos políticos pueden sufrir reveses coyunturales, pero las ideas son las que dan aliento a las resistencias, las luchas sociales y la búsqueda de alternativas en el largo plazo. Ahí  es preciso seguir disputando la hegemonía. Se nos impone, desde todos los frentes, reivindicar la idea de la integración  como  proyecto histórico necesario, en medio de las difíciles condiciones de nuestra época.

Todo está por hacer, y esa es una oportunidad. En ello nos jugamos el futuro, la paz y el derecho a una vida mejor para nuestros pueblos. Y también, la posibilidad de construir el equilibrio del mundo que alguna vez José Martí soñó como la gran contribución de nuestra América a la civilización moderna.

Andrés Mora Ramírez*/Prensa Latina

*Investigador, analista y docente de la Universidad de Costa Rica

[BLOQUE: OPINIÓN][SECCIÓN: ARTÍCULO]

 

 

Contralínea 556 / del 11 al 17 de Septiembre de 2017

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