Un rompecabezas llamado Bosnia

Un rompecabezas llamado Bosnia

Bosnia y Herzegovina padece aún los estragos del genocidio más reciente en el corazón de Europa. Muchos gobiernos para cada población denotan que la gobernabilidad está todavía muy lejos de conseguirse. Además, el desempleo y la desesperanza campean en una sociedad que no termina de sacudirse las políticas que fomentan el odio y la venganza

Gemma Estrella, texto y fotos / Especial para Contralínea

Sarajevo, Bosnia y Herzegovina. Han pasado 15 años desde el final de la guerra de Bosnia, la última gran guerra en el corazón de Europa. Hoy, Bosnia y Herzegovina se encuentra a medio camino de ninguna parte. Como compañeros de viaje, un rompecabezas institucional de difícil armado y un complejo panorama social.

En diciembre de 1995, la firma del Acuerdo de Paz de Dayton dio por concluida la guerra en los Balcanes, tres años de contienda que cobraron 250 mil vidas, provocaron un éxodo de cerca de 2 millones de refugiados y miles de desplazados internos, muchos de los cuales todavía hoy no han regresado a sus casas. En Dayton se dibujó el rostro con el que Bosnia y Herzegovina miraría al futuro desde ese momento. El Acuerdo dispuso la partición del país en dos entidades, la República Srpska, de mayoría serbia, y la Federación de Bosnia y Herzegovina, compartida mayoritariamente por croatas y bosníacos (bosnios musulmanes). Se construyó un Estado formado de una república y una federación con instituciones y constitución propia, diferentes a la del Estado. El complejo sistema constitucional pactado en Dayton estableció también la rotación de las autoridades en los puestos de poder y marcó un sistema de cuotas en las instituciones públicas para cada uno de los llamados grupos constituyentes: bosníacos, serbios y croatas.

“En Bosnia y Herzegovina hay más gobiernos que jugadores del Barça en la selección española”, bromea, en Sarajevo, Ervin Tokic, un joven de 25 años, estudiante de ciencia política, cuando se le pregunta sobre el gobierno de su país. Bromas aparte, la realidad se acerca bastante a su definición, pues en total se contabilizan 14 gobiernos si al del Estado y las dos entidades se les suman los 10 cantones de la Federación y el del Distrito Brcko.

El deficiente funcionamiento de la administración bosnia es una de las consecuencias de los continuos cambios de los responsables institucionales y de los constantes bloqueos a los que se someten, entre ellos, los tres grupos en el poder. Para que el gobierno del Estado pueda ejecutar cualquiera de las competencias que se le atribuyen, es necesario que un tercio de cada entidad vote favorablemente; esto es, que las autoridades representantes de las tres nacionalidades lleguen a acuerdos. Pero el acuerdo rara vez se materializa: “Bosnia y Herzegovina, como país donde se perpetró el genocidio, no tiene una resolución condenatoria sobre Srbrenica, porque las autoridades serbias lo rechazan”, ejemplifica Ervin Tokic.

Al entramado de instituciones, gobiernos y autoridades de Bosnia y Herzegovina, hay que añadir los poderes que se atribuyeron en Dayton a la comunidad internacional. Un elemento clave de la estructura creada por los Acuerdos de Paz para “facilitar” la gobernabilidad en Bosnia es la figura del alto representante internacional, autoridad incontestable en todo el país que cuenta con el apoyo del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y tiene poderes excepcionales tanto ejecutivos como legislativos, e incluso judiciales. Entre otras decisiones, el alto representante ha impuesto la bandera de Bosnia y Herzegovina, y ha destituido numerosos cargos electos. Entre tanta autoridad, finalmente cabría preguntarse quién manda en el país.

Otra lamentable característica del sistema político que Bosnia heredó en Dayton es la exclusión del proceso electoral de todas aquellas personas que no se identifican con ninguno de los tres grupos constituyentes y a quienes la Constitución denomina “otros”. “El Tribunal de Derechos Humanos dictaminó que la ley electoral de Bosnia y Herzegovina vulnera los derechos humanos, ya que todos los que no son bosníacos, serbios o croatas no se pueden presentar a las elecciones, no tienen el derecho de elegir y ser elegidos”, detalla Tokic.

