La Reunión 56 del Foro Económico Mundial de Davos se convirtió en el epicentro de una latente ruptura entre Donald Trump y sus aliados de la OTAN. La intención del mandatario estadunidense de anexar Groenlandia por medio de la fuerza militar dejó en la cuerda floja la posición estadounidense, poniendo en riesgo su red de alianzas políticas y su credibilidad como socio fiable en el terreno económico con Europa.
Previo a su arribo a la cumbre de países ricos, Trump anunció que su Junta de Paz –impuesta como mecanismo para una maquillada pacificación en la Franja de Gaza– podría “reemplazar” a la Organización de las Naciones Unidas (ONU), organismo que por 80 años ha luchado por mantener la paz mundial.
En Davos, Suiza, el planteamiento no cayó nada bien entre los miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), fundada el 4 de abril de 1949.
Entre sus socios fundadores figuran dos de los países recientemente agredidos por el gobierno de Trump: Canadá, al que ha amenazado con aranceles del 100 por ciento si firma acuerdos comerciales con China; y Dinamarca, nación a la que pretende arrebatar Groenlandia –la isla más grande del mundo que forma parte del Reino danés–, a pesar de que precisamente entre los acuerdos de la OTAN se autorizó a Estados Unidos la instalación de una base militar en el gélido territorio.
El anuncio de la Casa Blanca sobre la conformación de una “junta ejecutiva fundadora” –de la que forman parte el yerno de Trump, Jared Kushner; su Secretario de Estado, Marco Rubio; y el exprimer ministro británico, Tony Blair– dejó bien en claro que la Junta de Paz busca reemplazar a la ONU y a su Consejo de Seguridad. En dicha estructura, el actual mandatario estadunidense fungirá como “presidente indefinido”.
Pero más que propósitos de paz, lo que se busca es darle un sentido meramente empresarial, donde Trump y su élite plutocrática fijen las reglas de operación y sus objetivos, condicionando –de entrada– el derecho a un sitio al módico precio de mil millones de dólares.
Cantidad que, según Trump, se empleará en la reconstrucción de Gaza, territorio devastado por Israel, que ha dejado más de 70 mil muertos y el 80 por ciento de sus viviendas destruidas.
Los “pacificadores”, a través del yerno del presidente estadunidense, presentaron una presentación donde, de las ruinas, surgirán rascacielos, hoteles y toda una serie de “oportunidades” de inversión manejadas de primera mano –claro está– por el equipo de confianza de Trump. Negocio redondo en el nuevo entorno geopolítico.
Los aliados de la OTAN terminaron por sacar las uñas ante el riesgo latente de que Trump busque reeditar en Groenlandia la violenta intromisión en Venezuela, otorgando su apoyo a Dinamarca. Trump bajó su tono retador porque sabe que su segunda gestión terminará en 2028, pero quiere seguir manteniendo el control de la política exterior de su país mediante el dominio total de la citada Junta.
De acuerdo con el borrador, cuyo contenido filtrado fue publicado por un medio estadunidense, Trump solo podrá ser reemplazado como cabeza de la junta por “renuncia voluntaria” o por causa de incapacidad grave según lo determine la mayoría de los integrantes de la Junta Ejecutiva. Es decir, buscará asegurar el control del organismo más allá de la duración de su segundo mandato, a concluir en 2028.
En esta construcción de un poder paralelo se resta importancia a lo establecido por la Constitución de Estados Unidos al fijar en sus reglas que el presidente en turno solo podrá designar a un representante ante la Junta, pero sin restar poder ni capacidad de decisión a Trump.
El citado borrador define a la Junta de la Paz como “una organización internacional que busca promover la estabilidad, restaurar la gobernanza confiable y legal, y asegurar una paz duradera en áreas afectadas o amenazadas por conflictos”.
El propio Donald Trump ha dejado en claro que su intención de desplazar a las Naciones Unidas como organismo de consensos mundiales va en serio, tras declarar:
“La ONU simplemente no ha sido muy útil. Soy un gran admirador del potencial de la ONU, pero nunca ha estado a la altura de su potencial”, indicó el presidente en reciente rueda de prensa en la Casa Blanca. “La ONU debería haber resuelto todas las guerras que yo resolví. Nunca acudí a ellos, ni siquiera pensé en acudir”. Este talante de franca beligerancia ha provocado serias preocupaciones en sus aliados.
Por ejemplo, Francia rechazó ser miembro de la Junta, citando preocupaciones de que creara un sistema separado al de la ONU. “Cuando lees la carta, no se aplica solo a Gaza, mientras que la resolución que habíamos votado […] en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas realmente estaba dirigida a Gaza y Oriente Medio”, expresó a la cadena CNN el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia, Pascal Confavreux. “El segundo punto es que genera una preocupación muy importante respecto a la racionalidad con la carta de las Naciones Unidas”, añadió el canciller galo.
Cuando el presidente estadounidense habla, junto con los integrantes de su Junta, de reconstrucción o “gestión técnica”, el conflicto de la Franja de Gaza se aprecia como un problema administrativo, dejando de lado la gravedad de la ocupación y el genocidio, cuyas secuelas aún siguen reportando muertos por un no respetado cese al fuego de Israel.
Esta estrategia, donde Estados Unidos quieren fijar sus propias reglas con la permanente amenaza de imponer aranceles a todo aquel país que no se pliegue a sus imposiciones, está obligando a muchas naciones a buscar relaciones estables con otras potencias, como es el caso de China. Con Trump –caracterizado por su impredecibilidad– no hay seguridad alguna de que se respeten los acuerdos comerciales y menos las reglas básicas del Derecho Internacional.
Y ahora pretende desaparecer, para satisfacción de sus intereses y caprichos personales, a la ONU como organismo rector de la paz en el mundo, ignorando y sin consultar a los países miembros, monetizando en mil millones de dólares el derecho a tener un espacio en la corrompida y mercantilizada Junta de Paz.
Tras el Foro Económico Mundial de Davos, no hay la menor duda de que Trump ha llegado al punto de fomentar una ruptura en el orden mundial para imponer el suyo propio.
En palabras del Primer Ministro canadiense, Mark Carney: “Más recientemente, las grandes potencias han comenzado a usar la integración económica como arma, los aranceles como palanca, la infraestructura financiera como coerción, las cadenas de suministro como vulnerabilidades a explotar. No se puede vivir dentro de la mentira del beneficio mutuo de la integración cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación”.
“Como resultado, muchos países están llegando a la misma conclusión: deben desarrollar una mayor autonomía estratégica en energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro. Este impulso es comprensible. Un país que no puede alimentarse, abastecerse de energía o defenderse tiene pocas opciones. Cuando las reglas ya no te protegen, debes protegerte a ti mismo”.
Martín Esparza Flores*
*Secretario general del Sindicato Mexicano de Electricistas



















