Mareas verde y morada toman CDMX: 8M, un grito de justicia

Mareas verde y morada toman CDMX: 8M, un grito de justicia

Las calles del centro de la Ciudad de México no eran para autos ni motocicletas, sino para miles de mujeres con alas en su espalda
FOTO: FERNANDA MONROY

Los vagones del metro iban repletos de mujeres, incluso aquellos que son mixtos. Utilizaban playeras moradas o verdes, paliacates y listones en las muñecas y cargaban sus consignas plasmadas en cartulinas o trozos de cartón. Algunas terminaban de anotar los contactos de emergencia en sus brazos.

FOTO: FERNANDA MONROY

El metro avanzaba y, con cada estación, los vagones seguían llenándose. El murmullo de sus voces inundaba el espacio. Conversaciones acerca del punto de encuentro en caso de separarse, consejos para amenizar el trayecto y recuerdos de marchas pasadas se entremezclaban.

Mujeres de todas las edades iban juntas en el mismo espacio. Niñas con trenzas o coletas altas iban al centro del grupo de mujeres que las protegían. Jóvenes con diamantina morada en los párpados se ayudaban entre ellas a amarrarse los paliacates. Entre ellas, mujeres adultas, canosas, ojeras profundas y arrugas se unían a los vagones naranjas.

Cuando el metro llegó a la estación Hidalgo, una marea verde y morada desbordó el andén. “¡Alerta, alerta, alerta que camina la lucha feminista por América Latina!”, resonaba al unísono mientras subían las escaleras y salían a las calles para comenzar la marcha del Día Internacional de la Mujer, 8 de marzo.

FOTO: FERNANDA MONROY

Bajo el cobijo de la sombra de algunas jacarandas, la marcha avanzaba. Silbatos, tambores y megáfonos acompañaban el eco de sus voces. “¡Justicia para las desaparecidas!”, “¡justicia para las víctimas de feminicidio!”, “¡justicia para las víctimas de acoso o abuso sexual!”, “¡justicia para todas!” Las exigencias retumbaban entre las calles, un reclamo al sistema patriarcal que ha violentado por décadas.

Las historias de cada mujer eran distintas, pero el apoyo y la sororidad eran el hilo que las unía. Xóchitl, madre de una pequeña, compartió a Contralínea que “lo que la motiva a estar aquí es saber que somos más mujeres haciendo conciencia del movimiento, de lo que significan nuestros derechos. La empatía siempre va a culminar con nosotras como mujeres, nos haya o no pasado una situación desagradable en la vida”.

A sus palabras se sumaron las de Rocío: “yo vine porque acompaño a mis hijas y no me gustaría que el día de mañana no llegaran a mi casa”. Y las de María, quien llevó un mensaje de acompañamiento a su hija: “hace tres años me enteré que un tío de mi hija la tocó y por eso empezamos a marchar, para que ella vea que no está sola”.  

“¡Porque vivas se las llevaron, vivas las queremos!”, “¡ni una más, ni una asesinada más!”, “¡la policía no me cuida, me cuidan mis amigas!”, “¡hay que abortar, hay que abortar, hay que abortar este sistema patriarcal!”, fueron algunas de las consignas que resonaban en las voces de las mujeres que transitaban en el corazón de la ciudad.

En esta ocasión, las calles del centro de la Ciudad de México no eran para autos ni motocicletas, sino para miles de mujeres con alas en su espalda. Abuelas, madres, hermanas e hijas marchaban juntas. Saltaban, cantaban y gritaban, seguras de que la mujer a su lado las respaldaba. Se calcula que a esta manifestación asistieron más de 200 mil personas.

En sillas de ruedas, en los brazos de sus madres o con el puño en alto, avanzaban decididas mientras dejaban a su paso una nube de humo morado. Las paredes de colores uniformes eran ahora lienzos de la lucha feminista: frases de apoyo, pintas en aerosol, carteles clamando justicia y denuncias de agresores eran las obras principales.

Al acercarse a la plancha del Zócalo, los golpes contra las vallas metálicas se hicieron más notorios. “¡Esas morras si me representan!” y “¡fuimos todas! acompañaban el estruendo de los martillazos.

Entre las calles 5 de mayo y Palma, las manifestantes alzaron su puño al aire. Un silencio se hizo presente por unos segundos, sólo para romperse con gritos y vítores como señal de que habían llegado a su destino.

Al centro del Zócalo, el asta bandera las recibía. Muchas se reunieron en círculos, compartieron alimentos, bebieron agua y escucharon sus testimonios de lucha y resistencia. Otras continuaron con los tambores, los cantos y las pintas. En el centro de algunos grupos, las pancartas y cárteles fueron colocados en montones que fueron encendidos.

Las llamas ardían mientras las mujeres, tomadas de las manos, comenzaban a danzar. En sus rostros, chapeados por el sol, el cansancio era evidente, pero también la complicidad. Sus miradas reflejaban la certeza de que volverían. Una y otra vez. Hasta que la justicia deje de ser una consigna y se vuelva realidad.

FOTO: FERNANDA MONROY

Cuando el sol comenzó a ocultarse tras los edificios del Centro Histórico, las llamas de las pancartas seguían encendidas, como símbolo de un fuego que no se apaga. Las mujeres ahí reunidas sabían que al día siguiente volverían a sus rutinas, a sus trabajos, a sus casas, pero no sin antes haberse hecho escuchar. Porque cada paso, cada grito y cada golpe en esas vallas era una marca imborrable de su presencia.

La marcha, sin embargo, no fue del todo pacífica: el llamado Bloque Negro Anarquista causó destrozos a comercios de las arterias cercanas al Zócalo, y se abalanzó contra las vallas que rodeaban Palacio Nacional, la Catedral Metropolitana y otros recintos históricos del primer cuadro de la capital.

Con marros iban golpeando cristales y cortinas de diversos negocios; y con latas de pintura en aerosol iban pintando consignas durante su paso. Pero también, con esas mismas latas, crearon una especie de sopletes para calentar los amarres de las vallas y llegar al punto de derribarlas; lo que no ocurrió, porque el fuego fue contenido por el polvo de los extintores que lanzaba la policía.

FOTO: FERNANDA MONROY

Las integrantes del bloque negro también lanzaban patadas con furia a esas vallas que previamente habían cubierto con los nombres de las mujeres asesinadas y frases dirigidas a la presidenta Claudia Sheinbaum, en las que señalaban que a la Presidencia y al poder político “no llegamos todas, pues faltan las desaparecidas y las víctimas de feminicidio”.

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