Granjas de ‘bots’ en la guerra cognitiva

Granjas de ‘bots’ en la guerra cognitiva

Foto: 123rf

Aquí aparece al desnudo la guerra cognitiva y su mercancía perversa disfrazada como granja de bots. En las sociedades capitalistas creadoras de la dictadura de la competencia mercantil y la subordinación de los consumidores, cada segundo de mirada adquiere valor económico y político. En las granjas de bots se diseña lo que conmueve, lo que enfurece; qué provoca miedo, qué despierta deseo, qué genera permanencia. La arquitectura de la comunicación comercial digital encuentra así una zona de convergencia con las operaciones de influencia política y militar. Un sistema diseñado para retener atención y ensuciar la realidad puede ser aprovechado por quien busca retener, desviar o capturar conciencia. La frontera entre publicidad, entretenimiento, propaganda y operación psicológica se vuelve porosa. El sujeto cree estar consumiendo información mientras, simultáneamente, se convierte en recurso explotable y víctima de mil manipulaciones del odio de clase.

Una granja de bots representa una fábrica peculiar. No produce objetos que podamos almacenar, transportar o tocar. Produce atmósferas, la impresión de que algo está en todas partes, de que una indignación es espontánea, de que una consigna expresa el sentido común, de que una persona es admirada o detestada por millones, de que determinadas ideas han quedado fuera de la historia. Su mercancía es la percepción social. La materia prima es la atención humana; la energía procede de infraestructuras digitales, trabajo, electricidad, minerales, agua, capital y capacidad de cómputo; el producto final es una modificación del campo de lo imaginable. La guerra cognitiva convierte así la subjetividad en territorio estratégico, y comienza cuando se consigue que una persona confunda su propia percepción con la percepción de sus explotadores: fábricas de odio.

Esa es la paradoja semiótica que conviene colocar en el centro: el signo deja de representar una realidad compartida y empieza a fabricar la imagen de una realidad compartida. Una multitud artificial puede producir la sensación de una multitud verdadera; esa sensación modifica conductas reales; las conductas reales terminan ofreciendo la evidencia que parecía justificar la ficción inicial. El círculo se cierra con una eficacia perturbadora: se fabrica el consenso para después invocarlo como prueba. El bot no necesita tener conciencia para participar en una operación destinada a modificar la conciencia humana. Su eficacia proviene precisamente de eso: ocupa el lugar de una presencia social que nunca existió y, al hacerlo, altera la conducta de quienes sí existen. La inversión conceptual resulta decisiva.

Durante siglos la propaganda se entendió como un mensaje que intentaba influir sobre una población. Hoy podemos encontrarnos ante algo más sofisticado: una maquinaria que primero construye la apariencia de población y después utiliza esa apariencia para influir sobre individuos reales. No se trata únicamente de decir “mucha gente piensa esto”. Se fabrican miles de señales para que alguien crea que mucha gente piensa esto. El destinatario no recibe solamente una opinión; recibe una representación de la opinión ajena. La manipulación penetra un nivel más profundo porque modifica el espejo en el que cada persona imagina a la sociedad.

Ese mecanismo permite comprender por qué la guerra cognitiva puede ser extraordinariamente eficaz sin alcanzar una victoria argumental. El objetivo no siempre consiste en convencer; puede consistir en fatigar, fragmentar, desorientar, ridiculizar, aislar, acelerar la reacción emocional o destruir la confianza en cualquier posibilidad de conocimiento común. Una población convencida todavía posee una certeza sobre la cual puede organizarse; una población que considera imposible saber qué es verdad queda mucho más disponible para la resignación. El relativismo inducido puede ser tan funcional al poder como la propaganda afirmativa.

Cuando todo parece manipulado, nada parece transformable. La confusión puede convertirse en una forma de gobierno. La granja de bots introduce una forma particular de alienación: la persona ya no se enfrenta solamente a productos sociales que aparecen como fuerzas independientes; también puede enfrentarse a una multitud que jamás existió. Imaginemos a una trabajadora que publica una opinión sobre las condiciones laborales y recibe cientos de respuestas coordinadas que la presentan como ignorante, peligrosa o ridícula. Puede creer que se encuentra frente a una reacción colectiva. Tal vez sean veinte operadores y miles de cuentas automatizadas. La falsedad objetiva produce un efecto subjetivo verdadero: miedo, autocensura, aislamiento. La mentira ha conseguido convertirse en experiencia.

