La Guerra Cognitiva y lo que no sabemos

La Guerra Cognitiva y lo que no sabemos

Ilustración: Gemini IA

Una de las más peligrosas paradojas de la guerra cognitiva es cuando una sociedad cree que está defendiendo su libertad de pensar y puede estar ejecutando exactamente el pensamiento burgués que le ha sido diseñado. La dominación más eficaz ya no necesita solo imponer una idea, también organiza el campo de posibilidades dentro del cual las personas elegirán espontáneamente sus ideas. Ahí aparece una paradoja dialéctica decisiva: creemos que la propaganda consiste en que alguien nos diga qué pensar, cuando su forma contemporánea más sofisticada consiste en conseguir que confundamos nuestra reacción con pensamiento propio. La mercancía más valiosa deja entonces de ser la información y pasa a ser la arquitectura invisible que seduce la atención y nos hace creer que es propia.

Y la guerra cognitiva designa precisamente esa disputa por las percepciones, las emociones, los marcos interpretativos, la confianza, la memoria, la imaginación y, finalmente, la conducta. La OTAN la define como actividades coordinadas con otros instrumentos de poder, destinadas a afectar actitudes y comportamientos mediante la influencia, protección o perturbación de la cognición individual y colectiva. La investigación académica reciente advierte, a la vez, que el concepto todavía carece de una definición universalmente establecida y que conviene distinguirlo de la propaganda, la desinformación, la guerra psicológica y la guerra informática, aunque todas puedan converger.

Su novedad histórica no está, por tanto, en haber descubierto la mentira: los imperios, ejércitos, iglesias, mercados y Estados han manipulado conciencias durante siglos. La novedad reside en la posibilidad de combinar psicología, economía de la atención, inteligencia artificial, análisis masivo de datos, plataformas digitales, microsegmentación, automatización, neurociencia, publicidad y operaciones políticas para intervenir a una escala inédita sobre las condiciones mismas de formación del juicio; incluida la –mal llamada– inteligencia artificial. El campo de batalla se desplaza así del territorio al sujeto, del cuerpo social visible a sus circuitos íntimos de interpretación. El cerebro se convierte simultáneamente en territorio conquistable y herramienta de combate que coopera placenteramente con su alienación.

Entonces, las causas profundas de esta transformación son materiales: concentración de plataformas comunicacionales, crisis de legitimidad institucional, desigualdad, precarización, agotamiento psicológico, guerras geopolíticas, deterioro ambiental, aceleración tecnológica y una economía que convierte cada segundo de atención en valor monetizable. Una población cansada, endeudada, aislada y saturada de estímulos ofrece un terreno especialmente fértil para operaciones de influencia anestésica. El efecto buscado puede ser convencer, aunque muchas veces resulta más rentable confundir; puede ser instalar una falsedad, aunque resulta todavía más eficaz producir indiferencia ante la verdad; puede consistir en imponer una opinión, aunque también puede consistir en destruir la confianza necesaria para que cualquier conocimiento común sea posible. Puede consistir en incorporar como sujeto represor al que se autorreprime felizmente.

De ahí una revelación incómoda: la guerra cognitiva no necesita que creamos en una mentira; le basta con que dejemos de creer que existe una realidad común que merezca ser conocida colectivamente. La fragmentación social se vuelve entonces un arma. Desmoralización inducida y sabrosa. La sospecha permanente reemplaza a la crítica; el cinismo ocupa el lugar de la lucidez; el escándalo sustituye a la reflexión; la velocidad expulsa al contexto. La persona termina consumiendo información que confirma su identidad esclavizada mientras imagina que está ejerciendo independencia intelectual. La paradoja de clase aparece aquí con enorme fuerza: quienes poseen mayor capacidad para financiar infraestructuras de comunicación, comprar datos, contratar expertos, producir contenidos y orientar mercados disponen de una capacidad de intervención sobre el espacio mental colectivo que el individuo aislado jamás puede igualar. La libertad formal de elegir entre miles de mensajes puede coexistir con una desigualdad radical en la capacidad de fabricar aquello que será visible, deseable, urgente o imaginable.

Así, el capitalismo y su ideología burguesa dejan de aparecer únicamente como una orden proveniente de arriba y comienzan a presentarse como una multitud de elecciones aparentemente privadas. Allí debemos mirar con especial cuidado los patrocinios. Existen inversiones estatales y militares documentadas: la OTAN ha desarrollado, esparcido y aplicado su propio concepto de guerra cognitiva con participación cómplice de más de 20 países miembros, estructuras militares, academia y especialistas de la industria.  También existen programas públicos de investigación destinados a estudiar e imponer la manipulación informativa y la interferencia extranjera; la Unión Europea, por ejemplo, financia investigación sobre desinformación, manipulación e interferencia, lo que incluye proyectos relacionados con inteligencia artificial, seguridad, clima y transformación social. Y gastan fortunas en eso.

