Afganistán: la guerra sin fin

Afganistán: la guerra sin fin

Afganistán, engullido por la violencia desde hace décadas, languidece bajo una situación de inseguridad, miseria y guerra cada vez más crítica. Los talibanes han ido poco a poco recuperando el poder que perdieron en el otoño de 2001, cuando las tropas de la Alianza del Norte, apoyadas por la aviación de Estados Unidos, reconquistaron Kabul.

La contienda actual, claro, que tiene ya 16 años de historia. Pero también las raíces contemporáneas del terrorismo islamista, y más en concreto de Al Qaeda, que surgió en el caldo de cultivo de la resistencia de los muyahidines afganos, apoyados por Arabia Saudita y Estados Unidos.

Es la guerra más larga en la que se haya implicado jamás Washington y también la primera en que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) realiza una acción militar fuera de su territorio.

También es la primera y hasta ahora la única que resulta de la activación del artículo 5 del Tratado Atlántico, en el que los socios de la Alianza se comprometen a defenderse mutuamente ante cualquier agresión exterior.

En un país donde los caudillos que combatieron en la guerra civil siguen en posiciones de poder y nunca han sido investigados por sus crímenes, la impunidad y la corrupción campan a sus anchas, el gobierno es cada vez más cuestionado; de simbólico le califican algunos expertos, en referencia a un Ejecutivo formado con el objetivo de reflejar los delicados equilibrios étnicos de la nación.

Lo cierto es que esta guerra, la de Afganistán, ha visto pasar a tres inquilinos de la Casa Blanca: George W Bush, que la declaró y marcó el objetivo de desalojar a los talibanes, eliminar Al Qaeda, estabilizar el país y convertirlo en una democracia. Barack Obama, que la dio por terminada en 2014, pero sin éxito; y Donald Trump, que quiere ganar contiendas, pero ahora se ve impelido a actuar en ese país para no perder la primera en la que se halla involucrado.

Si vamos a las estadísticas, desde que Trump llegó al poder se produjo una intensificación de la actividad terrorista y el gobierno afgano perdió al menos un 10 por ciento de territorio bajo su control a favor de la insurgencia, con el agravante de que al peligro de los talibanes y Al Qaeda se unen ahora los combatientes del Estado Islámico.

Especialmente graves han sido los atentados de Kabul con coches-bomba, que demuestran la inefectividad del gobierno para garantizar la seguridad ni siquiera en la capital.

¿Cuál es hasta ahora la línea de movimiento que sigue Trump? Lanzó sobre territorio afgano la llamada “madre de todas las bombas”, el mayor explosivo no nuclear jamás detonado, de efectos más propagandísticos que reales.

Asimismo aceptó el principio de un incremento de las tropas, y abandonó la acción política y diplomática a favor de la meramente militar, que dejó en manos de sus asesores y consejeros.

Bajo el mando de la OTAN se llegaron a desplegar hasta 130 mil soldados de 51 países, que empezaron a retirarse de la misión de combate en 2011 hasta convertirla a partir de 2014 en asesoramiento, asistencia y entrenamiento de las fuerzas militares afganas, a cargo actualmente de un contingente de 13 mil 500 soldados, de los que casi 8 mil son estadunidenses.

El costo ha sido muy elevado, porque ninguna otra contienda representó tantos gastos, en dinero y en vidas, para los países europeos de la OTAN.

Errática y sin fin, son otros de los calificativos que los analistas le otorgan a esta guerra, iniciada con plena cobertura legal de la Organización de las Naciones Unidas y de la Alianza Atlántica, y difuminada actualmente en una geografía de inestabilidad, conflictos tribales y terrorismo.

¿Quién es el enemigo? ¿Cuál es el objetivo a conseguir? Escasa claridad hay sobre esos temas. Primero fueron los talibanes, luego Al Qaeda y ahora al parecer el Estado Islámico, que amenaza con un peligro novedoso como sería la reproducción de una guerra a la siria en territorio afgano.

De igual forma es tan complejo el panorama interno que muchos especialistas hablan de múltiples guerras dentro de Afganistán.

Hay una primera guerra secular de los pastunes, la etnia mayoritaria, contra las otras. Otra es tribal interpastún, entre los durrani y los ghilzai, que tuvo su extraña expresión en la derrota del emir Omar, un talibán ghilzai, y la entronización por los estadunidenses del presidente durrani Hamid Karzai.

Existe una tercera entre religiosos reaccionarios y cosmopolitas progresistas, de la que salieron perdedores estos últimos con la derrota soviética en 1989.

Una cuarta, menos visible, es el resultado de la proyección de la guerra fría entre Pakistán e India sobre suelo afgano, donde Karachi busca profundidad estratégica y recluta partidarios para la causa de la Cachemira disputada con Nueva Delhi.

Finalmente hay una guerra intrapaquistaní, entre el régimen de Karachi y los talibanes paquistaníes, aliados de los afganos, que también se proyecta sobre el país vecino.

Con la clara premisa de que la solución no era exclusivamente militar, las anteriores presidencias estadunidenses intentaron buscar soluciones integrales; planteaban que era necesario “ayudar” a los afganos a la construcción de un país estable.

Trump sabe lo que quiere evitar, pensando sobre todo en su imagen, pero no tiene idea alguna respecto a cómo ganar esta guerra o al menos salirse de ella en un plazo razonable. Le acompaña el magro consuelo de que tampoco lo sabían sus antecesores.

El politólogo Stephen Walt señaló que “Estados Unidos está luchando en Afganistán desde hace tanto tiempo que ya es fácil olvidar por qué estamos allí”. En un artículo en la revista Foreign Policy, añadió: “De hecho no estoy seguro de saberlo ni yo mismo”.

Lo mismo sucede con el objetivo: si es vencer a los talibanes, destruir a Al Qaeda o conseguir que el país cambie, de forma que las mujeres afganas dejen de esconderse tras los burkas y las niñas acudan de nuevo a la escuela.

La cuestión del papel de la OTAN en la lucha contra el terrorismo también está en tela de juicio. Para algunos, resulta cuanto menos eficaz, eso si no es que no hay un objetivo verdaderamente sincero de lograr combatirlo.

Ya no es justificativo que los países occidentales defienden en Afganistán su propia seguridad; la extensión de guerras civiles y Estados fallidos en la geografía más próxima a Europa se impone como contraparte de ese antiguo argumento.

Mientras, la tragedia afgana no prevé fin inmediato ni solución efectiva, sea que la comunicad internacional se retire de su territorio, sea que permanezca bajo el supuesto de arreglar el desastre que ellos mismos crearon.

Richard Ruíz Julién/Prensa Latina

[OPINIÓN]

Contralínea 551 / del 07 al 13 de Agosto de 2017

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