‘Affaire’ Epstein y guerra cognitiva

‘Affaire’ Epstein y guerra cognitiva

Ilustración Gemini IA

Hacer que se pudra la moral de los pueblos no es un daño colateral, es una estrategia central; un pueblo moralmente descompuesto es más gobernable, manipulable y menos exigente. Cuando la dignidad deja de ser una expectativa razonable, cualquier migaja parece un favor; la indignación selectiva reemplaza a la ética estructural y el morbo sustituye al análisis. La guerra cognitiva no busca producir sujetos malvados, sino sujetos desmoralizados, incapaces de imaginar una vida común que no esté atravesada por la humillación y el abuso.

Convertir la putrefacción moral burguesa en destino es una profecía interesada; aceptarla es capitular; desmontarla exige lucidez, lenguaje, organización y una imaginación política capaz de pensar más allá del cinismo. Allí, donde la guerra cognitiva apuesta por la confusión la tarea histórica es la claridad; donde promueve la desmoralización, la reconstrucción paciente de un nosotros que no se rinda al grotesco ni a la impunidad. Porque la moral de los pueblos no muere sola, la matan; y lo que se mata, también puede defenderse.

Ahora el affaire Epstein no será tratado por el poder como una herida que exige verdad, justicia y reparación, más bien, como un yacimiento narrativo a explotar en la guerra por el sentido. En la lógica de la guerra cognitiva, los hechos importan menos que sus efectos simbólicos; y la verdad, menos que la administración estratégica de la confusión: el objetivo no es esclarecer, es intoxicar; no es despertar conciencia, sino erosionarla. El escándalo se convierte en munición semiótica, un proyectil destinado a perforar la confianza colectiva, disolver los marcos éticos compartidos y consolidar la sensación de que todo está perdido y nada merece ser defendido.

Se trata de una operación que es sofisticada y multiforme: primero, la saturación, una avalancha de datos inconexos, nombres lanzados sin contexto, hipótesis contradictorias, filtraciones dosificadas y silencios calculados; el exceso informativo no ilumina, enceguece. El cerebro social, sometido a una sobrecarga permanente, aprende a desconectar y relativizar por completo; a sospechar de todo sin comprometerse con nada. La indignación, convertida en estímulo repetitivo, pierde filo y se transforma en cansancio moral. Cuando todo es escándalo, nada lo es.

Luego, la banalización: el horror es envuelto en una estética de serie, documental o meme; la violencia se vuelve consumible, comentable e “interesante”; las víctimas se diluyen en el espectáculo y los victimarios adquieren un aura casi mítica, mitad monstruos, mitad celebridades; y el crimen deja de ser una interpelación ética y se convierte en contenido. En ese tránsito, la moral se licúa, por lo que ya no se pregunta qué hacer frente a lo intolerable, más bien, prevalece el qué opinar, compartir y olvidar.

Otra táctica clave es el cinismo inducido: se instala la idea de que “todos son iguales”, que la corrupción y la perversión son universales e inevitables; no hay culpables claros, sólo un pantano indistinto. Esta equivalencia moral no busca justicia, sino parálisis; si todo está podrido, nada merece ser transformado. El descreimiento generalizado se convierte en una forma de desarme social, pueblos que no creen en nada difícilmente luchan por algo. La desmilitarización no es sólo material, es emocional, ética y simbólica.

En paralelo se activa la fragmentación: el caso es utilizado para enfrentar sensibilidades, identidades, bandos políticos y generaciones. Cada grupo recibe una versión adaptada a sus prejuicios y miedos, por lo que la verdad se atomiza en burbujas incompatibles. No hay relato común, duelo compartido ni horizonte de acción colectiva; la comunidad interpretativa se rompe y con ella la posibilidad de una respuesta organizada. La guerra cognitiva no necesita convencer a todos de lo mismo, le basta con impedir que muchos se pongan de acuerdo en algo.

