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La mujer de ciencia y su historia en el diván

La mujer de ciencia y su historia en el diván

En México, como en el mundo, las mujeres viven continuamente algún tipo de menoscabo en sus derechos humanos más elementales. Esta segregación se hace latente en la academia, las actividades científicas y tecnológicas: sólo el 30 por ciento de las personas dedicadas a la ciencia y la investigación son mujeres. Particular atención merece el caso de la psicología, donde se ocultan las aportaciones históricas de las estudiosas de este ramo del saber. No es un asunto de capacidades, sino de discriminación por razones de género

La discriminación hacia las mujeres es estructural, como lo señala el Consejo Nacional para Prevenir La Discriminación, (Conapred). Sobrevivimos a tratos generalizados y masivos de desigualdad aún ahora. Este trato desigual se perpetra en todos los ámbitos sociales e instituciones, generando patrones de conducta normalizados.

Según el informe Women in science, emitido por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), sólo el 30 por ciento de investigadores y científicos en el mundo son mujeres. Desde la creación de los Premios Nóbel, sólo el 6 por ciento de los premios han sido entregados a mujeres (CODS, 2021).

Aunque las mujeres han contribuido en la psicología, existe un detrimento histórico. Lo anterior ha generado una falta de valoración de cantidad, calidad y diversidad de las contribuciones femeninas.

Hablar del papel que juega la mujer en el estudio de la mente requiere plantearse que, para el desarrollo de cualquier ciencia y arte, la mujer no era convocada El terreno en el cual la mujer tuvo cabida desde el origen de la historia que conocemos es el de cuidadora, ligada a la fecundidad, a las labores del hogar, la crianza y al espacio privado.

Para poder comprender el papel de la mujer en la ciencia debemos inducirnos en la historia, asimilando la integración de la mujer a la vida social, pública y laboral. Ello nos permitirá visualizar el lienzo sobre el cuál se han plasmado muchas teorías de la mente humana.

De este modo, debemos empezar, como es natural en el orden de las cosas, por el principio, en su sentido aristotélico: un planteamiento que genera y busca respuestas, dejando de lado la comodidad que nos genera ser sólo espectadores; e indagar en lo dicho, en lo aprendido y sumergirse en más posibilidades, ya que ello es parte del quehacer de una sociedad responsable con su base teórica. Veamos en perspectiva cómo muchos conceptos basados en algunos prejuicios han trastocado muchas veces la precepción teórica de la mujer.

¿Las mujeres, seremos de Marte, como dice Simón de Beauvoir? ¿Cómo se ha desarrollo la mujer en diferentes ámbitos: en la ciencia, el arte, la industria, en el sector laboral.? En la psicología podemos ver que la producción teórica, científica, ha estado en manos de los hombres. Muchas veces hemos desaparecido, dejando de lado el contexto histórico que nos rodea y el sesgo mismo de las pocas oportunidades de desarrollo que hemos podido alcanzar.

Imágen que representa el como una mujer también puede destacar en cualquier campo laboral, deportivo, etc,
FOTO: 123RF

Muchas teorías de la psique y el estudio de la misma se han concretado incluso antes de que la mujer pudiera ser considerada persona, un ser con alma o un individuo de la especie humana.

Por ejemplo, para Aristóteles la mente o psique es lo que hace que podamos percibir. Y en su dicho, la mujer suele tener  referencias no tan afortunadas como estas:  “El macho es por naturaleza superior a la hembra, uno gobierna y otra es gobernada” (Aristóteles)[1], o ésta: “Bien entre los bárbaros, la hembra y el esclavo tienen la misma posición” (Aristóteles)[2]. Esto no mejoró después: muchos de estos criterios fueron la base del pensamiento en la cual se fundó la idea de la mujer, por ejemplo, en la religión, la cual ha sido de relevante importancia en la humanidad.

Por ejemplo, en la religión católica se pueden encontrar preceptos como: “lo masculino asociado a Dios, lo virtuoso y lo absoluto; por otro lado, lo femenino vinculado al pecado y el mal”, de la Revista Ciencias Sociales, Genero y Religión (Seoane, 2019)[3].

Al instituirse la religión Judeocristiana, la mujer no se vio beneficiada con el cambio de ídolos y dioses. Con Constantino, la mujer no pudo ser partícipe de los ritos. Fue expulsada y sólo se le dio el lugar de aquella que lleva en sí misma el principio del mal, llamado el pecado original, con el cual maldijo a toda la humanidad y su penitencia ha subsistido hasta el día de hoy, no la de parir con dolor, como dicen las escrituras bíblicas, sino a ser menospreciada incluso por ellas mismas.  San Agustín Hipona nos dice: “Es Eva, la tentadora, de quien debemos cuidarnos en toda mujer… No alcanzo a ver qué utilidad puede servir la mujer para el hombre, si se excluye la función de concebir niños.” (Cid, 2011)  También menciona San Agustín que: “Las mujeres no deben ser iluminadas ni educadas en forma alguna. De hecho, deberían ser segregadas, ya que son causa de insidiosas e involuntarias erecciones en los santos varones.” (Tacca, 2020)

Por otra parte el protestantismo no se salva de estos señalamientos. Martin Lutero refiere con respecto de las mujeres: “las niñas empiezan a caminar y a hablar antes que los niños porque la maleza crece siempre más rápido que las buenas semillas” (Plata, 2021).

