Flávio Bolsonaro y su guerra cognitiva

Flávio Bolsonaro y su guerra cognitiva

“En una sociedad libre, la información es la clave del juego”

– Película Brazil, 1985

Son operadores de guerra cognitiva todas esas personas, redes y estructuras que han sido documentadas utilizando desinformación, cuentas coordinadas, contenido sintético, deepfakes[1], amplificación algorítmica y otras técnicas de ataque. Hay varios nombres relevantes en Brasil, por ejemplo, Jair Bolsonaro y su entorno político-digital, pues según investigaciones de la Policía Federal brasileña existe una estructura de difusión de narrativas destinadas, entre otras cosas, a desacreditar el sistema electoral. AP recoge la investigación sobre las milicias digitales y miles de cuentas vinculadas a propaganda pro-Bolsonaro.

Su hijo, Flávio Bolsonaro, es particularmente relevante para la etapa actual. Un estudio del Observatório IA nas Eleições identificó a Flávio como el político que más publicó contenidos políticos generados con IA en el periodo analizado de 2026, con un total de 13 publicaciones. El mismo estudio encontró que el 81 por ciento de los contenidos de IA identificados implicaban manipulación de imágenes o voces de personas (deepfakes) en las que Lula fue el principal objetivo[2].

Mário Frias, Sóstenes Cavalcante y Eduardo Bolsonaro también aparecen en ese relevamiento por publicaciones con IA no debidamente identificadas: 10, 3 y 3 publicaciones, respectivamente. El Partido Liberal (PL) concentró 28 de las publicaciones partidarias identificadas. Esto describe el comportamiento registrado, pero no significa que todas las publicaciones de esos actores hayan sido desinformación.

Otros nombres a considerar son:

Léo Índio (Leonardo Rodrigues de Jesus): una investigación de Agência Pública publicada en agosto de 2026 encontró que continúa difundiendo contenidos políticos sintéticos desde Argentina, lo que incluye deepfakes.  Señala además una red de al menos 31 páginas que republicaban contenidos sintéticos, con más de 1.4 millones de seguidores acumulados.

Oswaldo Eustáquio: la misma investigación documenta colaboraciones con páginas de contenido político generado mediante IA mientras se encontraba en España.

Allan dos Santos: es uno de los nombres históricos más importantes de las redes digitales bolsonaristas. Ha sido investigado por la difusión de desinformación y aparece entre las cuentas de extrema derecha que fueron objeto de órdenes judiciales de bloqueo.

Incluso con todas las cautelas metodológicas para caracterizar la guerra cognitiva en nuestras narices, lo que muestran las investigaciones hace todo más complejo y alarmante: políticos, influencers, páginas anónimas, redes de cuentas, productores de contenido y plataformas que se retroalimentan, con distintos grados de coordinación. Y la dimensión tecnológica está creciendo rápidamente. El Tribunal Superior Electoral (TSE), por ejemplo, prohibió los deepfakes en propaganda electoral y estableció la obligación de identificar el uso de IA.  Para las elecciones de 2026, el tribunal incluso estableció una cooperación con ElevenLabs para combatir la clonación fraudulenta de voces.

Este tipo de estrategias se estructuran así:

  1. Operadores políticos: Bolsonaro, dirigentes del PL y otros actores.
  2. Operadores de influencia: influencers, blogueros y comunicadores digitales.
  3. Infraestructura de amplificación: redes de cuentas, páginas, grupos y plataformas.
  4. Tecnologías de fabricación de realidad: IA generativa, deepfakes, clonación de voz, bots y sistemas de recomendación.

Bolsonaro, candidato presidencial, opera no como un político tradicional, sino como empresario de una infraestructura transnacional de guerra cognitiva, diseñada para condicionar el escenario electoral brasileño de 2026 mediante el combate semiótico y la ingeniería psicológica. La evidencia dura de su estrategia se sustenta en cinco pilares operativos interconectados, lejos de cualquier simplismo:

Primero, la internacionalización del marco semiótico. Ha consolidado una alianza estratégica con actores como Steve Bannon y la red trumpista global, al utilizar foros como la Conservative Political Action Conference para importar y adaptar marcos de la “guerra cultural” estadunidense al contexto brasileño. Esto no es mera retórica, es una transferencia de tecnología narrativa que permite etiquetar preventivamente cualquier política de soberanía nacional o regulación tecnológica como “comunismo” o “totalitarismo”, activando sesgos cognitivos preexistentes y polarizando afectivamente a la base electoral.

