La logia anticomunista del MURO dentro de la UNAM

La logia anticomunista del MURO dentro de la UNAM

Surgido en 1961 tras una disputa estudiantil en la Universidad Nacional Autónoma de México, el Movimiento Universitario de Renovadora Orientación se convirtió en una organización anticomunista con disciplina militar que reclutaba en colegios católicos de élite y exigía a sus integrantes un juramento secreto frente a un crucifijo, una calavera y un puñal. Documentos de la Dirección Federal de Seguridad y la Dirección General de Investigaciones Políticas y Sociales, resguardados en el Archivo General de la Nación, junto con un documento desclasificado de la Agencia Central de Inteligencia estadunidense, permiten reconstruir por primera vez su estructura de mando, su financiamiento clerical y empresarial dentro de México, y sus vínculos internacionales con la propia Agencia Central, así como con redes neofascistas en Miami, Bélgica y Argentina durante la Guerra Fría

En la penumbra de una habitación reservada, lejos de las aulas y los pasillos concurridos de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), un joven estudiante sostiene la mirada fija sobre tres objetos dispuestos frente a él: un crucifijo, una calavera y un puñal. Con la mano derecha posada sobre el símbolo religioso se dispone a sellar su ingreso al Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO), una agrupación estudiantil anticomunista que operó en la UNAM durante la década de 1960.

Los integrantes del MURO son seleccionados por los propios dirigentes, quienes previamente investigan a los candidatos para confirmar que no tengan afinidad con las ideas comunistas. La información sobre el proceso de selección, el ritual de ingreso y la organización interna del movimiento está contenida en expedientes de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) y de la Dirección General de Investigaciones Políticas y Sociales (DGIPS), actualmente resguardados en el Archivo General de la Nación (AGN).

De acuerdo con las copias maestras de los expedientes de la DFS repartidos en tres partes dentro de la Caja 166 del AGN, la mayoría de los integrantes provenía de familias acomodadas y de colegios católicos, entre ellos el Instituto Patria, el Colegio México, el Cristóbal Colón, el Tepeyac y el Simón Bolívar, además de la Universidad La Salle.

Los expedientes registran que el reclutamiento comenzaba desde la secundaria y continuaba en la preparatoria, con una formación basada en la mística religiosa y en la pertenencia a un grupo integrado por estudiantes de buen desempeño académico.

Frente al altar improvisado, el aspirante pronunciaba tres juramentos. El primero lo comprometía, por Dios y por su honor, a guardar absoluto secreto ante personas ajenas a la agrupación sobre su existencia, la identidad de sus integrantes y los asuntos que en ella se trataban. El segundo lo obligaba a someterse a los acuerdos del Consejo Supremo del Movimiento. El tercero establecía que debía considerar a la agrupación como fundamental en sus actividades sociales, políticas, religiosas y culturales.

Con esos juramentos, el nuevo integrante quedaba sujeto a una disciplina de corte militar y al mando del Consejo Supremo –la misma instancia a la que el aspirante había jurado obediencia frente al crucifijo y el puñal, y cuya estructura completa revelan los propios expedientes de inteligencia–.

El origen del MURO

En 1961 el ambiente político de la UNAM estaba marcado por una fuerte confrontación entre grupos de izquierda y sectores conservadores. En la Escuela Nacional de Economía un grupo de estudiantes se organizó para disputar la influencia de la izquierda y adoptó inicialmente el nombre de grupo Mariano. La organización estuvo encabezada por Luis Felipe Coello Macías, estudiante de esa escuela, junto con Guillermo Vélez Pelayo.

Ese mismo año, en medio de las tensiones políticas derivadas de la Revolución Cubana, Coello Macías y Vélez Pelayo organizaron una manifestación contra Fidel Castro dentro de Ciudad Universitaria. La protesta derivó en su expulsión por un año, una medida adoptada durante la rectoría de Ignacio Chávez.

Como respuesta a la sanción, ambos estudiantes fundaron el Comité Pro Defensa de la Libertad de Cátedra y Expresión Universitaria, y emprendieron una campaña de prensa contra las autoridades universitarias y los grupos de izquierda, en la que sostenían que la expulsión constituía una forma de persecución ideológica por sus posiciones anticomunistas. La movilización permitió articular a otros grupos conservadores de escuelas y facultades de la UNAM, y elevó la confrontación con la Rectoría hasta conseguir la reincorporación de los dos estudiantes.