A ello se suman presupuestos de gobiernos, servicios de inteligencia, fuerzas armadas, fundaciones, corporaciones tecnológicas, empresas de publicidad, consultoras políticas, laboratorios de comportamiento, medios y organizaciones de investigación. Todo esto exige una distinción ética fundamental: financiar investigación de guerra cognitiva normalmente equivale a financiar manipulación, del mismo modo que apadrinar una operación de influencia se convierte automáticamente en ofensiva al servicio de la alienación. El análisis serio debe preguntar siempre quién paga, quién diseña, quién posee los datos, quién establece los objetivos, quién obtiene beneficios y qué mecanismos independientes permiten auditar las operaciones. Transparentar el financiamiento de la guerra cognitiva.

También debemos desconfiar de una versión cómoda del relato que atribuye toda guerra cognitiva a un único adversario extranjero. Las potencias rivales utilizan estas herramientas, desde luego; las democracias burguesas también desarrollan capacidades de influencia, comunicación estratégica y resiliencia cognitiva. La cuestión crítica consiste en impedir que la defensa contra la manipulación se transforme en licencia para administrar la conciencia pública desde arriba. Una sociedad puede ser protegida contra la propaganda mediante una pedagogía emancipadora o puede ser convertida en objeto de una propaganda más sofisticada. La diferencia está en si se fortalece la autonomía crítica o se exige obediencia intelectual. Aquí la perspectiva de género resulta indispensable. Las operaciones cognitivas aprovechan desigualdades preexistentes: sexualizan ataques contra mujeres visibles, explotan estereotipos, convierten la violencia de género en combustible para la polarización y utilizan identidades femeninas como objetos de humillación política.

Y la lógica patriarcal ofrece un repertorio de emociones fácilmente instrumentalizable: miedo, vergüenza, resentimiento, amenaza sobre la familia, fantasías de pérdida de estatus. Una lectura feminista permite descubrir que el campo cognitivo nunca es neutral: distribuye credibilidad, autoridad, visibilidad y vulnerabilidad de manera desigual. También la perspectiva ecológica transforma nuestra mirada. La crisis climática produce incertidumbre material, y esa incertidumbre puede ser explotada para fabricar negacionismo, fatalismo o falsas soluciones.

Cuando una población recibe simultáneamente imágenes de catástrofe y mensajes de impotencia, puede concluir que nada tiene sentido y retirarse de la acción colectiva. La manipulación ecológica más profunda, entonces, no consiste únicamente en negar datos climáticos: consiste en presentar la devastación como una fatalidad natural, y oculta las relaciones económicas que organizan la extracción, el consumo, la contaminación y la distribución desigual de los daños. La conciencia ecológica revela una segunda inversión: el planeta no es solamente escenario de la crisis; también es el objeto material sobre el cual se disputa quién tiene derecho a decidir el futuro.

¿De qué debemos cuidarnos? De las cuentas falsas y de los ‘bots’, claro, aunque también de algo mucho más cercano: nuestra propia gratificación. Debemos cuidarnos de titulares que producen furia antes de producir comprensión. Cuidarnos de imágenes que reemplazan argumentos, de algoritmos que conocen nuestras vulnerabilidades mejor que nosotros, de identidades políticas que convierten toda duda en traición, de la falsa equivalencia entre evidencia y rumor. Cuidarnos de la saturación que nos vuelve incapaces de jerarquizar, de la nostalgia fabricada, del miedo convertido en mercancía y de la indignación que genera millones de interacciones mientras deja intacta la estructura que originó el problema.

Nuestra defensa cognitiva más profunda no consiste en vivir desconfiando de todo; eso también sería una victoria de la guerra cognitiva. Consiste en recuperar la capacidad de verificar, contextualizar, escuchar, comparar fuentes, tolerar la incertidumbre, distinguir hechos de interpretaciones y convertir información dispersa en conocimiento compartido. Requiere reconstruir espacios colectivos donde pensar no sea consumir respuestas, donde la discrepancia pueda producir inteligencia y donde la memoria histórica impida que cada acontecimiento se presente como absolutamente nuevo. La revolución de las conciencias comienza cuando descubrimos que pensar libremente no significa producir opiniones espontáneas dentro de un mercado de estímulos previamente diseñado; significa conquistar colectivamente las condiciones materiales, culturales y afectivas que permiten pensar organizadamente.

Esa conquista posee una dimensión ética, porque devuelve responsabilidad al sujeto; posee una dimensión estética, porque disputa las imágenes con las que una sociedad imagina su futuro; posee una dimensión política, porque pregunta quién controla las infraestructuras de percepción; posee una dimensión ecológica, porque conecta conciencia y reproducción de la vida; posee una dimensión de género, porque desmonta las jerarquías que determinan quién puede hablar y quién debe ser convertido en objeto; y posee una dimensión de clase, porque vuelve visible la desigual distribución del poder para producir realidad social.

La pregunta final deja entonces de ser “¿quién está mintiendo?” y adquiere una profundidad mayor: ¿quién tiene capacidad para decidir qué merece nuestra atención, qué emociones serán rentables, qué conflictos parecerán inevitables y qué futuros podremos siquiera imaginar? Cuando esa pregunta entra en nuestra conciencia, la guerra cognitiva pierde una parte esencial de su poder, porque deja de combatir contra individuos aislados y encuentra delante de ella sujetos capaces de reconocer la arquitectura social y la gramática del poder que intenta hablar desde el interior de sus propios pensamientos.

 

Fernando Buen Abad Domínguez*

*Doctor en filosofía

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