Segundo, la inversión semiótica de la victimización. El aparato bolsonarista ha ejecutado un secuestro lingüístico sistemático del concepto de “dictadura”. Al calificar al Supremo Tribunal Federal (STF) y al TSE como un “régimen” o “dictadura judicial”, invierten la realidad fáctica: el sector que intenta subvertir las instituciones se presenta como la víctima perseguida. Esta maniobra semiótica neutraliza la rendición de cuentas, ya que cualquier acción legal contra las milicias digitales es inmediatamente procesada por la base como una “prueba” más de la persecución, y crea un bucle de retroalimentación cognitiva inmune a la lógica jurídica.

Tercero, el arbitraje algorítmico en el “social oscuro”. Ante la moderación (aunque tardía) de Meta y X, la estrategia migró hacia redes encriptadas (Telegram, WhatsApp) y plataformas alternativas promovidas por sus aliados, como Gettr. Aquí, se despliegan redes de microsegmentación impulsadas por inteligencia artificial generativa, que producen contenido hiperpersonalizado (audios clonados, deepfakes contextuales) diseñado para explotar la neuroquímica del miedo y la indignación moral, al eludir por completo a los gatekeepers del periodismo tradicional y los observatorios de verificación.

Cuarto, la persuasión y deslegitimación preventiva. El objetivo estratégico no es ganar el debate de propuestas, sino establecer las condiciones cognitivas del resultado electoral. Al saturar el ecosistema con narrativas de “fraude estructural” y “auditoría de urnas” con años de antelación, se instala una trampa mental: una derrota será cognitivamente procesada por la base como un “golpe”, lo que justifica la desobediencia civil mientras que una victoria se enmarca como “liberación”. Esto paraliza la capacidad de respuesta institucional antes de que ocurra el evento, y agota la voluntad democrática por anticipado.

Quinto, la proyección de avatares renovados. Desde su base operativa en Estados Unidos, Bolsonaro hijo actúa como mentor estratégico, al transferir este manual de guerra cognitiva a nuevas figuras políticas más jóvenes e idóneos (como el fenómeno Nikolas Ferreira o candidatos estatales específicos), que replican la misma agresividad semiótica, pero con un empaque digital nativo, y descentraliza el riesgo político del apellido Bolsonaro mientras mantienen la coherencia del ataque al sistema. Esta guerra cognitiva de Eduardo Bolsonaro no busca persuadir al centro, sino colonizar la arquitectura de la percepción de su base. Es un combate semiótico donde el lenguaje se ataca para fracturar el consenso de la realidad, y convierte la democracia en un campo de batalla neurobiológico donde la verdad fáctica es irrelevante frente a la verdad emocional inducida por el algoritmo.

Elevar el análisis de la guerra cognitiva exige trascender la dicotomía simplista de “manipulación versus defensa” para comprenderla como la industrialización deliberada del colapso epistémico. En su estadio más sofisticado, esta modalidad de conflicto ya no busca que el objetivo crea una mentira específica, sino que internalice la imposibilidad estructural de distinguir la verdad, lo que genera una indefensión aprendida a escala civilizatoria. Esto representa un salto ontológico en la doctrina militar: el campo de batalla ha migrado de la infraestructura física y el ciberespacio hacia la arquitectura misma de la cognición humana. En esencia: La guerra cognitiva es una carrera contrarreloj entre la colonización ideológica mediante el control algorítmico y la resiliencia psicológica de la ciudadanía para preservar la realidad compartida y la libertad de pensamiento.