Tras su regreso, el grupo Mariano dejó de operar como estructura inicial y dio paso a la organización formal del MURO, identificado por los informes de inteligencia como una organización de ultraderecha, fascista y anticomunista, orientada a disputar espacios de representación y conducción dentro de la universidad.

Un segundo expediente de la DFS, sin embargo, matiza ese origen: no lo ubica únicamente en la disputa de 1961, sino como parte de una estructura mayor, la Liga Universitaria Nacionalista, vinculada desde su origen a los restos de una organización secreta fundada en Guadalajara entre 1933 y 1935 por Carlos Cuesta Gallardo.

Los informes señalan que los cuadros de esa liga provenían del sinarquismo y del Partido Nacionalista de México, y que mantenían una filiación con la organización conocida como los Tecos. Ese mismo documento sitúa el nacimiento visible del MURO en la misma fecha –el 26 de julio de 1961, tras la manifestación anticomunista en la explanada de la Facultad de Economía–, pero añade un dato que el primer expediente no registra: identifica a Coello como jefe de los manifestantes y precisa que el altercado que derivó en su expulsión fue con Tonatiuh Gutiérrez, profesor de esa facultad.

Los informes de inteligencia atribuyen el origen de los principales cuadros del movimiento a colegios confesionales dirigidos por los Hermanos de las Escuelas Cristianas, entre ellos el Colegio Cristóbal Colón, el Simón Bolívar, la Universidad La Salle y el Colegio Benavente, este último en Puebla.

El expediente documenta también la postura del MURO ante la condena eclesiástica a las sociedades secretas, emitida a mediados de 1963 por el arzobispo primado de México en reiteración de decretos papales previos –uno de 1850 y otro promulgado por León XIII en 1884–. Según los registros de inteligencia, los dirigentes del movimiento sostuvieron públicamente que dicha prohibición aplicaba “únicamente” a la masonería.

El organigrama de la Liga Universitaria Nacionalista

Los documentos de inteligencia revisados detallan el organigrama completo de la Unidad Rectora de la Liga Universitaria Nacionalista y de los organismos que operaban bajo su mando. Según ese expediente, la dirección general recaía en el ingeniero Ramón Plata Moreno, como jefe nacional, con el licenciado Ignacio Rodríguez Carreño como subjefe. El licenciado Luis Felipe Coello ocupaba la Secretaría de Relaciones con el Exterior, mientras que Carlos Ralpopoulos figuraba como comandante de las Brigadas de Choque, divididas en una primera brigada encargada de la seguridad y una segunda que operaba como órgano represivo contra los adversarios del grupo. José Luis Borbolla aparece en ese mismo organigrama como secretario de contraespionaje.

Bajo esa Unidad Rectora, los documentos identifican una serie de organismos adherentes que funcionaban como fuerzas de choque de la Liga. El propio MURO encabezaba esa lista, con Fernando Baños Urquijo como jefe y Guillermo Vélez Pelayo al frente de la jefatura de prensa. Junto a él operaba el Frente Universitario Anticomunista, descrito en el expediente como el brazo de choque de los Tecos de Guadalajara en la Universidad de Puebla, así como el Frente Patriota de México, encabezado por Manuel de la Isla Paulín y las Juventudes Integristas. Completaba esa red la Sociedad de Amigos de Pueblos Sojuzgados por el Comunismo, que según los registros también estaba bajo la conducción de José Luis Borbolla.

El mismo informe anota que, con el tiempo, tanto el Frente Universitario Anticomunista como el Frente Patriota de México rompieron su relación con la Liga Universitaria Nacionalista para alinearse de manera directa con los Tecos de Guadalajara.

El Consejo Supremo y las redes de control universitario

El MURO mantenía una estructura diferenciada entre la representación pública del movimiento y un nivel reservado para la conducción de sus actividades. Los informes de inteligencia señalan al Consejo Supremo del Movimiento como la instancia encargada de establecer las directrices y concentrar la toma de decisiones –la misma a la que el aspirante quedaba sujeto tras el ritual de ingreso–.

Manuel Alonso Aguerrevere, estudiante de la Facultad de Derecho de la UNAM, aparecía como una de las principales figuras públicas de la agrupación. En la documentación sobre los primeros años del movimiento aparecen también Luis Felipe Coello Macías y Guillermo Vélez Pelayo, vinculados al grupo Mariano, así como otros integrantes que ocuparon cargos en su primera estructura directiva: Víctor Manuel Sánchez Stemprais, Alfredo Ocampo Valenzuela, Manuel Pando Mundet y Jesús Nieva Velázquez.