Esa es una de las formas más refinadas del poder contemporáneo: no necesita que creamos una falsedad completa; necesita que actuemos como si fuera cierta. La perspectiva de género revela una dimensión particularmente severa de esta tecnología. Las mujeres que ocupan espacios públicos pueden convertirse en blancos de campañas coordinadas de sexualización, humillación, amenazas, difusión de imágenes manipuladas y descrédito. La violencia adquiere una función ejemplar. El ataque contra una mujer específica comunica simultáneamente un mensaje a muchas otras: ocupar la palabra pública tiene un costo. La tecnología reproduce así viejas estructuras de disciplinamiento mediante velocidades inéditas. La agresión deja de ser un episodio localizado y puede transformarse en una nube permanente de hostigamiento. El cuerpo femenino se convierte en campo de batalla simbólico, mientras la dimensión automatizada permite multiplicar la presión sin multiplicar proporcionalmente a los agresores.

Y la guerra cognitiva puede incluso intervenir sobre la percepción para que las víctimas disputen entre sí mientras las estructuras que producen el daño desaparecen del campo visual. Por eso la guerra cognitiva no debe ser comprendida únicamente como una lucha entre Estados, ejércitos o servicios de inteligencia. También expresa una lucha por la propiedad y el control de las infraestructuras capaces de organizar la percepción colectiva. Quien controla grandes volúmenes de datos dispone de una cartografía inédita de deseos, temores, hábitos, vínculos y vulnerabilidades. Quien puede automatizar millones de interacciones adquiere una capacidad extraordinaria para experimentar con poblaciones. La sociedad puede convertirse, sin advertirlo, en laboratorio.

En lugar de preguntar por qué tanta gente cree determinada cosa, preguntamos qué condiciones hicieron posible que pareciera que tanta gente la cree. En lugar de preguntar por qué una opinión se volvió viral, preguntamos qué infraestructura convirtió su circulación en un acontecimiento. En vez de observar al usuario como origen de la conversación, miramos las relaciones económicas, tecnológicas y laborales que organizan aquello que el usuario puede ver. De repente, el individuo aislado que parecía tomar decisiones espontáneas aparece inserto en una maquinaria de producción de visibilidad. La libertad no desaparece, aunque cambia la ubicación donde debemos buscar sus límites. La verdadera batalla, entonces, no ocurre solamente dentro de nuestras cabezas.

Ocurre alrededor de las condiciones materiales que permiten producir lo que llega a nuestras cabezas. Esta constatación modifica radicalmente la idea de soberanía. Una sociedad puede conservar elecciones, parlamentos, periódicos y redes abiertas mientras pierde progresivamente la capacidad de establecer de manera autónoma qué acontecimientos adquieren importancia, qué emociones dominan el debate y qué voces aparecen como mayoritarias. La soberanía política queda erosionada cuando la soberanía perceptiva se externaliza. La revolución de las conciencias exige recuperar una facultad elemental que la velocidad tecnológica amenaza con debilitar: el derecho a detenerse.

Pensar despacio se vuelve una práctica política. Contrastar, contextualizar, preguntar quién gana, quién pierde, quién posee la infraestructura, quién paga los costos, qué cuerpos reciben la violencia, qué territorios soportan la extracción, qué intereses desaparecen detrás de una avalancha de mensajes: cada pregunta abre una grieta en la apariencia de espontaneidad. La alfabetización crítica del siglo XXI no puede limitarse a distinguir una noticia falsa de una verdadera. Tiene que enseñar a reconocer quién fabrica el escenario donde una verdad puede circular y una mentira puede parecer mayoritaria.

Quizá la revelación más incómoda sea esta: las granjas de bots no son peligrosas porque las máquinas estén aprendiendo a parecer humanas; son peligrosas porque los seres humanos hemos construido relaciones sociales donde parecer una multitud puede otorgar poder semejante al de ser una multitud. El problema fundamental no está dentro del bot, está en la sociedad que ha convertido la visibilidad en fuerza, la atención en mercancía y la percepción colectiva en territorio disputable. Cuando comprendemos esto, la pantalla cambia de significado.