Aquí, los algoritmos de aprendizaje profundo y la IA generativa multimodal actúan como ingenieros de la hiperrealidad, explotando no sólo sesgos de confirmación, sino los mecanismos neuroquímicos fundamentales de recompensa, miedo y pertenencia. Los actores hostiles no “inundan” el ecosistema con desinformación; más bien, alteran la topología de la realidad compartida, y hacen que la verificación de hechos sea computacionalmente costosa y psicológicamente agotadora. La verdadera victoria estratégica no es la conversión ideológica, sino la erosión sistémica de la confianza, fracturando el contrato social desde adentro mediante la militarización de la atención y la fatiga decisional. Ante esta asimetría radical, donde la soberanía nacional se redefine por la integridad del sistema inmunológico cognitivo de una población, la respuesta no puede limitarse a la alfabetización mediática o la comprobación reactiva.

Se requiere el desarrollo de una “criptografía epistémica” (protocolos que certifiquen matemáticamente el origen humano y la integridad contextual de la información) y la consagración jurídica vinculante de los neuroderechos. Esto transforma la privacidad mental, la integridad psicológica y la autonomía algorítmica en bienes públicos inalienables y materia de seguridad de Estado. En esta nueva era, la resiliencia no es un estado pasivo, sino un plan de lucha para la defensa cognitiva. La capacidad de una sociedad para mantener un consenso mínimo sobre la realidad objetiva, preservando la agencia humana frente al determinismo algorítmico, se consolida como el disuasivo estratégico supremo del siglo XXI. Quien logra blindar la narrativa neuronal de su población dicta los límites de lo que es geopolíticamente posible, y neutraliza amenazas convencionales sin necesidad de desplegar un solo activo militar, pues la mente colonizada termina siendo policía de sí misma.

Hay al menos 5 casos específicos, más recientes y de mayor repercusión estratégica en la guerra cognitiva, donde la manipulación trascendió la desinformación para atacar directamente la arquitectura de la percepción:

  1. Operación Doppelgänger (Europa, 2023-2026). Es una campaña de guerra/influencia informativa atribuida a actores vinculados al Estado ruso, identificada públicamente desde 2022. El nombre Doppelgänger (“doble”, “réplica”) alude a su técnica central: crear copias falsas de medios de comunicación y otras fuentes legítimas para hacer pasar propaganda o desinformación como periodismo auténtico. Ello con influencia a escala industrial que no crea medios falsos, sino que clona digitalmente la identidad visual, el tono y la estructura de medios legítimos europeos (como Der Spiegel, Le Monde o Bild). La repercusión cognitiva: No busca que el público crea en una fuente alternativa, sino que dude de la fuente original. Ha forzado a la UE a activar mecanismos de respuesta rápida bajo la Ley de Servicios Digitales (DSA), lo que demuestra que la guerra cognitiva moderna ataca la cadena de suministro de la confianza institucional, no solo el contenido.
  2. La evolución de Spamouflage hacia influencers sintéticos (China, 2024-2026). Spamouflage es un término formado por spam y camouflage (“correo basura” y “camuflaje”). Se utiliza para describir una técnica de operaciones de influencia y desinformación en la que grandes cantidades de contenido engañoso o propagandístico se difunden mediante redes de cuentas falsas o coordinadas que intentan parecer actividad orgánica. El caso: La transición de las tradicionales granjas de bots chinas a redes de influencers generados por IA (como el avatar Lisa o presentadores de noticias sintéticos) que mantienen relaciones parasociales con audiencias en el sur global y Occidente. La repercusión cognitiva: Explota la necesidad humana de conexión emocional. Al ser entidades sintéticas, son inmunes al agotamiento, la contradicción o el escrutinio Open Source Intelligence tradicional. Esto reconfigura la opinión pública desde la empatía simulada, y hace que la audiencia defienda activamente a sus manipuladores algorítmicos.
  3. Weaponización del feed en el conflicto Israel-Gaza (2023-2026). Significa convertir algo en un arma o utilizarlo deliberadamente como arma. El caso: El uso coordinado por actores estatales y no estatales de algoritmos de redes de video corto (TikTok, X) para saturar el ecosistema con contenido hiperemocional, a menudo descontextualizado o generado por IA, dirigido a audiencias específicas (diásporas, jóvenes occidentales). La repercusión cognitiva: El objetivo no es ganar un debate, sino inducir “fatiga por compasión” y radicalización simultánea. Convirtió el teléfono inteligente global en un teatro de operaciones donde la dopamina digital se usa para exacerbar divisiones internas en países terceros y desestabiliza sociedades a miles de kilómetros del conflicto físico.
  4. Interferencia electoral sintética y la “apología de la apatía” (EU 2024 / Latam 2023-2025). El caso: Desde la llamada robótica con clonación de voz del presidente Biden en New Hampshire (2024) hasta los deepfakes hiperrealistas en elecciones presidenciales de América Latina. La repercusión cognitiva: El objetivo estratégico ya no es necesariamente cambiar el voto de un bando a otro, sino inducir la “indefensión aprendida”. Al saturar el entorno con mentiras indistinguibles de la verdad, se busca que el ciudadano concluya que “todo está manipulado” y se abstenga de participar, para facturar así el contrato social desde la apatía.
  5. El colapso de la autenticidad en el mando y control (Ucrania, 2024-2026). El caso: La evolución desde el burdo deepfake de rendición de Zelenski (2022) hacia campañas sofisticadas de clonación de voz y video en tiempo real dirigidas a familiares de soldados y comandantes, en las cuales simulaban órdenes de retirada o noticias de bajas falsas. La repercusión cognitiva: Obligó a los ejércitos modernos a tratar la verificación de la realidad como un protocolo de seguridad nacional. Esto ha acelerado la adopción militar de “sello de agua neural” y criptografía de origen, estableciendo que, en el campo de batalla contemporáneo, la integridad de un archivo de audio o video es tan crítica como la seguridad de una frecuencia de radio encriptada.

