En México, las mujeres artesanas preservan un patrimonio cultural transmitido de generación en generación, pero su trabajo está marcado por bajos ingresos, informalidad y falta de seguridad social. Detrás de cada bordado hay horas de trabajo y conocimientos comunitarios que no siempre se reflejan en el precio de las prendas. El informe Tejiendo el cambio y los testimonios recogidos por Contralínea muestran las barreras que enfrentan para vender sus productos, obtener una retribución justa y ejercer sus derechos laborales
Hilvanar es un verbo, pero en las manos de Blanca puede dar forma a un ave de color amarillo, un pétalo o una flor. Para ella, el bordado es sustento, patrimonio y legado. En la región de Ocosingo, Chiapas, las mujeres transmiten ese conocimiento de madres a hijas. Por eso, Blanca reclama que su oficio sea reconocido también como un trabajo con derechos.
Detrás de cada pieza hay horas de labor, materiales y traslados que no siempre se recuperan con el precio de venta: la informalidad, la precariedad laboral y la dependencia de intermediarios limitan los ingresos de las artesanas. Mientras sus bordados son valorados como patrimonio cultural, ellas enfrentan dificultades para acceder a la protección social y obtener un pago justo.
“Para nosotras no solo es una pieza artesanal, no es una blusa, una playera, una camisa. Para nosotras es bastante patrimonio cultural de nuestra comunidad. Representa a la comunidad. Representa nuestra historia, nuestras tradiciones, nuestra cultura, pues prácticamente todo lo que somos nosotras como artesanas de las comunidades”, explica Blanca Arely, una joven artesana de la región de Ocosingo, Chiapas, en entrevista para Contralínea.
En las manos de Blanca, los conocimientos heredados de su madre y de su abuela se vuelven tangibles. Cada puntada prolonga una memoria que comenzó antes de su nacimiento: la de generaciones de mujeres que encontraron en el trabajo artesanal un sustento económico y una forma de preservar su historia comunitaria.
En el primer trimestre de 2026, alrededor de 469 mil personas trabajaban en la elaboración artesanal de productos textiles, de acuerdo con el perfil ocupacional publicado en Data México, de la Secretaría de Economía. Por su parte, el conjunto de las artesanías –no sólo las textiles– aportó el 18.4 por ciento del producto interno bruto (PIB) del sector cultural y concentró el 30.2 por ciento del empleo cultural en 2024, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).
El peso económico y cultural de esta actividad contrasta con las condiciones de quienes la sostienen. El subsector de la artesanía textil se caracteriza por sus altos índices de informalidad, asociados con falta de seguridad social, ingresos precarios y escaso acceso a derechos laborales, señala Brandon Melecio Fischer, especialista en inclusión y desarrollo sostenible y coautor del informe Tejiendo el cambio. Por un trabajo justo para las trabajadoras de la artesanía textil en México, en entrevista con este semanario.
“El 94 por ciento de las personas ocupadas en el sector trabajan en condiciones de informalidad. Y esto repercute más en la falta de acceso a derechos laborales de las mujeres en particular. ¿Y por qué? Porque las mujeres pertenecen a estos eslabones más precarizados, más débiles de la cadena de producción. Y, justo, por ejemplo, vemos la diferencia entre hombres y mujeres en el sector textil, incluso podemos observar que las condiciones laborales de las mujeres y las de los hombres son sumamente diferentes”, sostiene.
El informe, elaborado por UNIDAS, Red de Mujeres por el Trabajo Justo, describe la artesanía textil como un subsector feminizado: las mujeres representan más del 78 por ciento de su fuerza laboral. Ellas se concentran en actividades como el bordado, la sastrería y la confección artesanal de prendas de vestir. Los hombres tienen una mayor presencia en la elaboración de productos de cuero, piel y fibras vegetales. Estas diferencias forman parte de la distribución desigual del trabajo que analiza el documento.
La desigualdad también se refleja en los ingresos. Según el informe, con datos del cuarto trimestre de 2025, las mujeres perciben alrededor de 3 mil 700 pesos mensuales y los hombres alcanzan cerca de 7 mil 400 pesos. Fischer relaciona esta brecha con los espacios laborales que ocupan unas y otras.