En este escenario prospera la figura del bizarro burgués: un sujeto grotesco, obscenamente seguro de sí, que se exhibe como síntoma y modelo; no necesita respetabilidad, se alimenta del escándalo; su poder no radica en la autoridad moral, sino en la provocación permanente, en la capacidad de normalizar lo inadmisible mediante la repetición y la risa cínica. Este personaje no gobierna pese a la decadencia moral, lo hace gracias a ella. En un mundo donde la ética ha sido ridiculizada, el grotesco se vuelve verosímil y la brutalidad eficiente.

Tal affaire Epstein −administrado de este modo− funciona como una pedagogía oscura: enseña que la élite es intocable, que la justicia es una ficción administrada y que el cuerpo del otro puede ser usado sin consecuencias si se pertenece al club adecuado. Pero enseña algo aún más peligroso: resistir es inútil, la verdad no libera y saber no cambia nada. Esa lección −repetida hasta el hartazgo− es la victoria más profunda del poder. Sin embargo, toda operación semiótica encierra su propia fragilidad, la misma obscenidad que se usa para corroer puede convertirse en detonante de una conciencia crítica si se la arranca del espectáculo y se la devuelve al terreno de lo político.

La guerra cognitiva teme, por encima de todo, a la recomposición del sentido, a la articulación de memorias, a la palabra que nombra con precisión y se organiza. Por eso el desafío no es consumir el escándalo, es desactivarlo como arma del enemigo, rescatar a las víctimas del ruido, señalar las estructuras y no sólo los nombres, reconstruir una ética que no sea ingenua pero sí innegociable.

Y el affaire Epstein funciona como un síntoma obsceno de la degradación contemporánea del humanismo porque exhibe −sin velos− la coexistencia entre un discurso civilizatorio que invoca derechos, progreso y filantropía; y una práctica sistemática de cosificación extrema de cuerpos vulnerables al servicio del poder económico, político y simbólico. No se trata sólo de crímenes individuales, sino de una arquitectura social que permitió, protegió y, durante años, silenció redes de élites que trataron a niñas y adolescentes como mercancía intercambiable, mientras sostenían públicamente una retórica de responsabilidad social y beneficencia.

En ese hiato entre lo que se dice y lo que se hace se fractura cualquier pretensión humanista, cuando la vida del otro vale menos que la reputación de un poderoso, la impunidad se compra y el sufrimiento se administra como daño colateral: el humanismo queda reducido a simulacro. Jeffrey Epstein no es una anomalía del sistema, es una de sus verdades más brutales; la prueba de que, bajo el orden imperial del capital, la dignidad humana puede ser suspendida selectivamente sin que el sistema colapse, precisamente porque ha aprendido a separar el lenguaje de los valores de la realidad material de las prácticas.

Por tanto, el affaire Epstein no es un escándalo más en la vitrina obscena de la actualidad, un episodio marginal de corrupción sexual ni una anomalía moral atribuible a individuos “desviados”. Más bien, es una grieta profunda en el relato civilizatorio contemporáneo y una herida simbólica que deja al descubierto la arquitectura real del poder bajo el capitalismo tardío. Lo que allí se exhibe no es sólo la violencia sexual sistemática contra cuerpos vulnerabilizados, sino la existencia de una economía política del abuso, perfectamente integrada a las lógicas de acumulación, impunidad y fetichización del poder.

Epstein no es el monstruo aislado que el espectáculo mediático necesita para cerrar el caso, es un síntoma, una condensación brutal de relaciones sociales que hacen posible, rentable y protegida la depredación humana. Por eso el golpe no es únicamente jurídico ni moral en sentido individual, es ontológico contra la idea misma de humanidad que el sistema dice defender mientras la devora.

Y el capitalismo, en su fase actual, no se limita a explotar fuerza de trabajo o a mercantilizar bienes materiales: avanza hacia la colonización integral de la vida, del deseo, tiempo, cuerpo y sentido. En ese contexto, la sexualidad deja de ser una dimensión íntima o relacional para convertirse en territorio de extracción, mercancía de alto valor simbólico y moneda de intercambio entre élites.

