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Las viejas políticas y los nuevos altos mandos militares

Durante décadas, los presidentes mexicanos han hecho caso omiso de la necesidad de unificar a las Fuerzas Armadas en una sola estructura y en una sola entidad administrativa. Aunque eso no erradicaría por completo las rivalidades entre mandos y objetivos militares, sí reduciría su campo de posibilidad. Unificar a las Fuerzas permitiría sentar las bases de una política de defensa, equilibrar los recursos de los ejércitos de tierra, mar y aire, diseñar la fuerza militar que el país necesita y definir una política militar acorde a los objetivos nacionales.

El pacto anti-México

El 2 de diciembre de 2012, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), el Partido Acción Nacional (PAN), así como el Partido de la Revolución Democrática (PRD) firmaron el Pacto por México, que hasta habla de “respeto a los derechos humanos” precisamente en el momento en que la sociedad mexicana estaba impactada por la provocación y represión del 1 de diciembre en la Ciudad de México, en la que se encarceló no a los provocadores e infiltrados, sino a manifestantes pacíficos. Setenta personas inocentes que se manifestaban contra la imposición de Peña permanecieron más de una semana en la cárcel, y hoy todavía están procesando a 14 presos políticos de Peña, Ebrard y Mondragón.

A temblar, la “alta burocracia”

Como ocurre cada sexenio, la llamada “alta burocracia” será renovada en su totalidad. Sobre todo ahora porque el cambio de gobierno implica la alternancia con un partido distinto en el poder. De tal manera que los panistas no sólo quedarán desempleados, sino que por primera vez serán sometidos a una verdadera rendición de cuentas ante órganos de control y justicia manejados por priístas.

De represiones y promesas

Como sucede en todos los movimientos sociales de ruptura, cada día que pasa surgen más elementos para saber qué ocurrió.

La consolidación del autoritarismo

Es el orgullo de las histriónicas elites mexicanas y para más de un compatriota. Es considerada como ejemplar para el resto del mundo libre, incluso para el mismo Estados Unidos, según Robert A Pastor. Al día siguiente de las elecciones presidenciales en México, cual Cliff Robertson y su peliculero desembarco en Normandía, el insigne intelectual y político de ese país dijo, con alegre frescura (al cliente lo que pida), de la mancebía llamada Instituto Federal Electoral, y para alborozo de Leonardo Valdés y sus muchachos que no han dudado en publicitar sus chabacanas palabras en su inútil tarea por tratar de limpiar su imagen ensuciada en la cloaca electoral: “luego de haber sido el peor del continente, [México] hoy es el mejor […]. El sistema electoral mexicano es más equitativo, profesional, independiente y apartidista que el estadunidense”. México pasó de “un sistema cuasiautoritario” a una “democracia”, remató el profesor.

La contrarreforma electoral de Peña Nieto

Desde hace varios meses, Enrique Peña Nieto ha expresado su intención de impulsar una reforma electoral que afectará profundamente la composición del Congreso de la Unión. Su intención es, abiertamente, concentrar mayor poder en la fuerza política mayoritaria (que él espera será el Partido Revolucionario Institucional apoyado por Televisa) al eliminar o reducir las curules que se reparten en el Congreso bajo el principio de representación proporcional.

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