Niñas, niños, personas adultas y ancianas pertenecientes a las comunidades triqui, mazahua y otros pueblos indígenas protestan contra la política de la CDMX para reducir el ambulantaje, y también exigen vivienda digna. Para los afectados, esta es una más de las expresiones violentas de discriminación y segregación por las que atraviesan desde su infancia. Y es que, como parte de las labores encaminadas a “embellecer” la capital de cara a la Copa Mundial de Futbol 2026, en las semanas pasadas, el gobierno local ha empezado el retiro de comerciantes informales, sin diferenciar a los desplazados internos de pueblos originarios que venden sus artesanías para sobrevivir. A la par de estas acciones, se exacerba el fenómeno de la gentrificación: dueños de departamentos y casas desalojan a los inquilinos en espera de rentar –mediante apps como Airbnb– esos espacios para los turistas
Con el cielo cubierto de nubes aborregadas, los rayos del sol pierden fuerza. En la Plaza de la Constitución recala el frío, y prendas gruesas cubren a la mayoría de las personas. Regina Ramírez no porta la típica chamarra con mangas abombadas, sino su prenda típica hecha con telar, color rojo carmesí, que se extiende desde sus hombros hasta los tobillos; la parte del cuello está finamente adornada con triángulos que representan al sol. En el pecho luce un bordado que simboliza sus tierras y cosechas con un sembradío de maíz; mientras que listones de diferentes colores que aluden al arcoíris cuelgan en la parte posterior de la vestimenta. Regina porta su huipil, que descubre sus orígenes: la comunidad triqui de Oaxaca, desplazada a la capital del país.
A su espalda, formadas cuidadosamente, se erigen decenas de estructuras metálicas en forma de maduros nopales, pintadas cada una con diferentes temáticas. Durante la inauguración de esa exposición, el 9 de enero de 2026, la jefa de gobierno capitalino, Clara Brugada Molina, destacaba la figura de esta cactácea como muestra de la historia de México –lugar nacido de la expedición mexica– que también expresa identidad y cultura.
La reivindicación de las poblaciones originarias, asentadas miles de años atrás en el territorio nacional, se expande desde ese día en la Plaza de la Constitución. Pero la realidad actual de esos pueblos indígenas en la capital del país es distinta: en uno de los costados de la plancha, a la altura de la calle 20 de noviembre, se extienden hileras irregulares de casas para acampar cercadas por vallas metálicas.
Esas casas de campaña albergan a niñas, niños, personas adultas y ancianas –pertenecientes a las comunidades triqui, mazahua y otros pueblos indígenas– que protestan contra la política gubernamental de la Ciudad de México que busca reducir el ambulantaje, y por la exigencia de vivienda digna. Ello, porque en semanas pasadas fueron removidos de las zonas donde estaban acostumbrados a vender sus artesanías y, en su percepción, fueron desplazados a lugares que no cumplen con sus necesidades. Al respecto, los afectados denuncian que ésta es una más de las expresiones violentas por las que atraviesan desde su infancia, marcadas por la discriminación y la segregación.
Y es que, como parte de las labores encaminadas a “embellecer” la capital de cara a la Copa Mundial de Futbol 2026, el gobierno capitalino realiza el retiro de vendedores ambulantes, sin diferenciar a quienes proceden de pueblos originarios y venden sus artesanías para sobrevivir. A la par, estas mismas comunidades sufren una doble segregación, porque en la CDMX se empieza a exacerbar el fenómeno de la gentrificación: dueños de departamentos y casas desalojan a los inquilinos en espera de rentar –mediante apps como Airbnb– esos espacios para los turistas.

La discriminación está latente y traspasa tiempo-espacio
Linda López y Regina Ramírez son, al igual que sus familias, migrantes internas procedentes de Oaxaca. En entrevista para Contralínea, denuncian que –debido a la falta de oportunidades en sus comunidades de origen– decidieron buscar una vida mejor en la capital de México. Ello, relatan, con la finalidad de “alcanzar algo más sólido para nuestros hijos, para la familia, porque nuestros papás lamentablemente no tuvieron esa posibilidad o recursos para estudiar. Entonces ellos vienen con la ilusión de enseñarnos mejor, de hacernos crecer, de hacernos ver que hay más posibilidades que sólo trabajar la tierra, que no es malo, pero es muy mal pagada”.
