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ÍNDICE julio 2005
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La nostalgia de un Dorado

Manuel Pineda

El capitán Guillermo Flores tenía 13 años cuando se incorporó a las filas encabezadas por el general Francisco Villa en 1911. Desde entonces, y con 107 años a cuestas, es uno de los más fieles dorados de la División del Norte

 


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Guillermo Flores Reyes tiene 107 años y no ha olvidado la tarde en que se encontró cara a cara con Francisco Villa. Mucho menos aquellos ojos penetrantes que le desnudaron el alma y que hacían morir de miedo a los cobardes.

El viejo revolucionario era un niño cuando un lío de faldas truncó su vida normal y lo convirtió en fugitivo. Un pleito irreconciliable provocó la primera muerte a manos de Guillermo Flores. Tenía entonces 13 años. La vida le cambió repentinamente, se alejó de su familia y vagó por el país sin rumbo fijo.

Pero una tarde de 1911, su vida gris se convirtió en un torbellino.

Fue en la ciudad de Torreón, Coahuila, donde el joven Flores escuchó un pequeño escándalo que a la distancia parecía una verbena popular. Se dirigió hacia allá, pero conforme se fue acercando comprobó que algo andaba mal. Escuchó gritos y vio gente desesperada corriendo de un lado a otro.

Una mujer lo alertó: “agáchate, que son los trancazos”. Sin pensarlo se tiró al suelo boca abajo y permaneció un buen rato pegado al piso hasta que sintió una bota en la espalda y escuchó una voz grave. “Quiubo muchacho cabrón, ¿qué haces aquí?, ¿eres espía?”. La respuesta fue espontánea: “no señor, yo voy para la fiesta”. El hombre que los cuestionaba se sorprendió: “¿cuál fiesta?, es mi general Villa que está tomando Torreón”.

El muchacho sintió ganas de llorar y le dijo a aquel hombre que no era espía de nadie y que lo único que tenía era hambre. El hombre lo sujetó del cuello y lo levantó. “Ahorita te llevo con los jefes y si no estás diciendo la verdad, te vamos a colgar”.

Fue trasladado hasta el cuartel donde Villa y sus hombres sentaron sus reales después de la toma de Torreón y un sujeto alto y corpulento lo encaró. Vestía un traje color caqui y un sombrero que le daba un aire de superioridad; era de tez blanca con bigote abultado y sus manos eran enormes. Su nombre era Francisco Villa. El vozarrón del general lo impresionó. “Muchachito, ¿qué anda haciendo usted por acá? ¿No será usted de los que andan espiando para ver cuanta gente tengo?”. Guillermo tembló y con un hilo de voz respondió que no.

Villa clavó su mirada en los ojos verdes del muchacho y se dirigió a uno de sus hombres, que en todo momento taladraba con su mirada de asesino a Guillermo Flores. “Este muchachito ojos de gato nos va a servir de mucho como correo”, le instruyó Villa a su lugarteniente Rodolfo Fierro.

Desde entonces, Guillermo Flores fue parte del grupo selecto que seguía a Villa en las campañas de la revolución, lo que permitió que años más tarde fuera uno de los más de 50 mil hombres que componían la división del norte.

El capitán Guillermo Flores dice que hasta entonces no conocía a Pancho Villa. “Era muy grandote y tenía los ojos como de psicólogo; con la vista podía ver cómo eran las personas”.

El capitán Guillermo Flores Reyes –grado que se ganó en la revolución– nació el 25 de julio de 1898, en Amanalisco, Jalisco. Su niñez fue llena de carencias y miseria, al lado de su madre y sus cuatro hermanos. “Los hacendados eran unos infelices, ellos eran los que partían el queso y lo trataban a uno como un animal”, dice don Guillermo.

Su padre murió cuando tenía nueve meses, después de ser golpeado brutalmente a manos de los guardias rurales por no querer confesar dónde había conseguido un costal de maíz. Un hecho que el joven llevaría metido siempre en el alma.

“Cuando estaba en la revolución pensaba constantemente en cómo había muerto mi padre y decía: esos charritos presumidos –porque andaban con unos chalecotes, botonaduras de plata y oro, un machete y un riflote–, me las van a pagar algún día. Se creían amos y señores”, recuerda Flores.

Ya en las filas de la División del Norte, Guillermo Flores se destacó rápidamente en todas las labores que le fueron encomendadas. Primero repartiendo comida a las tropas y después como responsable de llevar recados a grandes distancias de un lado a otro.

Después de ser asistente de artillería por un tiempo, fue elegido para integrar uno de los ejércitos considerados por los expertos como único en toda la historia de los grupos revolucionarios de América Latina: la División del Norte. Ahí obtuvo el grado de capitán.

Flores recuerda que las primeras veces que incursionó en alguna batalla sintió mucho miedo y a la vez mucha emoción de disparar su rifle, y recordó las palabras de sus tíos de que se iba a orinar en los calzones cuando se encontrara en esa situación.

