¿Guerra fría entre China e India?

¿Guerra fría entre China e India?

El ascenso irresistible del BRIC (Brasil, Rusia, India, China) como nuevas potencias emergentes en el incipiente nuevo orden multipolar ha indispuesto enormemente a la dupla anglosajona (Estados Unidos y Gran Bretaña) que todavía controla el caduco orden unipolar del G7 y cuya prensa ha empezado a atizar los rescoldos añejos entre los dos gigantes asiáticos, China e India, a quienes les abulta sus colisiones geoeconómicas y geopolíticas.

Es flagrante el caso del rotativo londinense The Times (12 de noviembre de 2009), propiedad del magnate superbélico Rupert Greenberg, alias Murdoch –también dueño de la tóxica televisora de extrema derecha Fox News y aliado del exprimer ministro británico Tony Blair, del expresidente Baby Bush y los neoconservadores straussianos–, que, como dirían los literatos galos, “monta sobre un alfiler” una supuesta guerra fría entre los dos gigantes. Curiosamente, el artículo es firmado por Jeremy Page, desde Delhi (la capital india), quien asevera que la guerra fría es detectable en el “paraíso tropical” de la isla Gan, en la punta de las Maldivas, país situado en el Océano Índico al suroeste de Sri Lanka y la India, constituido por 1 mil 196 islas, de las cuales 203 están habitadas.

Page recuerda que “fue allí donde Gran Bretaña instaló una base militar secreta en 1941 para abastecer con combustible a su flota en el Océano Índico durante la Segunda Guerra Mundial”. Ahora, “33 años más tarde, India se prepara a reabrir la base para su aviación de vigilancia, helicópteros y posiblemente (sic) barcos para monitorear los navíos chinos en el Océano Índico”. Prosigue que “India ha instalado radares vinculados a su comando costero en las Maldivas”. Tanto las Maldivas como India aseguran públicamente que su cooperación estratégica está destinada contra China, pero, según el reportero británico Jeremy Page, admiten “en forma privada” que “se trata de una respuesta directa a la construcción por China de un puerto gigante en Hambantota” (en la cercanía de Sri Lanka). Los multimedia británicos no cesan de amarrar navajas entre los dos gigantes asiáticos, quienes supuestamente “han escalado su lucha tanto económica como militar para la supremacía en el Océano Índico”, y no pierden la oportunidad en sobredimensionar disputas trasfronterizas añejas en las cumbres del Himalaya, como recientemente acaba de suceder con la visita del Dalai Lama a Arunachal Pradesh, un estado al noreste de India reclamado por China.

El “asunto Dalai Lama”, quien goza de una increíble popularidad en Occidente (debido, en parte, a su atractivo carisma religioso, pero también a la propaganda de Hollywood), ha creado severas tensiones entre los dos gigantes asiáticos (como consecuencia del refugio otorgado por India al Dalai Lama, quien ha creado un gobierno tibetano nacionalista en el exilio). Independientemente de la legitimidad libertaria de las dos provincias superestratégicas del Tibet (budista) y Xianjaing (islámica), inmensamente ricas en materias primas –que la dupla anglosajona de Estados Unidos y Gran Bretaña intenta desmembrar de China–, es evidente que ni a Washington ni a Londres ni a Bruselas (capital de la Unión Europea) les conviene la cohesión en el seno del BRIC, en términos generales, ni el entendimiento bilateral entre Delhi y Beijing, en particular.

Jeremy insiste en que China e India “compiten por el control naval del Océano Índico, los recursos y mercados en África, los puntos de apoyo estratégicos en Asia y hasta la carrera para llegar a la luna”. India tiene programado un alunizaje en 2020, y China, cuatro años más tarde. No es nada improbable que exista competencia tanto geoeconómica como geopolítica (y hasta sideral) entre los dos gigantes asiáticos, lo cual, a nuestro juicio, epitomiza al incipiente nuevo orden multipolar en donde también afloran los intereses de Estados Unidos y Gran Bretaña, ya no se diga de la Unión Europea y Rusia; pero de allí a extrapolar que los dos gigantes asiáticos –que representan casi el 40 por ciento de la población mundial– se encuentren al borde de una guerra fría, suena, más que a una exageración, a un deseo maquiavélico de la dupla anglosajona, experta en procesos balcanizadores y vulcanizadores.

Jeremy Page cita a Alexander Neill, director del programa asiático del Instituto de Servicios del Reino Unido (RUSI, por sus siglas en inglés), muy ligado al Ministerio de Defensa británico, quien más académicamente reconoce que la competencia entre los dos gigantes asiáticos “no posee las mismas proporciones que una guerra fría, pero que tiene el potencial (sic) para salirse del control”. Pareciera que los multimedia británicos y sus centros de pensamiento como RUSI desean regresar el cronograma 47 años atrás cuando China humilló a India con la captura de la región de Aksai Chin y ocupó brevemente Arunachal Pradesh, estado del noreste de India.

