Afganistán: la tercera guerra anglosajona del opio

Afganistán: la tercera guerra anglosajona del opio

En el siglo XVIII Gran Bretaña anexó Bengala a su imperio donde monopolizó el cultivo del opio que la inolvidable Compañía Británica del Este de India (CBEI), considerada como el prototipo de la trasnacional imperial, producía y exportaba abundantemente.

La economía integrada del opio permitió a Gran Bretaña, a través de la CBEI, controlar al subcontinente indio lo restante del siglo XVIII y gran parte del siglo XIX. El opio había sido bursatilizado por la CBEI y se vendía públicamente en Calcuta, que luego era revendido en contrabando por los mercaderes británicos a China que, en ese entonces (bajo la dinastía Qing), había prohibido su importación debido al incremento sustancial de la adicción.

Gran Bretaña exigía la apertura comercial del opio (su gran negocio redondo) que China rechazaba, lo cual desembocó en las “dos guerras del opio” (o “guerras anglo-chinas”): las primera, de 1839 a 1842, y la segunda, de 1856 a 1860, que resultaron en una humillante derrota para China que no sólo perdió el territorio de Hong Kong, sino que fue obligada a abrir de par en par las puertas para el jugoso comercio del opio de los mercaderes británicos, lo cual fue estipulado en los Tratados de Nianjing y Tianjin.

Se puede expresar sin tapujos que Gran Bretaña, por motivos comerciales y militares, obligó literalmente a China al consumo del opio.

Hechos

Las nuevas guerras posmodernas de los estupefacientes se han tornado una especialidad de la dupla anglosajona (Estados Unidos y Gran Bretaña) y parecen seguir el ejemplo de las dos guerras del opio británicas en los escenarios tanto de Afganistán como en dos países aliados de Estados Unidos: México y Colombia.

Se desprende un primer axioma: las guerras anglosajonas de los estupefacientes, añejas de dos siglos, comportan objetivos militares y comerciales estratégicos muy puntuales.

Mas allá de los tratados mercantiles bilaterales con Estados Unidos, la narcotización (en el doble sentido de la palabra, porque también paraliza los cerebros de sus gobernantes y ciudadanos) de México y Colombia ha desembocado en su inequívoca militarización: Plan Mérida y Plan Colombia, respectivamente, que han servido, por sus resultados tangibles, en la hipoteca geopolítica de los hidrocarburos de México –bajo su incorporación al Norad (Defensa Aeroespacial de Norteamérica: el escudo misilístico nuclear contra la disuelta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) y rebautizado como Comando Norte–, y en la próxima instalación de siete bases militares de Estados Unidos en Colombia, bajo la égida del Comando Sur que ha puesto en ascuas a Suramérica (en particular a Brasil, ya no se diga a la Alternativa Bolivariana para América Latina y el Caribe).

Específicamente, en cuanto a Afganistán se refiere, que produce 93 por ciento del opio global, detrás de los motivos poco claros de la intervención militar de Estados Unidos (que tratamos de esclarecer en un artículo anterior) se perfila el gran negocio de la venta de opio y su desestabilización concomitante a toda su periferia inmediata y mediata.

¿La dupla anglosajona libra su “tercera guerra del opio”, esta vez en Afganistán?

Resulta y resalta que Afganistán sea el mayor productor tolerado de opio del planeta, pese a la presencia miliar de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) donde descuellan los ejércitos de Estados Unidos y Gran Bretaña.

De acuerdo con reportes recientes de la UNODC (organismo de la Organización de las Naciones Unidas especializado en “drogas y crímenes”), que no puede ocultar la BBC de Londres, llama poderosamente la atención que la producción y exportación de opio de Afganistán se haya disparado desde el derrocamiento de los talibanes (quienes se atrevieron a iniciar su espectacular reducción, lo cual tuvo mucho que ver con la guerra impuesta por la dupla anglosajona) en 2001 y haya alcanzado su paroxismo con la presencia de los ejércitos de Estados Unidos y Gran Bretaña.