Para Blanca, la escasez también se mide en trayectos. Como otras artesanas, se desplaza para conseguir materiales, transportar sus piezas y encontrar compradores. Cuenta que rara vez disponen de espacios propios para vender.
Los traslados implican riesgos. Blanca relata que su tía fue atropellada mientras sorteaba automóviles. “Son accidentes de riesgo que no están dentro de una seguridad”, sostiene. Por ello, pide acceso a la seguridad social, espacios para trabajar y protección laboral para sus compañeras artesanas.
“Nuestras condiciones laborales son muy limitantes. No se cuenta con mercados o espacios exclusivos para nosotras; no hay lugares designados para vender nuestros productos. No contamos con ningún tipo de apoyo dentro de lo que es seguridad, aun cuando caminar, salir a vender e ir a los mercados forma parte de nuestro trabajo”.
El informe Tejiendo el cambio permite situar estas experiencias en un panorama nacional. Según su análisis de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del INEGI, correspondiente al cuarto trimestre de 2025, apenas 2.4 por ciento de las mujeres que se dedican a la artesanía textil tienen acceso a seguridad social, frente al 12.4 por ciento de los hombres. El promedio del subsector es de 4.5 por ciento. Son condiciones de una actividad que se desarrolla mayoritariamente en la informalidad.
El mismo informe señala que el 79.54 por ciento de las mujeres artesanas textiles trabajan en micronegocios sin establecimiento, frente al 49.19 por ciento de los hombres. Esta categoría comprende unidades sin un local o una instalación fija y especializada; puede incluir el propio domicilio.

Las brechas de género se hacen todavía más visibles al observar las condiciones laborales: el 96.6 por ciento de las mujeres ocupadas en esta rama artesanal trabaja en la informalidad, frente al 83.6 por ciento de los hombres, de acuerdo con el análisis de UNIDAS.

La artesanía textil es trabajo
Las experiencias de Blanca plantean una pregunta: ¿por qué el reconocimiento del patrimonio cultural no se traduce en condiciones de trabajo que protejan a quienes lo producen? Para Fischer, una de las barreras es la idea de que la artesanía constituye una ocupación secundaria.
“Existe algo todavía más profundo que es la percepción de la artesanía textil como si fuera una actividad complementaria; es decir, como algo que se realiza en su tiempo libre y por lo tanto no se reconoce como un trabajo en sí. Claro, hay un reconocimiento importante en cuestiones de la artesanía como identidad cultural, transmisión cultural y de los pueblos y las comunidades indígenas y afromexicanas, pero no hay reconocimiento del valor económico del sector de la dimensión laboral”.
La falta de reconocimiento de su trabajo se manifiesta en las condiciones en que las artesanas producen y venden. Sus formas de inserción productiva van desde el trabajo por cuenta propia hasta esquemas de subordinación en los que otras personas determinan los tiempos, las tareas e incluso los materiales.
El informe Tejiendo el cambio describe un entramado productivo diverso. Algunas mujeres venden directamente sus piezas; otras producen por encargo, recurren a intermediarios o trabajan en talleres pequeños y medianos. También hay quienes combinan la artesanía con actividades agrícolas, comunitarias o de cuidado.
“A veces, una se tiene que trasladar a otros municipios como San Cristóbal, como Palenque, para poder vender estas blusas. Entonces, lo que hacemos es turnarnos por días o salir acompañadas entre nosotras para poder ir a vender al mercado. Y eso lo combinamos con nuestra producción de maíz. Vendemos frijol. Vendemos otras frutas como la mandarina, la naranja, el jocote y otro tipo de verduras, pepino, limón, pues para complementar nuestros gastos básicos de alimentación y también de familia”, relata Blanca.
Ante las dificultades para comercializar sus artesanías, muchas mujeres optan por entregar sus prendas a intermediarios, explica Blanca. La necesidad de obtener ingresos puede llevarlas a aceptar precios que no compensan el trabajo ni los costos de producción. “Pues la verdad sí, nos afecta bastante y por eso muchas optamos por intermediarios, porque acá estamos viendo costos de producción”, señala.
“Nosotros, lo que hacemos, con tal de tener un sustento, un ingreso, lo vendemos al regateo. No optamos por el regateo, sino que nos regatean y no se establece un precio justo. También, los mismos clientes no nos dan el precio justo”.
