Recuerdo que a comienzos de la década de 1990, poco después de la atomización del imperio soviético, la Casa Real saudí inició un tímido acercamiento hacia Moscú. Las gestiones diplomáticas, llevadas a cabo con suma cautela sorprendieron a los occidentales; para los wahabitas, Rusia había sido, durante décadas, el reino de los apostatas, algo así como el imperio del mal estadunidense, aunque con un tinte ideológico diametralmente opuesto. Con razón: el país de los soviets, baluarte de la liberación del ser humano y de la dictadura del proletariado se había convertido en la pesadilla de los príncipes saudíes, defensores a ultranza del sistema feudal.