El abuso sexual de menores, lejos de ser un “exceso” incompatible con el sistema, aparece como su expresión más desnuda: cuerpos reducidos a objetos de uso, capital erótico administrado por redes de poder económico, político y mediático. La indignación pública suele detenerse en el horror del acto, pero rara vez avanza hacia la crítica de la estructura que lo hace posible y que −de hecho− lo necesita. El silencio cómplice, las muertes convenientes, los archivos sellados y los nombres que no se pronuncian forman parte de un mismo dispositivo de reproducción del orden.

Hay en todo esto una dimensión semiótica fundamental, el capitalismo no sólo produce hechos, produce sentidos; construye narrativas de excepcionalidad, de manzanas podridas y errores del sistema que por sí mismo corregirá. Así, el affaire se convierte en serie, documental y consumo morboso que anestesia la potencia política del escándalo. La repetición de imágenes y testimonios −desprovistos de una lectura estructural− termina banalizando el horror; se llora a las víctimas mientras se preserva intacta la maquinaria que las fabrica; la moral dominante se indigna selectivamente con una ética de baja intensidad que no incomoda a los centros reales de poder. Esa moral es funcional y permite canalizar la rabia sin transformar las condiciones que la generan.

Entonces, el verdadero golpe moral reside en la constatación de que la vida humana −en el corazón del sistema− vale menos que la rentabilidad y reputación de los poderosos, y que la estabilidad de los mercados. Cuando una red de abuso puede operar durante décadas con total impunidad, no estamos ante una falla, sino ante un éxito sistémico. El capitalismo demuestra allí su coherencia interna: protege aquello que garantiza la reproducción del privilegio, incluso si para ello debe sacrificar la infancia, la dignidad y la verdad. La idea ilustrada de progreso, derechos universales y humanidad compartida se revela como un decorado retórico que cae al primer contacto con la realidad del poder desnudo.

Este escenario interpela de manera urgente la necesidad de un movimiento humanista mundial de nuevo género, no como consigna abstracta ni reedición nostálgica de humanismos domesticados por el sistema, sino como una praxis radical que parta del reconocimiento de la vida como valor no negociable.

Su affaire Epstein irrumpe como una grieta obscena en el relato con el que la modernidad tardía pretendía legitimarse a sí misma. No se trata sólo de un crimen ni de una red de delitos sexuales cometidos por una élite blindada, más bien de un síntoma concentrado de una patología civilizatoria más amplia, la conversión de la vida humana en mercancía, del cuerpo en objeto transable y del poder en una licencia para la impunidad.

En ese espejo roto se refleja una humanidad que ha tolerado, normalizado e, incluso, celebrado un sistema de relaciones sociales donde el dinero opera como principio de absolución y la riqueza como coartada moral. El escándalo no es únicamente lo que se hizo, también de todo lo que fue posible porque ya estaba preparado el terreno simbólico para que ocurriera sin consecuencias durante décadas.

Toda la conmoción ética que produce este episodio no nace de la sorpresa, pero sí del reconocimiento. Reconocemos en él la lógica desnuda de un orden que ha disociado −radicalmente− valor y dignidad, éxito y responsabilidad, acumulación y sentido. El capitalismo contemporáneo no sólo organiza la producción y el consumo, coloniza el imaginario, educa el deseo, jerarquiza los cuerpos y administra la sensibilidad. En ese régimen, algunos cuerpos son hiperprotegidos y otros desechables; algunas voces amplificadas y otras condenadas al silencio; algunas infancias blindadas y otras ofrecidas como botín. La violencia no aparece como una anomalía sino como un subproducto lógico de una racionalidad que mide todo en términos de rentabilidad.

Por eso, el caso no puede leerse como una desviación individual ni como una suma de perversiones privadas. Es una estructura que se reproduce en la opacidad de los paraísos fiscales, en la diplomacia de los privilegios, en los medios que banalizan el horror y en las instituciones que administran justicia con una vara desigual. El poder económico no sólo compra voluntades, compra tiempo, borra rastros, reescribe narrativas y produce olvido. La muerte o desaparición de la verdad se vuelve un procedimiento técnico, una gestión más dentro de la contabilidad del sistema.