El informe denomina extractivismo cultural a prácticas como la apropiación de diseños y el aprovechamiento comercial de saberes colectivos sin reconocimiento ni una distribución justa de los beneficios. Distingue estas prácticas de una comercialización que respete la autoría comunitaria y remunere el trabajo de las productoras.
Blanca explica que los intermediarios pueden revender los bordados a precios superiores a los que pagan a las productoras, mientras los ingresos de éstas varían de un mes a otro. “Y eso conlleva que muchos intermediarios lleguen con este regateo o que lleguen a comprarnos y utilicen las cintas, utilicen otros tipos de bordados para poderlos comercializar, pero ya no al precio que nos pagaron. Porque ahí en la investigación se habla de tres mil pesos al mes, pero es un cálculo estimado, y puede ser que ese mes sí se logre, pero en otro mes no”.
Además de la intermediación, existen esquemas de subordinación en los que los responsables de los talleres definen las tareas, los tiempos y los materiales. Según el análisis de la ENOE presentado por UNIDAS, el 29.7 por ciento de la población ocupada en esta rama artesanal trabaja de manera subordinada, mientras que sólo 19.2 por ciento declara recibir un salario. El informe describe la coexistencia de distintas formas de contratación y pago, sin que la subordinación garantice acceso efectivo a derechos laborales.
La Ley Federal del Trabajo establece las bases para reconocer y regular las relaciones laborales. En el sector artesanal, identificar quién trabaja para quién y bajo qué condiciones puede resultar difícil cuando los acuerdos son informales. Fischer advierte que esa falta de reconocimiento puede ocultar relaciones que implican subordinación.
“Sí, hay toda una implicación en cuanto a los derechos laborales que está completamente explícita cuando analizamos el tiempo dedicado a la artesanía textil, pero lo que buscamos también encontrar o visibilizar es que muchas veces las artesanas están subcontratadas de forma encubierta”.
El especialista explica que algunas artesanas trabajan para terceros o empresas sin que se reconozca formalmente la relación laboral. Por ello, destaca la importancia de fortalecer los mecanismos de inspección para identificar relaciones de subordinación y posibles esquemas de subcontratación encubierta.
La ausencia de un contrato escrito, por sí sola, no elimina una relación laboral ni los derechos que derivan de ella. Los artículos 20, 21 y 26 de la Ley Federal del Trabajo regulan la relación de trabajo, la presunción de su existencia y la protección de los derechos de las personas trabajadoras cuando falta el documento escrito.
Por otra parte, trabajar por cuenta propia tampoco garantiza autonomía económica. Muchas artesanas asumen el costo de los materiales, la elaboración, el traslado y la comercialización de sus piezas. Cuando las ventas disminuyen o los ingresos no alcanzan para recuperar la inversión, ellas absorben las pérdidas.

El tiempo de las artesanas se mide en puntadas y en el desgaste de sus cuerpos
Elaborar una blusa puede llevar entre siete y 10 días de trabajo; un traje de gala, entre 25 y 35, según Blanca. Cada pieza exige elegir colores, trazar figuras y bordarlas a mano. El tiempo invertido no garantiza que el precio de venta compense el esfuerzo.
Blanca explica que las artesanas crean sus propios diseños: son figuras que inventan, que imaginan, trazan con lápiz y bordan a mano, pétalo por pétalo.
“Si es una blusa como esta que tengo acá, a lo mucho, así con los dibujitos, nos lleva como una semana, una semana o 10 días. Todos los días. Pero cuando son más diseños y son más ostentosas las flores, como el traje que nosotros manejamos de gala, pues sí nos lleva de 25 a 35 días”, cuenta.
Las jornadas de bordado y venta también repercuten en su bienestar, relata Blanca. Menciona problemas de la vista, dolores de espalda, inflamación en los pies, cansancio y exposición prolongada al sol. A esas jornadas se suman las labores domésticas y la falta de espacios de cuidado para sus hijas e hijos.
“También lo que más batallamos es la espalda, el aumento de peso porque nos las pasamos sentadas siempre. O sea, si para vender a veces nos ponemos en un lugar y nos tenemos que sentar. Y sí, el cansancio corporal que se da. Muchas de mis compañeras no conocen qué es un bloqueador solar. Entonces, todo eso te mancha la cara, el cuerpo. Entonces, siempre estamos ‘quemaditas’ de sol”.