El campo ya no es como antes. Dicen que tratan de mantener las cosechas de maíz y plátano en sus terrenos, pero ya no es sostenible la vida con esa actividad. De modo que, al llegar a la capital del país, lo hacen con ilusión de mostrar a la sociedad su cultura e identidad: “de decir quiénes somos nosotros los indígenas”. Y que también tienen derecho de vivir aquí, en la capital.
Regina detalla el cambio “radical” de vida que ha sufrido desde que salió de Oaxaca: desde un inicio, fue objeto de burlas e insultos. Por ello, lamenta que para ofenderla, algunas personas le decían “india”.
Pero la discriminación no se limita a las palabras. Regina comenta que sufrió rechazo por su color de piel, incluso por su cabello. Como ejemplo, cita que una profesora le sugirió “modernizarse” y cortarse el pelo. “Pues cómo, si eso me identifica: uno cuando viene al pueblo lo que le gusta mucho es la cabellera larga”, explica, mientras acaricia su abundante cabellera.
De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Discriminación, elaborada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, el 28.2 por ciento de la población indígena en México reportó ser víctima de discriminación en 2022. Por su parte, la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica de 2023 reveló que 39 millones 200 mil mexicanas y mexicanos se identificaban como indígenas, es decir, el 30.3 por ciento de la población en ese momento.
Regina narra que hasta la fecha su sobrina vive en carne propia esta discriminación: “se siguen burlando [de ella] por hablar una lengua [la triqui]”. En la familia, dice, se le señala que no debe sentir vergüenza por ello: la lengua materna “es la que te define como persona, como humano”.
Obstáculos en Ciudad de México
Ubicado entre el antiguo edifico del ayuntamiento y el edificio de gobierno de la Ciudad de México, el plantón del Movimiento de Unificación y Lucha Triqui Independiente (MULTI) parece acostumbrada a la vida allí. Una adulta mayor sostiene hilos de un tubo, con destreza teje en telar de cintura. Del otro costado, hombres y mujeres elaboran pequeñas pulseras en diversos colores.
Desde hace casi un mes llegaron al Zócalo capitalino para mostrar a las personas su sentir. “Alto a la guerra contra los pueblos indígenas”; “la vivienda no es un privilegio, es un derecho”; “la gentrificación expulsa la dignidad de los pueblos indígenas”, son algunas de las consignas que sostienen en ese espacio, el cual está cercado por múltiples vallas extendidas de esquina a esquina, vigilada frecuentemente por policías.
En medio del invierno, sus pertenencias no alcanzan a desviar el frío en la oscuridad, ni el viento que enchina la piel. Actualmente no tienen un hogar, las rentas son impagables para lo poco que les genera su venta; incluso los que tienen una vivienda se amontonan unos con otros.
Las y los vendedores triquis viven donde se puede; muchas veces eso significa dormir donde también se les permite vender. Desde hace unas semanas que están en el plantón, enfrentan las penurias de vivir en la calle, sin agua ni servicios básicos. En la capital de la nación, sostienen que encuentran “el doble de dificultad” respecto a los demás.
Linda López agrega: “los niños obviamente con este frío no están bien. Se enferman a cada rato, no están sanos, comen pues ahora sí que lo que hay”. Muchas veces la gente critica que sólo consumen productos chatarra, “pero es lo único que hay o lo que puedes encontrar luego luego, porque no se necesita de tantos gastos”. Y el mismo caso de las infancias ocurre con las personas con alguna discapacidad.
La mayoría de quienes protestan en este plantón no estudiaron ni tienen educación. En el caso de las y los menores de edad, las personas adultas tratan de inculcar la importancia de la identidad: el manejo y uso de la lengua, conocer la cosmovisión de su comunidad, la técnica del telar de cintura; un conjunto de características que “se están perdiendo”. Pero reconocen que, aun así, la situación de sus infantes no es la misma a la de otros menores, que cuentan con una casa digna y son bien alimentados.

“¿Dónde están los indígenas?”
