Todas somos Jane Doe

Todas somos Jane Doe

FOTO: 123RF

Bajo el seudónimo Jane Doe, una exestudiante de Cornell demandó en septiembre a la prestigiosa universidad por manejar de forma negligente su denuncia de violación múltiple. La joven denunció haber sido violada en octubre de 2024 por siete antiguos integrantes de la fraternidad Chi Phi, tras haber sido intoxicada con alcohol, marihuana y ketamina durante siete horas.

Casi dos años después, el caso vuelve a investigarse gracias a la presión mediática que generó la publicación de transcripciones, mensajes y otros documentos. Estos dejaron al descubierto cómo las instituciones encargadas de cuidar a Jane Doe la traicionaron.

Por un tiempo pareció que, en una época posterior al #MeToo, las mujeres podíamos confiar al menos en algunas certezas. Parecía que ya no teníamos que luchar contra la corriente para que nos creyeran cuando denunciábamos violencia.

Una de esas certezas era que una persona con altas dosis de drogas en su sistema es incapaz de consentir una relación sexual. Sin embargo, casos como el de Jane Doe nos recuerdan que esas certezas eran mucho más frágiles de lo que queríamos creer y que las mujeres seguimos siendo vistas, demasiadas veces, como carnada.

Entre los documentos conocidos sobre el caso aparecen mensajes de los integrantes de la fraternidad en los que se hablaba de Jane Doe como alguien disponible para el consumo de otros hombres. Con frases como “vengan a sacudirla” y respuestas celebratorias, la presentaban como un objeto que podían usar quienes entraran al cuarto donde se encontraba. Para entender estos mensajes es necesario conocer el contexto: lo que se ofrecía era el cuerpo de una joven incapaz de defenderse.

Por eso resulta tan difícil aceptar que este caso sea, principalmente, otro debate sobre el consentimiento. Durante años hemos dedicado una enorme cantidad de energía a explicar qué significa consentir una relación sexual. Esa conversación era y sigue siendo necesaria. Pero hay casos en los que insistir en ella termina haciendo un favor a quienes ejercen violencia, como si el problema fuera una regla mal entendida o bastara con enseñar mejor una definición.

Lo que describen estos mensajes es la dinámica de un grupo de hombres que trata a las mujeres como sacos de carne que pueden compartirse, anunciarse y ponerse a disposición de quienes ellos decidan. Así luce la objetivación como demostración de poder y dominio. En contextos como este, la violación no responde a una confusión sobre los límites de una interacción sexual: es un medio para conseguir pertenencia y reconocimiento. Fue Jane Doe, pero pudo haber sido alguien más.

Ahora sabemos que la información que Jane Doe dio durante horas de entrevistas llegó incompleta a quienes debían decidir qué hacer con su denuncia. Sabemos que detalles importantes quedaron fuera, que su historia fue resumida y que quienes tenían la responsabilidad de protegerla terminaron minimizando lo ocurrido y revictimizándola. Eso explica por qué este caso ha encontrado eco en tantas mujeres. La violencia contra Jane empezó con hombres que dispusieron de su cuerpo para ejercer poder frente a otros y continuó con personas que decidieron callar.

Por eso es imposible pensar en Jane Doe sin pensar en cuántas mujeres más han sido utilizadas para afirmar el dominio sobre otros hombres. Cuántas han tenido que explicar mil veces lo que les hicieron, con lujo de detalle y sin margen para el error o la confusión. Cuántas encontraron instituciones dispuestas a reducir su historia antes que a enfrentar a quienes las violentaron. Todas somos Jane Doe porque sabemos que este no es un caso aislado ni una excepción. Nos reconocemos en ella y sentimos juntas el dolor del abandono y la traición de una escuela que prometió cuidarla y protegerla.

 

Ana María Ibarra Olguín *

* Magistrada de Circuito. Licenciada, maestra y doctora en derecho

 

Juzgar desde la izquierda

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