Tercera y última parte. Hoy vivimos un periodo de transición: el mundo capitalista decadente se desmorona en medio de sus contradicciones. El viejo mundo está muriendo y genera destrucción, guerras, genocidios y ecocidio, pero no acaba de morir.
Asoma un nuevo mundo, en el que el poderoso desarrollo tecnológico y científico sirva para la regeneración natural y social, y para armonizar las relaciones de los seres humanos entre sí y con la naturaleza.
La humanidad se dirige hacia una sociedad que elimine la explotación y la opresión de todo tipo. Los pueblos aprenden de sus experiencias y desarrollan su conciencia. Llega la hora de los pueblos.
Esa conciencia social impulsa la búsqueda de alternativas. La derecha intenta bloquear cualquier avance hacia el poder político de la clase trabajadora y del pueblo, incluso mediante ataques a la independencia de las naciones.
Hoy, como nunca en la historia, se les caen las máscaras a las potencias imperialistas y a las oligarquías de cada país. Las movilizaciones populares crecen en todo el mundo. La gente ve y entiende; por eso, el peligro para los poderes dominantes es enorme y su única alternativa es la guerra.

La militarización, el genocidio, la guerra y la violencia cotidiana son armas para que los pueblos pierdan su propia perspectiva. Este proceso incluye la guerra cognitiva, que convierte la mente humana en un nuevo campo de batalla.
Con el inconmensurable poder económico de quienes acaparan las riquezas del mundo, la ultraderecha despliega una propaganda permanente: se infiltra en la cultura y en las instituciones e impulsa el “ciberactivismo”. Las redes sociales son una de sus principales armas. Desde ellas nos bombardea incesantemente con noticias tendenciosas y escándalos para aturdirnos y confundirnos.
La clase trabajadora, con su visión y la fuerza que le da su posición en la sociedad, puede construir lo nuevo. Junto con los pueblos, es creadora de la historia y puede aprender de esa experiencia colectiva.
Por eso, las potencias imperialistas y las oligarquías libran una batalla para desviar la atención de los grandes problemas sociales y de sus soluciones. Buscan bloquear toda perspectiva de una sociedad que tenga en el centro al ser humano y su bienestar.
Como seres humanos, debemos nutrir nuestra vida como pueblo y nuestra relación con los demás pueblos. Somos seres sociales. Sin embargo, la derecha religiosa centra la atención en el individuo, en su vida íntima y en sus creencias personales. Como medio de control, busca imponer sus dogmas a la vida pública: juzga la conducta individual de quienes representan el poder político, en lugar de su práctica social. Aun así, protege a quien sirve al poder –aunque sea un pederasta– y persigue solamente a quien resulta disfuncional para los intereses dominantes.
Criminaliza las decisiones y la conducta íntima de las personas para mantener en la mira a la población en general. Así, dirige la condena social hacia las conductas privadas, en vez de enfocarla en los grandes crímenes sociales.
Para acostumbrar a la población a la sumisión, genera una cultura del sufrimiento, del dolor y de la negación del bienestar y del placer. Impone la idea de que el mundo es como es y no puede cambiarse: busca conservarlo.
El conservadurismo defendió el régimen feudal y se opuso al liberalismo y al capitalismo. En la actualidad, defiende el capitalismo salvaje, se opone al socialismo y al comunismo e impulsa el neoliberalismo y el neocolonialismo.
Así que la derecha no tiene un programa: simplemente defiende el poder dominante y busca conservarlo sin importar los costos. Hace un siglo y medio, se defendía el sistema de haciendas; hoy se defiende el sistema bancario, el sistema financiero internacional y las grandes corporaciones capitalistas. Antes promovió el colonialismo; ahora, el neocolonialismo.
La derecha, como todo en la vida, también cambia y se moderniza, pero siempre es una fuerza conservadora y reaccionaria. Busca el cambio solo para mantener los viejos privilegios o recuperarlos cuando los ha perdido. Presenta esos cambios regresivos como “modernizaciones”. Su bandera es la “libertad”: la de las corporaciones para apoderarse de los recursos y explotar la naturaleza y a las y los trabajadores.