Las historias de vida de las personas ahí reunidas muestran la violencia a la que están sometidas por la sociedad y los estereotipos. No obstante, elevan los señalamientos hacia las y los políticos en el poder, quienes, por un lado, hablan de los pueblos indígenas, su cultura e incluso portan sus vestimentas tradicionales; pero, “en lo que es la realidad no hay nada”.
Con un movimiento de cabeza, Regina señala el sembradío metálico que se arraiga en el Zócalo. Y le parece irónica la escena: las figuras de nopales decoradas como obras de arte que enaltecen las autoridades de la Ciudad de México, frente al alimento cultivado generalmente por personas indígenas o en situación de pobreza. A la par, observa que familiares y amigos se encuentran en el plantón porque carecen de hogar y de espacios para trabajar. Por ello cuestiona: “¿dónde están realmente los pueblos indígenas?”
Hace unos meses, en la capital del país comenzó un “plan de reordenamiento del comercio ambulante” con el que se buscó cambiar de ubicación a las personas que venden en el Centro Histórico hacia 28 plazas distintas. En ese limbo se encuentran también artesanos indígenas. Espacios de venta y la posibilidad de obtener vivienda digna son las demandas principales del grupo triqui y mazahua.
Linda explica que cuando, se acercaron a las autoridades para expresar sus inquietudes en torno a la vivienda y al trabajo, hubo pláticas, pero hasta ahora no han recibido ninguna solución concreta.
En esa ocasión, el gobierno de Clara Brugada les ofreció el Teatro Blanquita para que vendan sus productos. El espacio, ubicado en el Eje Central Lázaro Cárdenas, entre la calle Mina y Pensador Mexicano, a unas cuadras del Palacio de Bellas Artes, no es viable para su negocio, consideran.
Dicho teatro no es concurrido, argumenta Linda López. “No es un lugar que mucha gente conozca, incluso yo creo que ya lo olvidaron”. Y agrega: “no cumple con nuestras necesidades”. Más allá de una solución, lo toman como una afectación.
Sobre Paseo de la Reforma, detalla que durante las fiestas decembrinas los cambiaron de su lugar habitual a un espacio escondido más que retirado para llevar a cabo sus ventas. Por su parte, Regina Ramírez expone: “fuimos a visitar a algunos compañeros que sí se metieron ahí y no, no entra la gente”, pero tampoco había publicidad para darse a conocer.
A las comunidades indígenas las están dejando en las orillas, en la periferia, como que nos esconden, lamenta Linda. “Mientras el discurso del día a día es ‘los indígenas, los pueblos indígenas’; [nosotros] no lo vemos con hechos […] en la tele escuchas que tú como indígena tienes tantos derechos, pero en las acciones no se ven, no se ve eso”.
Ambas acusan que, aunque el gobierno capitalino tenga un discurso a favor de los pueblos originarios, “nuestras demandas no han sido cumplidas”; razón por la cual se mantiene el plantón pacífico a un costado del Zócalo, protesta que no se exenta de comentarios negativos.
A los que les han reclamado por “afear” el lugar con su plantón, les responden: “pero si no hacemos eso, no exigimos de cierta manera nuestros derechos […] pues nunca llegan”. Y a quienes opinan que “quieren todo regalado”, les dicen: “no es así”. Regina enfatiza: “nosotros queremos un espacio para trabajar y para vivir, que al final del día también vamos a pagar, pero sí ocupamos de un poquito más de facilidades, a diferencia de otras [personas] que tienen esa posibilidad. […] Somos personas trabajadoras que nos gusta hacer comunidad, vivir en armonía, nos gusta dar lo poco que tenemos, pero a través de nuestro trabajo, no de ganancias gratis como ellos lo quieren hacer ver”.
Comenta que se acercaron con el secretario de Gobierno de la capital, César Cravioto Romero, para tratar de llegar a soluciones. “Sin embargo, no ha habido una respuesta favorable, no hay respuestas resolutivas; simplemente ha sido información”.
La población es insensible, critica Regina, “y más que nada el gobierno que no ve que hay fallas o que se están incumpliendo las necesidades de cada persona”. No obstante, “es una lucha que esperamos ver que realmente se solucione y que los niños puedan tener un hogar donde estar bien cubiertos, sin preocuparse. Porque nuestra preocupación es, por ejemplo, hoy dónde dormidos y quién nos acobija, quién nos cuida”.
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