Amén que el opio constituyó la mitad del Producto Interno Bruto de Afganistán en 2007 (reporte de la UNODC de 2008), destaca que bajo la presencia de los ejércitos de la OTAN, en particular en las áreas “custodiadas” por los ejércitos de Estados Unidos y Gran Bretaña, ahora se usa más tierra en Afganistán para el opio que para el cultivo de la coca en Latinoamérica.

Desde el punto de vista militar, la guerra en Afganistán que libra con poco éxito la OTAN, en particular en lo referente a sus puntales Estados Unidos y Gran Bretaña, se ha expandido a Pakistán y sus reverberaciones han alcanzado a la frontera de India con Pakistán, a la región islámica autónoma de Xinjiang en China y a algunos países centroasiáticos. La otra guerra subrepticia de los estupefacientes, específicamente la “tercera guerra del opio” de la dupla anglosajona en Afganistán, es poco conocida por la opinión pública y prácticamente se ha desparramado a todas sus fronteras.

No es ocioso citar las fronteras de Afganistán; un cáncer de la desestabilización regional cuyas metástasis geopolíticas implican la seguridad nacional de todas a sus fronteras: China (76 kilómetros), Irán (936 kilómetros), Pakistán (2 mil 430 kilómetros), Tayikistán (1 mil 206 kilómetros), Turkmenistán (744 kilómetros) y Uzbekistán (137 kilómetros).

Los vectores de transmisión de la “tercera guerra del opio”, después de penetrar las fronteras inmediatas centroasiáticas e Irán, alcanzan los mercados de Rusia y Europa.

Los multimedia rusos han sido muy severos al acusar la complicidad deliberada de Estados Unidos y Gran Bretaña en el transporte de los estupefacientes en sus aviones militares, lo cual no sería nada extraño. Los estupefacientes provenientes de Afganistán se han convertido en un problema de salud pública en Rusia debido a la alta adicción.

Rusia ha llegado a señalar al presidente Hamid Karzai, impuesto por la dupla anglosajona en la presidencia bajo ocupación militar, como uno de los principales operadores del mercado del opio.

Un país golpeado brutalmente por la importación del opio afgano ha sido Irán, lo cual ha sido expuesto por Lionel Beehner, del influyente Council on Foreign Relations, con sede en Nueva York.

Entre sus objetivos múltiples, ¿“la tercera guerra del opio” de la dupla anglosajona en Afganistán contempla desestabilizar a Irán?

Irán ha sido atrapada entre el yunque y el martillo, debido a las dos fronteras que comparte en su trazado oriental, tanto con Afganistán (936 kilómetros) como con Pakistán (909 kilómetros), que ha perturbado a sus dos provincias de Sistán-Baluchistán (por cierto, pletórica en hidrocarburos) y a Khorazan.

Para la cancillería iraní, la guerra de Afganistán corre el peligro de desestabilizar por la puerta trasera, además de la antigua Persia, a toda Asia Central, el Medio Oriente y el Cáucaso.

Dejaremos de lado las recientes orgías homosexuales, salpicadas de drogas, de los soldados apostados en la embajada de Estados Unidos en Kabul (la capital de Afganistán), que exhiben la extensa penetración de un mercado deliberadamente desregulado de estupefacientes y que afecta e infecta a muchos países regionales, en particular los enemigos de la dupla anglosajona, Irán y Rusia, que padecen notoriamente sus estragos.

En “la tercera guerra del opio” de la dupla anglosajona en Afganistán, uno de los barómetros obligatorios a seguir versa sobre la medición de la producción anual de opio. Nos podemos atrever a emitir la siguiente hipótesis: la mayor producción reflejará el “éxito” de la campaña militar de Estados Unidos y Gran Bretaña, mientras la disminución de la exportación de estupefacientes significará la derrota de la dupla anglosajona.

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