Entre los grupos que más persiguió el régimen priísta durante la Guerra Sucia se encuentra la prensa crítica, a la que se le espiaba de forma sistemática. Ejemplo de ello es el seguimiento que hizo la llamada policía política contra el reconocido periodista Vicente Leñero. Los informes de los agentes de la DFS dan cuenta de las múltiples cartas públicas que firmó a favor de la autonomía de universidades, la libertad de expresión, así como la ayuda que brindó a grupos perseguidos. También se da referencia de su oposición contra el golpe a Excélisor. Además, en los documentos se da cuenta de los vuelos que realizó y los eventos en los que participó, así como su militancia de izquierda
Quinta parte. En el periodo de la Guerra Sucia, el espionaje de los agentes de la extinta Dirección Federal de Seguridad (DFS) contra la disidencia política y social se centró también en la prensa crítica. Entre los periodistas vigilados está el ya fallecido Vicente Leñero Otero. En esos archivos se da cuenta de su militancia en la izquierda y sus batallas por la democracia, la libertad y la justicia, características que “incomodaban” al régimen priísta.
El seguimiento a su persona se relaciona directamente con su profesión. Por ejemplo, en una ficha que data de 1976-1978 se establece su relación laboral con la revista Proceso, a la que se describe como “que es de información y crítica a los actos gubernamentales”. Además, se consignan sus viajes a Cuba.

Pero la vigilancia contra el escritor y periodista se remonta a tiempo atrás, cuando trabajaba en el diario Excélsior, junto al periodista Julio Scherer García. En aquella época, la llamada “policía política” estaba en manos de Fernando Gutiérrez Barrios (1964 a 1970, en el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz), de quien aquel periódico reportó sus abusos.
Esa DFS elaboró un informe en el que se documentó la difusión de una carta –con fecha del 10 de diciembre de 1969– firmada por periodistas y escritores, en la cual exigían la liberación de 86 personas, quienes habían sido detenidas antes, durante y después del movimiento estudiantil de 1968. Vicente Leñero se encontraba como un abajo firmante.
Gutiérrez Barrios inició en la milicia, y con el diario Excélsior chocó en múltiples ocasiones por el periodismo crítico que ahí se ejercía. Está rispidez no era sólo con Vicente Leñero, sino directamente con Scherer García.
La oscura carrera del líder de la policía política había iniciado años antes, como jefe de Control Político; luego, como subdirector federal de Seguridad, hasta que asumió la titularidad de la Dirección. Pero no paró ahí: Carlos Salinas de Gortari lo nombró secretario de Gobernación, cargo que desempeñó del 1 de diciembre de 1988 al 4 de enero de 1993. También gobernó Veracruz.
Al frente de la DFS, impulsó “la formación de grupos especiales dedicados a tareas de contrainsurgencia, los cuales cometieron graves violaciones a derechos humanos”, de acuerdo con el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México. Y tuvo un papel activo el 2 de octubre de 1968, a partir de información recopilada anteriormente por su red de espionaje, con lo que ayudó a la identificación de líderes del movimiento, presentes aquel día en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, detalla la tesis de maestría de Jaime Ángel Chama Cancela.

Leñero y las causas justas
Antes y después de Gutiérrez Barrios, la DFS dio seguimiento a las labores de Leñero Otero. Por ejemplo, otra ficha que data de 1976 da cuenta del control que mantenía el gobierno sobre la prensa a través de la venta –o restricción– del papel.
En esa ficha se informa que un grupo de periodistas había solicitado papel para elaborar el periódico Oiga, con sede en Guadalajara. El reporte de los agentes incluía los nombres de quienes integraban el consejo editorial del medio, así como sus colaboradores externos, entre los que se encontraba Vicente Leñero. Y como es sabido, en aquella época el control del papel por parte del gobierno servía como herramienta de censura: PIPSA podía negarse a vender este insumo esencial para los medios impresos, y no existía otro proveedor.

Los archivos también revelan que se daba seguimiento a fuentes de información que mantenían contacto con los periodistas críticos al régimen. Uno de los documentos refiere como fuente de un supuesto infundio a un “ingeniero Laborde”. Según la vigilancia, sus filtraciones eran tan incoherentes que los periodistas Scherer y Leñero rechazaron publicar sus dichos, por lo que recurrió al periodista también ya fallecido Miguel Ángel Granados Chapa.