La derecha religiosa impone sus intereses de manera autoritaria y violenta. Para justificarse, sostiene que así lo quiere Dios, que las grandes injusticias son “naturales” y que hay que aceptarlas, con la promesa de que el sometimiento y la resignación serán premiados en la otra vida.
Recurre a todos los métodos para suprimir a sus adversarios, profesen o no su misma religión. En cambio, muestra gran tolerancia hacia quienes practican otras religiones y no afectan sus intereses. Utiliza lo religioso como una vía para justificar todas sus acciones, por inmorales que sean, incluso cuando violan la doctrina que predica.
No respeta las constituciones ni las leyes, porque para ella “la ley de Dios” es el mandato supremo, que interpreta siempre a su favor y a su capricho. Su estructura es vertical y jerárquica: enseña a obedecer sin cuestionar las indicaciones que vienen de “arriba”. Claro, siempre y cuando las reglas defiendan los intereses de los más poderosos; cuando una autoridad deja de servirles, es eliminada.
Asimismo, su pensamiento es profundamente misógino. Hay que recordar que, durante la Edad Moderna, en Europa se quemó vivas a miles de mujeres acusadas de “brujas”, entre ellas mujeres que destacaban, se autoafirmaban o desarrollaban sus conocimientos. También se impuso a las mujeres una condición de sometimiento y marginación.
Todavía en pleno siglo XX, el primer Consejo Nacional del Partido Acción Nacional (PAN) estuvo integrado exclusivamente por hombres. Uno de los objetivos centrales de las movilizaciones contra las leyes que despenalizan determinadas prácticas de las mujeres es mantener esta discriminación de género.
Ante el avance de la causa de las mujeres en el siglo XX y el papel protagónico que están llamadas a desempeñar en el siglo XXI, la derecha las incluye en las estructuras de gobierno, pero única y exclusivamente para imponer políticas y programas que las afectan de manera directa y con mayor gravedad.
El término “derecha” surgió con la Revolución francesa, en 1789. Desde entonces, se ha utilizado para calificar a los sectores retrógrados y a una minoría que mantiene su poder y sus privilegios mediante todo tipo de divisiones entre la población. Para ello, atiza diferencias relacionadas con la religión, la ideología, las preferencias políticas, el género, la orientación sexual, el color de piel, el origen nacional y la posición socioeconómica.
Una de esas divisiones es precisamente la polarización entre derecha e izquierda, aun cuando, como hemos visto, los programas de ambas son tremendamente variables.
Por ello, utilizar la división entre derecha e izquierda no es lo más riguroso. Sería preferible emplear términos como “fuerzas retrógradas”, “reaccionarias”, “conservadoras”, “fascistas” o “contrarrevolucionarias” para referirse a quienes defienden a la minoría privilegiada, y “fuerzas progresistas” o “avanzadas” para quienes representan los intereses de la mayoría. Sin embargo, dado que el término “derecha” es más familiar en el debate público, lo utilizo en este y otros textos.
Por otra parte, como he explicado, tras la imposición de un dogma religioso se esconden objetivos económicos y políticos, más que espirituales. Por ello, hablar de “derecha religiosa” tampoco es del todo exacto. Sin embargo, dado que es la denominación más difundida, también la utilizo. Detrás de ella hay élites que buscan imponer determinados valores para defender sus privilegios y que incluso recurren a la religión para ejercer y justificar la violencia.
En el siglo XX surgieron varios movimientos de este tipo, como la Unión Nacional Sinarquista (UNS), Los Tecos y el Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO). Posteriormente se fundó el Partido Demócrata Mexicano (PDM), de raíz sinarquista.
En la actualidad, estas fuerzas retrógradas están representadas por Eduardo Verástegui, fundador del Movimiento Viva México y organizador en México de la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC, por su sigla en inglés), ligado a Donald Trump y al partido español Vox; por Rodrigo Iván Cortés Jiménez, presidente del Frente Nacional por la Familia (FNF), y por Gilberto Lozano, del Frente Nacional Anti-AMLO (Frenaa). También hay organizaciones como El Yunque y la Red Familia.