Estos cinco casos demuestran que la guerra cognitiva ha dejado de ser un efecto colateral de la propaganda para convertirse en un dominio de combate formal. El enemigo ya no ataca lo que piensas; ataca los mecanismos neurobiológicos y epistémicos que te permiten determinar qué es real, y delega en el algoritmo la capacidad de decidir por ti. Hoy, la guerra cognitiva se define según los marcos estratégicos recientes de la OTAN y think tanks globales como el sexto dominio de combate, donde la mente humana es el campo de batalla definitivo. A diferencia de la guerra de información tradicional, su objetivo ya no es solo persuadir, sino hackear los mecanismos neurobiológicos y psicológicos de poblaciones enteras, lo que altera su percepción para que actúen contra sus propios intereses sin percatarse de la manipulación externa, y se vuelve un arma invisible. En su evolución más reciente, esta amenaza ha mutado gracias a la inteligencia artificial generativa multimodal y los algoritmos predictivos de comportamiento.

Sus tácticas ofensivas pasaron rápidamente de granjas de bots a enjambres de agentes autónomos, avatares sintéticos y deepfakes que microsegmentan vulnerabilidades emocionales a escala industrial. Estos sistemas adaptan el mensaje en tiempo real según la respuesta biométrica del usuario, lo que crea burbujas de realidad paralela diseñadas para fracturar irreversiblemente el consenso social y la verdad objetiva compartida, y erosionan la epistemología misma de las sociedades libres. Desde el frente de esta contienda asimétrica, las noticias de 2025 y 2026 reportan el despliegue masivo de redes neuronales sintéticas para intervenir en coyunturas políticas en América, Europa y Asia.

Debemos pensar la relación con Doppelgänger, Spamouflage y Weaponización para entender en un sentido más amplio el “metaverso” como espacio de producción y disputa de realidades simbólicas, donde no solo circula información, sino que se construyen identidades, percepciones y experiencias. Destacan las operaciones de “inundación cognitiva” por actores estatales, donde la estrategia ya no es imponer una mentira, sino saturar los ecosistemas con ruido contradictorio, teorías conspirativas y escándalos falsos generados por IA. El propósito táctico final es inducir una fatiga cognitiva severa que derive en apatía cívica, cinismo y desconfianza crónica hacia las instituciones democráticas, la ciencia y el periodismo tradicional. Las plataformas digitales, especialmente las redes de video corto y los entornos inmersivos del “metaverso”, operan hoy como infraestructuras armamentísticas no reguladas. Potencias rivales despliegan narrativas de “poder agudo”, y militarizan sistemáticamente los sesgos de confirmación y la dopamina digital para exacerbar polarizaciones culturales y económicas.