“En las primeras aventuras se le suben aquellos hasta el cogote, quiere uno que se abra la tierra y más cuando uno no está acostumbrado a los cocolazos. En el primer combate las piernas me temblaban rete feo. Me decían: no sea cobarde muchachito; ¡apriétele¡si no le aprieta lo chingo”, rememora el capitán.

Una de las experiencias más vivas que guarda el capitán Guillermo Flores en su memoria, es una batalla en Celaya contra Älvaro Obregón, pues aquella vez su vida estuvo en verdadero peligro, aunque sintió que no podía morir esa tarde.

“En plena batalla me tumbaron del caballo. Volteo para todos lados y no veo un lugar para abrirme. Entonces saco mi cuchillo y le abro la panza al caballo y me meto en él. Nomás sentía las patadotas de los caballos de los pelones y que me aguanto, y ni gritar siquiera. Fue como la libré allá en Celaya, pues obregón casi nos acaba.”

El capitán Guillermo Flores recuerda triste aquella mañana del 21 de julio de 1923 en que mataron a Pancho Villa. Ese día Villa y sus hombres se encontraban en la Hacienda de Canutillo.

Dice que aquella mañana una pareja había ido a la hacienda para decirle al general Francisco Villa que no fuera a Parral, porque desde ocho días atrás se encontraban unos hombres tomando en una tapia esperando que el carro en que iría cruzara el puente para asesinarlo.

“Villa les dijo que no había nacido el canijo que lo matara frente a frente. Pero entonces de su pantalón sacó dos monedas de oro y les dijo que ojalá lo que le decían fuera cierto, por que si no, los buscaría hasta por debajo de las piedras para fusilarlos. Y eso fue todo, unas horas más tarde el caudillo ya estaba muerto.”

El capitán dice que la culpa la tuvo Regino Hernández Llergo, periodista de El Universal, quién publicó que Villa iba a levantarse en armas de nuevo, lo cual no era cierto. “Por eso mi general odiaba a los periodistas”, comenta el capitán.

Pese a sus 104 años, el capitán Guillermo Flores es un hombre fuerte. Tienen un bigote tupido, blanco como su escaso cabello y conserva el brillo intenso en los ojos verdes de gato que impresionaron a Pancho Villa.

Actualmente, el capitán retirado Guillermo Flores Reyes es secretario de Acción Cívica Mexicanista General Francisco Villa. Lleva una vida tranquila con una de sus tantas hijas en una casa humilde en Ecatepec, Estado de México. Ahí permanece rodeado de sus recuerdos, entre los que destacan fotografías pegadas en su cuarto de cemento y su canana colgada en la pared.

Después de la Revolución, se estableció en la ciudad de México, en donde desempeñó diversos trabajos. Fue albañil en la vieja Basílica de Guadalupe y uno de los que construyeron las primeras casas de la colonia Lindavista.

El capitán nunca imaginó que la Revolución terminara en la forma que acabó, pues cree que ésta sólo dejó muerte y destrucción. “La Revolución se quedó a medias y algunos políticos desgraciados hacen ver como que nunca sucedió. Si los soldados de hoy sufrieran lo que nosotros sufrimos no aguantaban ni un mes; nosotros sufrimos hambre, esclavitud, golpes y muerte”.

La Secretaría de la Defensa Nacional nunca reconoció oficialmente el grado del Capitán Guillermo Flores y únicamente lo reconocieron como integrante de un grupo armado. Con cierto desprecio, comenta: “con todo y documentos, la Defensa nunca nos reconoció, les dio mucho coraje que combatiéramos a los carrancistas”.

El viejo dorado aún guarda la canana que siempre lo acompañó. Una vieja carrillera gastada por el tiempo con cartuchos y casquillos quemados, muchos de ellos utilizados en favores a los enemigos cuando agonizaban en el campo de batalla. El capitán les hacía el favor: les ayudaba a morir rápidamente librándolos del sufrimiento. “Me decían los compañeros: `parece que matas víboras´. Pero las balas salían solas”, dice mientras se dibuja una sonrisa en su rostro.

También tiene las llaves que utilizaban para desviar los trenes militares y los instrumentos con los que hacían las fogatas, alrededor de las cuales platicaban de sus éxitos y sus planes a futuro.

El viejo revolucionario se mantiene actualmente con una pensión que le da el Estado de dos mil 500 pesos al mes, pero permanece altivo y orgulloso. “Me he roto el alma yo solo por diversas causas, la mayoría por cuestión de faldas –no por nada tiene 18 hijos–. Pero mire, no tengo ninguna cicatriz en la cara, siempre he llevado las de ganar; yo sólo doy un tiro nada más. Me gusta ascenderlos a mayores, les pongo su estrellita en la frente, mi pistolita no falla”.



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