A esta primera etapa se suman Fernando Baños Urquijo, quien posteriormente asumió la dirección del movimiento, y otros nombres registrados en expedientes de inteligencia, como Antonio Narro, Antonio Dovalí, Jesús Rivera Barroso, Jorge Gardill Hurtado y Fernando Belment Acero.

El control de espacios universitarios se apoyaba en comités establecidos en escuelas, facultades y planteles de bachillerato. Una de las estrategias registradas por la DFS consistía en colocar a integrantes del movimiento en cargos de representación estudiantil sin que su pertenencia al MURO fuera identificada públicamente, de manera que podían encabezar sociedades de alumnos y participar en decisiones de los planteles sin aparecer bajo las siglas del movimiento.

Los informes relacionan con esa estructura a distintas mesas directivas. En la Preparatoria No. 1, Adalberto Maldonado ocupaba la presidencia; Juan de Dios González, la vicepresidencia; Jaime Hermann, la oficialía mayor; Carlos Mandujano, la tesorería, y Beatriz Aguilera, la Secretaría de Acción Femenil.

En la Preparatoria No. 4 diurna, la presidencia correspondía a Raúl Manrique Cosío, con Concepción Méndez Rodríguez en la vicepresidencia y Víctor Sama Alanís como secretario general.

En la Preparatoria No. 7, David Vega Vera figuraba como presidente; Eliseo Lemus, como vicepresidente, y Mario Reyes, como secretario general. En la Escuela Nacional de Veterinaria, Francisco J. Espinosa Morett ocupaba la presidencia; Justino López Solorio, la vicepresidencia, y Gonzalo H de la Fuente fungía como delegado ante la Federación Universitaria de Sociedades de Alumnos.

La estructura también contaba con mecanismos propios para sostener sus actividades: integrantes del movimiento ponían a disposición vehículos particulares y realizaban aportaciones económicas para determinados desplazamientos y acciones, mientras mujeres estudiantes participaban formalmente en secretarías y otras funciones. Los informes de inteligencia consignan, asimismo, entrenamiento secreto de integrantes para actividades de agitación y enfrentamiento físico.

Las redes de apoyo: sacerdotes, empresarios y financiamiento externo

Los documentos de inteligencia revisados matizan el papel de la Iglesia frente al MURO y las organizaciones afines. Si bien el cardenal Garibi Rivera y monseñor Miguel Darío Miranda, entonces arzobispo primado de México, desaprobaron públicamente al movimiento, los mismos registros señalan que otros obispos regionales respaldaron de manera explícita a las organizaciones secretas vinculadas al MURO: el expediente menciona a monseñor Octaviano Márquez y Toriz, arzobispo de Puebla, y a monseñor Manuel Pío López, arzobispo de Jalapa.

De acuerdo con los informes, fue el propio monseñor Manuel Pío López quien giró una circular dirigida a organizaciones católicas tradicionalistas, en la que afirmaba contar con un fondo de 6 millones de pesos destinado a articular un Comité Coordinador. Esa circular llamaba a hacer frente al Partido Revolucionario Institucional, a generar una mística en torno a las Fuerzas Armadas mexicanas y a fomentar el respeto hacia el ejército de Estados Unidos.

Aunque el MURO se presentaba públicamente como una iniciativa estudiantil autónoma, los informes de inteligencia de la DFS revelan que operaba respaldado por una red heterogénea de padrinos políticos, sectores clericales y empresarios de derecha.

El Centro Universitario Cultural y la Parroquia Universitaria, dirigidos por el presbítero Agustín D’Sobri, operaron como un espacio clave para convocar y unificar a los estudiantes derechistas de las facultades de Derecho, Economía, Comercio y Ciencias Políticas. Los sacerdotes J Manuel Mayagoitia y David Mayagoitia, este último al frente de la Corporación de Estudiantes Mexicanos, figuran como las tutelares que orientaban los planes del grupo en reuniones periódicas con sus líderes fundadores.

Para sostener sus publicaciones e intervenir en las elecciones universitarias, la dirigencia del movimiento –encabezada por Coello Macías– mantenía contacto directo con el ingeniero Alfredo Medina Vidiella y con Melchor Ortega, ambos del Frente Cívico Mexicano de Afirmación Revolucionaria.

