Durante generaciones era común escuchar historias sobre niños y niñas a quienes obligaban a usar orejas de burro o permanecer de pie frente a alguna pared del salón de clase. Los infantes más susceptibles a recibir estos castigos eran aquellos con dificultades de aprendizaje o cuyo comportamiento desafiaba a sus profesores. Hoy sabemos lo fútil de esas prácticas y, aunque exista mayor conciencia sobre sus consecuencias, algunas persisten en las escuelas.
Tenemos un ejemplo reciente en Nuevo León, donde la Comisión Estatal de Derechos Humanos emitió dos recomendaciones relacionadas con el trato que recibieron seis estudiantes con autismo y otras condiciones. Destaca entre ellos el caso de un niño de diez años a quien su maestra sujetaba a la silla con un cinturón para evitar que se levantara durante clases. Las marcas que el cinturón dejó en las piernas del infante son los efectos más visibles de prácticas anacrónicas que siguen suscitándose en algunos espacios educativos.
Pese a la creciente visibilidad del autismo y otras condiciones del neurodesarrollo, todavía existen dificultades para comprender y atender las distintas necesidades de aprendizaje. La educación inclusiva parte precisamente de reconocer esa diversidad y procurar que los métodos de enseñanza respondan a las características de cada estudiante. Algunos niños requieren apoyos visuales para comprender mejor las instrucciones. Otros necesitan mayor tiempo para realizar determinadas actividades o modificaciones en los espacios escolares que faciliten su regulación emocional. Ajustes de esta naturaleza deberían comprenderse como parte de la diversidad de cualquier comunidad.
Al respecto, México cuenta con lineamientos sobre educación inclusiva y guías especializadas para la atención de estudiantes neurodivergentes. Por su parte, la Unesco y el Comité de la ONU sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad han desarrollado directrices para identificar las barreras al aprendizaje y favorecer la participación de todos los estudiantes. En la práctica, sin embargo, se requiere de un trabajo institucional que ayude a superar retos que van desde la formación docente hasta la (in)disponibilidad de recursos en las escuelas.
La importancia de estos esfuerzos trasciende las necesidades individuales de cada estudiante, pues sus beneficios pueden extenderse a toda la comunidad escolar. La Unesco también ha señalado que las experiencias de inclusión cuidadosamente planificadas pueden contribuir a prevenir los estereotipos y la estigmatización. Convivir con compañeros que tienen distintas habilidades y formas de aprender permite a los niños conocer realidades diferentes a las propias y empatizar mejor con las necesidades de otras personas.
Hoy más que nunca, cuando las diferencias suelen convertirse en motivos de división, es importante enseñar a nuestras infancias que ser distintos no nos hace menos merecedores. La inclusión no es un juego de suma cero en el que lo que recibe uno necesariamente lo pierde otro. Aprenderlo desde la infancia puede ayudarnos a construir una sociedad en la que las diferencias despierten comprensión en lugar de rechazo y donde todos podamos encontrar nuestro lugar.
Ana María Ibarra Olguín*
*Magistrada de Circuito. Licenciada, maestra y doctora en derecho









