La prosperidad compartida y la clase trabajadora mexicana

La prosperidad compartida y la clase trabajadora mexicana

FOTO: GEMINI IA

Estamos viviendo una nueva economía política mexicana con un Estado que, a través de una participación activa en la coordinación del desarrollo conjunto de la economía nacional, está recuperando su atribución de corregir las deficiencias funcionales propias del mercado. Sobre este escenario, los gobiernos de la Cuarta Transformación han establecido como aspecto prioritario de la política económica la mejora en los sistemas y mecanismos de distribución. En la entrega anterior hablamos de los cambios que representó el Nuevo Modelo de Justicia Laboral impulsado por el Presidente López Obrador para este propósito (https://replug.link/9abc9b8e)

En la misma línea, la administración encabezada por la presidenta Claudia Sheinbaum ha establecido como principio rector la búsqueda de una prosperidad compartida. Esto nos invita a retomar una discusión que durante décadas fue anulada en los espacios de reflexión económica: la distribución del ingreso en función de las clases sociales. Pues resulta de suma importancia comenzar a desarrollar la capacidad organizativa e intelectual que permita a la clase trabajadora mexicana insertarse en las actuales discusiones sobre los retos que enfrenta el país en este momento de transición. Para ello, en esta entrega nos hemos propuesto exponer la relevancia de los análisis que se realizan desde una perspectiva de clase.

El estudio de las clases sociales ha sido un tema de gran interés desde la segunda mitad del siglo XIX. Numerosos teóricos destinaron sus esfuerzos a tratarlo desde distintas disciplinas como la sociología, la historia y la economía; y distintos paradigmas, entre los cuales, en términos muy generales, se pueden distinguir el tradicional y marxista (entendido por algunos como radical). Sin embargo, a partir de la década de 1980 con la llegada del neoliberalismo a nuestro país, este tipo de estudios más allá de verse reducidos en cantidad, comenzaron a presentar una disminución de aporte teórico-empírico.

Los pocos trabajos que resistieron a la imposición de la ideología neoliberal que alcanzó incluso a las universidades públicas presentan las siguientes limitaciones, propias de una perspectiva liberal:

1) Utilizan criterios ambiguos para hacer la diferenciación social. Los más frecuentes son clase alta, clase media y clase baja; los cuales se determinan principalmente en función del nivel de ingreso de las personas, es decir, sin considerar la posición en la ocupación y los antagonismos estructurales que se puedan presentar. Por ejemplo, en estos análisis no se toma en cuenta el lugar de las personas ocupadas dentro del sistema de producción; lo mismo da si son propietarios de empresas, campesinos, profesionista o trabajadores asalariados, limitación que provoca un caldo de cultivo para posturas que fácilmente se vinculan con argumentaciones fascistas, dirigidas a justificar las diferencias de ingreso en función de la autoestima de las personas, el género o las razas.

2) Es común ver que, bajo el lema de estudiar la verdad, dejan de lado las necesidades verdaderas. Dicen enfocarse en la esencia humana, pero lo hacen solamente  a través de postulados psicológicos que vinculan con los llamados gustos y preferencias de los consumidores, o bien, con las aptitudes o el empeño de los individuos. Es decir, analizan a un sujeto que no pertenece a ninguna clase para, supuestamente, alcanzar una absurda pretensión de “neutralidad” a la hora de estudiar a la sociedad, lo que genera no sólo imprecisiones, sino también importantes errores conceptuales. Por ejemplo: por más que un individuo registre un aumento bastante significativo en su ingreso salarial, se debe tomar en cuenta que no por ello deja de presentar una relación de subordinación (no deja de ser asalariado). Otro aspecto a considerar consiste en el análisis de la división de trabajo social, y con ello, las distintas profesiones que derivan. En términos sencillos: los miembros de cierta clase social van a decidir tal o cual profesión y no a la inversa. Y como muestra, basta con ver cómo los hijos de los capitalistas, cuando eligen ejercer una profesión, por lo general se inclinan a las vinculadas con los puestos de mando y dirección, lo que también explica el tipo de carreras que se imparten en las universidades privadas.

Ahora bien, desde la perspectiva marxista, una de las definiciones más utilizadas del concepto de clases sociales es la de Lenin : “son grandes grupos de personas que se diferencian entre sí por el lugar que ocupan en un sistema de producción social históricamente determinado, por las relaciones en que se encuentran con respecto a los medios de producción (relaciones que las leyes refrendan y formulan en su mayor parte), y por el papel que desempeñan en la organización social del trabajo, y, consiguientemente, por el modo y la proporción en que perciben la parte de la riqueza social, de que disponen. Las clases son grupos humanos uno de los cuales puede apropiarse del trabajo de otro por ocupar puestos diferentes en un régimen determinado de economía social.”

Como se puede observar, en esta definición se plantea de manera muy clara que la existencia de las clases sociales tiene sus bases en las condiciones económicas de cada uno de los individuos de la sociedad, independientemente de la voluntad o los deseos que cada uno de ellos pudiera tener. Y por condiciones económicas, no se está haciendo referencia al nivel de ingresos o posesión de riquezas, sino más bien, al lugar que ocupan en el sistema económico.

Para aterrizar esta idea, dentro de una lógica de producción capitalista existen dos grupos sociales antagónicos: los explotados y los explotadores. El origen de esta dicotomía responde al lugar que cada uno de ellos ocupa en la estructura económica, determinado a su vez por la relación de propiedad (o no propiedad) con respecto a los medios de producción, ya que esta condición explica la forma en la que se distribuye el producto que se genera en la sociedad. De ahí que las relaciones de propiedad son las que constituyen el eje de este sistema, ya que la clase trabajadora, al no poseer la propiedad de los medios con los que produce, la atribución de decidir cómo utilizarlos, ni qué producir o para quién hacerlo, siempre entrega parte de susresultados a la clase capitalista bajo la forma de plusvalía.

Aceptando esta condición, cualquier análisis de clase riguroso debe considerar que en toda sociedad dividida de esta manera existe lucha de clases, la cual es:

1. Objetiva: No depende de la voluntad de algunos individuos ni se explica por el hecho de que los empresarios sean potencialmente avaros (que lo son). Lo medular aquí es entender que el análisis es entorno a la lucha de clases, no a la lucha de individuos, por lo que negar su existencia es como si se negara la ley de la gravedad, y con ello creer que evitaremos caernos.

2. Dicotómica: Parte de la existencia de explotadores y explotados. No pueden existir explotados si no existen explotadores. Las relaciones son las que generan a los individuos, no a la inversa, y sin explotación no habría ni explotadores ni explotados.

3. Antagónica: La lucha se presenta y gira entorno al proceso de valorización. La valorización de una clase depende causalmente de la desvalorización de la otra.

4. Estructurante: Produce una racionalización/ideologización en función de la posición de una clase o de otra, lo que conlleva a la reinterpretación radical de todos los contenidos de voluntad. En forma sencilla, implica la imposición de una moral económica que se presenta como una moral universal.

Esto nos ayuda a desmentir un concepto que hoy está muy de moda pero que no explica nada: la clase media. Comencemos a interiorizar que la clase capitalista no puede existir al margen de la clase trabajadora y viceversa. Por ello, los esfuerzos del neoliberalismo por desaparecer de los debates económicos a la clase trabajadora deben ser superados.

Carolina Hernández Calvario*

* Académica de la UAM Iztapalapa. Estudió la licenciatura y el doctorado en economía por la Facultad de Economía de la UNAM, y la maestría en estudios latinoamericanos, en la Facultad de Filosofía y Letras. Su campo de especialización es en economía política.

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