109 años después, México vuelve a disputar el tiempo de trabajo

109 años después, México vuelve a disputar el tiempo de trabajo

Ilustración: Gemini IA

Una de las críticas más contundentes contra el capitalismo ha sido la demostración científica del funcionamiento explotador de la reproducción del capital como sistema. La obra El Capital: crítica de la economía política de Karl Marx, publicado a mediados del siglo XIX, logró mostrar a través del análisis lógico e histórico cómo la sociedad moderna europea constituyó su funcionamiento basado en la apropiación del tiempo del trabajo social colectivo. Ya fuera por vía extensión de la jornada laboral, por su intensificación o por la ventaja extraordinaria tecnológica, el caso es que el “plusvalor”, concepto que sintetiza este proceso, es una cuestión de tiempo, no solo de ingreso.

Con esto quiero señalar que la reducción de la jornada laboral no es una variable más de la economía, sino un símbolo esencial de la relación que hay entre los trabajadores y los capitalistas en tanto clases económicas. La centralidad de este factor es tan profunda que su modificación ha ocurrido muy pocas veces, su comportamiento no es el de la cotización diaria sino el de un indicador cuasi fijo que solo ve alteraciones ante circunstancias excepcionales.

La última vez que México transformó la jornada en su constitución fue en 1917, en la que se fijó la semana de 48 horas con seis días de trabajo por una de descanso, acto que buscó eliminar los abusos provenientes del periodo colonial en el que las jornadas podían alcanzar de 72 a 96 horas semanales con siete días laborales, inclusive sin ninguna posibilidad real de regulación.

Este proceso fue parte de la oleada mundial post Revolución Industrial, que buscó establecer el sistema 8-8-8, es decir, 8 horas de trabajo, ocho horas de descanso y ocho de esparcimiento. El 1 de mayo de 1886 marca la fecha en la que el trabajador colectivo hizo frente al capital para alcanzar este derecho. La represión en ese entonces no se hizo esperar, lo que constituyó una masacre contra los rebeldes y selló esta gesta heroica como el Día Internacional del Trabajo.

Desde entonces, el mercado mundial se estancó en una dualidad geográfica reconocida: un círculo periférico en el que las jornadas abusivas siguen a la orden del día, y uno central en el que incluso los países europeos excoloniales se han dado el lujo de apuntar hacia jornadas menores en el rango de las 35 a 40 horas, por supuesto, a costa de la extracción sistemática de valores desde el sur global.

Al analizar con una visión aguda esta inmovilidad pétrea en la jornada laboral, nos recuerda lo que en la teoría económica tanto se niega: la participación esencial del trabajo en todos los procesos del capital, o, dicho de otra manera, la indiscutible base de valor instalada en el tiempo y no en la supuesta pericia e incertidumbre empresarial. De aquí que la reducción es siempre un fortalecimiento de la correlación de fuerzas con respecto al capital. Pero no solamente por la sed de ganancias en abstracto, sino porque los diferentes capitales se encuentran en competencia permanente con otros, por lo que aquel que eleve sus costos atípicamente corre el riesgo de ser absorbido por los demás.

No es un detalle menor, por tanto, que hayan pasado 109 años sin que se alterara la jornada laboral en nuestro país. Las agravantes de este retraso vienen marcadas por una larga historia incapaz de consolidar una nueva forma productiva, un Estado carente de capacidades para garantizar la Ley del Trabajo y bajo el abuso sistemático que ejercen los patrones sobre el trabajador en un entorno totalmente vertical.

En este esquema salieron a relucir extracciones de tiempo adicionales que no hay que perder de vista: en un primer lugar, la jornada oculta de transporte que traslada costos al trabajador al tener que pernoctar alejado de su centro de trabajo, esto derivado por la falta de planeación urbana; y, en segundo lugar, las ocultas de cuidados que les transfieren costos empresariales a las familias, especialmente a las mujeres.

Aquella oleada del siglo XIX abrió un momento en el cual el sistema fue obligado a alterar sus grados de explotación. Desde entonces, el siglo XX fue una batalla diferenciada para establecer los nuevos estándares del trabajo. No obstante, el último tercio significó un intento por destruir el avance y liberar la jornada laboral a sus contornos originarios de sobreexplotación.

En el siglo XXI vivimos en un periodo de reestructuración que inaugura una nueva oleada de cambios. Las nuevas tecnologías y las composiciones de recambio geoeconómico hacia la multipolaridad están exigiendo una visión diferente del metabolismo del trabajo social colectivo. Es en este contexto que México da el paso histórico hacia las 40 horas. Es símbolo de un cambio de rumbo en el modelo productivo, en el entendido que las manufacturas de alta estima tienen una dinámica diferente de aquellas basadas en la maquila de bajo valor. Un nuevo tipo de sector privado tiene que emerger.

Toca, como la principal tarea, impulsar de aquí al 2030 –año en el que termina este proceso– el restablecimiento de mecanismos de organización colectiva del trabajo social para poder elevar la fuerza de negociación efectiva. La democratización de la economía necesita invocar el regreso del sector social trabajador al entorno político, fuera y dentro del espacio inmediato laboral. Es necesario que el sector estatal desarrolle las herramientas para vigilar que las empresas cumplan lo estipulado, pero también es fundamental que la reducción de la jornada venga explícitamente anclada a la ampliación de las estrategias de defensa frente al abuso del patrón.

La reorganización del trabajo social colectivo dará la pauta misma a nuevas conquistas, especialmente del salto de seis días por uno de descanso a cinco por dos de descanso. Esto, por supuesto, tiene que surgir de un reconocimiento claro del mercado mexicano y la variabilidad existente entre los diversos ramos productivos. Pero lo más importante es asegurar que las leyes vigentes sean cumplidas cabalmente en los centros de laborales.

 

Oscar David Rojas Silva*

*Economista (UdeG) con estudios de maestría y doctorado (UNAM) sobre la crítica de la economía política. Es director del Centro de Estudios del Capitalismo Contemporáneo y comunicador especializado en pensamiento crítico en Radio del Azufre y Academia del Azufre. Académico de la FES Acatlán y la UAM Xochimilco

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