Ante avance del fascismo, la desesperanza no es opción: Angela Davis

Ante avance del fascismo, la desesperanza no es opción: Angela Davis

FOTO: ANDREA MURCIA | CUARTOSCURO

Más de cinco décadas pasaron para que Angela Davis –activista, académica y un referente del feminismo– volviera a pisar las instalaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México. Esta vez lo hizo ante un auditorio completamente abarrotado, donde, junto con la académica Gina Dent, sostuvo un diálogo magistral en torno a su más reciente libro, Abolición, feminismo, ¡ahora!, una obra que entrelaza las luchas contra el racismo, el patriarcado, el capitalismo y los sistemas punitivos, y que, a su vez, plantea la necesidad de construir alternativas frente al avance de las agendas supremacistas en el mundo

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“En una época marcada por campañas antifeministas, antigénero y con gobiernos semifascitas o fascistas en el mundo, la desesperanza no es una opción”, afirmó la referente del feminismo abolicionista, Angela Davis, durante el diálogo magistral realizado en la sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Desde sus primeros minutos, el encuentro estuvo marcado por la presencia de colectivas y manifestantes que, además de acudir para escuchar la ponencia de Davis, llevaron al recinto sus propias denuncias contra la Universidad. Así, entre consignas y pancartas, señalaron la represión y criminalización de estudiantes dentro de la institución. Particularmente se pronunciaron contra el caso del joven Arturo Lugo Macías, también conocido como “Shevek”, estudiante que fue golpeado y quemado por un grupo de porros para después ser detenido por haber participado en una toma feminista en la Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán.

En medio de ese fervor y luego de algunas disonancias, Angela Davis tomó el micrófono por apenas una hora. Desde las primeras palabras, en su intervención colocó al feminismo abolicionista como una corriente de pensamiento y una práctica política vinculada con la transformación de las estructuras económicas y sociales. “Yo creo que el feminismo abolicionista es una manera revolucionaria de pensar y de hacer activismo. Es una revolución para derrotar al capitalismo, al colonialismo, es la imagen en general”, planteó.

Hablar de feminismo y abolición es también hablar de la propia existencia de Angela Davis. Como se recordará, su vida es una historia atravesada por las luchas de los movimientos sociales y políticos que, hace más de cinco décadas, se movilizaron para exigir su liberación y evitar que fuera condenada a muerte en Estados Unidos. Davis recuerda ese episodio frente a la UNAM, y con su historia de lucha sostiene que la esperanza es también una posición política.

“Bueno, diré simplemente que… la desesperanza no es una opción. Nosotras generamos esperanza”.

Davis ubicó la esperanza no como una actitud individual frente a la adversidad, sino como una capacidad colectiva para imaginar aquello que todavía no existe y convertir esa posibilidad en una fuerza de transformación, en algo que sostiene tu centro de gravedad y te ayuda a avanzar. En medio de esa consigna recordó cuando se involucró en movimientos sociales, cuando ella tenía apenas 11 años y crecía en Birmingham, Alabama, ciudad marcada por la segregación racial.

“Me vi involucrada en movimientos desde los 11 años. Veía personas con regímenes de discriminación, segregación, que no podían entrar a una biblioteca o a una escuela, a menos que fuera segregada, ni siquiera a un museo. A la gente negra no se le permitía entrar a los museos. Podríamos decir que no había esperanza, pero la esperanza fue lo que nos motivó. Siempre imaginamos una vida en la que las personas de ascendencia africana pudieran ser libres y dejar de ser esclavas. Y nosotras somos una manifestación de esa esperanza en ese tiempo. Si no hubiera habido esperanza en esa lucha, en aquel entonces, no estaríamos sentadas hoy aquí platicando con ustedes esta noche”.

En medio de todas esas reflexiones y ante un público feminista, desde Ciudad Universitaria, Angela Davis habló de la esperanza sin convertirla en consuelo. La colocó, en cambio, en el terreno de la lucha, esa donde las personas se organizan, imaginan aquello que todavía no existe y se empeñan en hacerlo posible, incluso cuando el presente parece decir lo contrario o el panorama parece desalentador. “La tarea primordial de las activistas es generar esperanza. Es convencer a la gente de que un mundo mejor es realmente posible”, sostuvo Davis.