Los expedientes documentan entregas de fondos, con montos que llegaron a los 500 pesos de la época, destinados de manera explícita a imprimir propaganda electoral para las elecciones de la Federación Universitaria de Sociedades de Alumnos (FUSA). La DFS registró que esa ayuda financiera se canalizaba en ocasiones a través de Fernando Alcalá, funcionario del periódico Excélsior, quien fungía como enlace para conseguir espacio y publicidad a las posturas del grupo.

Ese entramado de financiamiento y padrinazgo, según los mismos reportes de inteligencia, no se agotaba en el ámbito nacional: se especulaba sobre aportaciones económicas indirectas al MURO provenientes de grupos empresariales afines al alemanismo, agencias internacionales e incluso sectores anticastristas y de ultraderecha con presencia en el extranjero.

Pese a que el MURO se escudaba en una mística católica y en la defensa de los valores religiosos, la alta jerarquía de la Iglesia mexicana terminó por desaprobar formalmente sus métodos violentos y clandestinos. Desde 1967, el cardenal Garibi Rivera expresó públicamente el rechazo de la Iglesia hacia las actividades del grupo, y poco después el cardenal Miguel Darío Miranda envió una advertencia formal a los directores de colegios católicos para que no promovieran la afiliación de sus alumnos al movimiento, al considerar que el grupo se alejaba de las directrices de la Iglesia y de la misma ley moral, debido a sus prácticas fanáticas y de agitación de choque.

La guerra de propaganda y las acciones de choque

El combate ideológico del MURO no se libró únicamente en las asambleas y los pasillos de las facultades. Su principal instrumento fue una articulada maquinaria de imprenta que, a través de periódicos propios, boletines locales y comunicados especiales, desplegó una estrategia constante de agitación para denunciar la supuesta “comunización” de la educación superior en México, respaldada por infiltración en sociedades de alumnos y episodios de confrontación física.

El periódico Puño se consolidó como el órgano central de difusión del movimiento. Editado de forma clandestina, se especializó en ataques sistemáticos contra las máximas autoridades de la UNAM, con el rector Ignacio Chávez como blanco primordial, y en sus páginas señalaba a académicos, directivos e investigadores como “agentes marxistas” o miembros de la “mafia ruso-cubana”.

Ya en abril de 1962 el MURO usó ese mismo canal para oponerse al nombramiento del poeta Rubén Bonifaz Nuño y de Enrique Reyes Pérez como directivos de la revista Universidad Nacional y de la Gaceta Universitaria, con boletines enviados a la prensa que denunciaban la “comunización” de la literatura oficial universitaria.

Entre julio y octubre de 1962, Coello Macías sostuvo reuniones con el ingeniero Medina Vidiella para coordinar a 16 de los 29 presidentes de sociedades de alumnos de la FUSA, mientras intensificaba la distribución de Puño para desacreditar la administración del rector Chávez. Ese mismo agosto, el MURO difundió publicaciones especiales sobre la sindicalización de los empleados bancarios y las reformas al Reglamento de Trabajo expedido en 1953, durante el gobierno de Adolfo Ruiz Cortines.

A principios de 1964, la cúpula del movimiento puso en circulación un nuevo periódico, Brecha Universitaria, que amplió su alcance hacia los debates de política nacional: publicó alegatos duros contra el Libro Único de Texto que impulsaba la Secretaría de Educación Pública, al que calificaban de “violación a la Constitución”, y arremetió contra líderes de izquierda, con críticas directas al expresidente Lázaro Cárdenas tras la formación de la Central Campesina Independiente.

En enero de 1964 la organización distribuyó volantes contra el aumento de las cuotas de inscripción y la adición de un año al plan de estudios del bachillerato, y llamó a padres de familia y estudiantes de las preparatorias a participar en las protestas.

Entre febrero y junio de 1963, en alianza con la Unión Nacional de Padres de Familia que encabezaba Ramón Sánchez Medal, el MURO exigió cuentas a la Rectoría sobre el presupuesto de 200 millones de pesos. En ese contexto, el comité local de la Escuela Nacional de Ciencias Químicas distribuyó el manifiesto “Conque exigiendo cuentas al señor rector”, que cuestionaba ese presupuesto y exigía saber cuántos millones se empleaban en mantener a “los zánganos rojos que medran en el presupuesto universitario”, al señalar de forma directa al investigador Eli de Gortari. El mismo boletín criticaba los presupuestos asignados a los programas de radio y televisión universitaria por considerar que difundían “propaganda antimexicana”.

