En talleres familiares y mercados de la Ciudad de México, artesanas y artesanos elaboran piñatas de estrella que dan vida a las posadas. El oficio, heredado por generaciones, ha cambiado del barro al papel por seguridad y costos, sin perder su sentido tradicional. Cada pieza requiere meses de preparación y un trabajo minucioso que sostiene economías familiares. Más allá del negocio, la elaboración de piñatas preserva una tradición que cada diciembre se comparte, se rompe y vuelve a empezar

En las calles de la colonia Magdalena Mixhuca, a tan sólo unas calles del mercado de Jamaica, se encuentra, entre las casas y vecindades, un taller familiar que se extiende hasta tres hogares dedicados a la elaboración de piñatas. Al entrar a la calle Agiabampo inicia el viaje de las estrellas coloridas. Los cuerpos de las piñatas, de hasta dos metros y aún en bruto, apartan su lugar en la calle. Estas inmensas estructuras se extienden casi a mitad de la vía, listas para ser decoradas por manos hábiles de sus artesanos.
Mientras que las ollas (cuerpos ovalados de las piñatas) que aún esperan sus picos para ser estrellas, cuelgan de lazos enfrente de las casas de la familia Alcaraz Estrella. En una accesoria se vislumbran los montones de periódicos apilados y el papel china de colores. Todo acomodado en un viejo refrigerador –reutilizado como anaquel–, una huella del negocio anterior que ahora guarda las materias primas a la espera de su metamorfosis, listas para volar por los aires.
En esas casas, se escucha el rasgueo del cuchillo que atraviesa el papel china para formar tiras delgadas, los brochazos cargados de engrudo que pasan por los picos, el soplo ligero de los artesanos para separar el papel, el giro constante de las piñatas y las voces que se coordinan para forrar simultáneamente los picos. En el fondo, la música que los mantiene inmersos en su labor, que realizan con facilidad gracias a la memoria de sus manos.

Vanesa Alcaraz Estrella, una artesana con 17 años de experiencia en el oficio, narra que alrededor de 20 personas de su familia se dedican a conservar esta tradición colorida y mexicana. “El pionero en el negocio es mi hermano, él nos enseñó y ahora todos nos dedicamos a esto”.
La tradición se extiende por generaciones. A unos pasos de Vanesa, quien corta el papel china y hace los flecos para vestir la piñata, se encuentra un miembro joven que refleja el perdurar del oficio: Luis Alberto Alcaraz. Con 17 años de edad, cuenta que lleva cinco años realizando piñatas junto con su familia: tres de ellos, elaborando las de tamaño convencional o de “posada” como ellos las llaman, y dos haciendo las que rebasan las leyes de la física por su tamaño de dos y hasta cinco metros, para los pedidos especiales.
El negocio se extiende al Mercado de Xochimilco, donde el señor Eduardo Romero lleva 30 años dedicándose a la elaboración de piñatas como una tradición familiar. En su puesto, donde además vende frutas y verduras, cuelgan coloridas piñatas de diferentes tamaños. Explica: “desde hace muchos años, desde mis tíos, mis abuelos, se ha mantenido la tradición de vender piñata de estrella cada año aquí en el mercado; es lo que hacemos para Navidad”.

Una tradición que no se rompe
La tradición tiene su propio núcleo histórico, mismo que ha tenido que evolucionar y adaptarse a los nuevos tiempos. Vanesa Alcaraz explica que su abuelo inició con la elaboración de las piñatas que, originalmente, eran de barro.
Para el joven Alcaraz de 17 años, el recuerdo del origen de la tradición familiar es similar: “me cuentan que hace años un bisabuelo hacía una piñata para la posada de la familia, pero como no alcanzaba con una empezó a hacer más y las empezaron a vender”.
De esta manera, ambos miembros de la familia explican que una tradición que inició como una manera de compartir el tiempo entre familia en las fiestas decembrinas se convirtió en un su sustento, y ahora es pilar en su familia y del cual han aprendido las habilidades para transformar su negocio según la temporada: también realizan piñatas de otras formas, para fiestas de cumpleaños, calaveras para Día de Muertos, entre otras artesanías.

En la tradición todo muta, y las piñatas de barro fueron sustituidas por las de papel y cartón. Las y los artesanos identifican tres razones principales para este cambio. Para la comerciante Teresa Rodríguez, quien lleva 10 años elaborando piñatas en el mercado de Xochimilco, el cambio se dio por seguridad: “anteriormente los hacíamos de barro. Eso se fue dejando de fabricar precisamente porque los niños a la hora de romperlas se pegaban en su cabecita o se rasguñaba, entonces por eso quitaron lo de la olla de barro”.
Vanesa Alcaraz coincide en que las personas consideran que las piñatas de barro son riesgosas. Además, explica que su familia no podría hacer ese tipo de piñatas por razones técnicas, debido a las dimensiones que manejan. “La piñata de atrás mide 2.10 metros de altura, los conos prácticamente no podrían sostener una olla de ese tamaño, se doblarían. Además, una olla de ese tamaño implica mucho dinero, sería mucho gasto, no podríamos hacer una piñata como tal de barro”.
A su vez, el artesano Eduardo Romero, del mismo mercado de Xochimilco, coincide con Vanesa Alcaraz, sobre el incremento de costos al continuar con la elaboración de piñatas de barro. “Antes, las piñatas eran de barro por la economía, porque era barato y porque también era más sencillo hacerlas; ya venía la olla hecha, ya solo se tenía que forrar con papel. Pero ahora, como el barro ya está caro, ya no las elaboramos así, porque ya no da”.