Además, los reportes de la DFS detallan el activismo de Vicente Leñero. El primer año de gobierno de Luis Echeverría Álvarez, el periodista firmó una misiva junto a otras personalidades de la época, dirigida precisamente al presidente de México. En ella le solicitaban que defendiera la autonomía de la Universidad Autónoma de Guerrero, pues se veía amenazada por intereses de políticos locales, situación que podría marcar un antecedente peligroso para la vida de la educación superior.
Otro episodio que quedó registrado en el seguimiento de la DFS es el rechazó de Leñero, junto a otros colegas, al golpe contra el periódico Excélsior, ocurrido el 8 de julio de 1976.
A mediados de la década de 1960 y principios de 1970, Leñero Otero trabajó en una revista pensada para el público femenino –“para la mujer liberada”, según describió en una entrevista de 2014–, llamada Claudia, que se editaba en Argentina y Brasil. Después de ser reportero, jefe de redacción y director del medio, Julio Scherer García lo invitó a trabajar en Excélsior para revivir la olvidada Revista de Revistas, nacida antes incluso que el propio periódico. Ahí trabajó hasta el 8 de julio de 1976, cuando el gobierno tomó el control del diario por la fuerza.
El hecho se hizo pasar como un conflicto interno, donde trabajadores contrarios al director Julio Scherer García tomaron el control de la cooperativa y expulsaron a éste y a su grupo de periodistas: Vicente Leñero, Granados Chapa, Hero Rodríguez Toro, Froylán López Narváez, Enrique Maza, José Emilio Pacheco, Gastón García Cantú, Ángeles Mastretta y Carlos Monsiváis. La realidad fue que detrás de este acto operó un sistema represivo que incluyó golpeadores y amenazas de muerte.
Al mando del diario quedó Regino Díaz Redondo –cargo que ocupó hasta octubre de 2000– junto a su círculo. Un día después del golpe, la página 22 del diario salió en blanco, pues el “nuevo” director ordenó retirar el desplegado en el que Scherer, Leñero y los otros periodistas alertaban del régimen de censura. El desplegado firmado por 49 colaboradores se titulaba “¡Libertad de Expresión!”, y denunciaba las agresiones perpetradas por el gobierno de Echeverría contra el periódico y su director.
Un informe elaborado por el agente Luis de la Barreda el 19 de julio de ese mismo año relató que los expulsados de Excélsior realizaron el encuentro “Reunión de Amigos de la Expresión Democrática”. Y cita que en él participaron Julio Scherer Gracía, Granados Chapa y Vicente Leñero, en el que denunciaron el atentado contra la libertad de expresión.
Dos años después, en 1978, Leñero publicó el libro Los Periodistas, en el que describió como traidores a quienes dieron aquel golpe: “se les ofrecía como premio el poder; se les exigía un precio: la traición. Para los ambiciosos, para los resentidos, para los mediocres, no era un precio excesivo; la operación era un cohecho más, otro embuste […] que valía aceptar clausurando el último temblor de la consciencia”.
Cercano a Gutiérrez Barrios, de la Barreda Moreno asumió la titularidad de la DFS en 1970, la cual ostentó durante seis años. Así como su antecesor, fue señalado públicamente por su participación en la Guerra Sucia. Y fue hasta inicios del siglo XXI que las acusaciones llegaron a los tribunales.
Con la creación de la ya extinta Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado, Luis de la Barreda fue imputado en siete ocasiones por el exfiscal Ignacio Carrillo Prieto debido a sus acciones durante la matanza del 2 de octubre de 1968, diferentes desapariciones forzadas –estuvo acusado de ser responsable, junto con Miguel Nazar Haro, de la desaparición de Jesús Piedra, hijo de Rosario Ibarra– y la muerte de un guerrillero de la Liga Comunista 23 de Septiembre. Por este último caso, el funcionario fue exonerado el 6 de julio de 2006; el juez dio sentencia a su favor por falta de pruebas en la acusación.

Eventos, literatura y vuelos de Vicente
El seguimiento de la DFS contra Leñero dio cuenta de decenas de actos a los que asistió, incluidos aquellos que a simple vista no eran de carácter político, sino cultural. Por ejemplo, se narra su participación en una serie de conferencias que se llevaron a cabo en 1970 en el Club de Periodistas: la encabezada por Leñero Otero llevó por título La política en el teatro y el teatro en la política.
Otro más fue el 15 de noviembre de 1983, cuando agentes de la institución policial vigilaron la presentación de su libro Vivir del teatro, presentado en las inmediaciones del Ateneo Español de México, en una de las facetas literarias del jalisciense.
Su cercanía con el clero también estuvo plasmada en los informes de la DFS. En su archivo existe la copia transcrita de una carta firmada –el 30 de junio de 1975– por el periodista, en la que documenta que “cristianos mexicanos” pedían apoyo para las personas chilenas asiladas en México.
Luis de la Barreda elaboró posteriormente otro informe que narra que Leñero Otero leyó un boletín cuando se celebraba una misa. Aquí lo que se remarcó es que señalaba la importancia de socorrer a quienes eran perseguidos en Chile por grupos fascistas.
Como fue común en esa época, la DFS vigilaba estrictamente los vuelos que salían hacia o desde Cuba. Fue así que se mencionó a Vicente Leñero en tres ocasiones, de las que se tiene constancia. La primera fue en 1973. El 20 de julio abordó el vuelo 465 de la empresa Cubana de Aviación con destino a La Habana. Después, el 4 de enero de 1978 apareció nuevamente su nombre en la lista de pasajeros que viajaban al mismo destino; esta vez con la compañía Mexicana de Aviación. Y ocurrió por última vez el 17 de diciembre de 1985, cuando regresó desde La Habana en avión de Cubana de Aviación; no obstante, en esta ocasión el informe estuvo elaborado



