La idea encontró eco en la académica Gina Dent; quien recuperó una frase de la activista y organizadora Mariame Kaba para llevar la esperanza del terreno de las palabras al de la acción: “la esperanza es una disciplina”; no se trata de sentarse a esperar que las cosas cambien, sino de asumir el trabajo que implica construir aquello que aún no existe. Organizarse, insistir, encontrarse con otras personas y sostener las luchas, incluso cuando los resultados no son inmediatos.

Sin embargo, frente al avance del fascismo, tampoco basta con mirar hacia el norte. Dent cuestionó una geografía del conocimiento que durante décadas ha colocado al norte global en el centro, este que se incrusta en que las ideas nacen allí y viajan hacia el sur, mientras las experiencias de resistencia construidas en otros territorios quedan completamente relegadas. Frente a esa lógica hegemónica, Gina Dent propuso invertir el camino planteado, pues apostó por escuchar al sur global y aprender de sus luchas, además de permitir que sean también esas experiencias las que transformen las formas de imaginar y construir la emancipación.

“¿Por qué a las personas de un lugar llamado Estados Unidos de América se les suele llamar ‘americanas’? Durante mucho tiempo me he resistido a llamarme así. Pero también quiero hacerlo. Y eso significaría que podría mirar a alguien como Francia Márquez y considerarla mi líder; poder mirar a alguien como María da Conceição, en Brasil, y reconocerla como una mujer que nos ha inspirado a luchar en todo el hemisferio”, señaló Dent.

Para ella, diálogos sur-sur y los encuentros con mujeres afrodescendientes de América Latina son una forma de disputar esa geografía del conocimiento que históricamente ha colocado al norte global como centro y que también ha relegado las experiencias construidas desde abajo. Entonces, escuchar otras luchas, aprender de ellas y permitir que sus saberes atraviesen las fronteras implicaría también cuestionar quién tiene autoridad para producir conocimiento y desde dónde se piensa la transformación social, sostuvo.

“Debemos siempre escuchar desde abajo”, planteó Gina Dent. Esta premisa atraviesa justamente el feminismo abolicionista que la académica desarrolla junto con Angela Davis, Erica R Meiners y Beth E Richie en su libro Abolición, feminismo, ¡ahora!: aprender de quienes viven directamente las consecuencias de las estructuras de castigo, particularmente de las personas encarceladas, las comunidades racializadas y quienes son perseguidos por sus identidades o por su activismo.

Desde una perspectiva antipunitivista, las autoras cuestionan que la violencia tenga como única respuesta el castigo, la vigilancia o el encarcelamiento. Para ellas, abolir no significa únicamente cerrar las cárceles, sino transformar las condiciones que producen violencia y desigualdad. Es por eso que el feminismo abolicionista propone buscar otras formas de responder al daño, al fortalecer las comunidades, reparar a quienes han sido afectados y garantizar condiciones para una vida digna, sin depender únicamente del sistema penal.

Esta discusión cobra especial relevancia frente a la violencia contra las mujeres. En lugar de apostar únicamente por más policías, vigilancia o penas, las autoras plantearon fortalecer el cuidado comunitario, la justicia transformativa y la reparación del daño. El propósito es ir más allá de castigar la violencia una vez que ocurre y transformar las condiciones que la producen y permiten que se repita.

Así, la abolición que Davis y Dent llevaron a la UNAM dejó de ser una idea abstracta o una promesa para un futuro lejano. La colocaron como un proyecto político que se construye en el presente, en las comunidades, en las redes de apoyo, en la organización y en la posibilidad de imaginar otras formas de vivir y relacionarse.

Esa capacidad de imaginar también apareció durante los últimos minutos del encuentro, cuando Angela Davis habló de Palestina. Antes de despedirse, ante un público que gritaba por la libertad de un pueblo masacrado, la activista se sumó al llamado de luchar por una Palestina libre, y colocó esa causa como una expresión de la persistencia de los pueblos frente a las circunstancias más adversas.

“Palestina representa a los pueblos de todo el mundo. Representa el poder de la persistencia y la capacidad de imaginar la victoria y continuar luchando por ella, incluso bajo las peores circunstancias posibles”, sostuvo.