Entre enero y marzo de 1964, además de las protestas contra las cuotas, el MURO señaló públicamente a docentes de la Escuela Nacional de Economía –entre ellos Octaviano Campos Salas, Benjamín Rechtkiman, Enrique González Pedrero y Francisco López Cámara– al acusarlos de actividades procomunistas, y en reuniones dentro de Ciencias Políticas exhortó a modificar la Ley Orgánica de la UNAM para restar poder a la Junta de Gobierno.

Parte de esta producción propagandística, de acuerdo con el archivo, se financió con aportaciones de sectores empresariales afines y fue canalizada hacia medios de comunicación mediante la intervención de periodistas y funcionarios de la prensa capitalina.

En el terreno físico, los informes de la DFS registran el uso sistemático de bombas lacrimógenas y sustancias pestilentes para boicotear mítines, conferencias y eventos de grupos identificados como izquierdistas o marxistas –con lo que el MURO lograba dispersar a los asistentes y tomar el control de los planteles–, así como protestas relámpago frente a las embajadas de Cuba y la Unión Soviética en Ciudad de México.

En paralelo, infiltró a militantes no identificados públicamente como miembros de la organización para ganar elecciones de sociedades de alumnos y asegurar el control de la FUSA.

Hacia mediados de los años sesenta, el expediente del MURO trascendió las fronteras universitarias y se integró a los reportes de inteligencia internacional sobre la Guerra Fría en América Latina. La Dirección Federal de Seguridad y agencias extranjeras mantuvieron desde entonces una vigilancia estrecha sobre el movimiento, por su capacidad para articular cúpulas empresariales, religiosos conservadores y grupos de choque juveniles con entrenamiento secreto.

La geopolítica del MURO

Esa vigilancia binacional la que permite observar la organización más allá del terreno puramente universitario y la inscribe en la disputa hemisférica de la Guerra Fría, la cual quedó documentada con precisión el 5 de agosto de 1965, cuando un documento de inteligencia desclasificado de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA), catalogado como CIA-RDP73-00475R000401760003-7, recopiló un despacho de la agencia United Press International fechado en la Ciudad de México y ofreció una radiografía del movimiento desde la perspectiva de la inteligencia estadunidense y la prensa internacional.

El documento desclasificado define formalmente al MURO como una organización “de corte fascista y antisemita”. Consigna, además, que la agrupación, pese a declararse abiertamente anticomunista, atribuyó las censuras de las autoridades de la Iglesia Católica al hecho de que el movimiento “utilizaba la religión para encubrir sus objetivos totalitarios y exigía juramentos a sus miembros mediante ritos secretos”.

Según el mismo documento, el MURO emitió una declaración pública en la que denunciaba la presencia de agitadores pro-Castro entre estudiantes y campesinos mexicanos, exigía la expulsión inmediata del embajador cubano en el país y alertaba sobre la existencia de campamentos de adiestramiento militar en territorio nacional.

Los reportes de inteligencia, junto con la cobertura que en su momento hizo el diario La Prensa, detallaron una red de milicias anticastristas que operaba en México: uno de esos enclaves era un campamento en el estado de Oaxaca, financiado –de acuerdo con esos reportes– por el expresidente cubano Carlos Prío Socarrás, residente en Miami y con varias visitas realizadas a México.

El mando de ese campamento recaía en el exiliado cubano Pablo Machado, descrito en los documentos como el líder de un “pequeño y agresivo ejército privado” integrado casi exclusivamente por anticastristas, expendedores de drogas y antiguos matones de los casinos de La Habana; Machado llegó a controlar más de 150 mil hectáreas de cultivo de caña de azúcar, sobre las que ejercía un dominio violento hacia la población local.

El informe de la CIA recoge, en paralelo, las denuncias del Directorio Estudiantil Revolucionario, una organización de exiliados cubanos que señaló a la embajada de Cuba en México como la “correa de transmisión” para enviar propaganda y financiamiento subversivo hacia Centroamérica y Sudamérica.

La representación diplomática, según esas acusaciones, organizaba viajes para que estudiantes mexicanos y de otros países latinoamericanos llegaran hasta La Habana a recibir instrucción en sabotaje, demolición y guerra de guerrillas. La inteligencia estadunidense registró, incluso, que esas escuelas de adiestramiento en Cuba operaban bajo la dirección de dos exgenerales republicanos de la Guerra Civil española: Alberto Bayo y Enrique Líster, este último veterano del ejército soviético.