Ya no vemos simplemente mensajes enfrentados: vemos relaciones de producción, jerarquías, intereses, cuerpos, territorios y recursos disputándose la posibilidad de definir qué consideraremos real. La guerra cognitiva deja entonces de parecer una batalla misteriosa librada en algún lugar remoto de internet y aparece como una lucha profundamente material por la conciencia social. Quien logre comprender esa inversión habrá dado un primer paso decisivo: dejar de preguntar únicamente quién nos está engañando y empezar a descubrir quién necesita que nuestra propia imagen de la sociedad se falsifique para que el orden existente continúe pareciendo inevitable.

Aquí aparece el crimen comunicacional tecnificado. No se reduce a una mentira publicada en internet. La mentira aislada puede ser discutida, contrastada, refutada. El problema cambia cuando la falsedad adquiere infraestructura, repetición, velocidad, segmentación algorítmica y apariencia de consenso. La operación consiste en fabricar las condiciones psicológicas para que una afirmación resulte familiar antes de ser examinada. La repetición produce reconocimiento; el reconocimiento se disfraza de evidencia; la evidencia aparente reclama confianza. De pronto, una frase que nadie recuerda haber aceptado empieza a gobernar conversaciones familiares, campañas electorales, mercados, reputaciones profesionales y conflictos colectivos. El delito fundamental puede encontrarse entonces en otro lugar: en la apropiación industrial de la capacidad social para producir significado.

Una de las paradojas más violentas de nuestro tiempo consiste en que una máquina puede fabricar la apariencia de una multitud hasta conseguir que la multitud real termine obedeciendo a esa apariencia. La primera inversión semiótica está ahí: creemos que los signos representan a la sociedad, cuando determinadas arquitecturas digitales empiezan a producir la sociedad que luego esos signos parecen describir. Un ejército de cuentas automatizadas puede inventar una tendencia; esa tendencia puede alterar conversaciones, las conversaciones pueden modificar percepciones, las percepciones pueden orientar decisiones y, finalmente, las decisiones pueden presentarse como expresión espontánea de la ciudadanía. La representación deja de ser espejo y se convierte en molde. El signo ya no llega después del acontecimiento: prepara las condiciones para que el acontecimiento ocurra.

Esta torsión aparentemente técnica contiene una consecuencia filosófica extraordinaria: muchas veces no estamos ante una opinión manipulada, sino ante una realidad social previamente diseñada para que determinadas opiniones parezcan naturales. Las granjas de bots constituyen una forma industrial de esa fabricación. Allí donde imaginamos usuarios dispersos, deseos individuales y conversaciones imprevisibles puede existir una infraestructura coordinada que administra identidades, ritmos, emociones, consignas, silencios y conflictos. La mercancía tradicional necesitaba una fábrica que transformara materia; la nueva industria de la influencia puede transformar atención en conducta. Cada cuenta automatizada funciona como una pequeña pieza de una maquinaria mayor cuyo producto no es un objeto visible, sino un clima mental. Se fabrica incertidumbre, indignación, entusiasmo, miedo, sospecha, burla. Se administra la temperatura afectiva de una población. La pantalla parece ofrecer libertad de expresión mientras una arquitectura invisible calcula qué emociones deben circular con mayor velocidad. El poder alcanza así una forma particularmente refinada: ya no necesita ordenar directamente lo que las personas deben pensar; puede intervenir sobre el terreno previo donde se decide qué merece ser pensado.

Esta perspectiva permite comprender algo todavía más inquietante. El bot no tiene que convencer a todos. Le basta con modificar la percepción que cada persona tiene de los demás. Si alguien cree que miles apoyan una determinada posición, puede sentirse aislado al discrepar. Si una mujer percibe que una oleada de ataques contra ella es masiva, puede abandonar una conversación pública, aunque el ataque provenga de unas pocas cuentas coordinadas. Si un trabajador observa una avalancha digital que responsabiliza a individuos precarizados por una crisis económica, puede interpretar como consenso espontáneo una narrativa fabricada. El objetivo estratégico no consiste únicamente en persuadir al individuo: consiste en alterar su representación de la colectividad. Se conquista la imaginación del otro acerca de los otros. Ahí reside una de las operaciones semióticas más profundas de la época.

