Washington ante la cólera del pueblo tunecino

Washington ante la cólera del pueblo tunecino

Mientras los medios occidentales celebran la Revolución del Jazmín, Thierry Meyssan revela el plan estadunidense tendiente a detener la cólera del pueblo tunecino y a conservar esa discreta base de retaguardia de la CIA y la OTAN. Para Meyssan, el fenómeno insurreccional no ha terminado y la verdadera revolución, que tanto temen los occidentales, puede estar a punto de empezar

Thierry Meyssan* / Red Voltaire

A las grandes potencias no les agradan los acontecimientos políticos que no pueden controlar y que obstaculizan sus planes. Los acontecimientos que han venido conmocionando Túnez desde hace un mes no son ajenos a esa regla. Todo lo contrario.

Resulta entonces bastante sorprendente que los grandes medios internacionales de difusión, fieles aliados del sistema de dominación mundial, se entusiasmen de pronto por la Revolución de Jazmín y que publiquen investigaciones y reportajes sobre la fortuna de la familia Ben Ali, a la que anteriormente no prestaban atención a pesar de su escandaloso tren de vida.

Sucede que los occidentales están tratando de recuperar terreno en una situación que se les fue de las manos y en la que ahora quieren insertarse según sus propios deseos.

Primero que todo, es importante recordar que el régimen de Ben Ali gozaba del apoyo de Estados Unidos, Israel, Francia e Italia.

Considerado por Washington como un Estado de importancia menor, Túnez estaba siendo más utilizado en materia de seguridad que en el plano económico.

En 1987, un golpe de Estado derrocó al presidente Habib Bourguiba para favorecer a su ministro del Interior, Zine el-Abidine Ben Ali. Este último es un agente de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) entrenado en la Senior Intelligence School de Fort Holabird.

Según informaciones recientes, Italia y Argelia parecen haber estado vinculadas a aquella toma del poder.

Desde su llegada al Palacio de la República, Ben Ali establece una comisión militar conjunta con el Pentágono, que se reúne anualmente en mayo.

Ben Ali no confía en el ejército, lo mantiene marginado y no le proporciona suficiente equipamiento, con excepción del Grupo de Fuerzas Especiales que se entrena con los militares estadunidenses y que participa en el dispositivo “antiterrorista” regional.

Los puertos de Bizerta, Sfax, Susa y Túnez se abren a los navíos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y, en 2004, la República de Túnez se inserta en el Diálogo Mediterráneo de la alianza atlántica.

Al no abrigar con Túnez expectativas especiales en el plano económico, Washington permite que los miembros de la familia Ben Ali exploten a fondo el país. Cualquier empresa que allí se desarrolle tiene que cederles el 50 por ciento de su capital y los dividendos correspondientes a esa tajada. Pero las cosas se complican en 2009 cuando la familia que controla el país pasa de la glotonería a la avaricia y trata de chantajear también a los empresarios estadunidenses.

El Departamento de Estado prevé la inevitable desaparición del presidente. El dictador ha eliminado a todos sus rivales y no tiene sucesor. Se impone entonces buscarle un sustituto en caso de que fallezca. Se recluta a unas 60 personalidades capaces de desempeñar un papel político después de Ben Ali. Cada una de esas personas recibe un entrenamiento de tres meses en Fort Bragg y, posteriormente, se le asigna un salario mensual. Y pasa el tiempo…

Aunque el presidente Ben Ali mantiene la retórica antisionista en vigor en el mundo musulmán, Túnez ofrece diversas facilidades a la colonia judía de Palestina. Se autoriza a los israelíes descendientes de tunecinos a viajar a Túnez y a comerciar en ese país. Incluso se invita a Ariel Sharon a viajar a Túnez.

La revuelta

El 17 de diciembre de 2010, la inmolación voluntaria de un joven vendedor ambulante, Mohamed Bouaziz, quien se prendió fuego porque la policía le había confiscado su carreta y sus productos, da paso a los primeros disturbios. La población de Sidi Bouzid se identifica con aquel drama personal y se subleva.

