Hace apenas unos días, Reginaldo Sandoval, coordinador de la bancada de diputados del Partido del Trabajo (PT), declaró a los cuatro vientos que Morena se convertiría en un “partido de Estado”, si es que se aprobaba la reforma electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum. Pero, ¿es correcto lo que dice?
La idea de “partido de Estado” remite directamente a los tiempos del auge del Partido Revolucionario Institucional (PRI), cuando operaba un régimen de partido único, pues, aunque en la ley se establecía la posibilidad de que pudieran existir varios, solo uno era el que ganaba todas las elecciones, y accedía a todos los cargos por medio de la intervención directa del Estado.
Para garantizar ese resultado, se establecieron mecanismos duraderos de fraudes, acarreos masivos y dos cosas fundamentales: el clientelismo y el corporativismo que, unidos, permitían que las agrupaciones campesinas, obreras y militares estuvieran siempre contempladas en las candidaturas, a cambio de su total obediencia y subordinación hacia las jerarquías y las líneas de mando. De esta manera, los líderes charros de los sindicatos y de otras organizaciones recibían prebendas y candidaturas, siempre y cuando tuvieran controlados a sus agremiados.
Por otra parte, el eje de todo el andamiaje se basaba en que todos los actores tenían que obedecer al presidente, quien figuraba como el máximo decisor de la política nacional, y que, al mismo tiempo, era quien dirimía cualquier conflicto. El presidente podía elegir a su sucesor (conocido como “el tapado”), y cuando lo considerara necesario, podía delegar las responsabilidades locales a los gobernadores, quienes fungían como los señores feudales de sus territorios o como los presidentes “en chiquito”, ante quienes todos se debían disciplinar.
Hasta ahí, varios elementos suenan similares a Morena, especialmente por el presidencialismo que se ha tejido alrededor de ese partido, pues nada se decide realmente sin la aprobación de “arriba”. La legitimidad construida por Andrés Manuel López Obrador lo convirtió en un liderazgo excepcional, y siempre que hubo conflictos en Morena, él los dirimió desde la presidencia. Así sucedió cuando determinó que, para sustituir a Alfonso Ramírez Cuéllar en la presidencia de Morena, se realizara una encuesta, de la cual resultó ganador Mario Delgado, a quien respaldó hasta el último minuto –a pesar de su nefasta operación de carácter neoliberal y de las múltiples protestas, incluida la de la Convención Nacional Morenista–. También hizo lo mismo cuando definió que las encuestas determinarían las candidaturas morenistas, aun cuando en los estatutos se establecía la realización de asambleas.
Otro episodio en el mismo sentido fue el de “Las Corcholatas”, que, si bien, se alejó del antiguo “tapadismo” –que era un simple dedazo directo del presidente– con el establecimiento de la encuesta, lo cierto es que no fue el partido quien implementó las reglas para determinar la candidatura presidencial guinda, sino el mismo AMLO. Él dijo quiénes podrían aspirar a la candidatura y también decidió que fuera por encuesta; además, determinó lo que sucedería con los perdedores: el segundo lugar dirigiría la bancada de senadores; el tercero, la de diputados; y el cuarto ocuparía una cartera en el gabinete. Finalmente, aunque fue Fernández Noroña quien ganó el tercer lugar, AMLO decretó que Adán Augusto dirigiría la bancada de diputados, con el argumento de que Noroña no era parte de Morena.
¿Qué muestra lo anterior? Que Morena ha dependido enormemente de la fuerza y legitimidad de la presidencia, que, a su vez, ha concentrado la capacidad de delinear decisiones importantes dentro del partido. Sin embargo, si bien, se puede hablar de un “partido presidencialista”, no significa per se la existencia de un “partido de Estado”. También hay en juego otras características centrales, como el hecho de que el PRI y sus antecesores –el Partido Nacional Revolucionario y el Partido de la Revolución Mexicana– fueron fundados directamente por acción del Estado y, particularmente, del presidente en turno –Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas y Miguel Alemán–. En cambio, Morena surgió como un partido de oposición y fue creciendo hasta llegar a hacerse de muchos cargos dentro del Estado.
Por otro lado, los partidos de oposición continúan existiendo; ganan cargos públicos, espacios de representación e influyen en la agenda nacional. En tiempos del PRI, eso hubiera sido impensable, pues la libertad de expresión definitivamente estaba anulada. Si bien, Morena se encuentra plenamente subordinado a la presidencia y sin autonomía efectiva, eso no significa que los partidos opositores se encuentren igualmente subordinados, ni mucho menos anulados.
