La época infame: el terrorismo de Estado

La época infame: el terrorismo de Estado

Marcos Chávez M*/Segunda parte
 
El miedo que sientes Sancho, te hace que ni veas ni oigas porque uno de sus efectos es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son
Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha
 
El autoritarismo genera una cultura del miedo y la condición de su perpetuación. Con la cultura del miedo la dictadura agudiza una demanda de seguridad, el deseo del orden, que a su vez nutre el de una mano dura, [sin importar] la violación de los derechos humanos. Las dictaduras prometen eliminar el miedo [y] exigen legitimación a cambio de ?poner orden. El resultado es una sociedad vigilada, encarcelada.
Norbert Lechner, Los patios interiores de la democracia
 
A mayor embrutecimiento, más arraigada [la] “nueva derecha”. El miedo es un aliado inmejorable para profundizar el giro hacia la derecha, para apuntalar una sociedad de la vigilancia y el castigo que privilegie la seguridad a la justicia, la intervención policial a las libertades y al mejoramiento de las condiciones de vida. Lo que le interesa a la derecha es debilitar un proyecto que aspira a devolver cierta equidad a la sociedad y a recuperar algo de lo que otrora representó un Estado de bienestar
Ricardo Forster, Entre Spinoza y Hobbes o el miedo, la inseguridad y la política
 
A lo largo del agonizante sexenio ha quedado más que evidente quién es el verdadero “peligro para México”. Y no ha sido Andrés Manuel López Obrador, que entre 2003 y 2006, con argumentos falaces, fue linchado y demonizado con ese descalificativo, a través de la guerra sucia ilegalmente financiada –tolerada y validada por la mafia electoral, encabezada por el Chicago Boy Luis Carlos Ugalde, exconsejero presidente del Instituto Federal Electoral– y desplegada en su contra por los ultras de la derecha de bloque dominante: Vicente Fox Quesada, Felipe Calderón Hinojosa, el Partido Acción Nacional, el Consejo Coordinador Empresarial, el grupo Ecología y Compromiso Empresarial –sufragado por Coca-Cola y Pepsi–, Bimbo, Televisa, Tv Azteca y la Cámara Nacional de la Industria de Radio y Televisión, entre otros grupos oligárquicos. En aras de impedir su triunfo electoral, con una estrategia cuidadosamente planeada, le fabricaron una imagen política turbadora, basada en el discurso del miedo para crear el temor social, sobre todo de los conservadores clasemedieros. Lo convirtieron en el símbolo del peligro, de la amenaza absoluta: intolerante, autoritario, populista, represor, émulo del mandatario Hugo Chávez, expropiador, enemigo de la propiedad privada, que ahuyentaría al capital extranjero y hundiría al país en el caos de la crisis institucional y económica, con una mayor inflación, más desempleo o el despilfarro presupuestal.
 
También es claro, a mi juicio, que el principal problema de México no es la inseguridad y la delincuencia (sin subestimar su importancia), que sólo es un residuo del funcionamiento económico del capitalismo neoliberal. El verdadero “peligro para México” es el de su democratización: la derecha del bloque de poder priísta-panista-oligárquico. Es el sistema político autoritario panista-priísta (los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, los gobiernos estatales) cleptócrata, que usa el poder en beneficio propio para saquear el Estado y enriquecerse impunemente a su costa, y que cotidianamente pisotea la Constitución y subvierte el Estado de derecho.
 
Es su modelo económico neoliberal, corrupto, dilapidador, depredador, de pillaje, desnacionalizador, neocolonizador, concentrador de la riqueza en la minoría oligárquica, excluyente. Responsable del desempleo, el subempleo, la “informalidad”, la migración, los salarios paupérrimos, la destrucción de las prestaciones sociales y las instituciones del bienestar, de la pobreza y la miseria generalizada, de la fragmentación y descomposición social. Del desasosiego y la pérdida de las expectativas de una mejor condición de vida que sufren las mayorías, y que les obliga a buscar las más variadas formas de supervivencia en la marginalidad y la transgresión. Es lo que Marx llamaba la “sobreexplotación del trabajo asalariado por el capital”, en sus formas más salvajes, apoyada desde el Estado que arrasa con los derechos constitucionales de los trabajadores. La inseguridad, la violencia, la delincuencia, el narcotráfico son el resultado de ese funcionamiento económico y la respuesta social a un sistema que no les ofrece más que la degradación, la cárcel, la muerte de hambre, por las balas de los delincuentes o de las bandas criminales oficiales (militares, paramilitares, policía federal y estatal).
 