Esta constatación modifica incluso nuestra idea de libertad. Durante mucho tiempo imaginamos la libertad comunicacional como la posibilidad de emitir mensajes. Hoy habría que agregar una pregunta más radical: ¿quién dispone de los medios capaces de decidir qué mensajes adquieren visibilidad masiva? La libertad formal de hablar puede coexistir con una desigualdad gigantesca en la capacidad de ser escuchado. Millones pueden publicar mientras unos pocos actores, mediante automatización, compra de publicidad, análisis de datos y manipulación algorítmica, pueden amplificar determinados discursos hasta convertirlos en ambiente. La desigualdad deja de aparecer solamente como diferencia de ingresos o propiedad y empieza a manifestarse como diferencia de capacidad para construir realidad perceptible.

Aquí el extrañamiento resulta necesario. Conviene mirar las redes al revés: no preguntarnos primero qué piensa la gente, sino quién consiguió que determinadas cosas parecieran pensables; no preguntar únicamente quién difundió una consigna, sino quién construyó el escenario donde esa consigna adquirió apariencia de multitud; no observar solamente el contenido de los mensajes, sino las relaciones materiales que determinan su circulación. Cuando cambiamos el ángulo, el usuario deja de aparecer como origen absoluto de la comunicación y comienza a revelarse como parte de una arquitectura económica, tecnológica y política. La pantalla deja de ser una ventana transparente y se convierte en una máquina de distribución de posibilidades.

Y la revolución de las conciencias empieza precisamente cuando dejamos de aceptar como naturales las formas sociales que se diseñaron. Reconocer una granja de bots no consiste únicamente en detectar cuentas falsas. Significa aprender a sospechar de la espontaneidad fabricada, de la unanimidad perfecta, de la indignación que llega sincronizada, de la tendencia que parece surgir desde ninguna parte, de la emoción que encuentra inmediatamente miles de ecos. Significa recuperar una facultad política elemental: distinguir entre lo que una sociedad siente y aquello que una industria de la influencia consigue hacerle sentir acerca de lo que supuestamente sienten los demás.

Así, el desafío no consiste en rechazar la tecnología, porque esa salida sería tan ingenua como atribuirle a la imprenta la responsabilidad por todos los panfletos de la historia. El problema está en las relaciones sociales que organizan la tecnología, en quién posee sus infraestructuras, quién decide sus reglas, quién obtiene beneficios de la captura de atención y quién paga los costos humanos, ambientales y democráticos. La cuestión decisiva deja de ser entonces “¿los robots pueden engañarnos?” y se transforma en otra mucho más incómoda: “¿qué tipo de sociedad necesita fabricar multitudes artificiales para conservar la apariencia de consenso?”. Cuando formulamos esa pregunta, el bot pierde su condición de monstruo aislado y aparece como síntoma. Ya no contemplamos una anomalía digital, contemplamos una estructura social que aprendió a producir realidad mediante signos automatizados.

Tal vez allí resida la revelación más profunda: las granjas de bots no representan solamente una falsificación de la conversación pública; representan la tentativa de convertir la conversación pública en una mercancía administrable. La lucha decisiva ocurre entonces alrededor de algo aparentemente intangible: la posibilidad colectiva de nombrar el mundo. Quien administra esa posibilidad puede alterar la percepción del conflicto, invertir responsabilidades, invisibilizar trabajos, disciplinar cuerpos, acelerar consumos y convertir la devastación ecológica en un dato remoto. Recuperar la conciencia crítica implica romper ese hechizo, comprender que cada tendencia tiene una historia material, que cada consenso tiene condiciones de producción y que cada emoción colectiva puede ser disputada. La emancipación comunicacional comienza cuando dejamos de preguntar qué mensaje debemos consumir y empezamos a preguntar quién construyó las condiciones para que ese mensaje pareciera inevitable. En ese instante, la pantalla deja de dictar el mundo: vuelve a ser un objeto dentro del mundo, y nosotros recuperamos la capacidad de transformarlo.

 

Fernando Buen Abad Domínguez*

*Doctor en filosofía

 

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