El ritual de cada estrella
El ritual de la piñata tradicional navideña comienza con el engrudo, la primera capa que dará vida a las posadas decembrinas. La mezcla entre agua y harina forman una masa ligeramente amarilla salpicada de grumos rebeldes que le restan su atractivo, pero de cuya consistencia viscosa depende el destino de la figura.
El secreto está en el punto exacto de viscosidad. Si el engrudo es muy líquido el periódico que forrará el cuerpo se deshará; y si es muy densa formará capas casi indomables. Este pegamento ancestral es la sábana que da vida al futuro cuerpo rígido de la piñata, con él se humedecen lo suficiente los trozos de noticias viejas para moldearlo en la estructura del globo.
Envueltos con capas y capas de periódico, los globos comienzan su transformación. Las bases son el primer acercamiento al momento en que los dulces caen del cielo. La medida de ellas siempre es variable; el estándar “posada” –entre 60 y 70 centímetros de diámetro– domina el mercado.

Sin embargo, familias de artesanos como los Alcaraz, maestras en este arte, se distinguen por encargos que desafían la gravedad al crear estrellas colosales de hasta dos metros e incluso figuras imponentes de cinco metros, sostenidas solo por la resistencia del papel.
A partir de aquí, el proceso se entrega al cielo. Si el clima se alía –cálido, despejado y con un aire quieto– los cuerpos quedan endurecidos con la firmeza de un caparazón en un par de días. Al descolgarse la figura ovalada se prepara para recibir su identidad: los cinco, siete o nueve picos que la rodean y la transforman definitivamente en una estrella, a la espera de ser rota para repartir sus sorpresas.
Los picos se fabrican a partir de cartón de desecho –habitualmente planchas suaves provenientes de cajas de cereales o galletas– material que las familias artesanas recolectan metódicamente a lo largo del año. En ciertos talleres, estas estructuras cónicas son envueltas preventivamente con papel metálico brillante, lo que inyecta color desde la base de la figura. Las superficies planas del cartón son transformadas con cortes precisos en conos amplios, cuyo tamaño está determinado por el diámetro de la base de la piñata, garantizando la estabilidad y la proporción visual de la estructura. Estos conos se fijan estratégicamente alrededor del cuerpo endurecido de la olla.

La señora Vanesa Alcaraz explica que su familia suele colocar nueve picos a las piñatas en lugar de los siete tradicionales, que simbolizan los pecados capitales, porque para ellos de esa forma son más vistas y estéticas. Aclara que agregar más o menos conos siempre depende del criterio de los artesanos.
Simultáneamente al montaje estructural, arranca la preparación del papel china que vestirá la estrella. La experiencia acumulada de los artesanos se traduce en movimientos eficientes y automáticos al cortar tiras de papel en una paleta vibrante: rosa mexicano, verde limón, amarillo canario, azul eléctrico, naranja y morado. La combinación es un ejercicio de creatividad y criterio del taller.

Estas tiras largas son sometidas a un corte vertical continuo, dejando siempre un margen de base de aproximadamente dos centímetros. El resultado son flecos minúsculos que, al estirar el papel, se expanden y crean un efecto visual de espiral. Estos flecos no se colocan al azar; se aplican en hileras continuas, para formar capas densas y escalonadas que gradualmente envuelven el cartón y transforman la estructura rígida en una explosión controlada de textura y color.
Para el cuerpo central de la piñata, el artesano elige entre dos técnicas de acabado principal, cada una con un impacto visual distinto. La primera consiste en rodear el centro con pedazos cuadrados de papel china de diversos colores, como si se tratara del tablero de dardos, con círculos que se reducen conforme las hileras se van sumando, hasta llenar por completo la base al grado de parecer un diente de león esponjoso. Aquí la creatividad es clave, y con una técnica similar, pero con papeles de diferentes tamaños, se pueden crear diseños como las coloridas y rojas flores de Nochebuena.