Aún hoy día, en ocasiones sucede que cuando a una mujer se le hace saber que puede ser digna de un esposo que la vigile, cuide o someta, deberá renunciar a su individualidad, sus proyectos personales, muchas veces a amistades, familia y por ello será recluida al ámbito privado. Ella, de facto, estará obligada por ese supuesto cuidado referente a los deberes del hogar, deberá parir y cuidar de la familia, se le obligará socialmente a ser recatada y exclusiva sexualmente, como un deber más, aunque a los varones se les promueva la hipersexualización y sea esta una prueba más de su hombría: el someter, subyugar, seducir , controlar es parte de su mandato de ser hombre.

Imágen que representa la brecha laboral que las mujeres sufren en comparación a sus compañeros hombres
FOTO: 123RF

Las mujeres deberán limitarse sexualmente o vivirán el escarnio social de hombres y mujeres. Las actividades realizadas en el seno de lo privado no generarán remuneración salarial: por su labor percibirá los alimentos, porque es su deber hacerlo por amor. Es ahí es donde se normaliza el trabajo no remunerado, porque el amor todo lo da y todo lo puede. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. (l Corintios 13:4, 7-8).

La mujer no fue considerada ciudadana en la Revolución Francesa. La idea de que la mujer fuera integrante del Estado con derechos civiles, políticos y sociales se fue gestando mucho tiempo después de logrados estos mismos derechos para el hombre. Se gestó con la aparición de la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, escrito por Olimpia de Gouges, quien dijo: “La mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos” (Cid, 2011)[4];  ella exigió que las mujeres fueran consideradas ciudadanas de pleno derecho, lo cual la llevó a la guillotina en 1793.

El camino de las mujeres en el campo del estudio de la mente ha sido tortuoso. Debemos recordar que a las mujeres no se les permitía estudiar en las universidades y medicina era considerado un territorio de hombres. Las mujeres en la Psicología fueron las esposas e hijas de los hombres que estudiaban la mente. Después se fue extendiendo a mujeres de clases sociales dominantes.  La inserción de la mujer ha sido lenta. Muchas obras de mujeres han permanecido bajo el nombre de anónimo. En la Psicología como en otras ciencias, los protagonistas han sido los del sexo masculino. Las mujeres en las universidades empezaban a ser toleradas, pero no se les dio crédito por sus trabajos o estudios.

En el libro de Roudinesco Freud: en su tiempo y en el nuestro, Freud refiere que “la sexualidad de la niña, se organiza en torno del falo: ella quiere ser varón. En el momento del Edipo desea un hijo del padre y este nuevo objeto inviste con un valor fálico” (Roudinesco, 2015)[5]. Podemos pensar que lo que se consideró que la envida del pene puede simplificarse con el hecho de que la sociedad no ha logrado la efectiva equidad entre hombres y mujeres, los derechos humanos de las mujeres es un tema aún en el tintero, la justicia social e igualdad de oportunidades no se ha visto cristalizada. Aún ahora la mujer, es considerada garante de la familia, vivimos desigualdad económica, marcadas diferencias laborales y violencia vicaria.

Desde esta óptica podemos entrever que el destino de las mujeres pudiera ser diferente si la obediencia, sujeción y pasividad sexual no fuera un mandato, los síntomas, de las llamadas histéricas de la época victoriana seguro hubiesen sido distintos; si podemos liberar a cada paciente mujer de esta lapida histórica, de la culpa religiosa, social, del miedo a ser libres, de lo angustioso que puede ser enfrentarse a sí mismas, sin duda podríamos tener en el consultorio pacientes más integradas. En palabras de Eduardo Galeano, “porque al fin y al cabo el miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo”.

Acaso los psicólogos, psicoanalistas y estudiosos de la mente humana estamos libres de estas ataduras y prejuicios, tatuados en nuestro inconsciente por tantas generaciones.

Siempre podemos cuestionarnos, como un ejercicio de intentar ser mejores, qué posturas que han sido dadas por verdad, qué tanto en el desarrollo de las personas está presente esta construcción social de lo que es la mujer, cómo debe comportarse, qué se espera de ella dentro de este conjunto y cómo es percibida por ella misma, por su contexto, qué dolores le genera esta expectativa y percepción, cómo este sesgo nos ha tocado a cada uno en nuestra práctica en el consultorio, incluso como muchos prejuicios nos han llevado a encasillar a nuestras pacientes mujeres en lo que deben realizar para ser felices según nuestras propias limitaciones.