Los enfrentamientos se extienden a varias regiones y, posteriormente, alcanzan la capital tunecina. El sindicato Unión General de los Trabajadores Tunecinos (UGTT) y un colectivo de abogados organizan manifestaciones, sellando así, sin hacerlo a propósito, la alianza entre las clases populares y la burguesía alrededor de una organización estructurada.

El 28 de diciembre, el presidente Ben Ali trata de recuperar el control de la situación. Visita al joven Mohamed Bouaziz en el hospital y se dirige esa misma noche a la nación. Pero su discurso televisivo expresa su ceguera. Ben Ali denuncia a los manifestantes como extremistas y agitadores a sueldo y anuncia una represión feroz. Lejos de calmar las cosas, su intervención convierte la revuelta popular en insurrección. El pueblo tunecino ya no denuncia solamente la injusticia social, sino el poder político.

En Washington se dan cuenta de que “nuestro agente Ben Ali” ha perdido el control de la situación. En el Consejo de Seguridad Nacional, Jeffrey Feltman y Colin Kahl consideran que es hora de deshacerse del dictador ya desgastado y de organizar la sucesión antes de que la insurrección se convierta en una verdadera revolución, es decir antes de que ponga en tela de juicio el sistema.

Se decide entonces movilizar a los medios de difusión, en Túnez y en el mundo, para limitar la insurrección. Se trata de dirigir la atención de los tunecinos hacia los problemas sociales, la corrupción de la familia Ben Ali y la censura de la prensa.

Todo con tal de evitar el debate sobre las razones que llevaron a Washington a poner a Ben Ali en el poder hace 23 años y a protegerlo mientras se apoderaba de la economía nacional.

El 30 de diciembre, el canal privado Nessma TV desafía al régimen con la transmisión de reportajes sobre los disturbios y organizando un debate sobre la necesaria transición democrática. Nessma TV es propiedad del grupo italo-tunecino de Tarak Ben Ammar y Silvio Berlusconi. Los indecisos captan inmediatamente el mensaje: el régimen se tambalea.

Simultáneamente, expertos estadunidenses, así como serbios y alemanes, son enviados a Túnez para canalizar la insurrección. Éstos, manipulando las emociones colectivas, tratan de imponer consignas en las manifestaciones. Siguiendo la técnica de las supuestas “revoluciones” de colores, elaborada por la Albert Einstein Institution de Gene Sharp, los expertos dirigen la atención hacia el dictador para así evitar cualquier debate sobre el futuro político del país. Aparece así la consigna “¡Ben Ali, lárgate!”.

Bajo la denominación Anonymous, el ciberescuadrón de la CIA –ya utilizado anteriormente contra Zimbabue e Irán– jaquea varios sitios web oficiales tunecinos e introduce en ellos un mensaje de amenaza en inglés.

La insurrección

Los tunecinos siguen desafiando al régimen de forma espontánea, lanzándose masivamente a las calles y quemando estaciones de policía y establecimientos de la familia de Ben Ali. Algunos lo pagarán incluso con su sangre.

Desorientado y patético, el dictador sigue sin entender lo que sucede.

El 13 de enero, Ben Ali ordena al ejército disparar contra la multitud, pero el jefe del Estado Mayor de las fuerzas terrestres se niega a hacerlo. El general Rachid Ammar, ya en contacto con el general William Ward, comandante del AfriCom, anuncia personalmente al presidente Ben Ali que Washington le ordena huir.

En Francia, el gobierno del presidente Sarkozy no ha sido prevenido de la decisión estadunidense y no ha analizado los diferentes cambios de casaca. La ministra de Relaciones Exteriores, Michele Alliot-Marie, se propone salvar al dictador enviándole consejeros en materia de orden público y equipamiento para que pueda mantenerse en el poder mediante procedimientos más limpios. El viernes 14 se fleta un avión de carga. Cuando terminan en París los trámites de aduana, ya es demasiado tarde. El envío de ayuda ya no es necesario. Ben Ali ha huido.

En Washington y Tel Aviv, en París y en Roma, sus antiguos amigos le niegan el asilo. Va a parar a Riyadh (capital de Arabia Saudita), no sin haberse llevado consigo 1.5 toneladas de oro robado del erario tunecino.