Incapacidad de gestión, multiplicidad de gobiernos, exclusión y una cada vez más extendida falta de confianza por parte de los ciudadanos son las medallas que le cuelgan del pecho al sistema constitucional de Bosnia y Herzegovina. Gran parte de la población bosnia ve la estructura del Estado y el mal funcionamiento de éste como dos de los mayores lastres que impiden el avance del país. “Ningún país del mundo funcionaría con la política de Bosnia”, afirma Semir Hemic, un joven de 23 años que desde los seis vive como refugiado en España. Su voz es una más en el coral de críticas dirigidas al gobierno. Kasim Piric fue capitán del ejército bosnio en la región de Banovici durante la guerra. Ahora se muestra contundente con el presente del país: “Con esta política, las cosas sólo pueden ir muy mal. Necesitamos tener un único presidente, independientemente de la religión que profese”.

La economía del desempleo

La incapacidad de gestión de la administración agrava la crisis económica que vive el país desde que terminó la guerra. El sistema económico, todavía débil, no ha logrado iniciar un proceso de recuperación en estos 15 años de paz. Los fondos destinados por parte de la comunidad internacional no han sido suficientes para estabilizar un país que pasó del comunismo a la guerra y de ahí al capitalismo voraz. El 42 por ciento de la población está desempleado, según cifras oficiales. Safer, un joven de 26 años originario de Srbrenica, terminó sus estudios en 1999 y todavía no tiene trabajo; forma parte del 60 por ciento de los jóvenes que no tienen empleo, según una encuesta que publicó recientemente el periódico Oslobodjenje.

Jusuf Avdic, minero de la región de Banovici, se muestra indignado al explicar las nulas expectativas que ofrece el país a las nuevas generaciones: “Aquí no hay perspectivas de futuro, no hay trabajo, no hay nada”. Semir Hemic le da la razón y añade que “es difícil vivir en otro país. Todo el mundo ama a su tierra, pero aquí, aparte de mi familia, no tengo nada. No hay trabajo para los jóvenes de mi edad”.

Con el pasado más reciente pisándoles los talones, caminando el presente a marchas forzadas y ante un futuro incierto, Avdic recuerda con nostalgia los tiempos anteriores a la guerra: “Me gustaría ver la Bosnia de antes, la Bosnia que tenía fábricas, donde la gente trabajaba”. El problema es que, en materia de economía, regresar a esa Bosnia es tarea difícil. “En estos 15 años ha cambiado tanto el mundo que tendrán que potenciar un tipo de economía diferente a la que estaban acostumbrados. Las grandes fábricas que antes estaban allí se instalan ahora en China o Tailandia, pero no regresarán a Europa”, comenta Judit Aixalà, responsable de los Balcanes, de la organización no gubernamental, con sede en Barcelona, Igman Acció Solidària, que trabaja en Bosnia desde el inicio de la guerra.

La economía de Bosnia y Herzegovina no ha logrado ser competitiva. Antes de la guerra, la estructura económica del país se asentaba en la industria básica, metalurgia, minas y energía; hoy la industria de servicios domina la economía de uno de los países más pobres de Europa. “Una muestra de la incapacidad del gobierno para organizar una buena estrategia económica está en la gran cantidad de centros comerciales que hay y que, además, son de propiedad extranjera”, opina Ervin Tokic. Él, como dos tercios de la juventud de Bosnia y Herzegovina, espera terminar sus estudios para marcharse de un país que no les ofrece oportunidades.

Para acabar de trazar la imagen económica de Bosnia, es indispensable diferenciar entre tres mundos completamente diferentes: el rural, el urbano y Sarajevo.

En medio del desierto bosnio, aparece, como un espejismo, Sarajevo. Una ciudad cosmopolita, cultural, aparentemente recuperada, llena de centros comerciales y de gente guapa y elegante paseando por sus calles. Una ciudad en la que uno puede olvidarse de la guerra, la crisis y el desempleo, pero no siempre es oro todo lo que reluce. “Sarajevo es pura apariencia: un 40 por ciento de la gente que ahí vive está desempleada. Todo afuera es maravilloso. Al interior, las casas están vacías”, explica Judit Aixalà.

El pasado por resolver

En junio de 1995, el genocidio de Srbrenica puso el vergonzoso punto final a la guerra de Bosnia. Más de 8 mil hombres, entre 16 y 60 años, fueron asesinados; 40 mil personas tuvieron que huir de la ciudad para salvar sus vidas. Han transcurrido 15 años y las familias siguen esperando que se identifique a sus víctimas. Hasta ahora se han enterrado 4 mil 524 cuerpos. Este año se realizó el funeral de 775 víctimas; quedan otras 4 mil por identificar. Aun sabiendo la gravedad de lo ocurrido, en el Acuerdo de Paz de Dayton se entregó Srbrenica a la República Srpska, la región habitada mayoritariamente por población serbia.

