Desde el primer gobierno de Donald Trump surgieron numerosas voces que lo catalogaron como populista: Robert C Rowland, de la Universidad de Kansas, publicó el artículo “The Populist and Nationalist Roots of Trump’s Rhetoric” en el que sostuvo que la corriente nacionalista del republicano estaba enraizada en otros populismos anteriores que apelaban a las distinciones étnicas como forma de construir una idea de nacionalidad.
Por su parte, José Antonio Cisneros-Tirado y Anantha Babbili, de la Universidad Estatal Appalachian [Carolina del Norte] y de la Universidad A&M de Texas respectivamente, publicaron un texto titulado “Trumpian Populism: Legitimizing Chaos And Right-Wing Nationalism as a Political Strategy”, en el cual argumentaron que Trump impulsaba discursos caóticos para promover un populismo de derecha como estrategia política.
En el caso español, Rafael Barberá y Félix del Fresno, de la Universidad Complutense de Madrid, coincidieron con sus colegas estadunidenses en su artículo “Una aproximación al populismo en la figura de Donald Trump”, en el que aseguraron que el populismo trumpista se sustenta en una apelación directa del líder al pueblo, para convocar a su identificación y legitimación con discursos nacionalistas.
El mismo sentido, otro texto es el de “Aproximación al pensamiento político de Donald Trump: ¿es el presidente de Estados Unidos populista?”, elaborado por Alfredo Ramírez de la Universidad Libre de Barranquilla, Colombia, quien sostuvo nuevamente que Trump era un populista dotado de una política unilateral, militarista, antiintelectual, mesiánica, caudillista, reactiva, supremacista, xenófoba, racista y machista.
Todos estos autores y autoras −y muchos más− cayeron en un camino reduccionista que les impidió observar algo mucho más profundo y radical: en Estados Unidos no emergió un nuevo “populismo”, sino un fascismo violento en pleno siglo XXI.
Resulta curioso que, aunque algunos, como Alfredo Ramírez, lograron entrever algunas de las características más importantes del fascismo, como el supremacismo, la xenofobia, el racismo, el antiintelectualismo y autoritarismo, en todo momento optaron por denominarlo simple y llanamente como “populismo”. Ya había red flags y no quisieron nombrarlas, su postura ideológica les llevó a no advertir a tiempo lo que realmente era.
Y es que, la palabra “populismo” ha sido utilizada durante décadas por los intelectuales del gran capital mundial para denigrar a cualquier liderazgo que apele al pueblo, a pesar de que –de hecho– es normal que cualquier político o política lo haga, es parte de su oficio. Aquellos teóricos buscan forzar su concepto para meter en el mismo saco a izquierdas y derechas por igual, con el fin de compararlas y mostrarlas como dos vías de un mismo autoritarismo. En ese afán, perdieron el piso y no pudieron advertir que realmente las izquierdas y derechas son dos cosas distintas con sus propias especificidades que hay que estudiar.
Cuando un concepto intenta explicar fenómenos tan diferentes que no coinciden, además de forzar la realidad en su teoría, caen en una reducción. Como bien lo sostiene el pensador cubano Jorge Luis Acanda: “Es claro que algo importante está ocurriendo en el mundo de la política, a nivel mundial. Pero querer encerrar toda la complejidad de los procesos en curso en un término tan impreciso y superficial como el de populismo –tal como se le interpreta hoy en el mainstream del vocabulario político– es pecar de simplismo. […] La ola que sacude al mundo político no debe ni puede entenderse como la simple irrupción de lo irracional e intentar aprisionarse conceptualmente con el endeble recurso al término “populismo”. Aceptar esa palabra [que no es concepto] para entender lo que está ocurriendo es claro síntoma de la incapacidad de pensar al mundo sin los instrumentos gnoseológicos del capital”.
De esa forma, con la intención de meter a izquierda y derecha en el mismo saco, los teóricos del populismo terminaron generando una omisión. Son incapaces de captar que, lo que se desarrolla en Estados Unidos es más bien un nuevo tipo de fascismo del siglo XXI que apuesta por una vía violenta, racista, patriarcal y xenófoba, con el objetivo de sanear el poder imperialista y a su fuerza motriz: el capital trasnacional. Los intelectuales del populismo son incapaces de analizar que ningún proyecto político avanza sin su contracara económica.
Hay que tener bien claro que el fascismo surge para salvaguardar la integridad de los grandes capitales, tal y como sucedió en el siglo XX cuando las dos guerras mundiales fueron encabezadas por los grandes imperios que se disputaban por la vía violenta el control del mundo. Todos esos imperialismos se destruyeron entre sí y eso abrió el campo para que emergiera uno nuevo: el estadunidense.
Ahora, luego de varias décadas, ese imperialismo estadunidense se encuentra en una grave crisis económica y enfrenta la emergencia de otros nuevos imperialismos, como el chino. Su respuesta es nuevamente violenta, apela a las masas, sí, pero no de la forma en que lo dicen los teóricos populistas, sino en el mismo modo en que lo hicieron Mussolini y Hitler: anular los derechos sociales, buscar predominio del supremacismo blanco y fomentar el odio étnico. Eso, perdón por volverlo a decir, no es para nada lo que podría nombrarse como “populismo”, es un fascismo rampante.
Es sabido –o al menos es muy evidente– que los teóricos del capital le tienen pavor al pueblo y a las masas, por eso creen que todo poder proveniente de ahí llega a ser nocivo. El problema es que los dueños del capital, como Elon Musk, Mark Zuckerberg, ExxonMobil, Chevron o Texaco, entre muchos otros, son quienes promueven el nuevo fascismo.
El proyecto político de Donald Trump no es para nada ajeno a la economía o a la cultura sembrada durante décadas con discursos, ideología y cultura que apuestan por el supremacismo blanco y que así han educado a grandes franjas de las masas estadunidenses durante años. Ahora, esas masas se convirtieron −con toda naturalidad− en las bases sociales del trumpismo.
Seguir por el mismo camino de creer que tanto la política como la economía siguen rutas ajenas y categorizar lo que se vive ahora como “populismo” puede dejar de ser un mero error; la academia ya no debe seguir con el devastador silencio de hasta ahora, es momento de nombrar las cosas como son y hablar de fascismo es un paso impostergable.
Pablo Carlos Rojas Gómez*
*Doctor en ciencias políticas y estudios latinoamericanos. Investigador del Programa Universitario de Estudios sobre Democracia, Justicia y Sociedad (PUEDJS-UNAM).
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