El verdadero “peligro para México” es Calderón y su gabinete. Es la mayoría priísta-panista del Legislativo y de la Suprema Corte de Justicia de la Nación  que solapan, legitiman y agregan nuevos elementos que fortalecen el sistema conservador, autoritario y neoliberal. Son los hombres de presa de la oligarquía los principales beneficiarios del statu quo.
 
Lo será Enrique Peña Nieto, el esperpento elaborado por Emilio Azcárraga Jean y sus socios en las cloacas de Televisa (en caso de llegar a la presidencia), quien se presenta como cruzado del partido del “orden”; el continuador del Estado policiaco-militar, de la restauración conservadora colonial-decimonónica contra la que lucharon y triunfaron con las armas los liberales Benito Juárez, Francisco Zarco o Ignacio Ramírez, entre otros. Es decir, el delirante Estado clerical en el que los príncipes inclinaban la testuz para ser coronados por la cavernícola clerigalla católica, reiterada e impune violadora de la Constitución, generosa protectora de pederastas y de otra clase de delincuentes. Según les prometió Peñita, y que sus operadores Emilio Chuayffet y Ricardo López, junto con la tropa priísta-panista de los diputados ya dieron el primer paso al modificar el artículo 24 de la Carta Magna y atentar en contra del Estado laico con el objeto de permitirle realizar actos religiosos en espacios públicos, disponer de medios de comunicación, entrometerse en la vida política, ampliar sus negocios en la educación, arremeter en contra de los derechos civiles para tratar de regresarnos al oscurantismo, a la edad de piedra, como si no lo hicieran ya con el beneplácito, el solapamiento y el financiamiento ilegal de la derecha gobernante.
 
Parte del declinante éxito de las iglesias se basa en la ignorancia y el temor de sus creyentes, son fomentados con los horrendos castigos eternos y explotados rentablemente por los clérigos (sobre todo en épocas de crisis), además, desde luego, de sus relaciones con los grupos de poder, de cuya estructura de dominación forman parte. El engendro oligárquico se dice católico, aunque confesó públicamente que apenas ha leído unas cuantas páginas, (si es que ha leído alguna), de ese peculiar cacharro llamado Biblia, a veces tedioso, a ratos fantasioso y demencialmente jocoso, la mayor parte arcaico y pedestre, que, de no ser por la Iglesia, probablemente hoy apenas sería una mediocre y olvidable curiosidad libresca, sin la estatura literaria de obras como las de los poetas griegos Homero o Hesíodo, por ejemplo. Una cosa son las creencias individuales, respetables cuando no se busca imponerlas a otros, pero otra es destrozar la Constitución para convertirlas en razón de Estado y arremeter en  contra de los derechos de quienes simplemente no comparten esas tonterías y profesan la pluralidad de pensamiento. Y es peor cuando el atentado responde a ambiciones principescas. Con la promesa casi convertida en realidad, Peña Nieto y los panistas, zalameros, pretenden comprar los bastardos amores religiosos y los votos de los rancios conservadores a costa del Estado laico y de tensar los conflictos sociopolíticos. También buscan granjearse el respaldo de los hombres de presa, ofreciéndoles la cabeza de los esclavos asalariados con la contrarreforma laboral y con lo que queda de los recursos de la nación, entre éstos el sector petrolero, para que, como hienas, terminen de devorar los despojos de la nación.
 
En vez de dar una respuesta económica adecuada a la descomposición social –lo que implicaría el diseño de un modelo de desarrollo socialmente incluyente–, Calderón, como la Iglesia, estimula y manipula las emociones de la población para robustecer el miedo social, mantenerla en una tensión permanente y utilizarla para sus propios fines, con el objeto de tratar de alcanzar la legitimad y credibilidad que no obtuvo con las votaciones. Someterla y radicalizar su proyecto conservador-neoliberal sin mayores resistencias, aislar, desorganizar y reprimir a los opositores, como lo hace cualquier régimen autoritario.
 
