Avance neofacista y guerra de baja intensidad

Avance neofacista y guerra de baja intensidad

Foto: 123RF

Desde el primer mandato de Donald Trump en Estados Unidos, en 2017, y con el vertiginoso ascenso de la derecha radical en países europeos –España, Hungría, Polonia, Alemania, Italia–, grupos ultranacionalistas y nativistas en el Parlamento Europeo, el debate y la reflexión en torno al fenómeno del ascenso de la extrema derecha ha tomado un auge importante. El fin del ciclo progresista en Latinoamérica con la llegada al poder de Jair Bolsonaro en Brasil (enero de 2019 a enero de 2023), Javier Milei en Argentina, Keiko Fujimori en Perú y José Antonio Kast en Chile, por citar algunos, también dan cuenta de este fenómeno en el que las ideologías neoconservadoras toman la delantera.

Ante ello se ha suscitado una ola de reflexiones teóricas que buscan explicar desde los conceptos y categorías de análisis un fenómeno en apariencia novedoso. Se busca cómo denominarle: ‘posfacismo’, ‘neofascimo’, ‘anarcocapitalismo’, ‘neoconservadurismo’; se cuestiona si se trata de una forma fascista como la de la década de 1930 o tiene una nueva. Lo cierto es que la respuesta política a la crisis del capitalismo en su fase neoliberal y a la crisis de hegemonía del gran hegemón del siglo XX –Estados Unidos– es una de corte neofascista como la define Néstor Kohan en su obra publicada en 2020 Nuevas derechas. Escuela austríaca y neofascismo.

En este texto, Kohan señala que el momento actual de ascenso del neofascismo es ante todo una operación de contrainsurgencia y contrarrevolución frente a la crisis capitalista y que corresponde a un continuo histórico. Desde esta mirada, la coerción se impone por la vía de la violencia directa y simbólica. Así, coincido con lo que Maciek Wisnieski, articulista de La Jornada, señala al mencionar que “la criminalización de las posturas progresistas, la persecución de las instituciones educativas, los periodistas, las listas negras y purgas de funcionarios, etc., todo un nuevo ‘pánico rojo’ (Red Scare), no es ningún invento de Trump y sus colaboradores −ni una importación de la historia europea de entreguerras−, sino la repetición de los viejos tropos e impulsos políticos estadunidenses”[1].

Lo que estamos atestiguando con la renovación de la Doctrina Monroe –rebautizada como Donroe–, de la doctrina Reagan, el MacCartismo 2.0, la persecución con campañas de hostigamiento mediático que usan los sistemas más sofisticados de información y redes sociodigitales para tal efecto, las acusaciones a Cuba de ser la cuna de la izquierda radical, de encabezar el eje del mal que en otro momento encabezó Sadam Hussein, las amenazas de acciones militares a Cuba, las amenazas de ir por los narcos en territorio mexicano, es un renacimiento de la doctrina de Guerra de Baja Intensidad (GBI) que en la década de 1980 tuvo un cariz muy particular de intervencionismo. Esta doctrina fue la que guio militarmente a Estados Unidos en tiempos del presidente Ronald Reagan, en el ascenso del modelo neoliberal, y hoy que este modelo está en sus estertores se revive como estrategia contra la pérdida de hegemonía. La GBI comprende gran variedad de operaciones político-militares, tanto abiertas como encubiertas. Se trata de “un compromiso renovado por emplear la fuerza en el marco de una cruzada global en contra de los gobiernos y movimientos revolucionarios del Tercer Mundo”. Hoy esta táctica se enfoca a los países del sur global y lo que está de fondo es la apropiación de los recursos.

Por ello, estamos viendo la conjugación de estrategias de lo que se ha dado en llamar “guerra cognitiva”, que no es más que una operación psicológica y de propaganda con el uso de nuevas herramientas mucho más poderosas a la hora de difundir mensajes. Y por otro lado vemos intervenciones militares y económicas (genocidio en Gaza, ataques militares en Irán, sanciones económicas y arancelarias, recrudecimiento del bloqueo económico a Cuba, intervención directa y cínica en procesos electorales; por ejemplo, en Honduras y Colombia).

La GBI emplea diversas estrategias de intervención como “contrainsurgencia, proinsurgencia, operaciones contingentes en tiempos de paz, antiterrorismo, operativos antidrogas, acciones pacificadoras”. Un caso típico de contrainsurgencia que se relata en Contrainsurgencia, proinsurgencia y antiterrorismo en los 80. El arte de la guerra de baja intensidad de Michael Klare y Peter Kornbluh, es el de la guerra de Vietnam, en donde el gobierno de Estados Unidos utilizó diversas tácticas para contener el avance del “comunismo” en la región y al Frente de Liberación Nacional, liderado por Ho Chi Minh, la acción más desastrosa fue la intervención militar directa.

En la obra se señalan las Operaciones Psicológicas “dirigidas a mejorar la imagen popular del gobierno –o desacreditarlo si es un gobierno contrario a los intereses de EU– y a aislar y desacreditar el movimiento insurgente –o el gobierno o presidente que represente la oposición–. Estas operaciones implican la utilización de múltiples canales de comunicación con el objeto de crear conductas favorables al logro de metas políticas y militares”. Así, vemos cómo hoy día se destapan este tipo de acciones contra presidentes progresistas de la región. Con la detención de Fernando Cerimedo, fundador de la Derecha Diario y vinculado con los gobernantes ultraconservadores de la región, asesor de Javier Milei al momento de su captura, se destapa una de las tácticas de la GBI, ya que este personaje, presuntamente vinculado a la CIA, se dedica a la desinformación política y a hacer campañas negativas. Al parecer operaba granjas de bots desde donde se atacaba en redes sociales y se generaban campañas de desinformación y linchamiento político contra personajes de la política que militan en la izquierda electoral.

 

[1] Wisniewski, M. (22 de agosto de 2026). La “derecha radical” y el neomacartismo trumpista. La Jornada. https://www.jornada.com.mx/2026/08/22/opinion/012a2pol

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