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En México y en el mundo vivimos una crisis del periodismo. Esta crisis viene de hace años, desde que esta noble labor se convirtió en un negocio. Decía el gran periodista polaco Ryszard Kapuscinski que el problema surgió cuando la información se vio como mercancía –esto también lo ha reiterado el gran periodista Ignacio Ramonet–. Y justo este problema surge porque la información se sujeta a las leyes del mercado, donde el poder –sea institucional o fáctico– es el que controla lo que se revela y lo que se censura. Y en nuestro país esto ha sido propiciado por los dueños y los concesionarios de los medios corporativos de comunicación.

En este ambiente de corrupción, muchos periodistas y columnistas se han plegado al beneficio del dinero, en vez de velar por la sociedad, por el bien común. Y siguen por el camino fácil del privilegio.

Éstos sin duda son tiempos difíciles para los reporteros que queremos seguir enalteciendo la labor periodística. Son tiempos de la posverdad, la infodemia, las mentiras, las verdades a medias. Tiempos en los que se le da la espalda a los más humildes y a la vez se traicionan los pilares del periodismo: búsqueda de la verdad, independencia, honestidad y responsabilidad social.

Valores que son irrenunciables, porque cuando se renuncia a uno o a todos se deja de hacer periodismo para hacer propaganda o publicidad. Éstos son  tiempos en los que se sustituye la verificación y la investigación por la inferencia; la veracidad, por la calumnia. Pero hay que decirlo claro: no somos los reporteros los que estamos causando esta crisis del periodismo ni en México ni en el mundo. Son los de arriba: los dueños, los concesionarios, y en el caso mexicano incluso los columnistas, que se acostumbraron a vivir del presupuesto público.

No nos hace daño dejar a un lado el ego, hacer una autocrítica y corregir el rumbo, porque no somos intocables. Nuestro gremio debe estar abierto al escrutinio de la sociedad y de nosotros mismos porque trabajamos con un derecho humano que no es, y que nunca va a ser, un derecho patrimonial de los reporteros, de los periodistas ni de los medios de comunicación, que es el derecho humano a saber.

La sociedad ya nos juzga. Y en ese juicio social nos va muy mal. No se puede seguir vendiendo la idea de que se hace periodismo sin independencia ni honestidad intelectual. Hasta ahora hemos caído en la trampa de los dueños y concesionarios de los medios de comunicación, que venden nuestra pluma, nuestra voz a cambio de dinero. Es momento de que cambiemos esta realidad, es momento de volver a enaltecer nuestra labor periodística y trabajar por la sociedad, para construir una comunidad, un país y un planeta justo, porque lo que tenemos ahora no lo es. Y no lo puede ser cuando millones de personas sufren por tener lo más básico, que es el alimento diario. Rememos contra corriente y hagamos del periodismo una verdadera herramienta para que las personas ejerzan su derecho humano a la información.

Necesitamos un gremio fuerte, un gremio solidario porque los riesgos que se corren por ejercer esta profesión han dejado saldos muy lamentables: periodistas asesinados, desplazados, desaparecidos no sólo en México sino en el mundo. Mi solidaridad, nuestra solidaridad con esos periodistas que sufren por ejercer el derecho humano a la libertad de expresión, con sus familias, pero sobre con la sociedad que pierde una voz, una pluma, cada vez que se mata a un periodista, o se le desaparece o se le censura.

*Reflexión compartida el pasado 7 de diciembre de 2022, durante la entrega de los premios nacionales de periodismo que otorga el Club de Periodistas de México, AC. Con mi agradecimiento a su presidenta, la periodista Celeste Sáenz de Miera.

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