Jazmín para calmar a los tunecinos

Los consejeros estadunidenses en materia de comunicación estratégica tratan entonces de dar el juego por terminado, mientras que el primer ministro saliente forma un gobierno de continuidad. Es en ese momento que las agencias de prensa lanzan la denominación Jasmine Revolution, ¡en inglés, por supuesto! Las agencias afirman que los tunecinos acaban de realizar su propia “revolución de color”. Se instaura un gobierno de unión nacional y todo el mundo, contento.

La expresión Jasmine Revolution deja un sabor amargo a los tunecinos más viejos: es precisamente la que utilizó la CIA durante el golpe de Estado de 1987 que puso a Ben Ali en el poder.

La prensa occidental –sobre la cual Estados Unidos ejerce ahora más control que sobre la tunecina– descubre entonces la fortuna mal habida de la familia Ben Ali, que hasta ahora había ignorado. Se olvida, sin embargo, del visto bueno que el director del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss-Kahn, les había dado a los funcionarios del régimen pocos meses después de los motines que protagonizó la población hambrienta.

También se olvida del último informe de Transparency International, donde se afirmaba que en Túnez había menos corrupción que en varios Estados de la Unión Europea, como Italia, Rumania y Grecia.

Mientras tanto, se desvanecen los grupos armados del régimen que habían sembrado el terror entre los civiles durante los disturbios y los llevaron, incluso, a organizarse en comités de autodefensa.

Los tunecinos, a quienes se creía despolitizados y manejables al cabo de tantos años de dictadura, resultan, sin embargo, muy maduros. Rápidamente se dan cuenta de que el gobierno de Mohamed Ghannouchi no es otra cosa que “benalismo sin Ben Ali”. Con algunos cambios de fachada, los caciques del partido único (Reagrupación Constitucional Democrática, RCD) conservan los ministerios más importantes. Los sindicalistas de la UGTT se niegan a sumarse a la maniobra estadunidense y renuncian a los puestos que les habían sido otorgados.

Además de los inamovibles miembros del RCD, se mantienen los dispositivos mediáticos y varios agentes de la CIA. Por obra y gracia del productor Tarak Ben Ammar (el gran jefe de Nessma TV), la realizadora Moufida Tlati se convierte en ministra de Cultura. Menos implicado en el negocio del espectáculo, pero más significativo, Ahmed Nejib Chebbi, peón de la National Endowment for Democracy, se convierte en ministro de Desarrollo Regional, y el oscuro Slim Amanou, un bloguero conocedor de los métodos del Albert Einstein Institute, se transforma en ministro de Juventud y Deportes a nombre del fantasmagórico Partido Pirata, vinculado al autoproclamado grupo Anonymous.

Por supuesto, la embajada de Estados Unidos no solicitó al Partido Comunista que se integrara al llamado “gobierno de unión nacional”. Por el contrario, lo que hicieron fue traer de Londres, donde había obtenido el asilo político, al líder histórico del Partido del Renacimiento, Rached Ghannouchi.

Se trata de un islamista exsalafista que predica la compatibilidad entre el Islam y la democracia y que viene preparando desde hace tiempo un acercamiento con el Partido Demócrata Progresista de su amigo Ahmed Nejib Chebbi, un socialdemócrata exmarxista. En caso de que fracase el “gobierno de unión nacional”, este dúo puede representar una solución alternativa.

Los tunecinos se sublevan nuevamente, ampliando por su propia cuenta la consigna que se les había inculcado: “¡RCD, lárgate!”. En comunas y empresas, ellos mismos expulsan a los colaboradores del régimen derrocado. ¿Hacia la revolución?

Contrariamente a lo que ha dicho la prensa occidental, la insurrección no ha terminado aún y la revolución no ha comenzado. Es importante señalar que Washington no ha canalizado nada, exceptuando a los periodistas occidentales. Ahora más que en diciembre, la situación está fuera de control.

Fuente: Contralínea 219 / 06 de febrero de 2011

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