Crédito bancario: la pieza que falta para el crecimiento

Crédito bancario: la pieza que falta para el crecimiento

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FOTO: 123RF

El ciclo económico global enfrenta un proceso de cambios estructurales inéditos. Nos encontramos justo en medio de una crisis en la que la imprevisibilidad de la guerra puede generar efectos negativos en materia inflacionaria y, como consecuencia, una ralentización de los procesos de cambio en nuestro país. No obstante, la condición de México como un país productor de petróleo y en un proceso de recuperación en su capacidad de refinación, nos coloca en una senda de fortalecimiento que cancela en el mediano plazo esta influencia perniciosa. De aquí que la labor de recuperación de Petróleos Mexicanos sea una acción estratégica esencial para la soberanía nacional.

De forma simultánea, hemos observado una serie de transformaciones en la gestión de la deuda y el presupuesto público que buscan cumplir con dos objetivos: a) ampliar los grados de acción para transformar el gasto corriente en gasto productivo al financiar obras prioritarias, y b) seguir ampliando los derechos sociales bajo la etiqueta de los llamados Programas de Bienestar. Sumado a la recuperación insigne del salario mínimo han logrado, con contundencia, mostrar que la economía puede rotar hacia el beneficio colectivo por encima del privado de las élites. Alrededor de 13.4 millones de mexicanas y mexicanos han salido de la pobreza multidimensional. Esta es la primera vez que la clase media es mayor que la clase empobrecida. El principio: “por el bien de todos, primero los pobres” tiene hoy una demostración en los hechos.

No obstante, aún falta una pieza clave que detone un crecimiento de nueva época. Como se sabe, durante el periodo neoliberal (1982-2018) nuestra economía vivió un periodo de bajo crecimiento –alrededor del 2 por ciento– con alta concentración de riqueza. Lejos quedaron aquellos tiempos del llamado milagro mexicano (1939-1970) en el que el país creció a tasas superiores al 6 por ciento promedio. Tres veces más rápido. Aunque distantes, estos antecedentes nos hablan de la potencialidad de crecimiento que tiene el mercado interno mexicano. ¿Cómo podemos disolver con el bajo crecimiento sistémico?

En la reciente convención de la Asociación de Bancos de México (ABM), la presidenta Claudia Sheinbaum ofreció un panorama de las múltiples acciones que el sector estatal está llevando a cabo para ordenar de nueva cuenta la estructura productiva del país. Como se sabe, el esquema general es el Plan México, encargado de recibir la migración de inversiones desde Asia (nearshoring), así como elevar el contenido nacional en las cadenas productivas. Este proceso manifiesta ya acciones contundentes para su impulso, particularmente me refiero al anuncio de los 5.6 billones de pesos dedicados a la inversión pública de aquí a 2030, de tal manera que detone la inversión privada.

Estos son pasos contundentes para la reactivación de la tasa de crecimiento. De hecho, la presidenta anunció abiertamente proyectos prioritarios para la soberanía, como es el caso del gas, recurso en el que tenemos una dependencia de hasta el 75 por ciento en importaciones. La invitación a la banca es a través de la inversión mixta que permita reducir esta problemática en un 25 por ciento.

No obstante, entre el estímulo y la realidad, la coordinación entre sector estatal y sector privado todavía carece de reorganización. Ahora el principio rector es la “prosperidad compartida”, lo que significa que la única posibilidad concreta actual para detonar la dinámica económica implica una corresponsabilidad en la materia.

La visión tradicional de la economía neoliberal descargaba de este compromiso al sector privado, pues este no hace otra cosa más que actuar de forma racional ante las condiciones del mercado. Pero en los nuevos tiempos se exige recordar que la actividad empresarial, aun siendo privada, no es ajena al Estado mexicano. Por ello, tenemos que buscar mecanismos que garanticen este nuevo principio, como el marco de reinterpretación ahora anclado al concepto de “Economía Mixta”. El Estado no es el regulador ajeno, sino la mismísima personificación de los intereses colectivos. El paradigma es el del Estado que conduce al mercado.

En este encuadre es que aparece la pieza clave que hace falta para alcanzar el potencial: el acceso al crédito productivo para las pequeñas y medianas empresas (pymes). Como apuntó la presidenta en la 89 Convención Bancaria, México es el país que menor crédito otorga a este sector primordial, al colocarse en un 22 por ciento medido como magnitud del PIB frente a otras economías, como Brasil, Chile o Canadá, que se colocan en el 55 por ciento, 100 por ciento y 124 por ciento respectivamente. Y si además observamos que la banca privada mexicana mantiene regularmente ganancias récord (304 mil 400 millones de pesos en 2025), nos queda claro que el modelo bancario es altamente rentista, caro y muy poco efectivo para canalizar el ahorro hacia la inversión.

De esta manera, mientras que el banco central debe luchar para interpretar correctamente el “macrociclo económico” de la tasa de interés, los efectos de relajamiento pueden no tener el resultado esperado si el intermediario privilegia el estrés financiero bajo la carga de comisiones sobre los usuarios y, además, mantiene una distancia enorme entre el promedio de la tasa activa (34 por ciento) y la pasiva (2 por ciento), que constituye un permanente abuso para mantener ganancias especulativas. El sector bancario debe entender que ahora se encuentra en un nuevo momento histórico y es necesario salir del “letargo financierista”, y comprometerse con la necesaria industrialización que ofrezca soberanía al país en un contexto de crisis global.

Hasta ahora, la ABM se ha comprometido a elevar este monto, pero me parece que no es suficiente la sola voluntad del buen samaritano; es necesario abrir una discusión colectiva sobre el papel del sistema financiero mexicano y sus características adquiridas históricamente durante el neoliberalismo. Se trata de un mercado concentrado donde 4 bancos (BBVA, Santander, Banorte y Citibanamex) dominan más del 50 por ciento del mercado, y en los que el capital mexicano apenas representa el 20 por ciento de participación. Es momento de reconocer que los bancos privados y extranjeros han tomado una ventaja sistémica, es decir, sostenida; de ponerle a la población el pesado chaleco de la inaccesibilidad al crédito.

Esto, por supuesto, sucede en el contexto de una economía profundamente dañada por los años de abandono neoliberal, de aquí que la digitalización, la disminución en el uso del papel moneda, sea también un paso necesario para aliviar la informalidad de la economía. Pero el foco principal, la pieza clave y urgente, sigue siendo con plena claridad una sola: el crédito bancario para la producción.

 

Óscar David Rojas Silva*

*Economista (UdeG); maestro y doctor (por la UNAM) en crítica de la economía política. Académico de la FES Acatlán. Director del Centro de Estudios del Capitalismo Contemporáneo y comunicador especializado en pensamiento crítico en Radio del Azufre y Academia del Azufre.