Con una bandera de Palestina entre las manos, sostenida frente al pecho, Davis recordó que participa en el movimiento de solidaridad con el pueblo palestino desde sus años universitarios. Por ello, celebró lo que consideró un cambio en el consenso internacional, y sostuvo que las luchas prolongadas pueden modificar aquello que durante años parece inamovible.

“¡Desde el río hasta el mar, Palestina vencerá! ¡To the river to the sea, Palestina will be free! ¡To the river to the sea, Palestina will be free! ¡Desde el río hasta el mar, Palestina vencerá!”, se escuchó entre las consignas que acompañaron los últimos minutos del histórico encuentro.

La escena volvió a encender el fervor que había comenzado mucho antes de que Davis tomara el micrófono. Entre las voces, los aplausos y las consignas, la activista levantó una bandera de Palestina y la sostuvo contra su pecho. Por unos instantes, el auditorio pareció condensar en aquella imagen buena parte de las luchas que habían atravesado la conversación.

La bandera quedó junto a Davis mientras las voces continuaban alrededor. Era el último gesto de un encuentro que había transitado por el feminismo, la abolición, el antirracismo y la lucha contra el fascismo para regresar, una vez más, a la esperanza. No como resignación frente a un mundo que todavía no existe, sino como una decisión; la decisión de permanecer, organizarse e imaginar la victoria incluso cuando todavía parece lejana.

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¿Por qué hablar de feminismo abolicionista?

La pregunta atraviesa las páginas de Abolición, feminismo, ¡ahora!, y también el diálogo que Angela Davis y Gina Dent sostuvieron en la UNAM. La edición en español reúne el pensamiento de ambas académicas junto con el de Erica R Meiners y Beth E Riche para plantear una discusión que va mucho más allá del desmantelamiento de las prisiones. Las autoras llaman a imaginar nuevas formas de justicia que no descanse únicamente en el castigo y que permitan enfrentar las violencias de género, raza y clase desde el cuidado comunitario, la reparación y la transformación social.

Bajo esta premisa, el feminismo abolicionista propone mirar aquello que queda detrás de las cárceles y los sistemas punitivos. Coloca en el centro del debate el racismo, la desigualdad económica, la precariedad y otras formas de opresión que atraviesan la vida de las personas y que también contribuyen a reproducir la violencia. Para las autoras, abolir no significa únicamente cerrar las prisiones, sino transformar las estructuras que las vuelven necesarias y construir otras formas de responder al daño.

La historia de Davis atraviesa esa discusión. En 1972 fue encarcelada y acusada de asesinato, secuestro y conspiración. Tras una intensa campaña internacional por su liberación, fue absuelta ese mismo año. Décadas después, la activista continúa colocando la organización colectiva en el centro de sus reflexiones.

“El feminismo abolicionista es también una forma revolucionaria de pensar y organizarse. Se trata de revolución, de derrocar el capitalismo, el capitalismo racial, el colonialismo”, sostuvo durante el encuentro.

Para entonces, dentro de la Sala Miguel Covarrubias, la estudiante Ángeles ya escuchaba a Davis. Había llegado desde las seis de la mañana para formarse y conseguir uno de los 700 lugares disponibles. Antes de las 15:00 horas, el aforo estaba agotado y la fila se extendía por todo el recinto Centro Cultural Universitario.

Ocho horas de espera la habían llevado hasta ahí. Quería escuchar a Angela Davis y, sobre todo, llevarse algo de aquel encuentro que pudiera acompañar las luchas que, como estudiante de la maestría en Estudios de Género de la UNAM, también forman parte de su vida.

“Angela Davis es una de las principales exponentes del feminismo. Ella ha cambiado las cosas incluso dentro del feminismo y de las corrientes más hegemónicas. Por eso estamos acá, por eso nos formamos desde temprano, desde las seis de la mañana, felices de coincidir en tiempo y en espacio”, cuenta.

Entre la espera y el cansancio, Ángeles también encontró una razón más íntima para permanecer en la fila. Quería llevarse algo más que la experiencia de haber visto a Davis. “Creo que lo principal es llevarnos un poquito de esperanza para seguir en este camino”.