La construcción del discurso y la política del miedo no son nuevas en la ideología y los gobiernos autoritarios. La estrategia es sencilla como indica la socióloga Silvia Gutiérrez, ya que las emociones son una construcción social, determinadas por un sistema de creencias, valores culturales y patrones de conducta. El concepto del miedo puede definirse como un sentimiento de angustia experimentado por la presencia o el pensamiento de un peligro, real o imaginario, de una amenaza. Las emociones y el  miedo son manipulables y moldeables para generar un sentido de desorden y una creencia de que las cosas están fuera de control. Sólo es necesario inventar un enemigo, real o difuso, y el peligro que éste representa para la seguridad de las personas y la nación. Reproducir permanentemente ese discurso, bombardear con esa propaganda a la población para mantenerla en un desasosiego constante y estimular sus miedos ante el peligro. Políticamente esa tarea es facilitada cuando se usa el poder del Estado y su presupuesto, los medios de comunicación o de manipulación colectiva, como parte de la estructura de dominación. En esto no hay nada novedoso, salvo sus formas, con la existencia de empresas que se especializan en esas actividades, y las nuevas tecnologías de comunicación que vuelven avasalladora dicha campaña.
 
Durante siglos la Iglesia ha usufructuado del miedo y los mitos del “bien” y el “mal”, aunque su monserga se ha desgastado por su abusivo manoseo y falta de creatividad, su descrédito, (que la hace parecer como la encarnación del “mal”), y por el avance de la ciencia y el pensamiento ilustrado que ha tornado risible su argumentación, la lucha social por la democracia y las libertades que implican la confrontación con las estancadas aguas religiosas. La Iglesia sería feliz con el retorno al feudalismo y sus pestes, como suspira el nostálgico papa senil Benedicto XVI, el iletrado rey de los católicos.
 
Los fachos y los nazis utilizaron al comunismo, los gitanos, o los judíos como “chivos expiatorios” –y estos últimos que aprendieron bien la lección, ahora se comportan igual ante los palestinos y árabes–. Paul J Goebbels, ministro de propaganda de Adolf Hitler –y maestro de Antonio Solá, el franquista a la mexicana “fast track”, experto en guerras sucias y asesor de Calderón y ahora de Josefina Vázquez Mota–, refinó los métodos de manipulación, del terror y control. Estados Unidos recurre a los espantajos del comunismo, los árabes, el terrorismo, los migrantes tercermundistas o los narcotraficantes, e inventará lo que sea necesario para avasallar a su población e intervenir a otras naciones que considere como parte de su difusa seguridad nacional. El expresidente Donald Reagan retoma el “bien” y el “mal”, y George Bush (hijo) sus halcones y los neoconservadores los lleva al extremo a partir de 2011, para justificar su genocida intervención en Irak, Afganistán y en un gran número de países, con el respaldo popular.
 
En plena dictadura militar pinochetista, el principal temor y el miedo social era la criminalidad, de acuerdo con el politólogo Norbert Lechner, y no la subversión de la democracia, el Estado de excepción, la destrucción de los derechos civiles, la imposición de la constitución autoritaria, las miles de personas asesinadas, desaparecidas, encarceladas y exiliadas, o una economía hundida en la estanflación, desempleo y miseria ocasionados por la aplicación y el fracaso de los programas de choque y las contrarreformas neoliberales.
 
El exmandatario Ernesto Zedillo Ponce de León explotó el miedo y el racismo después del irresuelto asesinato del polìtico Luis Donaldo Colosio, y el levantamiento de los indígenas zapatistas, así como el temor generado por el colapso de 1994, en el cual él y Carlos Salinas de Gortari son corresponsables.
 
Fox y Calderón fabricaron y agitaron el temor y el miedo hacia López Obrador. Después el segundo inventó al enemigo del narcotráfico para legitimarse e imponer su proyecto conservador neoliberal. Pero como pasó con Bush, la retórica y política entró en su fase decreciente y contraproducente: el desprestigio, el descontento y las heridas sociales que han generado, provocarán la derrota electoral del panismo este año y en el horizonte se aparece el fantasma del genocidio que ya padece Zedillo.
 
*Economista
 
 
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