Este escenario demuestra empíricamente que, en la geopolítica contemporánea, el control del algoritmo que dicta el flujo de los datos es infinitamente más letal que el control militar de las fronteras físicas, lo que permite la colonización ideológica sin disparar una sola bala física. Las repercusiones de este asedio incesante a la cognición han catalizado un movimiento internacional por el reconocimiento de los “neuroderechos” y la soberanía mental como derechos fundamentales. Ante el riesgo de una esclavitud algorítmica, las democracias desarrollan escudos cognitivos basados en alfabetización mediática avanzada, higiene digital estricta y sistemas de verificación criptográfica de origen. En esta carrera contrarreloj, la resiliencia psicológica de la ciudadanía y la protección de la privacidad neuronal se han consolidado indiscutiblemente como el pilar absoluto de la seguridad nacional del siglo XXI, donde defender la mente humana es defender la soberanía de la patria misma.

  1. La ofensiva cognitiva (la amenaza): El despliegue de inteligencia artificial generativa y algoritmos predictivos para hackear la percepción humana. El objetivo ya no es solo persuadir, sino saturar el ecosistema digital con ruido sintético (deepfakes, inundación cognitiva). Lo primero explota vulnerabilidades emocionales a escala industrial, y lo segundo provoca fatiga mental, polarización extrema y desconfianza crónica en las instituciones, y convierte así la mente humana en el campo de batalla geopolítico definitivo sin necesidad de conflicto físico. Hay casos estremecedores.
  2. La respuesta estratégica (las repercusiones): La emergencia de la “soberanía mental” y los “neuroderechos” como nuevos derechos fundamentales. Los “neuroderechos” son un conjunto de derechos propuestos para proteger el cerebro, la actividad neuronal y la privacidad mental frente a tecnologías capaces de registrar, interpretar o modificar la actividad cerebral. El concepto surge con el desarrollo de las neurotecnologías, como las interfaces cerebro-computadora, los dispositivos de estimulación cerebral y determinados sistemas capaces de decodificar señales neuronales.

Entre los derechos que suelen asociarse al concepto están:

  • Privacidad mental: proteger los datos y la actividad neuronal frente a accesos no autorizados.
  • Identidad personal: evitar intervenciones que alteren indebidamente la identidad o continuidad psicológica de una persona.
  • Libertad cognitiva: preservar la capacidad de pensar y decidir sin interferencias tecnológicas indebidas.
  • Integridad mental: proteger el cerebro frente a modificaciones o manipulaciones perjudiciales.
  • Protección frente a la discriminación basada en datos neuronales.

En el Comité Internacional de Bioética de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco, por sus siglas en inglés) se publicó durante 2021 un informe sobre los problemas éticos de la neurotecnología, y recomendó explícitamente reconocer nuevos derechos humanos denominados “neuroderechos”, lo que incluy la protección de la privacidad mental y la libertad de pensamiento. Y esto ha avanzado considerablemente: en 2025 la Conferencia General de la Unesco adoptó una Recomendación sobre la ética de la neurotecnología. El documento aborda expresamente la privacidad mental, los datos neuronales, la autonomía, la identidad y la libertad de pensamiento. La Organización considera particularmente importante que no solo los datos directamente neuronales estén protegidos, sino también datos que permitan inferir estados mentales. Además, señala que la preocupación no se limita a “leer pensamientos” literalmente: también incluye la posibilidad de inferir emociones, intenciones o estados mentales a partir de datos neuronales, o incluso de otros datos biométricos.

Y ahí aparece algo particularmente relevante para lo que veníamos conversando sobre Weaponización, deepfakes, Spamouflage y disputa semiótica: hasta ahora, la batalla por el sentido se libra principalmente sobre lo que se ve, escuchamos y creemos; los neuroderechos plantean la posibilidad de una disputa futura por algo todavía más íntimo: los datos y procesos mediante los cuales pensamos, sentimos y decidimos. La “privacidad mental”, en ese sentido, podría convertirse en una categoría fundamental de la era de la IA y la neurotecnología.