Es en ese mismo cuerpo de expedientes donde queda asentado el dato más contundente sobre el papel de Washington en la historia del MURO: los informes de inteligencia señalan que la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos enviaba fondos de manera directa a la organización para financiar sus operaciones anticomunistas, con el propósito, según esos mismos documentos, de generar desórdenes y presionar al gobierno mexicano.

Ese financiamiento directo sitúa al MURO no como un grupo estudiantil aislado, sino como una pieza más del entramado de organizaciones anticomunistas que la CIA sostuvo en distintos puntos de América Latina durante la Guerra Fría.

Las redes con el neofascismo internacional

Los documentos de inteligencia revisados amplían el mapa de vínculos externos del MURO y la Liga Universitaria Nacionalista más allá de la órbita cubana, y confirman que el financiamiento de la CIA no era su único enlace fuera de México.

Según esos registros, el movimiento mantenía enlace con el Movimiento Nazi Internacional a través de la organización Joven América, con sede en Miami, descrita en el expediente como una filial de Joven Europa, entidad fundada en Bélgica. Los mismos informes ubican vínculos en Argentina con la organización nazi Tacuara.

En Estados Unidos, de acuerdo con el expediente, el grupo sostenía relación con la John Birch Society, organización que, según los registros de inteligencia, mantenía a su vez nexos con el Ku Klux Klan.

Los documentos identifican, además, un caso de infiltración vinculado a Alemania: señalan a Hildegard Knokerer como agente activa con influencia dentro de la Preparatoria No. 4 de la UNAM, quien organizó un viaje a la República Federal Alemana para estudiantes de escasos recursos. Ese viaje, de acuerdo con el informe, derivó en incidentes con la policía de la República Democrática Alemana, luego de que los estudiantes realizaran manifestaciones anticomunistas durante su estancia.

Desarticulación desde dentro

El expediente del MURO constituye uno de los capítulos más complejos e inquietantes de la Guerra Fría en la educación superior mexicana. Lo que en 1961 comenzó como la reacción de un puñado de estudiantes conservadores en la Escuela Nacional de Economía derivó en una red clandestina con disciplina militar, rituales de logia y una penetración que trascendió el ámbito universitario para tocar Miami, Bélgica, Argentina y Alemania.

Ni el riguroso reclutamiento en colegios particulares de élite, ni la financiación empresarial y eclesiástica, ni la guerra de tinta que libró en periódicos como Puño, ni las tácticas de choque dentro del campus, ni siquiera el respaldo directo de la CIA, le alcanzaron al MURO para cumplir su objetivo fundamental: erradicar el pensamiento de izquierda o tomar el control permanente de la UNAM.

Fue, de hecho, su propia radicalización la que terminó por acorralarlo políticamente. Al recurrir a la violencia, al espionaje y a los itinerarios de choque, el movimiento perdió la cobertura moral de la jerarquía católica que decía defender, y las condenas explícitas de los cardenales Garibi Rivera y Miguel Darío Miranda dejaron claro que sus métodos rebasaban los principios morales de esa institución.

Al mismo tiempo, la vigilancia sistemática de la Dirección Federal de Seguridad y el escrutinio de agencias internacionales como la CIA terminaron por encasillarlo, sin matices, como un grupo extremista y de riesgo para la estabilidad política nacional.

Reconstruir hoy ese expediente no es un ejercicio de arqueología política. Grupos como el MURO dejaron de operar hace décadas, no obstante, el reclutamiento selectivo, el secreto ritualizado frente al crucifijo y el puñal, el financiamiento oculto, tanto doméstico como extranjero, y la alianza entre sectores clericales, empresariales y de inteligencia para disputar espacios de representación juvenil no desaparecieron con ellos.

 

 

 

resumen seo: Expedientes de la DFS y un cable de la CIA detallan el ritual, la estructura y los vínculos externos del MURO

palabras clave: MURO, UNAM, Dirección Federal de Seguridad, DFS, CIA, Guerra Fría, Liga Universitaria Nacionalista, Tecos, anticomunismo, Archivo General de la Nación

x: Expedientes de la DFS y un cable desclasificado de la CIA muestran cómo el MURO operó dentro de la UNAM con rituales secretos, financiamiento clerical y empresarial, y vínculos con redes neofascistas y anticastristas en el extranjero.

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