La jornada continúa cuando dejan la aguja o recogen las prendas del mercado. A la producción y la venta se suman las tareas de cuidado, que reducen el tiempo disponible para descansar, organizarse o buscar nuevas oportunidades de comercialización.

Un patrimonio que también necesita derechos
Pese a las dificultades, Blanca encuentra en el bordado algo más que una fuente de ingresos. Al hablar de su oficio, explica que cada pieza transmite los saberes, la historia y la identidad de su comunidad.
“Para nosotras, el bordar una blusa no es sólo un simple dibujo. Cada pétalo es diferente.[…] Para mí, al realizar una blusa, representa mucho, porque sé que es algo que yo hice y que lo estoy viendo en otra persona, y sé que le gustó por los colores que yo coloqué”, explica.
Los conocimientos también se transforman entre generaciones. Las artesanas ensayan nuevas formas de pétalos, flores y figuras; aprenden unas de otras y perfeccionan sus técnicas. Así, el bordado conserva y renueva una memoria comunitaria.
Para Blanca, la desaparición de los bordados supondría perder una forma de reconocerse como comunidad, al igual que ocurre cuando una lengua deja de transmitirse. Con lágrimas en los ojos, insiste en la urgencia de reconocer el trabajo de las artesanas.
“Buscamos el reconocimiento del derecho de nosotras como artesanas, nuestra seguridad social, que estemos reconocidas dentro de ello. Un precio justo. Una retribución justa. Un reconocimiento cuando existan trabajos. Que todas tengamos un lugar para vender. Que no vengan intermediarios a llevar nuestro trabajo, que esté plasmado también dentro de las leyes, que seamos protegidas, que seamos reconocidas”.
Esa demanda también aparece en el informe Tejiendo el cambio, que dirige recomendaciones a la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPS), el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), la Secretaría de las Mujeres y el Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías (Fonart).
Entre las propuestas están fortalecer la protección laboral de quienes trabajan por cuenta propia y de quienes enfrentan subordinación encubierta; facilitar el acceso a la seguridad social mediante esquemas compatibles con ingresos variables; impulsar la comercialización justa y la venta directa, y fortalecer las redes comunitarias de cuidado y organización. El documento también plantea mejorar la información estadística sobre las condiciones laborales del subsector, con indicadores que permitan identificar las desigualdades de género y el acceso efectivo a derechos.
“Buscamos en este caso la formalización simplificada. En colaboración entre la Secretaría del Trabajo y el IMSS, co-crear esquemas de formalización laboral adaptados a las trayectorias laborales de las artesanas que suelen ser no lineales, que suelen ser intermitentes. Entonces, recomendamos que armen una estrategia dedicada a la cuestión de formalización simplificada de las artesanas que estén adaptadas a su realidad”, sostiene Brandon Melecio Fischer.
Fischer plantea que la formalización debe partir de las propias comunidades y aprovechar sus redes de apoyo. Propone que la STPS refuerce el acompañamiento mediante brigadas móviles y atención comunitaria que acerquen los servicios institucionales a las artesanas, en lugar de exigirles que se desplacen hasta las dependencias públicas.
Sobre la respuesta de las instituciones a las recomendaciones, el especialista afirma que ha encontrado apertura al diálogo, aunque persisten dificultades para concretar cambios en las políticas públicas. Destaca el interés de la dirección y el equipo del Fonart; en el caso de la Secretaría de las Mujeres, considera necesario fortalecer la articulación.
Para Fischer, la finalidad es construir una política pública que funcione como un puente entre las comunidades y las instituciones. La propuesta busca fortalecer las redes de apoyo existentes y ampliar su alcance mediante servicios de salud, cuidados y acompañamiento adecuados a los contextos culturales de las artesanas.

El reto, concluye, es reconocer el valor de las artesanías y garantizar los derechos laborales de las mujeres que las producen. Para ello, propone políticas construidas con las propias trabajadoras, que articulen protección social, cuidados, comercialización justa y salvaguarda del patrimonio colectivo.



















