Hace años que no sucedía en Brasil que, quien perdiera la primera vuelta, remontara y ganara la segunda. Por eso, a todas luces fue toda una hazaña histórica la que logró el pueblo brasileño el 25 de octubre de 2026. Contra todo pronóstico, Luis Inácio Lula Da Silva ganó la elección presidencial con 64 millones 256 mil votos –equivalentes al 51.7 por ciento–, frente a 59 millones 826 mil votos –48.2 por ciento– de Flávio Bolsonaro. Aunque el segundo consiguió casi 4 millones de votos más que en la primera vuelta, Lula incrementó su votación en alrededor de 11 millones de votos, tras convocar al voto indeciso y hasta el abstencionista.
La apuesta fue construir una campaña que rebasara el espacio de las redes sociodigitales e inundara las calles; por eso vimos multitudinarias movilizaciones en todas las principales ciudades del país: de Salvador de Bahía a la avenida Paulista, de Copacabana a Belo Horizonte. Ese hecho fue fundamental porque, si bien las redes provocan que las personas piensen que todo el mundo está en la misma sintonía de su algoritmo, con las congregaciones públicas se rompen los cercos digitales, así la gente se encuentra frente a frente y se da cuenta de que son más quienes desafían los órdenes injustos y desiguales. Por eso, las manifestaciones son actos pedagógicos, pues permiten que las personas aprendan a actuar en colectivo y construyan simbolismos y sentimientos comunes. La diferencia es que, mientras las redes sociodigitales aíslan, las manifestaciones se vuelven puntos de encuentro, fiesta y celebración. En ese sentido, el mismo Lula declaró en su discurso de victoria que las redes sociodigitales habían servido para la intromisión extranjera en las elecciones y, por ese motivo deben de ser reguladas para poner límites al control y a la manipulación mediática.
También hay que tener bien claro que estas elecciones tuvieron un marcado carácter de clase y de injerencia. Las oligarquías brasileñas y estadounidenses ya se sobaban las manos imaginándose dueños de los recursos naturales de la Amazonía, los minerales críticos, el gas y el petróleo. Estaban felices por el avance neofascista y porque sus mentiras cupieran bien entre las mismas clases populares a las que después buscarían empobrecer, sofocar y reventar sin que se dieran cuenta. Sin embargo, cuando Bolsonaro insultó a Lula llamándole “nueve dedos” se cayó el velo que los ocultaba, pues nuevamente las personas pudieron comprender que el insulto no iba contra una persona sino contra una clase social. Lo que hizo Bolsonaro fue demostrar un inmenso desdén por las clases populares que trabajan todos los días, arriesgando su vida y su salud para obtener un salario que llevar a sus casas. Frente a ese error, el lulismo volvió a demostrar nuevamente que el antiguo líder sindicalista es realmente un claro referente del grueso de la población, no solo por su carisma, sino porque logra convertirse en una mediación que expresa a las millones de personas trabajadoras que viven una vida como la de él, es una persona que refleja el interés popular por garantizar la soberanía brasileña, por ello, Lula hizo hincapié en se defenderá la autodeterminación nacional ante los intervencionismos extranjeros.
De cualquier modo, a pesar de la victoria es sumamente preocupante cómo el proyecto fascista encuentra tanto eco entre diversos sectores de las clases populares. Pareciera que, frente a las contradicciones estructurales que enfrentan, ubican en los personajes que promueven visiones militaristas de violencia estatal, la solución a los problemas de inseguridad. La violencia, la mentira, el odio encuentran eco en personas comprometidas con la ideología capitalista del esfuerzo individual, éxito monetario y poder desmedido. Los neofascistas se aprovechan de la descomposición y podredumbre dejadas por las mismas contradicciones que ha provocado su orden capitalista. No son disruptivos, sino oportunistas que usan la violencia y el odio como trampolines para el saneamiento del poder capitalista.
Además, no hay que olvidar que el asunto de la gobernabilidad estará presente y será sumamente problemático, pues el Partido Liberal (PL) de Bolsonaro cuenta con 119 diputados frente a los 78 de la alianza lulista, y, de igual manera en el Senado, el PL cuenta con 29 representantes frente a los nueve del Partido de los Trabajadores (PT). Desde luego, el bolsonarismo en el poder legislativo buscará obstaculizar las políticas e iniciativas de Lula, mientras este tendrá que hacer lo posible por negociar y hacer avanzar su agenda.
Esto se suma a otra preocupación que, aunque pareciera secundaria en un momento de celebración y de esperanza como el que se vive ahora, no puede ser anulado. Si bien genera mucha felicidad el triunfo de un personaje histórico como Lula, no hay que confiarse, pues las izquierdas no deben depender tanto de un solo liderazgo. Hay que pensar desde el punto de vista estratégico, pues el problema es que, si Lula no puede volver a competir en 2030, ¿quién será la persona que asuma el relevo generacional? A partir de ahora debe ser una de las principales prioridades preparar no uno sino múltiples liderazgos que tomen la batuta política porque el fenómeno que se ha gestado en Brasil es profundo: se ha observado ya que hay un sector social de cerca de 59 millones de personas comprometidas con el proyecto neofascista. Esto no es un simple asunto de individuos que disputan la presidencia, sino de proyectos que se encarnan en el sentido común de millones de personas, por eso, es fundamental que las clases populares brasileñas consigan que su hazaña de octubre se convierta en una actividad política permanente y organizada, de la cual puedan emanar liderazgos capaces de representar un nuevo combate de ideas de largo aliento. Esta victoria tiene que consolidarse en el largo plazo.
Pablo Carlos Rojas Gómez*
* Doctor en Ciencias Políticas y Estudios Latinoamericanos



















