Semiparlamentario: la única salida al presidencialismo mexicano

Semiparlamentario: la única salida al presidencialismo mexicano

Los debates sobre monarquía y república, regímenes parlamentarios y presidenciales, estado unitario o federalismo, han ido cayendo en olvido y no han entrado en los debates actuales sobre el funcionamiento de las instituciones y prácticas democráticas, incluyendo su efecto en el sistema de partidos.
 
Juan J Linz, “Democracia presidencial o parlamentaria”, ensayo del libro La crisis del presidencialismo
 
El viejo presidencialismo priísta (nacido en 1946 con los genes del Partido Nacional Revolucionario de 1929 y del Partido de la Revolución Mexicana de 1938), con la fallida alternancia de su hermano bastardo el Partido Acción Nacional –abortado en 1939–, es ya un presidencialismo agotado, desgastado y destinado a morir con el peñismo. Ese presidencialismo debe transformarse, pero sin seguir copiando el sistema estadunidense con un vicepresidente, sino separando a los siameses jefe de Estado y jefe de gobierno que integran a la institución, y que, cada vez menos, puede ejercer el presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos. De esta manera hacer de nuestra democracia representativa una democracia parlamentaria o semiparlamentaria eligiendo a un jefe de Estado, y el Congreso de la Unión nombrando a un jefe de gobierno, tanto para una división del trabajo político, administrativo y de representación, como para dar paso a un presidencialismo semiparlamentario.
 
Al poner en marcha “una elección parlamentaria [que] puede producir una mayoría absoluta para un partido concreto, pero lo más normal es que dé representación a una serie de partidos. Quizá uno gane una pluralidad mayor que otros, haciendo necesaria una negociación y compartir el poder para conseguir el apoyo mayoritario para un primer ministro o la tolerancia de un gobierno minoritario. Esto significa que el primer ministro [o jefe de gobierno] tendrá que estar muy atento a las demandas de distintos grupos y muy preocupado por conservar su apoyo. De la misma forma, los distintos partidos no pierden la esperanza de llegar a ejercer parte del poder, de tener posibilidades de control y la oportunidad de obtener beneficios para los que les apoyan” (Juan J Linz, “Democracia presidencial o parlamentaria. ¿Qué diferencia implica?”, del libro en dos volúmenes La crisis del presidencialismo, Alianza Editorial).
 
En nuestro caso, el presidencialismo no podrá sobrevivir salvo con inestabilidades, que pueden llevar a un desastre político (más manifestaciones, rebeliones, revueltas y hasta el golpismo de los cárteles del narcotráfico o de militares y marinos que son fallidos policías, etcétera), y procede, cuanto antes, tener una Presidencia semiparlamentaria que evolucione al total parlamentarismo, en un principio con un jefe de gobierno como cúpula político-administrativa y un jefe de Estado, con lo cual separaríamos esas dos facultades y funciones para, simultáneamente, provocar el tránsito del Congreso de la Unión a un parlamento, ante el cual ese jefe de gobierno sería el único directamente responsable de la representación democrática.
 
Es la única manera de conciliar la democracia directa que se desborda y la democracia indirecta que ha dejado de funcionar. Y establecer elecciones verídicas, donde cuente el “voto por voto” para, de una vez por todas, clausurar la falta de credibilidad electoral. Necesitamos empujar nuestra atorada transición a más y mejor democracia, diseñando y practicando un presidencialismo con un gobierno federal de gestión y capaz de adelantarse para resolver los problemas que son de su competencia. Un presidencialismo con un sistema de gobierno operativo, que junto con los otros dos poderes sea capaz de conducir al Estado.
 
Al separar al jefe de gobierno del jefe de Estado, funcionarían mucho mejor los “frenos y contrapesos” en beneficio de disminuir la corrupción, las decisiones de un presidente-monárquico que ya es incapaz de llevar el timón del Estado y estar pendiente del gobierno del Poder Ejecutivo como tal. Se trata de modificar el presidencialismo –casi absoluto– mexicano, con sus raíces en el autoritarismo desde Obregón-Calles, en un semipresidencialismo “atenuado o parlamentarismo con notas presidenciales” (“El semipresidencialismo”, ensayo de Daniel Alberto Sabay, en el libro El presidencialismo puesto a prueba, varios autores, Centro de Estudios Constitucionales).
 
En el libro de Maurice Duverger Los regímenes semipresidencialistas, producto de un coloquio donde intervinieron varios politólogos, el tema es analizado más profundamente en el sentido de que es posible y recomendable el presidencialismo semiparlamentario. “Se trata de la presencia de tres órganos políticos: presidente de la República, Consejo de Ministros con un primer ministro y el parlamento”.
 
Ya está atascado de problemas, corto de perspectiva y agotado el modelo presidencial a la mexicana en su práctica PRI-PAN, que solamente ha dejado la incapacidad del “señor presidente” (y más cuando se trata de aprendices de político como los casos desde el final del díazordacismo hasta Echeverría, López Portillo, De la Madrid, Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y ahora Peña) para atender la política económica, lo social, la cultura y hasta tener como auxiliar al pregolpismo militar, que ni siquiera mantienen a raya a las delincuencias que han puesto en riesgo la seguridad y las libertades; y que la democracia directa, la del pueblo, se esté enfrentando cada vez más a la democracia representativa y al caduco presidencialismo.
 
*Periodista
 
 
 
 

Fuente: Contralinea 360 / 11 de noviembre 2013
 

 

 

 

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