No debemos separar el contexto de nuestros pacientes, comprender la historia y el desenlace de esta, saber que conlleva ser mujer y ser hombre desde un sentido más humano, sintiente y sensible, saber lo peligroso que es nacer mujer, trasformar la mirada celosa y destructiva de nuestras pares, la posible mirada asesina del patriarcado, que valida la violencia por divertirnos, disfrutar, sentir que podemos ser libres de ataduras o cautiverios, por despojarnos del velo.

Imágen de referencia en como las mujeres sufren en silencio debido a los atropellos de los que son víctimas todos los días.
FOTO: 123RF

¿Cómo se han construidos los sometimientos de la mujer? Para Marcela Lagarde dichos encierros son “Casa, convento, burdel, prisión, manicomio son espacios de cautiverios específicos de las mujeres. La sociedad y la cultura compulsivamente hacen a cada mujer ocupar uno de estos espacios y, en ocasiones, más de uno a la vez” (Lagarde y de los Ríos, 2015).

Debemos considerar también la feminización de la pobreza: la doble jornada en un mundo global que nos lleva a la explotación y la precariedad, donde nos culpamos por no ser las madres perfectas que la sociedad espera de nosotros y nos excluyen en los trabajos por ser madres, queriendo que trabajásemos como si nuestros hijos existiesen y los criemos como si no tuviéramos que trabajar, cumpliendo jornadas laborales extensas, sin la armonización laboral y maternal, porque la crianza es nuestra, como si nosotras por generación espontánea nos hubiéramos preñado solas.

Desde la práctica psicoanalítica no debemos apartar esta mirada, comprender y buscar el síntoma en el contexto, en las implicaciones culturales que conllevan, el compromiso y el trabajo personal que son parte de nuestra oferta en el espacio analítico. Ello implica despejarnos de prejuicios personales de nuestras propias expectativas de lo que significa ser mujer, este contexto lleno de valores, expectativas, estereotipos que oprimen. ¿Cómo debemos liberar a nuestras pacientes de esto? ¿Cómo nos vamos a liberar nosotros de esto? ¿Cómo lograremos desnormalizar la violencia clínica de etiquetar sin comprender este contexto histórico que ha logrado atravesar a cada mujer, en este malestar en la cultura?

“Hace mucho que soy mujer, sería estúpido si no estuviera de mi lado”: Maya Angelou.

Bibliografía

Aristóteles, G. (s.f.). Política. Madrid, España: Editorial Gredos 1988.

Auxi, S. (Abril-Junio de 2006). Las primeras mujeres psicoanalistas. Vite Academia biomedica digital, 7(27). Obtenido de https://www.imbiomed.com.mx/articulo.php?id=37610

Cid, L. R. (2011). Mujeres en la Historia. Guía didáctica. Oviedo: Instituto Asturiano de la Mujer.

Lagarde y de los Ríos, M. (2015). Los cautiveríos de las mujeres : madresposas, monjas, putas, presas y locas. México, CDMX: Siglo Veintiuno.

Nunberg, H. (1987). Prinicipos del psicoanalisis. Su aplicación en las Neurosis. Buenos Aires: Amorroutu Editores.

Paz, O. (2020). El laberinto de la soledad . CDMX: FCE.

Plata, V. M. (2021). Mujeres e Inquisición. Madrid, España: Ediciones Casipoea .

Roudinesco, É. (2015). Freud : en su tiempo y en el nuestro. Barcelona : Debate.

Seoane, M. J. (2019). Género y religión. A la búsqueda de un modelo de análisis. Aposta. Revista de Ciencias Sociales(núm. 82), 124-137.

Tacca, A. F. (2020). La Construcción Social de la Mujer en el Cristianismo e Islam: La mujer y la religión:(acercamiento a la doctrina judeo-cristiana). . Socialium, 4(2), 131-146.

Vallejo Orellana, R. &.-B. (2003). Sabina Spielrein, la primera mujer que enriqueció la teoría psicoanalítica. Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría(85), 107-122. Recuperado el 29 de agosto de 2020, de http://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0211-57352003000100007&lng=es&tlng=pt.

Wiliams. (2017). Ginecología . CDMX: McGraw-Hill Interamericana Editores.

Thalia Abarca M*

*Abogada y psicóloga; maestra en derecho constitucional y especialista en psicología criminal

[1] Aristóteles. (1988). Política. Madrid, España: Pág. 57.

[2] Ídem. Pág.47

[4]Cid, López Rosa Mª 2011 Mujeres en la Historia. Guía didáctica.116

[5] Roudinesco Élisabeth. 2015. Freud: en su tiempo y en el nuestro. pág. 373