El Armagedón es enunciado solamente una vez en el Apocalipsis bíblico –16:16: “y los reunió en el lugar que en hebreo se llama Armagedón”–. Contrario a lo que se piensa, no se trata simplemente de un cataclismo distópico, sino del lugar y momento donde se desarrolla la pelea final entre el ejército del Dios Todo Poderoso frente a las fuerzas militares de los reyes de la tierra que se le enfrentan. Dicho de otra manera, el Armagedón representa no solamente un estallamiento violento, sino la resolución de un conflicto profundo por medio de la fuerza, y que tiene como objetivo la restauración de la justicia por encima de las relaciones de dominio establecidas.
La realidad concreta en el siglo XXI ya nos ha mostrado con plena claridad el abuso permanente del poder militar por parte de Estados Unidos para intervenir en los asuntos internos de las diferentes comunidades nacionales –más de 700 bases en más de 80 países[1]–. Desde el triunfo de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se adjudicó de forma unilateral la potestad militar, y especialmente el monopolio sobre la moneda mundial a través del dólar. Una vez que superó la Guerra Fría contra el bloque soviético en 1989, el país norteamericano estableció el dominio de la economía mundial bajo lo que se conoció como la globalización, una red de instituciones de gobernanza mundial –OMC, FMI, BM, etc.– que buscaron tomar ventaja sistemática mediante el llamado Consenso de Washington, donde se fijaban las políticas que debían aplicar los países del sur global para recibir la inversión de capital extranjero proveniente del norte global.
La gran crisis existencial que actualmente experimenta Estados Unidos es que ahora el proyecto ha fracasado, en tanto China logró superar, a través de las propias leyes implantadas por la gobernanza occidental, la coraza impuesta del subdesarrollo crónico. El giro inesperado por los estadunidenses fue aquel en el que la deslocalización del proceso productivo industrial hacia las periferias significó la inversión del dominio tecnológico, simultáneo a la postración de la industria norteamericana frente al desenfreno de la especulación financiera. Mientras que en 1970 la capacidad manufacturera de EU llegó a estar por encima del 20 por ciento, hoy apenas llega al 10 por ciento.
La trayectoria descendente de occidente contrasta con la ascendente del oriente. Si bien, desde 2017 ya figuraba por primera vez en la estrategia de seguridad nacional estadunidense el carácter de amenaza sistémica de la República Popular de China, la pandemia en 2020 mostró la alta vulnerabilidad del propio Estados Unidos con respecto al país asiático. Desde entonces hemos observado el permanente asedio que el mundo occidental ha emprendido contra el programa de alianzas del sur global, particularmente me refiero a la guerra desatada por la OTAN en Ucrania para frenar la interconexión entre Europa y Rusia. Pero también la reciente guerra arancelaria contra los BRICS y el mundo. Ambas, dicho sea de paso, con efectos contraproducentes para el trumpismo.
Hoy, con la guerra en Irán surge un nuevo momento de riesgo mayor, derivado a la abierta estrategia expansionista que busca construir el Gran Israel –que consta de la anexión total o parcial de Palestina, Jordania, Líbano, Siria, Egipto, Irak, Arabia Saudita, Kuwait y Turquía– al tomar control no solamente de una de las fuentes principales de energéticos, sino especialmente con la instauración del control estratégico de la región que le permitan a EU renovar su fuerza global, al mismo tiempo que frena el desarrollo de su opositor hegemónico principal. De aquí que lo que suceda en el territorio persa significará un antes y un después en la historia mundial. Lo que se está jugando es la restitución del poder terrenal del rey dólar frente a las opciones de autonomía de las diferentes culturas civilizatorias.
El punto central que no podemos perder de vista es que, en última instancia, este Armagedón está cruzado por una ley especial que pocas veces se internaliza en los análisis geopolíticos: la ley del valor. Es decir, el desarrollo económico ha alcanzado un nuevo nivel de socialización potencial que inhibe las capacidades de un país central a seguir concentrando y centralizando las ganancias del capital, de aquí que la guerra se presente como un medio extraeconómico para intentar frenar este proceso de socialización.
Desde este punto de vista, la guerra capitalista se activa en el momento crítico en el cual el proceso económico no puede restablecerse sino a través de la violencia, por lo que sus acciones resultan desesperadas y abiertamente irracionales frente a la ley de la preservación de la vida de las sociedades. En su lugar, observamos una amenaza permanente a los pueblos del mundo de un holocausto nuclear –desafortunadamente hoy más cerca que nunca–, o simplemente mediante la inducción de tormentas económicas que imponen barreras que retrasan la reconstrucción industrial de las naciones. Al momento que escribo estas líneas, el precio del barril del petróleo ha rebasado la frontera de los 100 dólares.
En suma, el Armagedón no solamente puede limitarse a la pasmosa realidad de la amenaza nuclear, debe incluir el análisis sistémico para detectar el carácter existencial de los contendientes, es decir, hay realmente una contraposición del modelo anterior de reyes oligopólicos –o empresas trasnacionales– frente a un modelo nuevo que permite la socialización ampliada de las capacidades tecnológicas y productivas en un sistema descentralizado o, como se suele decir en estos días, multipolar.
Es importante abrazar esta perspectiva con seriedad para evitar caer en el pánico o en el inmovilismo. Los riesgos existen, sin lugar a duda, pero las potencialidades también. Irán está haciendo frente una vez más al imperialismo norteamericano como alguna vez lo hicieron Vietnam o Cuba, es decir, no dejan de surgir las nuevas Numancias –en honor a Numancia, la pequeña población celta que resistió por muchos años al mismísimo Imperio Romano– frente a la imposición arbitraria de la fuerza con tal de detener la flecha del tiempo histórico.
Como decía Walter Benjamin, con cada batalla perdida vuelven a perder los oprimidos de ayer, pero en este caso, la madre de todas las batallas, el Armagedón, apunta a una victoria que puede redimir también al pasado. En suma, la actual crisis civilizatoria global tiene también como una probable salida develar los verdaderos límites y fuerza de los que en el discurso se autodenominan todopoderosos pero que, como hemos visto en el terreno, la verdadera ley todopoderosa es la historia misma, todos los poderes imperiales, sin excepción, han experimentado su momento de debacle total. Desde esta óptica, la utopía no se refiere al escenario idílico imposible, sino al momento en el cual las grietas se fracturan a tal grado que dan paso a lo que potencialmente se encuentra listo para surgir.
Óscar David Rojas Silva*
*Economista (UdeG); maestro y doctor en crítica de la economía política UNAM. Académico de la FES Acatlán y la UAM Xochimilco. Director del Centro de Estudios del Capitalismo Contemporáneo y comunicador especializado en pensamiento crítico en Radio del Azufre y Academia del Azufre.
[1]Cálculo de acuerdo con el Overseas Base Realignment and Closure Coalition.
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