El líder histórico más visible de la derecha religiosa en torno a la Cuarta Transformación es Hugo Eric Flores Cervantes, fundador del Partido Encuentro Social (PES) y del posterior Partido Encuentro Solidario, organizaciones políticas de base evangélica y cristiana protestante que se distinguen por su defensa del sionismo.
Después de la pérdida del registro nacional de estas organizaciones, Flores Cervantes se incorporó a la bancada de Morena como diputado federal. Siempre ha defendido principios neoconservadores. Desde luego, dentro del PAN también existen núcleos sionistas y de ultraderecha que, por el momento, no han tenido gran incidencia en la vida política, pero siguen trabajando e influyendo en sectores de la sociedad.
En Estados Unidos, la derecha religiosa promueve la lucha por el control mundial, el monopolio de los recursos energéticos y el negocio armamentista bajo el manto de la democracia y la libertad. También promueve, de manera velada, la lucha del cristianismo contra el islam y, desde luego, contra el comunismo.
En realidad, busca sostener su imperio sobre la base de la guerra y la violencia. Su capacidad propagandística es muy amplia y compite con la Iglesia católica y el Vaticano. En Estados Unidos se capta el 80 por ciento de los recursos de las iglesias cristianas y el 90 por ciento del dinero se dedica a la evangelización.
La derecha religiosa estadunidense y la mexicana –aunque profesen cultos distintos, protestantes y católicos, que en el pasado se han enfrentado incluso de manera violenta– están hoy íntimamente unidas en el afán de subordinar aún más a nuestro país a los intereses estratégicos de Estados Unidos. Asimismo, se unen abiertamente al sionismo y apoyan el genocidio de Israel contra los palestinos y sus ataques a todos los países vecinos. Una vez más, queda claro que luchan por el poder y el dinero, no por las creencias religiosas que dicen tener.
Sin embargo, también se está gestando la unión de los trabajadores de ambos pueblos para defender sus intereses: comienza a florecer la solidaridad internacional. Asimismo, en la lucha de los migrantes contra su criminalización participan integrantes de las bases de las iglesias ligadas a las causas del pueblo.

Hoy es vital rescatar la soberanía popular y nacional. El reconocimiento de todos los derechos para todas las personas se logrará mediante un proceso de unidad que coloque el interés general y el de cada persona por encima de las divisiones por religión, ideología, color de piel, género, orientación sexual o edad.
Solo con respeto a las creencias y opciones de vida de cada individuo, sin imposiciones de ninguna clase, podrá lograrse una sociedad armónica que promueva el bienestar de todas las personas. Esa sociedad deberá respetar tanto los intereses individuales como los colectivos de los pueblos y su derecho a ser los primeros en disfrutar de los recursos de sus países y de las riquezas que genere su trabajo.
La división permite que los poderosos imperen. La cuestión religiosa no debe seguir siendo un factor de división. El respeto a los derechos de todas las personas será el cimiento de una organización colectiva capaz de generar la unión y la fuerza necesarias para construir la soberanía nacional y popular: esa es la tarea actual en México.
En las páginas abiertas del siglo XXI escribiremos nuevos episodios que continúen la lucha secular de nuestros grandes héroes, quienes rompieron con viejos dogmas para abrirle paso a la historia, que es, ante todo, la lucha de los pueblos por su soberanía. Muchos de estos héroes practicaban su religión, pero lo hacían desde el amor a su pueblo y a su tierra, y desde la búsqueda de justicia y de derechos para todas y todos.
En este periodo de transición, nuestra tarea es superar los obstáculos que impone la contrarrevolución para lograr una sociedad de paz y justicia, con un gran desarrollo material y espiritual.
Pablo Moctezuma Barragán*
*Doctor en estudios urbanos, politólogo, historiador y militante social



