En un comunicado emitido hace unos meses, el parlamento de Serbia condenó “con fuerza el crimen cometido contra la población bosnia en Srbrenica”; a pesar de ello, sigue sin aceptar el genocidio. Misma actitud que la República Srpska, parte integrante de Bosnia y Herzegovina, que niega lo ocurrido en el pasado más reciente y su responsabilidad en ello. “Los bosníacos son una nación muy tolerante; están dispuestos a perdonar a alguien que les ataca. Por qué negar algo que pasó, subraya Ervin Tokic.

“El futuro empieza por aceptar el pasado, poner ante la justicia a los culpables del genocidio y de los crímenes que se hicieron en toda Bosnia”, afirma Amra Avdic. Amra, abogada originaria de Bratunac, una ciudad ubicada a tan sólo 10 kilómetros de Srbrenica, huyó con su familia a Holanda en 1994. “Me gustaría regresar, pero antes han de resolverse las cosas que han pasado. No quiero tener miedo de que alguien me mate en mi casa”, asegura.

El pasado cae en la espalda de un país en el que perviven el miedo y el odio y que ve cómo la justicia no llega. Mohamed Omerovic es uno de los supervivientes del genocidio; llegó a Srbrenica con su tropa en marzo de 1993 y logró escapar del fatídico 12 de julio de 1995. Omerovic señala a la clase política como responsable de manipular el dolor de la gente a su favor: “Sí que hay odio porque se está explotando, se presenta a través de la gran política, a través de todos aquellos que se quieren proteger a sí mismos, fomentado el miedo en los demás”.

Kasim Piric se pregunta, en cambio, si es posible dejar de odiar a la gente que mató a su pueblo: “Yo no odio a las personas serbias, pero sí a todas aquéllas que cometieron los crímenes de Srbrenica y de toda Bosnia. Odio a aquellas personas a quien Europa y el resto de la comunidad internacional deberían meter en la cárcel”. Son las diferentes caras de una misma realidad, de una guerra que quizá ya no provoque muertes, pero cuyas secuelas todavía no terminan.

Pensar el futuro, una difícil tarea

Resulta complicado hablar del futuro en un país con un presente tan complejo como el de Bosnia y Herzegovina, sumido en una profunda crisis económica; con una sociedad totalmente fracturada y el dolor profundamente arraigado. Para Ervin Tokic, la guerra está muy presente en la memoria de la sociedad bosnia: “Cuando uno camina por la Avenida de Tito, no ve agujeros en las paredes, pero todavía quedan agujeros en la mente y los corazones de las personas. Puede ser que los extranjeros no vean restos de la guerra, pero nosotros sí”. Añade: “No puedes construir un futuro si no reconoces lo que ha pasado; no pueden existir dos verdades, no pueden existir dos historias en el mismo lugar, porque entonces una es mentira y la otra es verdad”.

A Amra Advic no le resulta sencillo intentar divisar el futuro de su país: “No me veo capaz de decir nada sobre el futuro. Cuando veo a esta gente joven cargando los ataúdes de unos padres a los que no conocieron y que llegan aquí a Srbrenica para enterrarlos, los veo y no puedo saber lo que pasa por sus cabezas”. A pesar de ello, Amra tiene la esperanza de que no se volverán a cometer los mismos errores del pasado: “Confío en que si toda la gente que vive aquí mira en la misma dirección, iremos adelante”. Como muchos otros bosnios, Mohamed Omerovic considera indispensable cambiar el presente para poder pensar en el futuro: “Es necesario que Bosnia y Herzegovina se dote de un sistema que respete los derechos de las personas, donde nadie tenga miedo de los demás y que no destroce a las generaciones futuras”.

Según Vicenç Fisas, titular de la Cátedra Unesco sobre Paz y Derechos Humanos de la Universidad Autónoma de Barcelona, “la reconciliación en sociedades que salen de un conflicto armado finalmente es un proceso largo, complejo y necesario, porque no es posible construir una sociedad en paz cuando pervive el odio y la desconfianza entre sus miembros”. Bosnia tiene derecho a la paz; sus habitantes, fuerza y esperanzas depositadas en intentar construir un futuro a pesar de la oscuridad del presente. Pero para ello hay que dar algunos pasos indispensables, como la entrega y juicio de criminales de guerra que, como Ratko Mladic, siguen desaparecidos.

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