López Obrador: del “no me apachurren” a evitar todos los riesgos

López Obrador: del “no me apachurren” a evitar todos los riesgos

Con relación al conflictivo caso de Manuel Bartlett, ahogándose éste por el tsunami de críticas a su designación, Andrés Manuel López Obrador lo ha defendido a capa y espada y, entre sus puntos de vista –que no argumentos– dijo que “respetaba las opiniones en contra de su aliado, pero que no lo hacían desistir de su decisión”, ya que Bartlett lleva “15 años defendiendo la cuestión energética” (en contra de la “reforma” de Peña). Y eso lo hacía merecedor de nombrarlo director general de la Comisión Federal de Electricidad. ¿O sea que lo que piensen y expresen las individualidades de la opinión pública no le importa? Hace uso López Obrador de la tradicional “razón de Estado” (la ragione di Stato), cuyo concepto “encubre la imposición de todo el complejo de postulados políticos favorables al príncipe y su secuaces” (Hans Kelsen, Teoría General del Estado). Y ya que desde la escalinata de la casa en la colonia Roma López Obrador ha ido pintando su raya al decir que respeta todas las opiniones, pero no les hace caso, resultando en “más de lo mismo”.

López Obrador es ya el presidente electo y se encamina a ser presidente de la República desde el Poder Ejecutivo Federal, y con su populismo a cuestas designa a quienes ocuparán secretarías y empresas (como en Pemex el amigo-compadre Orozco), contentísimo de montar el tigre que le deja Peña: un país en ruinas económicas con un desastre social endemoniado; miseria indígena, cuantioso desempleo, salarios de hambre a trabajadores, una deuda billonaria, campo y campesinos olvidados y mexicanos expulsados por Trump, quien insiste en construir el muro.

Así que las opiniones en contra le hacen a López Obrador, lo que “el viento le hizo a Juárez”, su admirado presidente al que quiere imitar. Y ha tomado medidas a ejecutar en cuanto tome posesión, como centralizar la información del sector público presidencial, con la mano que mece la cuna: César Yáñez; el misterioso y oculto controlador de los hilos de comunicación. De lunes a sábado dará entrevistas de prensa, tras su reunión a las 6 de las mañana con sus colaboradores. Nombrará a 32 representes suyos en los estados, incluyendo la Ciudad de México. Y por lo pronto ya nos mandó decir que respeta todas las opiniones, pero que no les hará caso. Como en El país de las maravillas, lo único que importa, dice su autor, Lewis Carroll, “es quien manda, eso es todo”. Así que quienes no estemos de acuerdo en algunos actos del tabasqueño, éste promete respetarnos, pero no nos hará caso. Sobre aviso no hay engaño.

Uno de los puntos en los que tiene que entrar en razón y “hacer caso” es el relativo a su seguridad. Pues va en aumento el análisis, la discusión y recomendaciones sobre ésta para transitar del “no me apachurren”, a lo que deber ser la máxima seguridad con que debe contar pues se trata del próximo presidente de la República, como será investido en solemne, pero indudablemente festiva sesión del Congreso de la Unión, el 1 de diciembre próximo. La reportera Elena Reina (El País, 3 de septiembre de 2018), ha sintetizado el asunto en su completísima información: “Todos los riesgos del presidente”. Y es que “la decisión de López Obrador de minimizar su seguridad, alarma a los expertos y complica las futuras visitas de mandatarios extranjeros. El presidente electo anunció que 20 civiles asumirán su seguridad. [Andrés Manuel] afirma que lo protege la gente en un país con 85 asesinatos al día”.

Son estos otros tiempos. Lo son de violencia sangrienta. De sicarios al mejor postor para privar de la vida a quien ordenen los capos, los enemigos, los envidiosos, los fanáticos y una  larga lista de matones. Un hecho reciente fue el asesinato de Colosio, asesinado desde dentro del priísmo. “¡Pobre México, pobres de nosotros”!, sentenció Gerardo Ruiz Massieu tras el homicidio del sonorense, cuya hija ahora mismo está velando, de cuerpo presente, a ese priísmo que promovió el crimen. Y no lo “apachurraron” en el sentido de: aplanar, adelgazar, apretar (dice Santamaría J Santamaría en su Diccionario de Mejicanismos, editorial Porrúa). López Obrador lo usa para referirse a no ser apretado, inmovilizado.

No quiere una seguridad militar ni policiaca. Designó a 10 mujeres y 10 hombres para que no lo “apachurren”, coordinados por un destacado restaurantero: Daniel Asaf. Prometiendo hacer a un lado a las Guardias Presidenciales y al Estado Mayor Presidencial, militares de élite desde al menos Miguel Alemán; creador del PRI como tal, en lo que parece un rompimiento con las secretarías de la Defensa y Marina. Quiere que lo cuide el pueblo, una apuesta populista sustentada en su popularidad. Pero el reporte de la periodista Elena Reina pone los puntos sobre las íes de lo que debe ser la seguridad presidencial. Dice, además, López Obrador que los reporteros de la fuente, también son una seguridad para él. Supone que lo respetarán, ya que el pueblo le tiene veneración. Se le amontonan cuando viaja en su automóvil con la ventanilla abierta al lado de su amigo y chofer, con otro detrás.

Tal vez cuando se ponga la banda presidencial cambie de opinión sobre su seguridad personal, porque ya entonces es representante de una institución en la que ha de estar sin correr riesgos; aunque continúe en contacto con el pueblo, que no serán los antiguos “acarreados” del presidente en turno. Su seguridad es de vida o muerte. Tal es la alternativa. Y no bastan sus 20 hombres y mujeres rodeándolo. Se necesita la máxima seguridad y más ahora que le tocará combatir la pavorosa y sangrienta inseguridad que tiene a la nación despojada de su tranquilidad, y la necesaria paz social que los mexicanos reclaman como condición innegociable para apoyar el programa del lopezobradorismo, y lo que representa para su ejecución el propio López Obrador a salvo. Quien  emprenderá la travesía sexenal en un picadísimo mar de problemas y violencia.

Álvaro Cepeda Neri

[OPINIÓN][CONTRAPODER]

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