La 81a Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) sirvió como escenario para que Donald Trump y Benjamin Netanyahu exhibieran terribles justificaciones para el aniquilamiento de civilizaciones, lo que evidenció la profunda descomposición de aquel organismo que debía velar por la construcción de la paz. Los neofascismos se lucen impunes, y exhiben su poderío económico y bélico al hacer uso del terror y la cobardía de la destrucción. Quieren que impere la ley de la selva y que el poder sea incuestionable, y frente a eso hay que apostar por la creatividad y la defensa de la vida sin zigzagueos hacia el centro.
En la máxima tribuna de la 81a Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Donald Trump lanzó una pregunta al mundo: “¿Aniquilo a la República Islámica rápidamente sin darles la oportunidad de matar y destruir personas y países de nuevo? ¿Los conduzco al infierno sin ninguna posibilidad de supervivencia y sin esperanza de grandeza futura ni de generaciones futuras?”. Con esa frase, el lugar que supuestamente debía servir para la construcción de acuerdos de paz se convirtió en el escenario para la amenaza de un genocidio, pronunciada con total desparpajo. Trump lo dijo en vivo, frente a las cámaras, frente a los ojos del mundo y, sin embargo, el mundo no respondió nada, los diplomáticos no se levantaron de sus sillas, se quedaron escuchando, y, al finalizar, aplaudieron. Solo les faltó ponerse de pie y aventar rosas.
Apenas unos días después de ese horroroso episodio, el aliado de Trump, Benjamin Netanyahu, se paseó con toda libertad por las calles de Estados Unidos y subió a emitir un discurso al estrado de la Asamblea General de la ONU, a pesar de tener una orden de arresto de la Corte Penal Internacional por motivos de crímenes de guerra y lesa humanidad. Desde la ONU, con total cinismo declaró que el genocidio sobre Palestina es “la mayor mentira del siglo” y, cuando la mayoría de las delegaciones del planeta abandonaba el recinto, aprovechó para calificarlos como “cobardes morales”, a pesar de que ha sido él quien ha ordenado asesinar a 73 mil 922 personas palestinas, incluyendo niños y niñas inocentes. La cobardía, desde luego, está en otro lado.
Ambos acontecimientos expresan el grado de burla de ambos líderes del neofascismo actual, que evidencian la ruptura y descomposición de la ONU y del supuesto orden internacional que ha regido desde el siglo XX. La permisividad que existe hacia el genocidio, la guerra, el racismo, el colonialismo y en general hacia el poder que destruye la vida resulta aterrador por el grado de deshumanización que implica. Los gobiernos fingen demencia y ocultan la cabeza para evitar tomar acciones contundentes que afecten las inversiones y los intercambios comerciales.
El terror sembrado por Trump y Netanyahu es tolerado ante el poder económico y bélico que exhiben, por eso pueden burlarse de las leyes internacionales, a sabiendas de que no enfrentarán consecuencia alguna. Es el despotismo del poder que rige al mundo en el que es el imperialismo el que disciplina al resto de países, con la ley de la selva de su lado y sin siquiera intentar aparentar respeto a las legalidades.
La irracionalidad de los neofascistas decide los destinos del mundo, la ONU queda reducida a la impotencia y los grandes capitales sacan provecho, y alientan a sus lacayos de la política a invalidar los posicionamientos de las izquierdas ecologistas, feministas y pacifistas. Con su intervención envalentonan a sus huestes, ridiculizan la política y configuran un escenario de militarismo exacerbado parecido al que prevalecía en el interregno previo a las guerras mundiales del siglo pasado.
Si los nuevos fascismos se desprenden de las máscaras del liberalismo y se muestran como lo que son, igualmente hace falta que las izquierdas asuman la posición transformadora que eso requiere, sin esconderse y sin zigzaguear. Lejos de apuntar hacia el centrismo, es momento de reivindicar con más ahínco la defensa de la vida, de los derechos y del planeta. Hay que hacerlo con creatividad y esperanza porque definitivamente el futuro depende de ello.
Pablo Carlos Rojas Gómez*
*Doctor en Ciencias Políticas y Estudios Latinoamericanos




