No cabe duda que existen contenciosos que parecieran irreductibles como la estrecha relación de China con Pakistán, el enemigo sempiterno de India. Pero una cosa es el pensamiento lineal característico de la bipolaridad estadunidense-soviética, no se diga de la unipolaridad estadunidense, y otra cosa es el pensamiento complejo del incipiente orden multipolar. Porque tampoco se puede soslayar el acercamiento en todos los niveles entre los dos gigantes asiáticos, lo cual se explaya en forma magnificente en el seno del BRIC, y que ha llegado a la realización de ejercicios militares conjuntos.

Así como Francia y Alemania se reconciliaron después de sus guerras del siglo XIX y de la mitad del siglo XX –lo cual gestó la odisea a imitar de la Unión Europea–, no existe razón alguna por la cual India y China, con menores lastres atávicos, no colaboren en forma sinérgica. No todos los pleitos son eternos, como anhela la dupla anglosajona, para perpetuar sus intereses depredadores.

Más que una locura, sería una verdadera estupidez que China e India se enfrasquen en una guerra fría que solamente beneficiaría a sus competidores geoeconómicos: Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Europea.

A juicio de Jeremy Page, “India se encuentra inquieta de los esfuerzos recientes de China para mejorar su infraestructura alrededor de sus fronteras con el fin de obligar a un compromiso en la trasfrontera en disputa”. El reportero británico pasa por alto que los dos gigantes asiáticos han iniciado serias negociaciones para resolver su diferendo limítrofe. Jeremy Page enjuicia en nombre de India las peores intenciones de parte de China, quien “planea desarrollar una armada capaz de proteger sus rutas comerciales en las aguas distantes, que incluyen al Océano Índico”. Desde siempre ha sido la tónica británica, heredada por su aliado Estados Unidos, impedir el acceso tanto de China como de Rusia a los “mares calientes”, léase al Océano Índico.

A nuestro juicio, si el BRIC desea sobrevivir, debe formalizar un tratado mutuo de seguridad que incluya la salida de Rusia y China al Océano Índico, concediéndole a India las retribuciones simbólicas, militares, comerciales y materiales por su cooperación, ya que, de otra manera, las tres grandes potencias euroasiáticas, conocidas como RIC (Rusia, India, China) solamente le estarían haciendo el juego a la dupla anglosajona.

Queda claro que a los balcanizadores y vulcanizadores anglosajones les perturba la cooperación marítima estratégica en el Océano Índico del RIC (y quizás algún día en la lontananza geopolítica, al BRIC. No hay que perder de vista que Brasil posee astilleros nada despreciables y próximamente obtendrá submarinos, quizá atómicos, de Francia). Jeremy Page juega al póquer abierto en altamar y vuelve a montar sobre un alfiler al espantapájaros chino: “India se siente particularmente amenazada por la estrategia collar de perlas de China, al construir puertos en Burma, Sri Lanka y Pakistán que puedan ser usados por su armada”.

¿En qué puede dañar a India que naveguen China y/o Rusia en el Océano Índico cuando desde el siglo XVI lo hace Gran Bretaña (y ahora Estados Unidos)? Como diría Mefistófeles, no hay que equivocarse de enemigo ni de mares. El reportero británico amarra también navajas, esta vez del lado chino, para propiciar la colisión: “Beijing está preocupada. El arreglo nuclear concluido el año pasado entre India y Estados Unidos fue diseñado como un contrapeso a China”, lo cual incluye la compra masiva de armas estadunidenses.

Tampoco hay que exagerar cuando, con o sin India de por medio, la tónica de Estados Unidos desde 1992, asentada en la planificación estratégica del Pentágono (con la autoría del neoconservador straussiano Paul Dundes Wolfowitz, entonces subsecretario), ha sido “contener a China”.

Jeremy Page cita a Evan Feigenbaum, del influyente Consejo de Relaciones Exteriores, con sede en Nueva York, quien apuesta a “un periodo de tensiones entre India y China”. Nadie oculta que existe competencia geopolítica y geoeconómica entre los dos gigantes asiáticos: desde Nepal, pasando por Bangladesh, hasta África. Pero también sería insensato aseverar una ruptura irremediable cuando el interés común de China e India, en forma trascendental y no trivial, apunta tanto a una mayor seguridad estratégica en el Océano Índico como a óptimos beneficios tecnomercantiles que hagan posible el “siglo asiático” en sustitución del decadente siglo estadunidense. Pregunta final: ¿Quién gana con el choque entre los dos gigantes asiáticos? Respuesta: Estados Unidos y Gran Bretaña.

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