Ahora bien, lo que dijo Reginaldo Sandoval es que, básicamente, la eliminación de los plurinominales en el Senado, así como su reestructuración en la Cámara de Diputados, llevaría a un nuevo “partido de Estado”. Eso no es verdad tampoco, o al menos no de manera completa.
Dentro de los pensadores neoliberales hay quienes sostienen que gracias a los plurinominales comenzó el proceso de democratización en el país y el desgaste del PRI. No es así, pues lo que realmente impulsó los cambios fueron los movimientos sociales de izquierda que surgieron a partir de 1968; las protestas sindicales, las guerrillas, las luchas estudiantiles en la década de 1970; el neocardenismo de 1988 y la agrupación de los partidos de izquierda; el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en 1994; y las movilizaciones populares contra el aumento de los precios y contra el TLCAN en el periodo de 1990.
Estos fueron los acontecimientos que realmente provocaron la crisis del PRI, además de su propio desgaste interno y de su viraje a la tecnocratización neoliberal con De la Madrid, Salinas y Zedillo.
Para mí, los dichos del PT realmente son una forma de encubrir su preocupación por la reducción del presupuesto y de plurinominales. Su defensa no es por la democracia, sino por los privilegios. Es muy distinto disminuir presupuesto a partidos y desaparecer plurinominales, a eliminar a los partidos políticos, la libertad de expresión o el control absoluto del régimen político.
Sin embargo, a pesar de lo anterior, ello no exime un riesgo que ya está muy latente en Morena: la adopción de la cultura política priísta, pues, lo que sí es cierto, más allá de las declaraciones banales del PT, es que Morena reproduce muchos esquemas de corporativismo y clientelismo con sindicatos y organizaciones con motivos electorales, tales como el SNTE, la CATEM, la CTM y otros.
También es importante decir que Morena ha entrado en un proceso de oligarquización, donde las élites toman todas las decisiones y, al mismo tiempo, se subordinan al mandato presidencial y a otros órganos de gobierno, con total disciplina y sin autonomía. No es que Morena se esté convirtiendo en el partido único, sin embargo, lo que hay dentro de Morena sí es un verticalismo alarmante.
Es de todos sabido que no se permite la crítica interna y que son inexistentes los espacios de debate, pues ni las asambleas distritales ni los congresos nacionales son espacios de análisis; realmente solo son momentos en que, con votos de los grupos y corrientes –que existen a pesar de que se nieguen–, se legitiman las decisiones que ya se decidieron entre las cúpulas.
¿Por qué es tan grave ese problema? Porque era urgente que se transitara del “príncipe individual” que fue AMLO a un “príncipe colectivo” que expresara las demandas, anhelos y horizontes de las mayorías. Hoy, en cambio, Morena es una plataforma electoral donde solo acceden a las verdaderas dirigencias las élites gubernamentales y las castas familiares. Eso significa que, si uno pretende crecer políticamente, tiene que obedecer siempre las órdenes de “arriba” y transmitirlas hacia “abajo”; o, en cambio, tiene que proceder de las catacumbas del PRI o del PAN, y, con ello, “traer” los votos de sus estructuras, sin importar si se están renovando las prácticas de la política; basta con alegar arrepentimiento y decir que se ha reconsiderado el rumbo.
Aunque difiero de lo dicho por Reginaldo Sandoval, sí quiero hacer hincapié en que el verdadero riesgo con Morena no es el tránsito hacia un nuevo “partido de Estado”, sino la recomposición de la cultura política del PRI dentro del mismo, lo cual puede significar un alejamiento de las clases populares. Quizá eso se ve difícil a nivel de la presidencia, pero para nada se ve remoto en el terreno de los 32 estados y los municipios.
Si bien, la presidenta Sheinbaum aún conserva buena parte de la fuerza heredada por AMLO, eso no sucede con los gobernadores, presidentes municipales y regidores de Morena. Muchos de ellos incumplen los principios básicos morenistas, y muestras hay bastantes: de Layda Sansores a Américo Villarreal, de Adán Augusto a los Monreal, de Alejandro Murat a Salomón Jara.
El problema de fondo es que, si no se logra que Morena tenga en otros ámbitos la misma legitimidad que tiene y tuvo la figura presidencial –con una renovación de la forma de hacer política–, entonces, poco a poco la esperanza de cambio se irá difuminando, y la crisis de representación que se pausó se puede reactivar.
Pablo Carlos Rojas Gómez*
*Doctor en Ciencias Políticas y Estudios Latinoamericanos. Investigador del Programa Universitario de Estudios sobre Democracia, Justicia y Sociedad (PUEDJS-UNAM).



