Si la batalla por el sentido puede intervenir sobre lo que se ve, escuchamos y creemos, los “neuroderechos” plantean la cuestión de qué ocurre cuando la tecnología puede acceder directamente a las condiciones neuronales de nuestra experiencia y decisión. Un concepto relacionado que quizá le interese al lector/la lectora es “privacidad mental” (mental privacy), que apunta específicamente a la protección de la información obtenida de la actividad cerebral. Frente a la manipulación algorítmica, las democracias no rendidas a los pies del capitalismo deben desarrollar escudos cognitivos basados en alfabetización digital avanzada, higiene de datos y verificación criptográfica del origen de la información. Esto consolida la protección de la autonomía psicológica y la privacidad neuronal como el pilar absoluto de la seguridad nacional del siglo XXI. Con esto están operando los equipos de guerra cognitiva en manos de la ultraderecha brasileña y tienen por laboratorio inmediato el proceso electoral que se avecina. Eso hace doblemente importante estar atentos. Alertar todos nuestros sentidos. En pleno siglo de las guerras por el sentido.

 

Fernando Buen Abad Domínguez*

*Doctor en filosofía

 

[1] Contenidos audiovisuales –imágenes, videos o audios– generados o manipulados mediante inteligencia artificial para hacer parecer que una persona dijo o hizo algo sin que haya ocurrido.

[2] El entorno bolsonarista aparece involucrado, según investigaciones judiciales y parlamentarias brasileñas, en un ecosistema que combinó intrusiones informáticas, explotación política de información obtenida mediante ataques, redes coordinadas de desinformación y operaciones de influencia sobre la percepción del sistema electoral. Las fuentes primarias relevantes son:

  1. Supremo tribunal federal (STF): Investigación sobre el ataque al TSE. El Supremo Tribunal Federal documentó el Inquérito 4878, referido a la divulgación por Jair Bolsonaro de datos sigilosos procedentes de una investigación de la Policía Federal sobre un ataque hacker a sistemas y bases de datos del Tribunal Superior Electoral (TSE). En 2022, Alexandre de Moraes autorizó compartir las pruebas y los informes de interceptación telemática de ese expediente con las investigaciones sobre las llamadas milícias digitais. Esta es probablemente una de las fuentes que más interesa porque conecta intrusión informática → apropiación de información → explotación política de esa información → operación de influencia.
  2. STF: investigación específica sobre la divulgación del material. El STF también registra que Bolsonaro divulgó un inquérito sigiloso de la PF que indagaba sobre una supuesta invasión de los sistemas y bases de datos del TSE. La investigación alcanzó también al entonces diputado Filipe Barros y a un delegado de la Policía Federal.
  3. Caso Walter Delgatti-Carla Zambelli-Bolsonaro. Aquí aparece un episodio diferente y mucho más directamente relacionado con la idea de ciberataque. El hacker Walter Delgatti Neto declaró ante la CPMI del 8 de Janeiro que se reunió con Bolsonaro en 2022, después de que Carla Zambelli intermediara el contacto. Delgatti afirmó que Bolsonaro quería que demostrara vulnerabilidades del sistema electoral y que posteriormente recibió instrucciones relacionadas con una posible manipulación de una urna para producir una demostración pública.
  4. El ataque a sistemas del Conselho Nacional de Justiça (CNJ). Delgatti sí realizó intrusiones informáticas documentadas contra sistemas del CNJ. La investigación periodística de Folha de S Paulo describe cómo explotó vulnerabilidades para acceder al sistema y posteriormente introducir un documento falso atribuido a Alexandre de Moraes.
  5. Informe final de la CPMI del 8 de Janeiro. El Congreso brasileño publicó el informe final de unas 1 mil 300 páginas. Es una fuente primaria fundamental para reconstruir las redes políticas, digitales y de comunicación vinculadas al bolsonarismo durante el proceso que culminó en los ataques del 8 de enero de 2023.

 

 

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