Lo verdaderamente devastador es el daño simbólico, la erosión de cualquier confianza en la idea de humanidad compartida; cuando las víctimas comprenden que la ley no las nombra, que el Estado no las defiende y que la sociedad las consume como espectáculo, se produce una fractura profunda en el lazo social. La humillación no termina en el acto violento, continúa en el descreimiento, en la sospecha permanente de que no existe un “nosotros” capaz de proteger a los más vulnerables. El cinismo se expande como una pedagogía negativa: aprender que nada importa, que todo tiene precio y que la moral es una escenografía útil sólo para los discursos.

Frente a esta devastación, no alcanza con la indignación episódica ni con la justicia administrada como control de daños. Lo que está en crisis es una concepción del mundo que naturaliza la desigualdad extrema y la viste de mérito. El capitalismo en su fase actual no se limita a producir pobreza material, produce pobreza ética, desnutrición simbólica y analfabetismo emocional; pudre el sentido de lo común al imponer una competencia permanente que transforma al otro en obstáculo o recurso. En ese clima, la violencia estructural se vuelve invisible porque se confunde con normalidad.

De ahí la urgencia de un movimiento humanista mundial de nuevo género, no como consigna nostálgica ni como retorno a abstracciones vacías, más bien como una praxis crítica capaz de disputar el significado mismo de lo humano. Un humanismo que no se limite a proclamar derechos mientras tolera las condiciones que los hacen imposibles, sino que se atreva a confrontar las bases materiales, simbólicas y mediáticas del orden vigente; asimismo, que no se limite a entender la dignidad solo como atributo individual aislado, también como construcción colectiva sostenida por instituciones justas, economías solidarias y culturas del cuidado.

Ese nuevo humanismo no puede ser neutral ni complaciente, debe asumir que el conflicto es constitutivo y que la transformación exige organización, pedagogía y voluntad política. No se trata de moralizar a los individuos sino de desmantelar las arquitecturas de la impunidad; recuperar la centralidad del cuerpo como territorio de derechos y no como mercancía; de reinscribir la economía en la ética y no al revés; así como producir un imaginario donde el éxito no sea medido por la acumulación y sí por la capacidad de generar bienestar común.

Y la tarea es también semiótica: disputar los signos con los que se narra la realidad; nombrar la violencia como lo que es y no como exceso; nombrar la explotación por sí misma y no como oportunidad; nombrar a las víctimas como sujetos y no como daños colaterales. Mientras el lenguaje siga secuestrado por la lógica del mercado, la crítica será absorbida como estilo y el horror reciclado como contenido. Romper ese cerco implica crear otras narrativas, rituales de memoria, formas de sensibilidad que hagan intolerable lo que hoy se tolera.

Y es que, el golpe moral que representa este affaire puede convertirse en un punto de inflexión o en un capítulo más del archivo de escándalos digeridos por el sistema; todo depende de la capacidad colectiva para leerlo como advertencia y no como anécdota. La humanidad no se pierde de una vez, se erosiona lentamente cuando acepta que algunos pueden vivir por encima de la ley y otros por debajo de la dignidad. Resistir esa deriva exige algo más que reformas cosméticas: una rehumanización radical de la política, la economía y la vida cotidiana.

Si el capitalismo está pudriéndolo todo es porque logra presentarse como el único horizonte imaginable. La tarea histórica es devolverle al mundo la posibilidad de otros horizontes, donde la justicia no sea una excepción heroica y la ética no sea un lujo retórico. Un movimiento humanista de nuevo género no promete pureza ni salvación, pero sí la reconstrucción paciente de un suelo común donde la vida no sea sacrificable; en ella se juega algo más que la respuesta a un escándalo: la posibilidad misma de seguir llamándonos humanos.

 

Fernando Buen Abad Domínguez*

*Doctor en filosofía

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