Su respuesta regresaba, sin saberlo, a una de las ideas centrales que minutos después atravesaría el conversatorio. En un momento en que la derecha avanza en distintas partes del mundo, las guerras continúan y los movimientos sociales enfrentan fragmentación, recuperar las herramientas del feminismo, dijo, resulta no solo necesario, sino urgente.

“Considero que el feminismo es importante retomarlo, porque ahora con el alza de la derecha en todo el mundo y la guerra y con la fragmentación de muchos movimientos es necesario y es urgente seguir acá”, sostuvo la joven.

Entre una multitud de más de 1 mil personas, Ángeles había esperado ocho horas para escuchar a Davis. Su presencia en aquella fila era también una respuesta a la pregunta que plantea el libro: hablar de feminismo abolicionista no solo implica discutir cárceles o sistemas de castigo, sino preguntarse qué mundo se quiere construir cuando esas estructuras ya no sean la respuesta.

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Estudiantes protestan contra la UNAM

Una vez dentro del recinto y con unos minutos de haber iniciado el encuentro, un grupo de estudiantes y activistas irrumpió en el escenario con pancartas y con consignas para denunciar la criminalización de estudiantes y lo que ellos consideraron prácticas represivas dentro de la Universidad Nacional Autónoma de México.

El nombre de Arturo Lugo Macías, conocido como “Shevek”, apareció una y otra vez entre las voces que exigían justicia. Exestudiante de la FES Acatlán, Lugo fue detenido el 8 de enero de 2026 por un proceso derivado de hechos ocurridos durante una protesta estudiantil en abril de 2020. Sin embargo, colectivas, colectivos y compañeros sostienen que la acusación representa la criminalización de un estudiante que, años atrás, había acompañado una toma feminista en la que se denunciaban casos de violencia de género. Actualmente enfrenta el proceso en libertad bajo medidas cautelares.

La historia que los manifestantes llevaron hasta el escenario se remonta a la madrugada del 5 de abril de 2020. Durante aquella jornada, un grupo de hombres encapuchados irrumpió en un espacio ocupado por estudiantes de la FES Acatlán. Lugo resultó herido durante la agresión y, de acuerdo con colectivos que han acompañado su caso, años después terminó siendo señalado penalmente por hechos vinculados con aquella ocupación.

“La UNAM reprime a sus estudiantes”, se escuchó desde el escenario. Otro manifestante levantó un letrero que resumía la denuncia en pocas palabras: “La UNAM criminal y paramilitar”. Las consignas reclamaban también el esclarecimiento de las muertes de mujeres ocurridas en el penal de Santa Martha Acatitla y cuestionaban las condiciones de quienes permanecen bajo custodia del Estado.

La protesta colocó así una pregunta incómoda en medio de una conferencia dedicada precisamente a pensar la abolición. ¿Qué significa hablar de un mundo sin castigo mientras aún existen estudiantes que denuncian haber sido criminalizados por participar en movimientos de protesta? La discusión que Davis y Dent habían llevado hasta la UNAM dejó de ser, por unos minutos, una reflexión sobre las páginas de un libro y se convirtió en una disputa situada dentro de la propia universidad.

El reclamo se extendió durante varios minutos. Parte del público comenzó a pedir que los manifestantes dejaran el escenario para escuchar a Angela Davis, después de haber esperado durante horas para entrar al auditorio. Otros permanecieron atentos a las consignas. La tensión atravesó la sala hasta que finalmente la protesta comenzó a ceder y el diálogo pudo iniciar.

La protesta no pasó inadvertida para Angela Davis. Cuando finalmente tomó el micrófono, reconoció la energía que había atravesado la sala y la convirtió en una pregunta sobre qué hacer con ella. No pidió que desapareciera, sino que encontrara un cauce político, que saliera de las consignas y se transformara en organización.

“Quiero decir que me impresionó enormemente la energía que hubo. Y deseaba que pudiéramos canalizar esa energía para lograr un cambio real. Para llevarla a las prisiones, para avanzar hacia la evolución del capitalismo; para acabar con el fascismo aquí en México. Y creo que de eso es de lo que queremos hablar esta noche”.

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