“No fue una, fuimos todas”. Cada vez que la consigna resuena en las calles, vocaliza la promesa de no abandonar a ninguna de nosotras. La frase resuena porque nos asegura que la solidaridad transforma nuestras experiencias individuales en una causa colectiva que adquiere especial visibilidad cada 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Cuando nos unimos, nos volvemos invencibles porque nos sabemos juntas.

En respuesta, hemos convertido las marchas feministas en espacios donde convergen las redes que las mujeres tejemos día con día, y en donde nos encontramos porque decidimos caminar juntas hacia un mismo objetivo. Es precisamente esa convicción la que explica por qué los lazos entre mujeres son tan importantes. A través de ellos circula información que se traduce en cuidado, apoyo y confianza, lo que a su vez sienta las bases para abrir espacios de acompañamiento y unión. Las redes son vínculos que se construyen a partir de experiencias compartidas, luchas comunes y la decisión constante de sostenernos unas a otras.

Con frecuencia, los lazos comienzan a tejerse de manera inadvertida. Surgen en conversaciones cotidianas, en oficinas, en aulas o en encuentros entre amigas. Se forman cuando compartimos nuestras historias, cuando alguien nos ofrece orientación o cuando varias deciden sumar esfuerzos para impulsar una causa que las atraviesa a todas. Con el tiempo, esos vínculos adquieren la fortaleza y continuidad necesarias para convertirse en los cimientos de movimientos sociales más estructurados.

Las marchas del 8 de marzo ofrecen una imagen clara de ese proceso. Lo que aparece en las calles es el resultado de encuentros y conversaciones que, con el tiempo, nos permiten reconocernos las unas en las otras. Cada contingente representa una comunidad, una causa o una experiencia compartida. En ese mosaico convivimos estudiantes, trabajadoras, madres, activistas, académicas, funcionarias públicas y mujeres de distintas generaciones. Las marchas se convierten así en un punto de convergencia que visibiliza el tejido de las redes que hemos creado.

Por ello, insisto en la importancia de construir y cuidar esas conexiones. Mi deseo es vernos todos los días como nos vemos en las marchas. Quiero vernos seguras, firmes, conscientes de nuestra fuerza colectiva y de la legitimidad de nuestras demandas. Quiero vernos fuertes, poderosas y unidas, con la confianza de que si un día algo ocurre, nunca estaremos solas. El verdadero sentido de las redes que tejemos día a día consiste justamente en esto, en apoyarnos con la certeza de que juntas venceremos.

 

Ana María Ibarra Olguín*

*Magistrada de Circuito; licenciada, maestra y doctora en derecho.

 

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