En el segundo caso, no menos vistoso, el cuerpo se cubre por completo de engrudo para recibir una gruesa capa de papel picado metalizado y confeti de colores. Este acabado brillante es aplicado estratégicamente en los espacios que dan hacia los conos, resaltando la forma de estrella con un fulgor festivo.
Ya vestida casi por completo la estrella navideña, se pegan unas últimas tiras de papel china con tiras largas para formar un mechudo que aumenta la vistosidad de la piñata. Aunque las y los artesanos relatan que la tarea empieza desde el engrudo, en la realidad su labor comienza meses antes de la formación de las piñatas, puesto que se encargan de recolectar los periódicos, cartones y materiales que van a utilizar para formar las ollas y los conos. Asimismo, dependiendo de las personas con las que cuentan para la creación de las piñatas, su elaboración inicia incluso desde mediados de año.

En este sentido, el señor Eduardo Romero explica: “empezamos a elaborarlas aproximadamente desde medio año, a partir de junio se empieza con la elaboración de la bola, armar la base, poner el papel, y enconar”. Este largo proceso contrasta con el de la familia Alcaraz Estrella, quienes, por ser más numerosos, comienzan a inicios de noviembre. Relatan que este año, incluso empezaron un poco antes por la demanda temprana que ellos asocian a la mercadotecnia que adelanta todas las temporadas.
Las artesanas y artesanos coinciden en que el proceso más tardado es esperar a que la olla seque por completo. Luis Alberto Alcaraz explica: “una piñata desde el inicio tarda de dos a tres días en hacerse, pero en vestirlas tan solo una o dos horas”.

El mercado de las estrellas decembrinas
El número de piñatas que elaboran depende siempre de la demanda del mercado. El joven Alcaraz explica que su familia elabora alrededor de 1 mil piñatas de tamaño “posadero” para la temporada. En Xochimilco, la comerciante Teresa Rodríguez relata que maneja la misma cantidad y que, afortunadamente, logra venderlas todas.
La señora Vanesa Alcaraz explica que en su caso la elaboración no es tan masiva debido a las dimensiones colosales que fabrican. Sin embargo, estima que por temporada siempre realizan más de 100 piñatas. Aunque no maneja la cantidad exacta, relata que muchas son por encargo y que, además, distribuyen al Mercado de Jamaica.

Por su parte, el señor Romero, quien gestiona su puesto en Xochimilco, detalla su modelo mixto: elabora entre 100 y 200 piñatas de tamaño estándar, pero vende alrededor de 300, pues también le compra a otros artesanos. “Nosotros fabricamos unas 200 piñatas aproximadamente y las demás, si necesitamos más, compramos también; es decir, también traemos piñatas”.
Ya sea que se produzcan cien o mil, en el taller especializado o en el puesto de mercado, cada piñata lleva consigo la memoria de una tradición familiar que se niega a desaparecer. Año con año, la familia Alcaraz Estrella y los artesanos de Xochimilco esperan el momento en que sus estrellas artesanales suban al cielo, listas para terminar el ritual decembrino con la lluvia de dulces y alegría.

Herencia de mano en mano
La señora Vanesa Alcaraz detalla que la importancia de preservar la tradición de elaborar las piñatas, como artesana, es fundamental. Reconoce que originalmente las piñatas provienen de China; sin embargo, resalta que, aunque su origen sea oriental, el sello de las piñatas de picos es completamente mexicano.
“La verdad es que las tradiciones mexicanas son muy bonitas. No he visto en otro país que hagan lo que nosotros hacemos. Tal vez dicen muchos, ‘su origen es de China’, pero realmente el sello que le damos nosotros como mexicanos no hay en ninguna otra parte del mundo”.
Para las y los artesanos, mantener su labor al crear las estrellas navideñas tiene un propósito claro: asegurar la permanencia de las tradiciones, la magia y la alegría de compartir las fiestas decembrinas con las nuevas generaciones. Luis Alberto Alcaraz en este sentido relata: “la tradición para mí es muy linda, ya que sabes que ha pasado de manos de mis tíos, de mi papá, de mi mamá y de mi familia, para mí lo que queda es honrar este trabajo”.

Eduardo Romero también resalta que “es muy importante, más que nada con los niños, con las nuevas generaciones, de hacerle saber pues todo lo que lleva esa tradición”. Al igual que Teresa Rodríguez: “son cosas que nosotros le pasamos a nuestros hijos de generación en generación. Es importante que nosotros, yo como comerciante y artesana, inculquemos nuestras tradiciones y que no se pierdan, porque es lo que nos caracteriza de México”.
La señora Vanesa Alcaraz agrega: “yo creo que como México no hay dos” ;y comparte su alegría de que la venta de piñatas vaya a la alza, puesto que eso es lo que los mueve año con año para mantener su labor como artesanos y crear las estrellas navideñas que vuelan por los cielos.
Mientras las piñatas colosales de papel secan al sol en las calles de La Magdalena Mixhuca, se sella un pacto invisible de permanencia. Más allá de la venta o el negocio, la labor de estos artesanos garantiza que, en cada posada, el estallido del papel china y el sonido de los dulces al caer recuerden a las nuevas generaciones la fuerza, el color y el profundo orgullo de una tradición que, aunque viajó desde oriente, encontró en manos mexicanos su estrella más brillante.

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